Justin Trudeau: el niño nuevo de Sussex Drive 24

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A country nourished on self-doubt, where from the reverse image of detractors, an opposite nation is talked into existence, that doesn’t resemble any other one, a cross-breed plant that survives the winter…

Al Purdy, A Walk on Wellington Street

Justin Trudeau (Ottawa, 1971, Partido Liberal) asumirá el cargo de primer ministro de Canadá en unas semanas. Pero al hablar de él y de lo que ocurrió en la elección federal del pasado 19 de octubre es imposible no hablar de su padre, Pierre Elliott Trudeau (Outremont, Quebec, 1919 – Montreal, 2000). El legado de Pierre Elliott echa raíz en la complicada identidad canadiense, casi monopolizada por el Partido Liberal. Para muestra basta decir que, cuando era líder de la oposición, el actual primer ministro Stephen Harper (Toronto, 1959, Partido Conservador) admitió en una conferencia de prensa: You can be a good Canadian and not vote Liberal! (¡Se puede ser buen canadiense y no votar por el Partido Liberal!) Esta vez los canadienses parecen haber votado para contradecirlo, y para ser buenos canadienses.[1] Votaron, además, por el hijo de una de las grandes figuras liberales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


1. Just watch me

Pierre Elliott Trudeau fue primer ministro de Canadá durante 15 años, entre 1968 y 1984 –con un interludio de 9 meses, en 1980.[2] Su mandato fue el tercero más largo de la historia de Canadá. Encomiando a su propio padre –después de tratar de alejarse de él durante la campaña electoral–, en un debate, Justin propuso cómo recordar a Pierre Elliott; palabras más, palabras menos, dijo: su legado para Canadá fue el marco constitucional (La Carta de Derechos y Libertades) que ampara los derechos individuales, la cohesión política de sus provincias y las relaciones con los indígenas (referidos genéricamente como Primeras Naciones, además de las naciones Inuit y Metis, cuya identidad se reconoce aparte). Fue su padre también el que impulsó y logró la adopción del bilingüismo y del multiculturalismo como fundamentos para integrar la diversidad social canadiense, en la que la inmigración es tan característica.[3] E, indispensable decirlo, fue Pierre Elliott el político que maniobró la inclusión de Quebec en dicho pacto constitucional, en reconocimiento de su singularidad histórica y en el interés de fusionarla para prevenir su aislamiento o su separación. Buscaba una solución definitiva a un problema que ha persistido, pero en formas casi siempre más benévolas a lo vivido en los años setenta. El gobierno de Trudeau abolió la pena de muerte y reforzó relaciones con Cuba, oponiéndose, como México en el mismo tema, a la política de Estados Unidos. También, como Luis Echeverría, Trudeau fue un campeón del multilateralismo y del tercermundismo.  

Todo parece bonito desde ese ángulo. Pero Pierre Elliott fue también quien, 12 años antes de la Carta de Derechos y Libertades, en 1970 utilizó poderes especiales para reprimir por la fuerza las revueltas y el terrorismo del FLQ (Front du Libération du Québec). Cuatrocientas personas fueron encarceladas sin debido proceso. Fue quizá el primer ministro que más antagonizó con las empresas productoras de petróleo en la región occidental, las Praderas (Alberta, Saskatchewan). Centralizó el ejercicio del poder económico, aplicó controles claramente nacionalistas, confrontando también a las industrias extranjeras y, especialmente, las de Estados Unidos.[4] Durante los atribulados setenta, la economía canadiense también conoció la inflación, déficits récord e incremento de la deuda. Y los ochenta fueron el momento de pagar la factura. La liberalización y el desmantelamiento del Estado intervencionista fue encabezada por Brian Mulroney, del Partido Progresista Conservador (1984-1993), que negoció el tratado de libre comercio (1988) con Estados Unidos, al que después se uniría México en el NAFTA.

Pero volvamos a Pierre Elliott: su persona arrogante es paso obligado. Como Ministro de Justicia, al impulsar una ley para legalizar el aborto, el divorcio y la homosexualidad (aunque no en paquete, importa aclararlo), plantó tajante: Al Estado no le interesa lo que ocurre en las alcobas de la nación. Como primer ministro, bromeó que todo lo que necesitaba saber sobre política exterior lo aprendía del New York Times. Más desdén para la diplomacia no podría pedirse.

No peleó en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, hizo activismo contra la conscripción, y después una larga serie de actividades internacionales a favor de la paz. Pero sabía utilizar la fuerza, en todo sentido. Aprendió judo en sus años treinta y logró la cinta negra. Se sabe que instaba a los hijos Justin (1971), Alexandre (1973) y Michel (1975-1998) para arreglar sus diferencias en el tatami, con llaves, candados, tacleadas.

En medio de la mencionada “crisis de octubre” de 1970, un reportero de la CBC le reclamó insistentemente la presencia del ejército en las calles, bajo un mandato especial para resguardar la seguridad civil. El reportero trató de arrinconarlo: “¿Hasta dónde está dispuesto a llegar con estas medidas?” Trudeau, que había argumentado ya durante cinco minutos, lo desarmó utilizando un enunciado fáctico (o una acción acompañada de una indicación): “Just watch me” (solo mírame).

La frase y la anécdota simbolizan aun ahora, en la memoria canadiense, la dualidad en la que hacen nudo las críticas y las apologías en contra y a favor de Pierre Elliott Trudeau. En la política hay que utilizar el diálogo, la inclusión, pero quienes tienen ideales deben utilizar también la astucia y, a veces, la fuerza. Se podría decir entonces que sus admiradores ven a un idealista con sabiduría (realista, a final de cuentas). Eso parece inconsistente a los ojos de sus detractores, que solamente ven contradicciones.

El hijo se le parece bastante. Es igualmente atlético, aunque no comparte la vocación intelectual, ni la excentricidad o el protagonismo que caracterizaban a Pierre Elliott. Desde joven, Justin Trudeau ha optado por el boxeo –le ayuda a liberar la presión que se acumula en la semana, según dice él mismo.[5] Justin no defiende su idealismo como un intelectual sino, mejor dicho, como un hombre espiritual.

Pierre Elliott era un hombre de mente afilada que navegaba con argucias verbales y happenings como el referido: las contradicciones del poder. Hasta el momento no puede decirse que Justin tenga esa madera. Por el contrario, parece haber adiestrado a la mente para que abra paso al espíritu, que debe prevalecer. Ha superado una infancia y una juventud psicológicamente desafiantes. Habla en primer lugar de sus valores, que identifica con los valores del pueblo canadiense. Así, en esos términos, establece la conexión con el padre, quien dio forma legal a los valores de Canadá y así se los transmitió. Es candoroso, no muestra malicia con las palabras. Rechaza la política del poder por el poder. “Yo pregunto a la gente lo que necesita, y [a los expertos] sus ideas sobre lo que el país necesita. (…) Lo que se necesita. No lo que nos va a hacer ganar la elección.” Sí parece sincero. Por supuesto, aún no ha ejercido el poder como primer ministro.[6]

¿Qué más puede saberse de él? Justin nació en Ottawa (en 24 Sussex Drive, por supuesto), estudió Literatura Inglesa en Montreal (McGill), pero migró a Vancouver y vivió allí hasta pasados los treinta. Vancouver es el terruño de la madre, Margaret Sinclair, casi treinta años menor que el padre, quien ha protagonizado escándalo tras escándalo con su vida privada, permisiva, como la época en que Trudeau estuvo en el poder. Hace pocos años se declararía enferma de desorden bipolar. En Vancouver, Justin estudió un nuevo bachillerato (en educación) y ejerció el magisterio. También se inició en el activismo ambiental y por causas sociales. Él afirma que la muerte del hermano menor, Michel (1998), y del padre (2000) le despertaron el interés por ingresar a la política.

Regresa a Montreal para establecerse, pero el camino a la vida pública aún no aparece sin ambages. Inicia nuevamente estudios, esta vez de ingeniería y de geografía ambiental, que no concluye. Hace apenas siete años, en 2008, la vocación política encuentra un cauce más claro y fuerte. Inicia su carrera propiamente política derrotando a un bien asentado político del BQ (Bloc Québecoise), partido de ideas y proyectos dedicados a la cuestión nacional. Será el MP (miembro del parlamento) que representará Papineau, una jurisdicción con fuerte presencia de clase trabajadora en Montreal.

En 2011 el Partido Liberal, dirigido por el intelectual Michael Ignatieff, obtiene la peor derrota de su historia: 34 escaños solamente. Había quienes dijeron que el Partido Liberal terminará siendo devorado por el NDP (New Democratic Party), que tuvo su elección dorada esa ocasión (103 escaños). Justin mantuvo su escaño en Papineau.

En 2012, en medio de una reunión de trabajo, un correligionario arranca una hoja de su block de notas y le garabatea a Justin: “¿Crees que, si diriges al Partido Liberal, puedes derrotar a Stephen Harper?”

Trudeau garabatea de vuelta: “Just watch me.”[7]


2. La campaña

Fue una campaña larga (78 días), en comparación con lo que se acostumbra en estas latitudes. El Partido Conservador buscaba, además, que fuera lo más tardía posible, confiando en que el adverso panorama económico mejoraría, y con ello las posibilidades de un cuarto periodo de gobierno para Stephen Harper. Hubo recesión en el primer trimestre de 2015, y la recuperación durante el segundo se dio a conocer en septiembre. Además, una campaña larga podría favorecer al Partido Conservador, que contaba con más recursos económicos que sus competidores. En el otro flanco de competencia, la izquierda, Tom Mulcair, el líder de la oposición oficial (New Democratic Party) parecía ir en caballo de hacienda a derrotar a Harper. Solamente debía disipar toda duda sobre la moderación del NDP en asuntos fiscales y el gobierno sería suyo. En entrevistas y discursos nunca le faltaba recalcar: We are the government in waiting. El Partido Liberal inició la campaña en el tercer lugar de las encuestas.

La preferencia por los tres partidos con representación parlamentaria que pueden considerarse progresistas (el Partido Liberal, el NDP y el Partido Verde) se mantuvo todo a lo largo de la campaña arriba de dos tercios. Aunque desde 2011 el Partido Conservador logró la mayoría parlamentaria, las encuestas vaticinaban un gobierno minoritario para este año, del color que saliese. Quizá muy pocos, y nadie entre los conservadores, guardaban esperanza de lograr una mayoría parlamentaria en 2015. Pero los resultados han caído como una enorme sorpresa. El Partido Liberal logró 184 de los 338 escaños. Un cómodo margen de 18 miembros encima del nivel mayoritario (170). Y con una participación electoral de casi 70 por ciento (el más alto desde 1993).

Los resultados electorales se pueden comprender mejor describiendo lo que ocurrió en las regiones de Canadá. Uno, el Partido Conservador sostuvo su voto duro en las provincias del Oeste, donde impera la industria extractiva, sobre todo los hidrocarburos y la agricultura. Pero no fue más allá de su base: el Partido Liberal le arrebató, a conservadores y NDP, el favor de las comunidades migrantes y la clase media y trabajadora en Ontario (y en menor medida en otras provincias). La segunda parte de la sorpresa es Quebec, donde el NDP se desplomó. En un conteo optimista se esperaba que el NDP obtuviera 60 de los 78 escaños federales para la provincia. De haberse dado ese resultado, la división del voto progresista podría haberse cancelado. Pero el NDP obtuvo solamente 16 de los 78 escaños, y los liberales, 40.

¿Cómo explicar la descripción anterior? Se pueden ofrecer tres conjeturas. La primera, obvia, se basa en el desgaste del gobierno de Harper, elegido por primera vez en 2006. El consenso anti-Harper era imposible de negar, pero no era en sí mismo suficiente para lograr el cambio. La estrategia del Partido Conservador fue atenerse a su base y esperar que liberales y NDP se cancelaran mutuamente. Eso parecía posible hasta un mes antes de la elección.

El argumento del consenso anti-Harper, que habla muy bien de los valores canadienses, se apoya en el rechazo que despertó la retórica divisiva y xenófoba que espolearon Harper y su partido. Con ello alejó a minorías donde prevalecen los inmigrantes, sobre todo de origen árabe o de religión islámica. Tres acciones sobresalen. Primero, el gobierno utilizó, a fines de septiembre, una nueva ley para despojar de la ciudadanía canadiense a Zakaria Amara, doble nacional de origen jordano encontrado culpable de planear un atentado terrorista que fue frustrado en Toronto. Además, el Partido Conservador, quizá sin control de Harper, su propio líder, ofreció crear un hotline para denunciar prácticas barbáricas (poligamia, asesinatos de honor y más, sobre todo, lo que al buen vecino le parezca bárbaro).

Finalmente, los conservadores prometieron apelar una decisión de la Suprema Corte que permite a las mujeres utilizar el niqab, una mascada que cubre parte del rostro pero deja ver los ojos, durante la ceremonia de adopción de la ciudadanía canadiense. Importa señalar que el procedimiento legal obliga a remover la niqab para identificar a la persona antes del juramento y puede volver a colocarse durante el juramento. Pequeño detalle que no hace la diferencia para la mayor parte de los canadienses, que rechazan la práctica avalada por la Suprema Corte.

Ningún partido secundó a los conservadores en estas políticas, y tampoco en el rechazo a la decisión original de la Suprema Corte con respecto a la niqab –con excepción del nacionalista Bloc Quebecoise. Tom Mulcair, del NDP, fue más enfático que Trudeau en el respaldo a la decisión de la Corte para permitir el uso de la niqab, especialmente durante un debate en francés. Le costó carísimo. La propaganda del Bloc Quebecoise lo centró en una guerra sucia y la debacle del NDP en Quebec no se hizo esperar. Noventa por ciento de los quebequenses rechazan el uso del niqab en la ceremonia aludida. Fue el tipping point. Sobre todo, la caída del NDP envió la señal, a la gran franja de votantes indecisos, de que la única opción progresista viable era el Partido Liberal. Es nimio el asunto (sin importancia y a la vez excesivo). No es posible saberlo con certeza, pero las encuestas sugieren que, en este juego de bandas, la discusión sobre el uso del niqab terminó por inclinar las preferencias a favor del Partido Liberal en Québec, mientras que las comunidades con minorías religiosas y étnicas en Ontario también se alejaron del Partido Conservador (por el que habían votado en 2011).

El acierto de Trudeau fue prometer cambio. Así de sencillo, nada más. Cambio real, ya. Se dio la libertad, además, de ir más a la izquierda que el propio NDP y prometer “modestos” déficits fiscales. La oferta, franca, fue congruente con el resto de su persona y le dio credibilidad. Es recurrente, en estos días, que se diga sencillamente que Trudeau fue un mejor candidato, más sincero. En el ánimo de no parecer radical, Tom Mulcair del NDP (the government in waiting) ofreció una política de ingresos y gasto público que ningún ciudadano común podría distinguir con claridad respecto de la política económica conservadora. Justin prometió gastar dinero que el gobierno no tiene para estimular la economía (por medio de un plan de infraestructura y de ayuda a las familias con niños pequeños), y se le notaba cómodo. A Mulcair se le veía de lejos lo poco que le gustaba su propia plataforma. Esos errores no se perdonan.

La elección del primer ministro de Canadá es indirecta (sistema parlamentario). Se vota por un miembro del Parlamento en cada jurisdicción bajo el principio de mayoría (first past the post), no de representación proporcional. La movilización de las bases locales por parte de los partidos importa. Pero vivimos en el siglo XXI, y es claro que importan más el peso de los medios masivos de comunicación, la personalidad de cada líder de partido, el récord y el desgaste del partido en el gobierno, además de las plataformas defendidas por los líderes. La preparación y conocimiento de los líderes partidarios en Canadá es envidiable (en casi todos los casos). Sobre eso no hay duda. Pero la calidad de la deliberación pública tiene sus limitaciones, y la política partidista también los explota.

En los debates se discutieron los problemas más grandes de Canadá, pero el golpeteo mediático de cada día los menoscabó. ¿Qué problemas? La expansión de la deuda pública en las provincias, el envejecimiento de la población, la violencia y los abusos sistemáticos contra la población indígena, la precarización del trabajo, el incumplimiento de Canadá con la agenda de cambio climático, el encarecimiento escandaloso de los mercados inmobiliarios en Toronto y Vancouver, la política industrial y comercial ante la (¿inminiente?) entrada en vigor de la Sociedad comercial Trans-Pacífica (TPP, por sus siglas en Inglés), el cierre de oportunidades para exportar hidrocarburos producidos en el oeste canadiense.

Fue una prueba de temples personales. Durante la primera mitad de la campaña, Harper y Mulcair ningunearon a Trudeau (estratégicamente, por supuesto). Más joven por más de una década y sin experiencia ejecutiva, Trudeau, sin alternativa, aguantó el menoscabo. He is not ready, atacó la propaganda. El secreto, explican ahora algunos comentaristas, fue iniciar fuerte, sin dar nada por perdido, apegarse al guion establecido por el equipo de campaña, enviar mensajes consistentes (no necesariamente ambiciosos ni revolucionarios). Tomar siempre la opción honorable (the higher road) y jugar tácticamente, aprovechando los errores del contrario. Los errores llegaron. Trudeau, al final de cuentas, fue visto como un político franco. Capaz, al menos en eso no hay duda, de llevar adelante la campaña: he is ready, en otras palabras.

Justin Trudeau será primer ministro gracias a su paciencia táctica, a su plataforma electoral razonable y estratégicamente sólida, aunque no carente de contradicciones o proyectos más que complicados (como la aprobación de proyectos de infraestructura y la asignación y el control de recursos para los servicios de salud, operados desde el orden provincial de gobierno). Pero vale subrayar la ironía: también será primer ministro gracias al voto de castigo, a la depredación del BQ sobre el NDP y al culatazo que Harper y su partido se propinaron apelando a la xenofobia y la política del miedo. No tiene por qué mencionarse públicamente. En la noche de la victoria, Trudeau, se dejó inspirar por el entusiasmo idealista y remató: You can appeal to the better angels of our nature… and win.[8]


3. El legado de Stephen Harper

Al día siguiente de la elección, Jeffrey Simpson, un comentarista del diario The Globe and Mail, señalaba que la debacle conservadora a manos de Justin Trudeau simboliza la peor venganza que Stephen Harper (llamémoslo el anti-Trudeau) podría temer. Harper, nacido en Ontario pero con toda su carrera política construida en Alberta (su jurisdicción es Calgary-Heritage), tomo para sí la misión de finiquitar el gasto excesivo y aún algunos hechos de corrupción cometidos por el Partido Liberal antes de su llegada (en 2006). También promovió, casi como el objetivo central de su gobierno mayoritario, el interés de la industria petrolera para sostener y expandir el acceso al mercado estadounidense, a través de muy controversiales nuevos oleoductos (la famosa extensión Keystone XL de TransCanada Pipelines, que llevará petróleo de las arenas bituminosas a las refinerías de Texas). Se requiere también nueva infraestructura de transporte para aumentar las exportaciones a Asia y para sustituir parte de las importaciones de petróleo en el Este y Centro de Canadá con petróleo doméstico del Oeste. Pero los proyectos están detenidos, dada la animadversión de comunidades y grupos indígenas que, si bien son minoritarios, también han logrado blandir un poder de veto fáctico sobre estas propuestas. En Estados Unidos el tema es igualmente espinoso. Hillary Clinton se declaró en contra de la extensión Keystone XL. Parece maldición: el fortalecimiento legal de los grupos indígenas, un legado de Pierre Elliot Trudeau, es parte del entramado que ha puesto freno a los objetivos del gobierno conservador, treinta años después.

Ahora, si bien Harper no logró aterrizar ningún objetivo considerable en su agenda energética (y millones de canadienses se regocijan con ello), en el ámbito electoral su partido no ha quedado nada mal. El partido conservador ha conocido peores derrotas. Actualmente preserva 99 escaños, 55 arriba del NDP. Los conservadores serán la oposición oficial, y si consiguen un buen liderazgo, podrán comenzar a competir por el poder en la siguiente elección, que seguramente será en 2019.

Se ha dicho que para los conservadores, los resultados en la elección actual muestran algo parecido a su “voto duro” y casi nada más, por esta vez. Mirado con más cuidado se puede señalar que las bases conservadoras son considerables. Probablemente las más amplias de entre todos los partidos. Vale la pena problematizar, entonces, la afirmación de que el Partido Liberal es el partido canadiense por excelencia o, como imploró patéticamente el joven Stephen Harper, que es el partido de los “canadienses buenos” (ver arriba). La razón de ello es que el voto conservador y, sobre todo, las políticas conservadoras parecen tener buenas razones para quedarse.

Con respecto al voto, su ascenso demográfico y político está ligado a la industria petrolera, fuerte en Alberta y, en menor medida, en Saskatchewan. El incremento de precios del petróleo a partir de 2004, unido al declive industrial de Ontario, ha alterado los equilibrios políticos internos. El Partido Conservador se ha beneficiado de los ingresos económicos acelerados (windfalls) y del crecimiento poblacional igualmente acelerado en algunas zonas de producción. Además el Partido Conservador ha podido contar con el voto rural en toda la región (aunque no en ciudades como Regina y Saskatoon). Además, resulta interesante, por paradójico, que la apertura hacia la inmigración, un valor liberal, ha extendido, al paso de los años, el peso de quienes podrían preferir los valores del conservadurismo. Lo decía así un biógrafo de Harper: “Somos un país donde cinco millones de inmigrantes, llegados en las últimas dos décadas desde China, India, las Filipinas y otras naciones asiáticas y del pacífico, han traído consigo valores económicos y sociales afines al conservadurismo”.[9]

Finalmente, buena parte de las políticas que Harper ha puesto en marcha, desde 2006, no pueden ser revertidas fácilmente. El federalismo por default, que consiste, básicamente, en no intentar ningún proyecto ambicioso a nivel nacional (infraestructura, mejora de los servicios de salud, reducción de gases de efecto invernadero, por ejemplo), parece una política difícil de modificar. Trudeau, el padre, fue campeón de la centralización, hasta llevarla al exceso y al dispendio. Es cierto, pero no se vislumbran oportunidades para que, más allá de los modestos déficits prometidos en campaña, Trudeau, el hijo, camine en ese sentido.

Sin duda hay temas en los que se puede desmantelar lo hecho por Harper. En primer lugar seguramente estará restaurar la relación entre el gobierno y la cultura y la comunidad científica. Esta última fue objeto de censura por parte del gobierno conservador. Además, reanudar y ampliar fondos eliminados en los años recientes y corregir decisiones tan inexplicables como la reducción de la extensión del censo a partir de 2010 (cualquier parecido con la realidad mexicana…).

Fuera de esto, hay que pensar que Harper ha sido también un político de su tiempo, mismo que no ha elegido. En materia de seguridad, el Partido Liberal se sumó a la aprobación de la ley anti-terrorista C-51, pero prometió agregar controles a los poderes de espionaje interno que instituye la ley. ¿Qué tanto se pueden desmantelar estas funciones, indispensables en un país que en los últimos nueve años ha estado en guerra en Afghanistán, en Libia y con el Califato-EISI (Estado Islámico en Siria e Irak)? En política internacional, Trudeau ha prometido retirar la participación de Canadá contra el Califato-EISI, aunque moderó su posición después de recibir la llamada de Obama, felicitándolo por el triunfo. Pero no retirará el apoyo a Ucrania (cuya comunidad de nacionales es numerosa en Canadá). Pensando en medio oriente y en Irán, es razonable intuir que el pragmatismo prevalecerá.

En resumidas cuentas, no es inimaginable que, ironía de ironías, Justin Trudeau termine siendo, por necesidad, más conservador de lo que ahora se podría creer. Finalmente, la Canadá de hoy no es la misma que la de hace treinta años.


Notas

[1] La anécdota sobre Harper la refiere Brooke Jeffrey, 2010, Divided Loyalties. The Liberal Party. 1984-2008. University of Toronto Press, p. 4.

[2] Ver Jeffrey Simpson, 1995, Discipline of Power, University of Toronto Press.

[3] Debate sobre política exterior (“The Munk debates”). 28 de septiembre de 2015. 1 hr. 47 mins.

[4] Ver Bruce Doern y Glen Toner (1985), The Politics of Energy, Methuen.

[5] Ian Brown, “The Challenge”, The Globe and Mail, 3 Octubre 2015.

[6] La cita aparece en el perfil de J. Trudeau escrito por Ian Brown, “The Challenge”. The Globe and Mail. 3 de Octubre de 2015.

[7] La nota se vendió en e-bay el 20 de octubre, por una cifra considerable, obviamente.

[8] Discurso de victoria. 19 de Octubre.

[9] John Ibbitson, “The Harper Effect”, The Globe and Mail, 7 de Febrero 2015.


(Foto: cortesía de Joseph Morris.)

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