Políticas de la memoria: recordando a las víctimas

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La violencia en la que se ha sumergido México instituye día con día un periodo al que en un futuro no dudaremos en describir como traumático. Llegará el momento en que volteemos a ver estos años en que se habrán acumulado más de ochenta mil cuerpos en el territorio nacional y busquemos cómo lidiar con su recuerdo. El dolor nos habrá enemistado ya con sus perpetradores y una reinterpretación de ese pasado tal vez nos ayude a definir qué hacer con el trauma. Sin embargo, lo cierto es que por desgracia aún no estamos en ese momento. Hoy, por lo menos como nación, todavía no nos toca recordar.

En la construcción identitaria, la memoria –ese pasado que se mantiene en el presente y frente al cual se establecen continuidades o rupturas– funciona como un referente fundamental. En su dimensión pública y por su potencial político, la memoria se vuelve objeto de múltiples disputas que están siempre relacionadas con la distribución del poder entre aquellos que reclaman el recuerdo y los que lo otorgan. Particularmente después de periodos traumáticos y de situaciones de represión y de sufrimiento colectivo, la conmemoración y el recuerdo son cruciales, según la socióloga Elizabeth Jelin, pues funcionan para reivindicar, responsabilizar y, tal vez, reconciliar. Pero para todo ello la realidad traumática en principio debe ser, efectivamente, pasada.

Sin importar estas condicionantes temporales, desde abril de 2013 existe en el Distrito Federal un Memorial a las Víctimas de la Violencia en México.  Se trata de un conjunto de enormes torres de acero, abstractas y vacías, atrapadas entre dos grandes avenidas, Reforma y Periférico, y el Campo Marte.  Más allá de su desfase y premura, el contexto de la construcción de este memorial y el tipo de recuerdo que propone son suficientes para cuestionar su pertinencia y alcance.

Su construcción fue resultado de una exigencia de la sociedad civil, pero de un espectro muy particular de la misma, y no sin conflicto entre las organizaciones preocupadas por trabajar con las víctimas de estos años de especial violencia en México. Específicamente, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad criticó la ausencia de un proceso público en la definición del memorial, y en respuesta propuso en noviembre de 2012 que la Estela de Luz fuera declarada Memorial de las Víctimas de la Violencia en México y Estela de la Paz. La idea era que este monumento que pretendía conmemorar a la nación fuera resignificado y transformado en un espacio para recordar, a la par que se trabajara en la construcción de una base de datos con los nombres de las víctimas de la guerra, la violencia y la violación de derechos humanos en el país. Otras críticas se han enfocado en la paradoja del lugar elegido para este lugar de duelo: un terreno donado por la Sedena y contiguo al Monumento Magno Conmemorativo del Ejército Nacional. Finalmente, y para atizar la polémica, el presidente Calderón decidió no inaugurar él mismo este espacio y, convenientemente, prefirió “entregar” el monumento ya construido a las organizaciones convocantes para que estas se encargaran de presentarlo al público.

En términos de la memoria que propone, este parque de acero busca recordar a “las víctimas de la delincuencia” y promover la reflexión sobre “lo mucho que la sociedad y los gobiernos tenemos que hacer para detener la violencia criminal y construir un México de paz, justicia y libertad”. Probablemente para evitar definir qué o quién es exactamente esa delincuencia, y sobre todo por la falta de certezas sobre las historias particulares de las víctimas, el memorial simplemente no recuerda a nadie. En la construcción original –antes de una intervención del Comité 68 que pegó listas de diversas víctimas directas e indirectas del Estado (EZLN, Acteal, guardería del ABC, feminicidos y periodistas, entre otros)– no hay un solo nombre. Una iniciativa que en principio resultaba interesante funciona para que sus responsables se deslinden de la impronta del recuerdo, pues se pretende que sea el visitante el que escriba sobre las placas con gis lo que considere que no debe ser olvidado. Así, en un memorial que supone ser la manifestación en el espacio público del recuerdo, materialmente no hay nada que dé cuenta claramente de cuál es el pasado al que se alude ni quiénes son sus víctimas. Y cuando alguna inscripción espontánea da cuenta de ello, literalmente dura lo que el tiempo tarde en borrarla.

Por otro lado, el uso del recuerdo que propone el memorial es tan indefinido como el pasado del que habla. La única provocación deliberada para que el visitante reflexione es una serie de frases descontextualizadas de distintos autores grabadas en algunas placas. Si se analizan con cuidado, algunas de esas citas podrían resultar ofensivas (“Quisiera que los hombres olvidaran sus rencores por un momento y reflexionaran, si están dispuestos a sobrevivir”), aunque la mayoría son solo de una vaguedad infértil. Simplifican citando a Edmund Burke: “Para que triunfe el  mal es necesario que los buenos no hagan nada”. Afirman un burdo nacionalismo con Ricardo López Méndez: “México, creo en ti, porque si no creyera que eres mío el propio corazón me lo gritaría”. Prescriben autocomplacientes: “La justicia puede consolar el alma, pero el perdón engrandece el espíritu y trae la verdadera paz”. Difícil imaginar un futuro a partir de un desentendido y desordenado pastiche.

Pero lo más cuestionable de este memorial es, sin duda, su propia existencia. El establecimiento de un espacio para recordar y honrar a las víctimas de la violencia durante el calderonismo parece, efectivamente, un intento por cerrar una etapa para dar paso a un tiempo distinto. Como ha escrito Arturo Ortiz, el memorial es prematuro y parece sustituir a la investigación y la aplicación de la justicia. Además, al sugerir que el presente no es el mismo que el pasado violento del que da cuenta, nos dispone a que empecemos a superar el trauma.

La pregunta de cómo se puede recordar algo que está lejos de haber concluido no es menor, ni teórica ni políticamente, y si nos preocupa la construcción de una memoria que sea útil para el futuro es necesario hacerla. En los casos que atiende Jelin para pensar en la memoria como un arma de transformación social, el escenario del proceso de rememoración es uno de apertura política. Es decir, no solo hay un distinción temporal entre el régimen en el que tuvo lugar el trauma y el régimen en el que este es recordado, sino que da por hecho que el segundo es siempre democrático El caso mexicano es, en este sentido, más complejo: el afán memorialista es sospechoso por la imposible distinción entre el pasado y el presente, pero también porque el régimen en que se pretende que tenga lugar el recuerdo es el mismo al que puede atribuírsele el trauma. No nos encontramos en un periodo postraumático ni temporal, ni política o socialmente. Para resistir el dictado de ver la violencia como algo ya pasado sin duda hay que preguntarnos qué recordar y cuándo es válido y preciso hacerlo. Pero tal vez la mejor pregunta sea la que ante todo nos haga pensar desde qué presente quisiéramos hacerlo.

(Foto cortesía de Carlos Adampol Galindo.)

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