México, tres siglos de esplendor oligárquico

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Sedas, mancuernillas, cuellos almidonados, esas han sido las elecciones de cajón de abogados y economistas durante siglos. Ya no es así. Este célebre economista del siglo XXI, en cambio, llegó con mezclillas y una playera color blanco, tipo polo, sin marca, algo percudida. Paradójicamente, llegó para hablar de dinero, de riqueza, de ingresos.  Pero ahora ya no es requisito la elegancia. Una vez más sabemos y comunicamos, como pocas veces en la historia, que la riqueza la trabajamos todos: los obreros, los patrones, los autoempleados, los subempleados. Lo trabajan las élites globales, pero también las familias que sudan en las maquiladoras que producen camisas polo de color blanco para Walmart. También discutimos que la distribución de esa riqueza, y de la renta que produce, importa y mucho. Las ideas que pregona este economista con la voz, con la pluma o con el ejemplo, son precisamente esas.  Así se presentó Branko Milanovic, un sábado, en la oficina de Horizontal, acompañado del equipo de Paradigmas. Él es uno de los expertos en la desigualdad global; ex economista en jefe de investigaciones en temas de desarrollo del Banco Mundial. Desde entonces y hasta ahora ha publicado una serie de libros sobre el presente y pasado de la desigualdad en el mundo que han dominado las librerías (hasta que llegó Piketty).

Milanovic vino a la Universidad Nacional a dar una conferencia. Fuera de eso, fue rotundamente ignorado por la prensa mexicana. Anduvo caminando solo por las calles y revisando en el hotel capítulos de su nuevo libro sobre desigualdad y globalización. Casi nadie lo buscó para conversar. Diego Castañeda, sin poder esconder su entusiasmo, explica: “Branko podría decirte cuál era el grado de desigualdad en Bizancio o en la Nueva España y, encima, compararlo”. La casi ausencia de la prensa regular durante la visita de economista se puede explicar por dos razones. La primera es que tuvo la mala fortuna de venir el mismo fin de semana que Joseph Stiglitz, su antiguo colega en el Banco Mundial. La segunda es que en México, la desigualdad sigue sin ser tema, a pesar de su ubicuidad histórica y actual.

Luis Ángel Monroy Gómez Franco se prepara para entrevistarlo, tiene varias preguntas, pero una idea fija en la cabeza, quiere calcular el valor para México de lo que Milanovic ha llamado “Inequality Possibility Frontier”, pero con un añadido: controlar el cálculo por tipos de gobierno. Mientras más autoritario, es probable que la extractividad sea mayor, pero quizá no, piensa Luis Ángel. Ese tipo de cálculos se han ido haciendo cada vez más famosos desde su publicación. En el caso mexicano bien podría ser al revés, quizá la democracia (capturada) estuvo acompañada del fortalecimiento de una oligarquía económica.

En un artículo académico de octubre de 2007, “Measuring Ancient Inequality“,  Milanovic y un par de colegas suyos se dieron a la tarea de estudiar la desigualdad de ingreso antes de la revolución industrial. Fue ahí donde desarrollaron esos dos conceptos ahora tan célebres: un indicador del límite posible de la desigualdad (inequality possibility frontier) y una suerte de índice de la extractividad de la desigualdad (inequality extraction ratio). El límite posible está calculado en función de los ingresos totales promedio de una sociedad en un punto dado de la historia, y la tasa de extracción es la relación entre esa posibilidad límite de extracción (sin matar de hambre a la población trabajadora) y la desigualdad existente en el mismo punto de la historia. La idea, observar cuánto podía extraer la clase dominante en aquellas sociedades y cuánto de hecho extraía. Esto podría después compararse con lo que ocurre hoy. Tras la revolución industrial hay claramente mucho más riqueza que extraer, hay un grado mayor de desigualdad potencial, pero ¿cuánto de hecho se extrae comparado con lo que solía extraerse? En muchos lados el grado de extracción de las clases altas es mucho menor que antes, a pesar del incremento en el ingreso total de las naciones; en algunos otros lugares no.

Según los datos calculados por Milanovic, Lindert y Williamson, la Nueva España (circa 1734) era la sociedad pre industrial que, en el universo de sus registros, tenía la desigualdad más alta, una muy cercana a la estimación más extractiva de la frontera de la desigualdad posible.

¿Acaso los colonos y élite criolla establecida explotaban tanto como les era posible?, pregunta Milanovic. La respuesta parece haber sido sí, incluso a finales del siglo XVIII, la era menos brutal de la colonia. El dato más difícil de tragar es que el día de hoy, de entre aquel conjunto de sociedades, la nuestra parece seguir siendo la más desigual de todas. Nuestras revoluciones de independencia o la de 1910 no alcanzaron a reformar las desigualdades endémicas, como sí lo hicieron en otros países.

En todos los casos reportados menos uno, el caso de México en el año 2000, el GINI seguía en niveles altos, la concentración del ingreso en el 1% es mayor al de muchas sociedades antiguas y el umbral de entrada a ese 1% es casi el mismo al que era en la Nueva España (1790) y más alto de lo que era en Inglaterra, Castilla, o la India en el mismo siglo XVIII. Su grado de desigualdad aparece superior al de la Inglaterra industrial de comienzos del XIX, apenas unos años antes de que Dickens escribiera Oliver Twist.

Sin embargo, una cosa es sobresaliente: el cálculo estandarizado que presentó Milanovic para el caso de México hoy palidece y queda muy debajo de los cálculos recientes que han hecho Gerardo Esquivel et al. La proporción del ingreso que concentra el 1% en el México ha vuelto a ser de 21%. Esta reveladora cifra presentada en el reporte Desigualdad extrema en México, básicamente regresa a México a las condiciones de desigualdad que Milanovic ha calculado para la Nueva España de finales del siglo XVIII. Los tres indicadores son muy similares más de 200 años después. La capacidad extractiva de ese 1% queda probada no solo en términos históricos, sino en la actualidad. Como también lo muestra el reporte de Esquivel, la participación del 1% en el ingreso total es superior a la de sus contrapartes en China, Argentina, Colombia, India y, por supuesto, todos los países europeos, Estados Unidos y Canadá. El esplendor de la oligarquía mexicana de hoy se compara con el de la novohispana en términos de su capacidad extractiva. Y también hoy, como ayer, encuentra pocos parangones globales que ensombrezcan ese tipo de esplendor.

Branko Milanovic, en un libro más reciente, The-haves and have-nots: A Brief and Idiosyncratic History of Global Inequality, trata de ofrecer una respuesta comprensiva para el despiadado caso de nuestro continente:

Podríamos decir que la causa de la desigualdad en América Latina es la “clase”, y la causa de la desigualdad en Asia es la “locación”. América Latina nos ofrece hoy un retrato del mundo tal como existía doscientos años atrás, cuando los ingresos de las clases más altas eran muy similares entre ellos (y en que interactuaban  muy fácilmente y se reconocían como iguales) […] disminuir la desigualdad parece ser la tarea de Sísifo, que muchos gobiernos latinoamericanos han intentado con muy poco éxito. Intereses enquistados, enormes diferencias en logros educativos y divisiones raciales, todas estas realidades hacen del combate a la desigualdad una tarea difícil de contemplar en el corto o en el mediano plazo (p. 185).

Milanovic terminó la charla formal y siguió con la informal. Al final caminamos todos por el perímetro sur de la Alameda Central, con el Hemiciclo a Juárez de un lado y la plaza de la República al fondo. La monumental cúpula cobriza del monumento a la Revolución brillaba con el reflejo del sol. Pero la pregunta en el aire, lejos de ser gloriosa, era simple y frustrante: ¿y entonces para qué sirvió ese zafarrancho? Por un momento la cúpula revolucionaria recuperó parte de su historia: la de ser una simple estructura reciclada del fallido proyecto de parlamento porfiriano que ahí se intentó construir; uno que buscaba cambiarlo todo, pero cambiando muy poco.

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