Ricardo Piglia: escribir al lector

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La foto pudo haber sido tomada en la tarde, en la noche, o en plena mañana. En el estudio del fotógrafo, o bien en un apartamento cualquiera. Pero me gusta imaginar que fue tomada en el estudio de lectura del escritor, tan pronto empezaba a atardecer, cuando las luces empezaban a extinguirse y el acto de lectura adquiría un espesor particular. En la foto el escritor aparece de frente a la cámara, con el ojo izquierdo cerrado. Como si a falta de luz, intentase concentrar toda su visión sobre ese ojo derecho al que, sin embargo, no vemos directamente, distorsionado como está por una pequeña esfera de cristal que el escritor sostiene con la mano derecha. Sobre esa pequeña esfera, que mucho tiene de lupa o de mundo en miniatura, vemos entonces el reflejo confuso de una realidad contorsionada. En medio de ese mundo reflejado e invertido, el enaltecido ojo derecho parece crecer con autonomía propia. Al pie de la imagen, en el recuadro derecho, la mano izquierda le sirve para sostener sus anteojos. Tratándose de cualquier otro escritor, podría ser una imagen sencilla, un mero juego impresionista. Tratándose, sin embargo, de Ricardo Piglia, la imagen condensa, sobre la esfera luminosa de ese ojo invisible, una puesta en escena de una vida dedicada a pensar la lectura como una forma de vida.

Tratándose de Ricardo Piglia, en cuya obra la lectura se erige con la fuerza de una poética propia, la fotografía despliega todo una teoría de la literatura, a través de un juego de alusiones que nos fuerza a reescribir la imagen. Ya entonces, en esa segunda lectura, la esfera de cristal no es mera lupa sino un pequeño aleph y esa mirada singular la puesta en escena de una poderosa propuesta crítica: el mundo se entiende mejor cuando se le niega su transparencia, cuando nos entregamos a los juegos de las miradas traviesas que propone el lente lector. La propuesta, paradójica y llamativa, parecería ser esta: el verdadero sentido del mundo no es algo que este allí, dado a nuestros ojos, sino un enigma doble que solo adquiere su forma a partir de las distorsiones que propone el opaco prisma de la lectura. El mundo, por así decirlo, tiene algo de esos estereogramas que jugábamos de niños, ante los cuales torcíamos la mirada en busca de ese momento en el que el veíamos surgir, entre la superficie llana, la silueta de una tercera dimensión desconocida, esa silueta negativa que nos regalaba un mundo nuevo: un elefante, una jirafa, un león. Para Piglia, sin embargo, la mirada estrábica que nos provee la literatura gana una densidad propiamente política ya que nos provee de un artefacto desde el cual explorar la falsa escisión de nuestra realidad social: aquella que separa al supuesto mundo real de aquellos alternativos, aquella que separa la vida privada de la vida pública, aquella que se empeña en distinguir la alta cultura de la cultura de masas. Heredero de Borges, pero también de Roberto Arlt, de Joyce pero también del hard-boiledestadounidense, Piglia apuesta por la lectura como un lente de acceso a un lugar propiamente utópico, dentro del cual la realidad desglosa su carácter cifrado, su doble sentido. La utopía de la lectura bien podría ser entonces un posible título para esa foto que nos regala la imagen de Piglia empeñado en descifrar el mundo a través de su aleph privado.


No ha de extrañar, entonces, que sea precisamente esta la foto que adorne laAntología personal del autor que Anagrama y el Fondo de Cultura Económica acaban de publicar este pasado año en España y América Latina, respectivamente. Pues se trata, tal y como comenta el propio Piglia en el prólogo, de una selección de textos que busca esbozar ese “oscuro rastro biográfico” que ha quedado cifrado a través de su obra. Un oscuro rastro biográfico que marca su escritura del mismo modo que el crimen cifra un desvío dentro del campo de la ley. Ya decía el propio Piglia, en una de sus tesis más conocidas, que la crítica es una de las formas modernas de la autobiografía: “Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas.” LaAntología personal sería entonces un buen lugar desde el cual empezar a pensar en los modos mediante los cuales su obra pone en escena esta poética del desvío y del desplazamiento, una puesta en escena de la lectura como el lugar utópico desde el cual la tradición se ve desestabilizada por la mirada siempre política de un lector obsesivo. Escribir desde las lecturas ha sido siempre, para Piglia, escribir desde un lugar desplazado, excéntrico, desde el cual la realidad no es meramente idéntica a sí misma, sino un espacio repleto de posibilidades inexploradas. Escribir al lector se convierte entonces, dentro de esta poética, en un gesto político que lo apuesta todo a narrar ese momento en el cual nos desplazamos de lo propio a lo ajeno, de lo biográfico a lo ficcional. Ese momento en el que Ricardo Emilio Piglia Renzi se convierte, a través de un desplazamiento mínimo, producto de una lectura transversal, en Emilio Renzi.


Tal vez por esto me gusta pensar que las páginas de esta Antología personal cifran ese extenso y silencioso diálogo que Ricardo Piglia y Emilio Renzi han sostenido por décadas, como si se tratase de una inversión secreta de su obra pública. En ese diálogo, autor y alter-ego, autor y personaje, traman un complot contra la transparencia del mundo. Y es que desde su aparición en la primera publicación de Piglia —La invasión, de 1967— Renzi se ha convertido en un sinónimo del modo en el que la literatura opera sobre el statu quo de la realidad. Como antes lo hiciera el maravilloso Quentin Compson de William Faulkner, la entrada de Renzi al mundo ficcional de Piglia implica la disruptiva entrada del lector al mundo transparente del pragmatismo. Tal y como ha apuntado el propio autor, Renzi “es el lugar desde el cual el mundo puede ser visto desde el estilo, desde las tramas.” Por decirlo de otro modo: Renzi es el mundo visto desde el efecto de refracción o paralaje que produce la literatura. Donde el pragmatista ve la mera realidad, con su lógica causal bien delineada, Renzi, como el gran lector obsesivo que es, encuentra una multitud de redes y tramas que buscan desestabilizar la imagen unívoca del mundo. La literatura, parece decir Piglia, es la opaca superficie que sirve para contorsionar la lógica causal del capitalismo pragmático. Donde el pragmatismo ve la parsimonia de un presente unívoco, la literatura esboza un complot contra lo real. Así, la Antología personal recrea ese espacio ficcional, múltiple y utópico, que Piglia ha construido durante las pasadas cuatro décadas: un espacio alucinado dentro del cual el Che Guevara aparece como un lector insigne y Borges como un visionario de izquierda. Un espacio múltiple desde el cual la historia de la literatura se reordena en torno a una conciencia política que nunca se rebaja al panfleto ni a la mera ideología. Escribir es aquí siempre un gesto político, un acto negativo a lo Bartebly, que comienza por negarse a aceptar el mundo tal cual.


La obra de Piglia abunda en personajes que se retraen del mundo para poder mejor intervenirlo. La soledad del lector gana así un potencial político. Desde la impresionante máquina de Macedonio en La ciudad ausente hasta la megalomanía de Luca Belladona en Blanco nocturno, sus ficciones imaginan modos mediante los cuales desviar el sentido común. Tecnologías del sentido que imaginan formas de alcanzar esa distancia precisa desde la cual la crítica se vuelve posible como modo de acción. Uno de los ejemplos más impactantes de esta postura lo hallamos en el prólogo de El último lector, donde el autor relata —en lo que constituye su reescritura personal de “El Aleph”— el proyecto alucinante de un fotógrafo que, desde su casa en el barrio de Flores, dedica sus días a imaginar un proyecto imposible: una réplica tan exacta de la ciudad de Buenos Aires que, lejos de establecerse como mera representación de la realidad citadina, se instaura como su causa secreta. Lo que pasa en aquella ciudad en miniatura determina los pequeños eventos que ocurren a través de los barrios porteños. La realidad obedece a la réplica y no al revés. Pensar esa ciudad imposible, parece decirnos Piglia, es pensar la forma en la que la lectura reordena nuestro mundo a partir de una mirada microscópica y solitaria, mediante la mirada estrábica del lente lector. Pensar que desde Flores alguien es capaz de construir un mundo microscópico que altera el orden real es, por ende, otorgarle a la lectura su rol dentro de una utopía vanguardista que aspira a trastocarlo todo. El lector se establece así en el gran héroe moderno, en una suerte de detective privado que busca, desde las ruinas de lo real, la escritura de los posibles mundos futuros. El ojo que mira a través del opaco cristal no es, entonces, un ojo inocente. Es el ojo, juguetón y travieso, que se atreve a conspirar contra el orden establecido.


A Piglia le gusta recordar la famosa frase que dicen Faulkner pronunció al terminar The Sound and the Fury: “Escribí este libro y aprendí a leer.” Me gusta pensar que su obra obedece a una lógica similar. Mirando la fotografía de Pablo Piovana que adorna la portada de esta reciente Antología Personal se me ocurre que su obra ha sido un gran peregrinaje hacia la lectura, hacia esa casa de Flores donde, detrás de un lente de lectura, se esconde una réplica microscópica de un mundo listo para ser contemplado tan pronto cae la tarde.

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