Siete materiales para pensar en los animales

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Décima selección de la serie "Siete".

Es una verdad indiscutible que los seres humanos nos movemos en el mundo como si este se hubiera hecho para nosotros, y no nosotros para él. Los orígenes de esta actitud se remontan a Aristóteles, que colocó a todas las criaturas en una scala naturae vertical con los seres humanos en la cumbre. Siguiendo esta lógica, actuamos como si los animales nos pertenecieran para usarlos como mejor nos parezca: los capturamos para ponerlos en exhibiciones que nos entretengan, los torturamos hasta que aprendan a hacer trucos, construimos enormes mataderos para asesinarlos de manera eficiente y vender su carne empaquetada, perfectamente libre de sangre, como si nunca hubiera formado parte de un ser vivo. En el nombre de la tradición, criamos toros de lidia para enfrentarnos con ellos en un ruedo; en el nombre de dios, desangramos vacas vivas y las desmembramos antes de que pierdan la conciencia; en el nombre de la gastronomía, atiborramos con maíz cocido el estómago de un ganso para que su hígado crezca y después servirlo acompañado de una copa de vino.

Nos encargamos, entonces, de decidir cuáles animales se comen, cuáles podemos pisar sin pensarlo demasiado y a cuáles se les pone un suéter para que salgan en las fotos familiares. ¿De qué criterios se derivan los privilegios de cada especie? No de su inteligencia: a los cerdos, su agudeza intelectual (que es mucha) no los protege de morir hacinados en fábricas de jamón. Tampoco se derivan de su parecido físico con nosotros: cada año se cazan cientos de gorilas en la República del Congo para vender partes de su cuerpo en el mercado negro. Más bien hay que buscar las razones de nuestro especismo feroz en ese aglomerado de conocimientos, ideas y costumbres al que llamamos cultura.

Montaigne basó su elogio a los animales, que desarrolla principalmente en su Apología de Raimundo Sabunde, en un escepticismo total hacia la superioridad del ser humano. Me explico: tras observar nuestras imperfecciones, que son infinitas, el pensador bordelés concluyó que no tenemos base alguna para colocarnos por encima de los demás animales. “¿Se puede concebir algo más ridículo que esta criatura fracasada y miserable, que ni siquiera puede mandar sobre sí misma, se diga dueña y señora del universo?” Considerar a los animales como seres inferiores a nosotros, a los que podemos maltratar sin ningún tipo de consideración, no solo es cruel. Es ridículo.

A continuación, propongo siete materiales para pensar en los animales. Algunos se inclinan más hacia lo académico-científico, pero incluí también textos literarios que apuntan hacia formas más sutiles de entendimiento. Ahí también está la verdad.


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  1. La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872), de Charles Darwin.

Al poner en tela de juicio el protagonismo absoluto del ser humano como centro de la creación divina, las ideas darwinianas causaron una incomodidad tremenda en el ciudadano promedio de finales del siglo XIX. No fue la excepción cuando, 14 años después de sacudir a las buenas conciencias con la publicación de El origen de las especies, Darwin se interesó en estudiar la expresión de las emociones en los animales, incluyendo al hombre.

Partiendo de la idea –poco popular en esa época– de que ciertas emociones humanas no son necesariamente producto de nuestra cultura, sino reacciones innatas y universales, el naturalista británico concluyó que mucho de lo que sentimos deriva directamente de la evolución y, por lo tanto, tiene un origen compartido con otros animales. Así, Darwin fortaleció[1] una idea que, 100 años después, resultaría fundamental para el movimiento de liberación animal: no es la inteligencia sino la capacidad de sentir (es decir, de sufrir y disfrutar) lo que nos hermana con el resto de los animales, el cimiento de la obligación moral de respetar su vida.

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  1. Liberación animal (1975), de Peter Singer. 

El año pasado se cumplieron cuarenta años de la publicación de Liberación animal, obra cumbre del filósofo australiano Peter Singer. El objetivo de Singer es claro: denunciar el especismo con argumentos lógicos, llevando al lector de la mano para que este caiga en cuenta del terrible abuso al que sometemos a la mayoría de los animales y adopte por decisión propia un estilo de vida que contribuya a detener esta situación.

A pesar de no ser un trabajo estrictamente académico, el libro ha impulsado el debate contemporáneo en torno a la ética animal y ha sido inspiración para una serie de movimientos, unos más radicales que otros, que giran alrededor del respeto a los animales. Vista de modo global, la teoría de Singer es, de cierta forma, un trabajo vivo: a lo largo de los años, el filósofo se ha mantenido activo respecto a este tema y ha afinando algunas de las ideas propuestas en Liberación animal.

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  1. La pantera” (1902),[2] de Rainer Maria Rilke.

El poema empieza con la imagen de una pantera dentro de su jaula en un zoológico de París: “Cansada del pasar de los barrotes / su mirada ya no retiene nada. / Es igual que si hubiera otras mil rejas, / y detrás de ellas no quedará mundo.” La escena es familiar para todo aquel que haya visitado un zoológico: el fatigoso ir y venir de un animal en cautiverio es una de las imágenes que más vergüenza debería darnos como seres humanos.

El poema puede ser interpretado, claro, de varias formas: el animal enjaulado como un símbolo de la condición humana o como imagen universal de la barbarie domesticada o como una metáfora de la fiereza convertida en aburrimiento a fuerza de repetición. Sin embargo, la pantera del poema es, también, solamente eso: un gran felino condenado a pasar su vida tras las rejas para entretenernos. En la última estrofa, el poeta usa la palabra “cortina” para describir las pupilas del animal. Para la pantera ya no hay mundo detrás de las barras. De ese tamaño es el crimen cometido contra ella.

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  1. “Informe para una academia” (1917), de Franz Kafka.

En “Informe para una academia”, un simio llamado Pedro el Rojo se dirige a una academia que le ha pedido hacer un relato de su vida simiesca tal y como era antes de convertirse en un europeo promedio. Cinco años duró la transformación, a partir de su captura en África a manos de cazadores especializados. Luego vino el periodo de adiestramiento, al principio del cual el animal pasaba todo el tiempo en una jaula: “sollozos ahogados, la dolorosa búsqueda de pulgas, lameteo desganado de un coco, golpes de cabeza contra la caja, enseñar la lengua cuando alguien se acercaba: estas fueron mis principales ocupaciones en mi nueva vida”.

Poco a poco, Pedro el Rojo aprende a saludar de mano y a beber aguardiente hasta “evolucionar” y convertirse en ser humano. Para la academia esto es, por supuesto, una gran hazaña. Pedro, en cambio, habla de su transformación con una ironía que desarma al lector: “Yo no podría hacer lo que hice si me hubiera aferrado obstinadamente a mi pasado.” De su vida salvaje, el simio no recuerda nada. ¿A qué ha tenido que renunciar para adaptarse al mundo humano? Acaso lo verdaderamente importante de este relato no está en lo que su protagonista recuerda, sino en lo que ha olvidado.

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  1. Las vidas de los animales (2001), de J. M. Coetzee.

En 1997, J.M. Coetzee fue invitado a impartir las conferencias de la Cátedra Tanner en la Universidad de Princeton, dedicadas a atender un asunto ético importante y que generalmente toman la forma de ensayos filosóficos. Coetzee, activista incansable a favor de los derechos animales, decidió dedicar su intervención a este tema, pero de una manera poco usual: escribió dos cuentos sobre una novelista ficticia, Elizabeth Costello, que es invitada a Appleton College a impartir dos conferencias sobre literatura pero decide hablar sobre la manera en que los seres humanos tratan a los animales. El resultado fue tan potente, y tan entusiasta la respuesta del público, que las conferencias fueron publicadas en 2001 bajo el título Las vidas de los animales.

La forma ficcional que Coetzee decide darle a sus conferencias le otorga la libertad de prestar voz a toda una serie de puntos de vista sin tener que comprometerse del todo con ninguno de ellos. Como lector, es evidente que los debates que surgen en el libro están ocurriendo también al interior del Nobel sudafricano. En el mejor de los casos, son dudas que tenemos también nosotros.

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  1. Comportamiento moral en los animales (2011), de Frans de Waal.

Frans de Waal denomina “Teoría de las apariencias” a la tradición intelectual según la cual los seres humanos necesitamos someternos a un orden impuesto desde arriba, en forma de creencia sobrenatural, para poder vivir en sociedad. Para el primatólogo holandés, esta forma (fundamentalmente pesimista) de ver el mundo parte de un entendimiento erróneo de los mecanismos de cooperación que nos llevan a ser empáticos unos con otros.

Tras 40 años dedicados al estudio de los primates, De Waal ha concluido que el andamiaje moral de los seres humanos no difiere demasiado de ciertos mecanismos de cooperación y tendencias afectivas presentes en algunos animales. En esta charla TED, el destacado profesor presenta algunas pruebas de mecanismos de empatía, cooperación, justicia y reciprocidad que pueden observarse en chimpancés, bonobos y elefantes, entre otros.

  1. Corazón de perro (2015), de Laurie Anderson.

La artista Laurie Anderson presentó el año pasado una película extrañísima, casi una meditación, sobre la muerte, el duelo y el implacable paso del tiempo. Apartada de la narrativa tradicional, Anderson utiliza recursos visuales y sonoros (fotografías, dibujos, videos personales, grabaciones de voz) para formar una especie de collage que toca registros muy profundos en el espectador.

¿Qué tiene que ver esto con los animales? Al centro de la película está Lolabelle, la terrier ratonera que fue compañera de Anderson durante casi veinte años y murió en 2011. Tal vez para algunos resulte excesivamente simplista decir que Corazón de perro es solamente la historia de un perro, pero lo cierto es que el relato de la vida de Lolabelle y del vacío que deja con su muerte es el centro del cual se desprende todo lo demás. El amor de un perro es así: peludo, redondo, dulce. Es perfecto.

(Foto: cortesía de shankar s. y de The Public Domain Review.)


Otros materiales para pensar los animales

Libros

Eating Animals (2009) – Jonathan Safran Foer

El coloquio de los perros (1613) – Miguel de Cervantes

Love That Dog (2001) – Sharon Creech

Fauna de la Nueva España (1577) – Bernardino de Sahagún

Inside of a Dog (2009) – Alexandra Horowitz

Un animal es una persona (2016) – Franz-Olivier Giesbert

The Animal That Therefore I Am (2007) – Jacques Derrida

Timbuktu (1999) – Paul Auster

Consider the Lobster (2005) – David Foster Wallace

Apología de Raimundo Sabunde (1595) – Michel de Montaigne

Are We Smart Enough to Know How Smart Animals Are? (2016) – Frans de Waal

Colmillo blanco (1906) / El llamado de la selva (1903) – Jack London

 

Poesía

Nuevo álbum de zoología (2013) – José Emilio Pacheco

The Thought Fox (1995) – Ted Hughes

Dog Songs (2013) – Mary Oliver

 

Películas

White God (2014) – Kornél Mundruczó

Blackfish (2013) – Gabriela Cowperthwaite

The Cove (2009) – Louie Psihoyos

Grizzly Man (2005) – Werner Herzog

Cowspiracy (2014) – Kip Andersen, Keegan Kuhn

Earthlings (2005) – Shaun Monson


Notas

[1] Digo “fortaleció” porque la idea no era nueva: ya Jeremy Bentham había señalado la capacidad de sufrimiento como la característica básica que le otorga a un ser el derecho de que sus intereses sean considerados.

[2] En 1975, Borges escribió las siguientes líneas: “Tras los fuertes barrotes la pantera / Repetirá el monótono camino / Que es (pero no lo sabe) su destino / De negra joya, aciaga y prisionera. / Son miles las que pasan y son miles / Las que vuelven, pero es una y eterna / La pantera fatal que en su caverna / Traza la recta que un eterno Aquiles / Traza en el sueño que ha soñado el griego. / No sabe que hay praderas y montañas / De ciervos cuyas trémulas entrañas / Deleitarían su apetito ciego. / En vano es vario el orbe. La jornada / Que cumple cada cual ya fue fijada.”

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