Pensar alrededor del caso Nisman

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Buenos Aires, Argentina – La muerte del fiscal Alberto Nisman se da en un contexto tan convulsionado que permite especular alre­dedor de varias posibles explicaciones y sentenciar a favor de la que más nos guste. Sin embargo, hacer esto sería reduccionista e irresponsable porque daría por hecho muchas cosas que no conocemos y simplificaría un hecho sin precedentes en Argentina. Sin duda es un golpe enorme para su sistema institucional y será un reto para su democracia en general. Es precisamente por esto que es necesario desacelerar y pensar antes de juzgar en el aire.

Nisman estaba a la cabeza de una investigación de más de diez años sobre el bombardeo realizado el 18 de julio de 1994 en contra de la Asociación Mutual Israelita Argentina, considerado uno de los ataques terroristas más grandes en la historia de este país, y en el que se responsabilizó (sin resultados) a funcionarios iraníes (apoyados supuestamente por su gobierno) relacionados con Hezbolá. Sus investigaciones lo llevaron, después de distintas acusaciones a Irán y de la solicitud de aprehensión de los responsables, a señalar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, al canciller Héctor Timerman y a otros funcionarios y sujetos cercanos al kirchnerismo por su supuesta participación en la negociación del encubrimiento e impunidad de los supuestos responsables en los hechos delictivos (apenas el miércoles 14 de enero pasado). Este lunes Nisman debía presentarse frente a la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados (apenas unas horas después de la confirmación de su muerte) para presentar las pruebas relacionadas con las que sostenía las nuevas acusaciones y las solicitudes de indagatorias correspondientes.

Un disparo en la sien, una foto con los papeles que utilizaría horas después en su comparecencia, una nota a la empleada doméstica para las compras de la semana, una prueba de resultado negativo de rastros de pólvora en las manos de Nisman, un montón de testimonios apresurados y una línea de investigación que sostiene la hipótesis del suicidio del fiscal (no conclusiva ni cerrada, clasificada como una muerte dudosa) son algunos de los elementos directos en los hechos del caso, que solo generan más dudas que certezas. Un contexto más amplio incorpora, además, los leaks sobre la falta de independencia del fiscal en la investigación y su cercanía con Estados Unidos en el caso, la relación internacional (y de distintos acuerdos diplomáticos y energéticos) entre Argentina e Irán (¿y Siria?), una oscura revoltura de los servicios de inteligencia a favor y en contra de distintos grupos, la crispación política frente al gobierno por acusaciones formales de corrupción y lavado de dinero (hechas por la justicia argentina a través del juez Bonadio) y los cada vez más recurrentes señalamientos de colusión entre grupos mafiosos y parte de la clase política en el gobierno, todo en vísperas de las elecciones presidenciales a celebrarse este año en Argentina.

Este contexto ayuda a entender lo complejo del problema y lo vacío de las respuestas apresuradas. ¿Quién podía beneficiarse de un hecho así? ¿La ambición electoral y sus costos políticos dan para explicar esto? ¿Es razonable pensar que Nisman se pudo haber suicidado justo ahora? En la medida en que uno se adentra en el complejo de hechos, la respuesta se vuelve más compleja. El simple hecho de resumir el contexto de forma medianamente clara es bastante difícil, y por eso las respuestas en contra de Cristina o acusando a la oposición, o simplemente a la mafia, son insuficientes.

Es aquí donde hay dos puntos que importa subrayar. Primero, que, a diferencia de países como México, donde no se transitó a una democracia (¿lo hicimos siquiera?) a través de procesos de superación de una dictadura militar en los que la participación y unión de las personas fueron fundamentales –como también sucedió con la crisis de 2001, cuando las protestas ciudadanas lograron la dimisión del entonces presidente De la Rúa–, en Argentina la cultura de la justicia, la verdad y el castigo-responsabilidad son muy distintas a la de nuestro país. Su democracia se basa, tanto institucional como culturalmente, en situaciones y acciones que nosotros no hemos alcanzado. Por esta razón los hechos de impunidad, corrupción y encubrimiento, rematando con el asesinato de quien supuestamente intentaba esclarecerlos, son demoledores y espeluznantes para una sociedad como esta (aunque para nuestro país desafortunadamente no pudieran parecer excepcionales).

Segundo, que una vez más se muestra la fragilidad en que se sitúa a las personas y sus derechos cuando todo un sistema se centra en una figura: el hiperpresidencialismo. En México y en muchos países de Latinoamérica (como Argentina, Ecuador o Venezuela) la apuesta institucional ha sido fortalecer esta figura, liberarla de controles de transparencia y contrapeso (formal y real) y dar al presidente un peso determinante frente al resto del sistema. Esto ha resultado en poner a disposición de él, o en este caso de ella, los derechos, las políticas, la justicia y gran parte de la democracia. En el caso de Argentina, esto hoy cala hondo, porque es desde este centro de poder deslegitimado desde donde buscarán salvar su democracia, aunque no cuente con la legitimidad política suficiente para hacerlo. Creo que es aquí donde reside la mayor parte de la responsabilidad y culpa del gobierno.

Este caso nos da mucho para aprender, aunque no tengamos muchas o ninguna de las respuestas. Los sistemas concentrados de poder que separan a la gente de la política y hacen depender los derechos de la voluntad de las élites políticas y económicas poco pueden hacer por las personas y por la propia democracia. Pero, además, nos muestra que resolver los problemas relacionados con la impunidad, la justicia, la verdad y las libertades, cuando no tienes la legitimidad política y social para hacerlo y cuando te has encargado de excluir a la gente de su “democracia”, muchas veces suena imposible. Hoy en día parece más y más vacío hablar de democracia electoral y de sistemas democráticos sin participación y representación reales, como en el caso mexicano.

Mucho ánimo y mucha fuerza hoy para Argentina, porque es lo mismo que nosotros (nosotros, las personas) necesitamos hoy para rescatar a México.

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