“Todo está construido para que jamás encuentres a una persona”

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Lydiette Carrión. Foto Daniel Bolívar

El 31 julio de 2015 el gobierno del Estado de México declaró una Alerta de Violencia de Género buscando “atender la problemática de la violencia contra las mujeres, adolescentes y niñas”. Para ese entonces la periodista Lydiette Carrión llevaba ya tres años investigando el estado con más feminicidios del país. Para retratar y entender ese horror surge el libro La fosa de agua (Debate, 2018).

Lydiette Carrión llega a su cita con Horizontal en la librería Elena Garro pasado el mediodía. Viene a conversar sobre esos seis años de reporteo en la frontera de los municipios de Ecatepec y Los Reyes Tecámac. La fosa del agua es un reportaje obsesivo que, al tiempo que reconstruye las vidas de las víctimas, se sumerge en el opaco engranaje que sucede después de cada feminicidio.

¿Cómo empezaste a cubrir esta historia, adentrándote por años en el tema de los feminicidios hasta escribir este libro?

A finales de 2011 María Félix, la directora de El Universal Gráfico, que es un periódico muy masculino, con todas las problemáticas de un periódico popular, me propuso hacer una colaboración semanal sobre feminicidios para sensibilizar un poco a sus lectores. Los lectores de El Gráfico pertenecen al sector urbano popular. Generalmente en México el periodismo de calidad se concentra todavía en la elite. No hay periodismo de calidad para los sectores populares. Siempre, desde que salí de la universidad, mi interés en el periodismo ha sido social, ha sido una palanca de transformación social. Estuve esos seis años y medio escribiendo historias de feminicidios, pequeñas crónicas de 3500 caracteres cada semana, y desde el inicio las personas se acercaban mucho para pedir ayuda para difundir casos de desapariciones. Me concentré en el tema de la Ciudad de México y del área metropolitana, y en esa cobertura, muy intuitiva y más allá de las estadísticas, destacó esta zona del Estado de México. Esa franjita frontera de los municipios de Ecatepec y Tecámac. Los casos que recupero los abordé cuando las mamás estaban buscando a sus hijas. A lo largo de ese tiempo vi que había cosas en común que me llamaron la atención y poco a poco el propio desarrollo de las historias me dio la razón. En otros casos más bien me mostraron una realidad que todavía no alcanzamos a discernir.

Uno de los pasajes más conmovedores del libro es una reflexión sobre las ausentes, que nunca envejecen. Al reconstruir sus historias hay de tu parte una inmersión en su lenguaje, en su uso de las redes sociales, expresiones y gustos. ¿Cómo fue para ti vivir con estas vidas interrumpidas en esa edad pasajera de la adolescencia, de la cual nunca salieron, y el proceso de restituir su individualidad más allá de lo que les ocurrió?

Hay temas con los que me engancho mucho, y sí, yo busqué información sobre las niñas de manera muy obsesiva, y revisé publicaciones una y otra vez. Tratando de dotarlas de individualidad. Luego se dice humanizarlas, pero no es eso, todos somos seres humanos. Quise ver cada una en sus tres dimensiones. Siento que cuando se habla de victimas es muy difícil no retratarlas como una especie de monigote. Si nos quedamos sólo con la superficie de la historia se vuelve más difícil, y nunca vemos de lo que se trata ese proceso de destrucción de ese ser humano y todo lo que la rodea. Entonces fui muy obsesiva, en particular en ciertos casos donde tuve más posibilidades de tratar de entender quiénes eran. La más grande tenía diecinueve años.

No las reduces a lo que les ocurrió, aunque eso es lo que determina el libro, sino que buscas que pueda verse lo que es ser una persona joven en ese contexto, las carencias y las aspiraciones. ¿Cómo fue para ti ese proceso de rearmar vidas en retrospectiva?

Cuando estaba estudiando en la universidad quería titularme con un trabajo sobre sociología del cine, sobre la representación de la violencia. Me acuerdo mucho que había un libro que explicaba la manera en la que se construían las historias de asesinos seriales y crímenes en el cine. Partía con una premisa que decía que en el zoológico los niños van a ver al león, no van a ver al borrego. Explicaba que, psicológicamente, nosotros como espectadores nos identificamos más con el león, porque es muy difícil —psicológicamente hablando— identificarnos con la víctima. Nadie quiere ser la víctima. En ese sentido, el papel de la prensa policiaca tiene que ver con un sentimiento de “uf, a mí no me pasó”. Por eso es tan fácil revictimizar. Siempre vamos a decir “algo habrá hecho”.  Tiene que ver con estigmatización, pero también con este proceso psicológico de pensar “le pasó por algo”, precisamente para no identificarte con la víctima. Yo estaba muy consciente de ese riesgo. Para mí la manera de evitarlo fue darle la mayor profundidad a las personas de las que estoy hablando, a las víctimas. En el periodismo de los diarios, que son tan rápidos, se intenta hacer por ejemplo escribiendo “le gustaba tal música”, pero aún así se queda corto, como un monigote. No la logramos ver. Es muy difícil. Tampoco quería quedarme nada más en el sufrimiento de la madre, sino ver realmente todo lo que hizo para buscar a su hija: es una odisea lo que sufren las familias. Y a partir de eso empezar a reconstruir quiénes eran ellas.

Al seguir a las familias que se adentran en este laberinto muestras que estos crímenes derivan en un abanico de abusos, maltratos, discriminación y otros crímenes.

Es algo que hemos denunciado mucho en prensa escrita, hay muchísimos colegas que lo han hecho. No fue mi principal intención porque mi objetivo era entender qué pasaba ahí. En estos casos que tienen muchas cosas en común, y que nunca fueron investigados. No lo digo explícitamente en el libro, porque hay cosas que no me constan. Yo no puedo decir “yo creo que tal y tal caso están vinculados”, pero las encontraron descuartizadas a las dos, en distintos momentos, en dos bolsas. Mi intención no era centrarme en los abusos que se han narrado hasta el cansancio, esta parte de los maltratos que sufren las familias, sino la manera en que todo esta construido para que jamás encuentres a una persona. Si encuentran a una chavita es porque hubo algún procurador que tenía algún interés y la familia tenía muchísima lana. Pero las autoridades que dicen que la desaparecida “seguro se fue con un novio” o “va a regresar con premio” es un construcción para no buscar. Yo no sé en qué momento termina la negligencia —porque es un trabajo que está rebasado, desaparecen muchas personas— no sé dónde termina esta parte de una falta de herramientas, y en qué momentos comienza la colusión. Porque hay claros indicios en un momento de colusión. O de participación.

Hay mucho cuidado en el libro en el retrato de las víctimas, y en dejar claro cuando las familias no quisieron hablar. También lo hay al momento de relatar los crímenes. ¿Cómo se relata un horror así, este grado de violencia?

Me han dicho que tal vez no era buena idea publicarlo. Yo maticé muchas cosas, porque en las autopsias era aún más doloroso. Maticé algunas cosas de las declaraciones para que el foco no estuviera en la monstruosidad de los victimarios, sino en todo lo demás. Para honrar de alguna manera a la víctima. Siempre me causa duda, al final. Fue algo que pensé mucho, sacarlo o no sacarlo. Lo consulté con las mamás, les di los borradores de sus casos, para evitar cualquier cosa que las afectara. Muchas no quisieron en su momento hacer público lo que les hicieron a sus hijas. Decidí ponerlo porque, desde mi punto de vista, hay una “romantización” de la trata. Pasa del gore de las descripciones gráficas en el periódico a esa visión casi romántica: me tocó con el caso de Stephanie Sánchez Viesca, en Torreón, todos los funcionarios, hasta el más choncho, decían “a tu hija se la robó un narco y la tiene como reina”. Por eso quise mostrar que lo que les hicieron estuvo muy mal, no fue un acto sexual, fue un acto de humillación y mucha tortura, de infligir mucho dolor a estas niñas y adolescentes.

Mi preocupación era cómo narrar esto sin aportar a esta cultura de tortura sexual y asesinato, en un sistema social, a nivel mundial, que ama la necrofilia.

Así como restituyes la individualidad de las víctimas, tampoco romantizas a los criminales, buscas mostrarlos como son y en su contexto. ¿Cómo te enfrentaste a relatar el horror sufrido por ellas sino y a la par saber cómo retratar a los victimarios?

Sobre ellos reconstruí lo que pude a partir de testimonios anónimos, que fueron los más difíciles de conseguir. Traté también de ser respetuosa con ellos, de tampoco hacer una caricatura. Son chavos también abandonados, creciendo en un lugar infame. Y con vínculos con la policía de ahí, con las policías municipales y estatales: eso a mí se me hace la línea de investigación que se tendría que seguir de manera muy clara y que jamás se hizo. Lo dice la mamá de Bianca (una de la victimas): “Estos chavos están muy enfermos”. A los quince años están violando y torturando niñas. Pero traté también de acercarme a ellos con respeto. Paco (uno de los victimarios, que fue confidente de la victima) dijo cosas abominables de Bianca (difamándola durante la investigación antes de ser detenido), que fue unos de las cosas que más me pegó, no sé por qué. Quizás porque de entrada yo las creí, y después cuando fui haciendo la investigación para reconstruir la figura de Bianca me di cuenta de que no era cierto. Yo como periodista tampoco quiero ser un Paco, no quiero decir de ellos nada que no me consta.

Inclusive, decidí incluir que ellos declaran que fueron torturados. Por eso decido entrevistar al abogado de uno de ellos, que fue algo muy difícil para mí. Porque también es válido que ellos den su versión de las cosas. Eso fue los más complejo: aglutinar todas las voces. Es más fácil tener una sola voz o dos voces que estén en concordancia. Cuando contrastas… la verdad es que yo no pude ni dormir varias noches, tratando de crear una narrativa que no traicionara la verdad de cada quien, desde su punto de vista. Ahí la pasé mal. Creo que es la primera vez que lo digo. Esa parte la pasé muy mal. Incluyo, por ejemplo, después de hablar tantas veces con la mamá de Bianca, tener que ir a hablar con el abogado del victimario. Había una parte de mí que le costaba mucho, pero es mi trabajo como periodista. No puedo publicar esta historia sin su versión.

¿Cómo llegaste a este título?

En 2014, cuando se dan a conocer los dragados en el Río de los Remedios (en busca de los cuerpos), un reportaje lo describió como “la tumba de agua”, y me pareció un muy buen título, pero después me quedé pensando: esto no es una tumba. Es una fosa clandestina. De alguna manera también quería ligar lo que ocurre en esta zona, tan pequeña, con lo que ocurre en todo el país. México es el país de las dos mil fosas (en los últimos 11 años). Esta es una fosa más, bajo el agua.

*Foto: Daniel Bolívar

 

 

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