¿Se puede renovar la democracia? Ideas para transformar una sociedad todavía oligárquica

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¿Cómo se convirtieron la democracia y la igualdad en los ejes centrales de sus investigaciones, cuestionamientos y preocupaciones políticas?

Pierre Rosanvallon. Me adherí a la Confederación Democrática Francesa del Trabajo  (CFDT) acabando mis estudios en la École des Hautes Etudes Commerciales (HEC) a finales de 1968. En aquel entonces empecé a leer mucho sobre la historia del movimiento obrero. Me había vinculado con el editor Leon Centner, quien había publicado una impresionante colección de cientos de panfletos sobre la construcción del movimiento obrero —Las revoluciones del siglo XIX— en 48 volúmenes. Hice que la CFDT la comprara en su totalidad y la devoré. A partir de ese momento advertí que podíamos entender las tareas del presente —el proyecto de la autogestión era entonces central— adoptando una visión de largo plazo. Quería entender también los fenómenos de entropía democrática: ¿por qué las estructuras colectivas no funcionaban cómo se esperaba? Estos cuestionamientos sobre la organización de la vida democrática constituyeron mi primer programa de investigación.

El segundo programa se avocó sobre todo a los tipos de conflictos sociales de la década de 1970: conflictos que configuraban un nuevo panorama de reivindicaciones y convocaban a reformular los términos de la emancipación individual y social. En mi primer libro, Jerarquía de los sueldos y lucha de clases, firmado con un seudónimo, me cuestionaba por ejemplo sobre las disparidades laborales admisibles. ¿Cuál es la diferencia de sueldo tolerable entre un trabajador y un director general? ¿Cómo se debe definir el salario mínimo? A estas preguntas se añadieron otras relacionadas con las instituciones de la solidaridad y las condiciones en las que estas se empezaron a deslegitimar a mediados de la década de 1970. Estos tres pilares de mi trabajo se construyen a partir de los cuestionamientos que surgieron durante mi experiencia sindical, de mis lecturas sobre la historia del movimiento obrero, y también de los viajes que hice para estudiar los kibutz y las empresas autogestionadas en Yugoslavia.

Jacques Rancière. En 1968, vimos desplegarse las preguntas que creíamos resueltas: qué significa el movimiento obrero, la lucha de clases, etc. Para dimensionarlas, me aventuré en una investigación arqueológica que remonta a los años 1830-1840. Me di cuenta del papel fundamental de la democracia en la historia del movimiento obrero —una postura muy lejana de la crítica marxista según la cual la democracia es una máscara de la explotación. Era la época en la que aplaudíamos las revueltas salvajes. Pero lo que me llamó la atención fue la forma de proceder de los obreros: cómo históricamente la huelga surgió como una construcción racional de personas que no solo exigían mejores salarios y condiciones de vida, sino también ser consideradas como sujetos capaces de pensar, hablar y decidir. Esta afirmación obrera de su capacidad para pensar y no solo luchar fue un elemento esencial de mi concepción de la democracia. Los trabajadores se reivindicaban como copartícipes de un mismo mundo: se emancipaban de una identidad obrera impuesta para ganar una nueva forma de comunidad obrera. Esto marcó mi concepción de la democracia y de la emancipación: los que se encuentran del otro lado no solo reclaman “su parte”, sino su entera capacidad como seres humanos, con todo lo que ello implica. Yo era un filósofo, pero en lo que se convirtió mi obra Noche de los proletarios no era una tesis de filosofía, ni de historia, ni siquiera de ciencia política. Fue un extraño encuentro que me obligó a romper con el modelo académico, que solamente acumula y procesa la información. Ya no consideraba a los textos producidos por los obreros como un vector de información sobre las condiciones de trabajo, sino como un pensamiento en acción que yo debía continuar y compartir.

Entonces, no están por un lado los intelectuales que piensan y, por el otro, los obreros o los empleados que trabajan. ¿Esta representación y dicotomía de los papeles y las funciones todavía persiste?

P.R. Hacia 1968 existía un tipo de activista sindical en la CFDT que se parecía a los trabajadores de 1830 estudiados por Jacques Rancière, que destacadamente leían muchísimo. Entonces descubrí que había una verdadera vida intelectual fuera de la vida académica. La creación de La République des idées o de La Vie des idées se inscribe en la continuación de este descubrimiento, con el objetivo de producir y hacer circular un conocimiento socialmente apropiable, unido a la experiencia.

J.R. Se necesita un cierto grado de estupidez para adoptar el papel del intelectual y suponer que hay una categoría de personas que piensan mientras que los otros no lo hacen. Esto va de la mano con la idea de que las personas son oprimidas porque ignoran por qué lo son. No se necesita decirles por qué y cómo son oprimidas: ellas lo saben perfectamente. Al trabajar sobre la historia de la emancipación de la clase trabajadora, tomé conciencia de que realmente el problema de estos trabajadores no era entender el sistema, sino pensar en la posibilidad de un mundo diferente y en su capacidad para construirlo.

Muchos intelectuales nos dicen que el capitalismo estaría superado por la sociedad post-industrial, en la que el consumo triunfa sobre la protesta. ¿Comparten este diagnóstico?

J.R. Durante años vivimos en la ilusión de haber superado el capitalismo industrial,  de estar en una sociedad post-fordista en la que el trabajo físico habría desaparecido y el mundo se habría convertido en un universo de pequeños burgueses consumidores. Pero la realidad del capitalismo no es la de sociedades en las que relaciones de dominación se han evaporado. Por el contrario, nos encontramos de frente con formas de explotación que pensábamos en el pasado. El trabajo doméstico, el de los niños y los esclavos son parte de la economía capitalista. La superación del capitalismo fordista es la pulverización organizada de los procesos de trabajo, la construcción de un mundo donde todo separa a las personas, dividirlas para evitar cualquier encuentro y por lo tanto cualquier lucha colectiva. También es una sociedad en la que las brechas de la desigualdad se siguen ampliando, a pesar de lo que prometía el triunfo del igualitarismo.

P.R. Una era del capitalismo industrial terminó en la década de 1970. Se trataba de una era caracterizada por un modo de acumulación del capital y una organización de la producción que producía ella misma a la clase obrera. Fue un capitalismo en el que los procesos y las formas de organización estandarizados definían al trabajador. Un nuevo modo de producción se desarrolló que no se contentaba con explotar la fuerza anónima del trabajo. Mientras que el capitalismo industrial convocaba la generalidad, el capitalismo de innovación moviliza la individualidad. Lo que produce riqueza hoy en día no es solo la explotación mecánica, sino también la valorización de todas las formas de singularidad: la creatividad, la participación, la responsabilidad. El compromiso, la creatividad, la autonomía, son los factores que determinan la producción moderna —con las nuevas formas de dominación sobre  las personas que de ellos resultan. Con la globalización también se expresa la heterogeneidad de las formas capitalistas: en nuestras sociedades coexisten los restos del capitalismo fordista, e incluso formas más arcaicas, con un capitalismo de innovación altamente desarrollado. La globalización no es solo la multiplicación de los intercambios.

¿Estamos entrando en una Europa post-democrática, como afirma el filósofo alemán Jürgen Habermas?

J.R. Hoy en día nos imponen la idea de que los problemas del mundo se volvieron tan importantes que ya no pueden ser confiados a una decisión popular. Tómese como ejemplo la segunda votación sobre la Constitución Europea: el presidente Sarkozy había afirmado que se trataba de una cuestión demasiado importante como para que fuera votada por los franceses. Esto no es simplemente una cuestión de orden constitucional, es una relación entre formas opuestas del entendimiento. Se trata de una ruptura irreversible entre dos mundos.

P.R. Cuando Jürgen Habermas habla de la tendencia a propagar las ideas democráticas en formas simples de gestión y de regulación, identifica una de las dimensiones esenciales de la crisis de la democracia moderna. Hoy en día se ha desarrollado lo que se conoce como gobernanza, una forma de “diseminación” de la política. En ese sentido se puede decir que hay una despolitización “técnica” de la democracia. Esto se puede justificar en ciertas áreas y en la medida en que a veces esto corresponde a una demanda de regulación “objetiva” para limitar una cooptación partidista de la política. Pero el problema es que no ha habido un movimiento inverso de repolitización auténtica en torno a los problemas esenciales de la convivencia. Somos también testigos de la lenta erosión del modelo democrático,  que se reduce cada vez más a un momento electoral. El problema yace en que la sacralización de las elecciones termina por succionar y reducir la propia esencia de la política. Pero la vida democrática presupone una deliberación sobre las reglas de construcción del espacio común en materia de redistribución, de igualdad, de justicia, de la gestión de las diferencias. Y subsiste la cuestión fundamental sobre la organización del poder ciudadano, que no se limita a la organización de una delegación, sino que implica formas de control, vigilancia y evaluación con una dinámica activa y permanente.

¿Cuál es la naturaleza de la crisis de la democracia y la despolitización que está obrando hoy en día?

J.R. Yo no creo que haya una diseminación de la política, sino más bien una confiscación, una apropiación central por parte del Estado. La pregunta es: ¿Qué consideramos primario en la idea misma de la democracia? La democracia me parece ser esencialmente una práctica que crea un sujeto popular, independientemente del pueblo que está representado en el parlamento y en el Estado. Democracia y representación no son conceptos que se asocian normalmente —en su origen son incluso opuestos. Debemos recordar que la “democracia representativa” es una contradicción en los términos; no hay entonces por qué esperar una regeneración de la democracia del proceso electoral, y sobre todo no de la elección del presidente de la República. La institución presidencial es una institución claramente ideada para ser antidemocrática; fue creada en Francia en 1848 para preparar el regreso a la monarquía y recreada por De Gaulle para compensar el “desorden” popular. Es una institución  monárquica,  injertada en la República.

P.R. No puede haber democracia sin un intercambio de conocimiento y de  información y, por otra parte, sin una deliberación intensa sobre todo lo que constituye el mundo común. Hoy en día la democracia debe revitalizarse sobre la base de lo que he denominado una contra-democracia.  No todos los ciudadanos pueden ejercer el poder, pero todos pueden vigilar y participar en el debate público.

La contra-democracia no es el opuesto de la democracia, sino lo que la consolida. Debemos poner fin a la ilusión de que podemos crear un mecanismo simple, plenamente representativo, con el cual la voluntad del pueblo sería transmitida  perfectamente a unos intermediarios transparentes que tomarían buenas decisiones. ¡Es una ilusión! Debe haber contra-poderes, instancias de control, fuerzas que puedan advertir y reajustar. No es casualidad que en la antigua Grecia se elegía el mismo número de controladores que de gobernantes. En una democracia hay entropía por todas partes. Y para que pueda progresar debemos hacerla más compleja y romper con la vieja concepción mecánica que obra únicamente a favor de los intereses de la clase política y que, al mismo tiempo, es una máquina que produce desconfianza porque amplia la brecha entre el discurso y la realidad.

Entonces, representar no es únicamente delegar, sino transmitir realidades, dar a conocer existencias. Las vidas que no son narradas carecen de dignidad. Existe una acción social que puede llevarse a cabo para producir, en aras de otro tipo de representación, una vida social autónoma que podemos organizar para revivir la deliberación, el debate político y democrático.

¿Están los socialistas, que acumulan casi todos los poderes en Francia, a la altura de esta crisis de representación?

J.R. Nosotros no vivimos una crisis de representación. Mientras que en Madrid los manifestantes decían a los candidatos “No nos representan”, en Francia había un gran fervor por las primarias socialistas, renovando la ilusión de que la elección presidencial es el corazón de la democracia, aunque esta sea el último baluarte de la monarquía, del hombre que encarna la colectividad en su persona. Estas famosas “primarias” no son en lo absoluto una “renovación democrática”. No hay democracia si la identificamos exclusivamente con las formas de reparto del poder organizadas en torno al sistema parlamentario y presidencial.

La democracia no es una opción más dentro de un catálogo de ofertas —se trata de un poder de acción. Este es el poder de cualquiera, de los que no tienen título, riqueza, nacimiento, conocimiento o cualquier atributo que los califique para ejercer el poder. El poder del Estado reduce continuamente ese poder. Por  ello, es cada vez más necesario contar con fuerzas democráticas autónomas que tengan sus propias agendas, sus patrones de especialización, evaluación y control para armar al pueblo contra las formas actuales de dominación. Karl Marx decía hace ciento cincuenta años que nuestros Estados eran los comités ejecutivos del capitalismo internacional. En aquella época era una exageración, pero hoy en día ¡es una realidad! Nuestras configuraciones estatales están sometidas a la lógica capitalista. No debemos esperar de partidos que juegan el juego parlamentario que se sustraigan de esta lógica —es ella lo que les permite existir; no son capaces de imaginar algo distinto. El problema de la democracia es el de la imaginación. Hubo partidos obreros, comunistas y socialdemócratas que supieron crear contra-poderes a los poderes dominantes de la sociedad capitalista, formas de ejercicio intelectual, político y económico de la inteligencia colectiva. Esto ha desaparecido totalmente. Se acusa a nuestros socialistas de ser socialdemócratas. Están muy por debajo de eso.

P.R. El problema es que el socialismo francés no tiene un ápice de socialdemocracia en el sentido auténtico del término. No lo fue cuando tenía que haberlo sido y ahora es demasiado tarde. La socialdemocracia no solo es una denominación más del reformismo, es el nombre de un proyecto histórico de gestión común del Estado de Bienestar entre las fuerzas del trabajo y del capital, así como de la organización del acuerdo entre clases. En concreto, la socialdemocracia pretende frenar el capitalismo y reequilibrar la relación entre sus formas financiera e industrial. Este acuerdo de clases debe reinventarse por completo en la era de la globalización y del capitalismo de innovación. En el orden estrictamente político, no veo en la actualidad ningún programa que avance en esta dirección. Proponen a veces  excelentes reformas, pero están limitadas, como la duplicación de mandatos. Debemos mirar más allá del perfeccionamiento de la máquina electoral representativa.

Un partido progresista debe darle un nuevo significado a la democracia, permitir el florecimiento de todas las formas de contra-democracia, de vigilancia, de control y evaluación ciudadana. Debe transmitir la expresión de la sociedad y sobre todo poner en práctica una política de la igualdad, que tanta falta hace hoy en día en Europa. Se trata de inventar un nuevo tipo de socialismo, un socialismo que en primera instancia promueva la democracia y la igualdad.

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Entonces, ¿cómo regenerar la democracia? ¿Debemos acabar con la acumulación de puestos en una sola persona y la profesionalización de la vida política?

J.R. Para instaurar democracia en el funcionamiento del Estado hay que repensar la representatividad y ponerle fin a las reuniones de los notables locales, esos diputados que solo representan intereses particulares, y no los de la nación. El fin de la acumulación de puestos en una sola persona es loable, pero hay que repensar todo el proceso de asignación de los puestos de representación popular. Se han acabado ya los puestos vitalicios, ¡pero no deberían ser incluso renovables! La democracia requiere una mayor rotación, de manera que haya la menor proporción de políticos profesionales posible. El problema es que las reformas que se han propuesto no pretenden replantear el sistema representativo. De modo que sí, cualquier cosa que minimice la concentración del poder es buena, pero los esfuerzos para reducirla son tan pequeños que no se puede esperar mucho.

P.R. La profesionalización de la política es lamentablemente una tendencia global de nuestras democracias. En la izquierda, muchos de los políticos electos no habían sido más que asesores parlamentarios, miembros permanentes del partido o empleados de la UNEF [Unión Nacional de Estudiantes de Francia] al finalizar su carrera universitaria. Pero, ¿cómo luchar contra esto? Podemos en efecto desear que los políticos electos permanezcan menos tiempo en los puestos, pero creo que es más eficaz desarrollar nuevas formas de política post-representativa que apuntar a una representación utópicamente perfecta. El problema no es solo resolver las deficiencias de las instituciones. No podemos apostarle únicamente a las reformas en esta área. Una vida política y una democracia independiente de las instituciones electorales representativas es esencial.

¿Debemos traer de regreso el sorteo?

J.R. Efectivamente, hay que sortear todo lo que se pueda. El sorteo es una técnica  pertinente para elegir a las personas que no encarnan una capacidad específica, sino la capacidad común. Debemos restablecer la idea —considerada durante mucho tiempo como justa y normal— de colocar en el poder a personas que no desean acceder al poder y no tienen un interés personal en su ejercicio. Hoy en día se considera normal llevar al poder a aquellos que lo desean más. ¡La era Sarkozy fue una apoteosis de esto! Debemos agregar un poco de incertidumbre a la política. Los partidos que, en principio, agrupan militantes que encarnan el mismo principio de bien común bien podrían sortear sus candidatos. Si no es así, quiere decir que piensan que solo tienen un pequeño núcleo de hombres calificados y que los otros son cretinos, y de ser el caso, ¡hay que decirlo con claridad! No se trata de duplicar las instituciones electorales representativas con instituciones participativas. Esto solo crearía una nueva categoría de profesionales. Hay que darle más margen a los mecanismos de producción de “quien sea”.

P.R. El sorteo es una técnica pertinente para elegir una persona ordinaria, y perfecta  si partimos de la premisa de que cualquier persona es capaz de realizar esta tarea (un jurado en materia penal, por ejemplo). La elección es un mecanismo de selección que permite aplicar los criterios deseados (la experiencia, la capacidad de gobernar, el posicionamiento político, etc.). Por lo tanto, no se trata de duplicar las instituciones electorales representativas con instituciones participativas paralelas. El objetivo debe ser re-politizar lo relativo a la elección, al tiempo que dé preeminencia a los mecanismos de producción de “quien sea” (en términos de la deliberación, el control, el juicio). En esta cuestión existe también un problema de “desempeño democrático”. Nos damos cuenta así, hoy, de la enorme energía que se requiere en un partido político para obtener un resultado, a causa de las rivalidades y las corrientes personales. En lo personal, prefiero concentrar mi energía de otra manera. Creo que contribuyo más al progreso de la democracia fuera de un partido que dentro. Si la política se ha profesionalizado, también se debe a que, para muchas personas, la inversión que requiere pertenecer a un partido se ha vuelto demasiado grande y con rendimientos efectivamente decrecientes.

¿Piensan que la izquierda en el poder tiende a desatender una política de la igualdad y a privilegiar lo societal en detrimento de lo social?

P.R. No tiene sentido contraponer lo societal a lo social. La realidad es que existen varios escenarios de la igualdad que abarcan todas sus dimensiones: la singularidad, la reciprocidad y la comunidad. Esto no implica que una de estas facetas deba absorber a las demás. Cada una representa una forma de igualdad, definida como una forma de producción de la autonomía y de lo común, porque la igualdad es la capacidad de vivir como iguales y no solo una definición aritmética, mecánica o económica de los lazos sociales. Si la idea de la igualdad retrocede y, a la par, crece la justificación de la desigualdad, la batalla de las ideas debe llevarse en este campo. Gran parte de la crisis de la igualdad emana del hecho de que la desigualdad está anclada en las mentalidades. Esto deriva en particular de las teorías de la justicia, que se centran en las diferencias admisibles entre individuos. Bajo esta óptica, todas las desigualdades que suponen un vínculo al trabajo o a la virtud de las personas son justas, mientras que las desigualdades heredadas son injustas. El primer problema es que la realidad de la reproducción de las desigualdades es esencial. Pero, más aún, la problemática es organizar un mundo común, y no solo la yuxtaposición de individuos.

J.R. La igualdad debe presuponerse, no es un objetivo a alcanzar. Lo primero, entonces, es reconocer la capacidad de las personas consideradas “ordinarias” para construir una vida individual y una vida común. La primera cuestión compartida tanto por lo “social” como por lo “societal” es la confianza en una capacidad compartida. En primera instancia debemos reconstruir un mundo intelectual común. Eso no basta, pero todo transita por ahí, ¿confiamos en la capacidad de las personas para construir por sí solas lo “común”? Hay una forma de decisión inicial con respecto a un mundo en el que la desigualdad es considerada como la estructura normal de las cosas y la igualdad como un ideal utópico y loco. Esta es la problemática que subyace el debate sobre matrimonio homosexual. Hoy en día, cualquier idea igualitaria parece contra natura. Eso es lo que recorre todas las cuestiones: vivimos en un mundo en el que la organización en su conjunto y el clima ideológico creado por treinta o cuarenta años de contra-revoluciones intelectuales convirtieron la igualdad en una especie de utopía loca de personas que quisieran que un hombre pueda ser una mujer, y una mujer un hombre. Esta problemática va más allá  del debate sobre el matrimonio para todos.

¿El escándalo Cahuzac  [Jérôme Cahuzac, Ministro de Presupuesto de Francia, mintió sobre su cuenta bancaria en Suiza y fue obligado a renunciar en el 2013] ha sido calificado como una “crisis democrática”? ¿En qué sentido este escándalo es un botón de muestra del mal que corroe nuestra confianza en la política?

P.R. La confianza está ligada a la capacidad de formular una hipótesis sobre el comportamiento futuro de una persona o grupo. En consecuencia, se menoscaba con cualquier cosa que rompe los compromisos, como las promesas incumplidas: el problema de origen es el lenguaje político en general. Se ve más aún perjudicada por una revelación de duplicidad o una mentira estructurante. El problema es que la confianza se construye poco a poco, por la acumulación de méritos, y que se destruye abruptamente. Es como la reputación. Para reducir la desconfianza, debemos recobrar los rudimentos del compromiso político, es decir, reconocer la responsabilidad genérica de quién está a cargo de la regulación de un sistema,  aún y cuando no sea “culpable”. En el escándalo Cahuzac, para mí claramente Pierre Moscovici [el Ministro de Finanzas] tuvo que haber dimitido porque uno de sus ministros erró.

J.R. Es cómico ver una “crisis de la democracia” en el hecho de que el oligarca aprovecha su puesto para enriquecerse: la confusión entre riqueza y poder es el principio mismo de la oligarquía. En cualquier caso, el escándalo Cahuzac es un daño colateral de la simbiosis sistémica del poder económico y del poder del Estado que nos gobierna. Desde esta perspectiva, los que hacen el mayor daño son los políticos honestos que ejecutan, con manos limpias,  la política dictada por las instituciones financieras.

¿Les parece que las medidas de transparencia y la lucha contra los conflictos de intereses están a la altura del desafío?

P.R. Nos equivocamos si hacemos de la transparencia un objetivo y un valor en sí mismo. Si la transparencia de las instituciones es esencial y se debe desarrollar plenamente, la transparencia de las personas, en cambio, debe ser mesurada. Una concepción liberal del mundo se funda en la separación de lo privado y de lo público. Exponer la privacidad (y por lo tanto el patrimonio) tiene sentido únicamente si es un medio necesario para garantizar en la política fines tales como la imparcialidad  (ausencia de conflictos de interés), la moral (comportamiento individual), la dignidad de la función pública. Pero no se trata solo de los hechos, aquí lo que cuenta es la percepción de los ciudadanos. Por lo tanto, debemos redoblar los mecanismos de prevención para indagar las sospechas, ese veneno de la confianza y de la democracia que alimenta los populismos.

J.R. La cuestión aquí es definir ese desafío. Si se trata de mejorar la imagen de los gobernantes, pueden tener cierta eficacia. Si se trata de destruir la influencia de los poderes financieros, está claro que no tienen ninguna oportunidad de hacerlo, ya que, en cualquier caso, nuestros gobernantes no tienen de ninguna manera esa intención.


Entrevistador: Nicolas Truong.

Traducción de Daniela Muñoz Levy.

Crédito: Nicolas Truong, Le Monde, 7 de mayo de 2013, traducido con la autorización del autor y Le Monde.

Imagen superior: Jacques Rancière, foto cortesía de Facultad Libre.

Imagen inferior: Pierre Rosanvallon, foto cortesía de Semaines sociales de France.

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