Migración y precariedad: la crisis de los refugiados en Europa

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Nickelsdorf es una pequeña población austríaca en la frontera con Hungría. Hace apenas unas semanas estuvo en la primera plana mundial debido a la afluencia masiva de solicitantes de asilo y refugiados provenientes de Siria e Iraq que se aglomeraron en sus puertas. El responsable de la estación de servicio del pueblo y del bar adyacente nos comentó que fue todo un caos: gente de ambos sexos y de todas las edades dormían a la intemperie en campos y jardines; el baño de la estación de servicio se colapsó y las condiciones de higiene se tornaron deplorables. “Nadie estaba preparado para ello”, nos dijo. Con el paso de las semanas se tomaron medidas que permitieron al pueblo regresar a la normalidad.

Del otro lado de la frontera, en Hungría, Hegyeshalom es otra pequeña población en donde paran los trenes que cruzan de Hungría a Austria. Justo al llegar a la estación, notamos que la policía se apresta a recibir un tren especial con alrededor de mil refugiados: muchos jóvenes, pero también familias, ancianos y niños, una mujer y una niña en silla de ruedas.

Varios nos preguntan en inglés o a señas dónde se encuentran, evidenciando que nadie les ha informado, al tomar el tren, que serían transportados a la frontera con Austria. Al escuchar que se encuentran en la frontera con este país se muestran alegres, como si se dijeran que están cada vez más cerca. Las miradas —fatigadas pero dignas— impresionan, así como el buen ánimo general en medio de un silencio que apenas unos pocos rompen por instantes. La diversidad de los rostros y los tonos de piel evidencia la diversidad de los orígenes de estos refugiados, más allá o más acá del Medio Oriente.

Pronto forman varias líneas y siguiendo indicaciones de la policía comienzan a andar rumbo a la frontera austríaca por un camino de bicicletas que corre a un costado de la carretera. Al llegar a la frontera, voluntarios de la Cruz Roja y de la Orden de Malta húngaras les ofrecen botellas de agua y sandwiches; hay también ropa y calzado que algunos observan y otros deciden llevar consigo, pero caminan aprisa para llegar cuanto antes al puesto de acogida en Nickelsdorf.

En una gran explanada, tiendas de la Cruz Roja sirven como su primer punto de contacto, en donde reciben atención médica y comidas preparadas por el ejército austríaco. Tenemos la oportunidad de entrevistarnos con uno de los responsables del centro, quien nos informa de las medidas implementadas para lidiar con el mayor flujo de refugiados en Europa de tiempos recientes.

Desde comienzos de septiembre, han llegado a Nickelsdorf entre seis y diez mil personas por día, sumando al día de hoy alrededor de 150 mil. El responsable nos comenta que en promedio diariamente solo diez personas solicitan asilo en Austria —el resto espera llegar a Alemania o a Suecia para hacerlo.

Nos confía también que parte de las complicaciones que han debido resolver se debe a la falta de coordinación entre Austria y Hungría a causa de los desencuentros entre los respectivos jefes de gobierno de estas naciones en torno a cómo enfrentar la crisis de los refugiados. En la situación actual, los responsables del centro no cuentan con más de media hora para recibir a cada grupo de refugiados que llegan a la estación de Hegyeshalom.

Al preguntarle sobre las nacionalidades de los refugiados, nos señala que llegan afganos, paquistaníes, sirios, iraquíes, somalíes e incluso gente de otras regiones de África. Ellos reciben a todos, pero no son los responsables de realizar las entrevistas que determinan quiénes, al solicitar asilo, serán reconocidos como refugiados. Eso sí, enfatiza que los “migrantes ilegales” (los migrantes económicos) siempre son detenidos. Ante ello, le preguntamos quiénes sí, prima facie, son entonces considerados potenciales refugiados, a lo que rápidamente contesta que afganos, iraquíes y sirios, aunque no parece tener claro con qué criterios debe realizarse la distinción entre los distintos grupos.

Nos explica que de ese punto son trasladados en autobús a otros lugares de Austria, desde Viena (a menos de 60 km) hasta Salzburgo, pasando por Graz o Villach. Si los refugiados desean trasladarse por su cuenta, pueden pagar un servicio de taxi a Viena por 150 euros o 600 si desean ir hasta Salzburgo. Por la cantidad de taxis estacionados fuera de la explanada, resulta claro que muchos optan por ello.

Tal flexibilidad, nos señala el responsable, está pensada para desincentivar el negocio del tráfico de personas, el cual, pese a ello, resulta atractivo, pues en los retenes de la autopista son detenidas hasta 20 personas al día como sospechosos de este delito. En cualquier caso, admite que el servicio de taxi ayuda a aliviar la presión de transportar a toda la gente. Del mismo modo, la labor de organizaciones como Cáritas o la Cruz Roja es fundamental para acomodar, alimentar y brindar servicios médicos a todos.

Y ante la pregunta de cuándo esperan que el flujo se detenga, especialmente a la luz del inminente descenso de las temperaturas y la lluvia debido al cambio de estación, nos señala que se contempla continuar con estas operaciones por los próximos seis meses. Es claro que nadie espera que el flujo se detenga pronto. Ante esta situación, es más que deseable que los responsables europeos estén haciendo los diagnósticos correctos y diseñando las estrategias adecuadas —lo cual se verá en los próximos meses, aunque en este tema es difícil mostrarse demasiado optimista.

(Foto cortesía de Noborder Network.)

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