Metrobús, diez años

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De los diez años que lleva el Metrobús en funcionamiento, he sido un usuario frecuente durante nueve. Cuando instalaron la primera línea y tuvieron lugar las más álgidas discusiones en torno a su implementación yo vivía fuera de México, así que me tocó regresar a una ciudad cambiada para siempre por el novedoso sistema de transporte público. Primero lo aplaudí con frenesí: el metro del DF, sobre todo en hora pico, tiene la cualidad de inducirme desmayos (la mezcla de vendedores de CDs a todo volumen, aglomeraciones, sofocos subterráneos y una sensibilidad —la mía— de dama decimonónica, no es la ideal para moverse en metro). Como suele suceder con cualquier mejora urbana, uno no puede quedarse en el aplauso sin notar de inmediato la insuficiencia de la medida y desear que se lleve aún más lejos. Con los años y las mudanzas, cada vez tuve que recurrir más al Metrobús como medio principal de movimiento (alternado con la bicicleta y, en trayectos nocturnos, el taxi a la salida de una fiesta), hasta que hace unos meses, con mi última mudanza, mi vida terminó de vertebrarse por completo con la Avenida de los Insurgentes como columna y la línea 1 del Metrobús se convirtió, prácticamente, en mi segunda casa.

He presenciado toda suerte de zafarranchos, tropelías y casualidades en el Metrobús: señores intentando madrearse en medio de tanta gente que no lograban levantar el puño, señoras propinando codazos más que explícitos a modosas muchachitas, borrachos amenazando a personas inexistentes, fumadores de marihuana “forjando” un churro mientras discutían sobre las reglas del rugby, parejas urgidas en mutuo frotamiento.

De los primeros días del Metrobús a hoy, se siente que el transporte ha envejecido, que la velocidad de sus mejoras está por debajo de las exigencias crecientes de la ciudad. Los peseros no han desaparecido (no es que yo tenga nada contra ellos, pero lo cierto es que merecen un lugar de honor en el Museo de la Tortura), el número de usuarios de Metrobús desborda por mucho las posibilidades del transporte, la seguridad es insuficiente y hay estaciones que, a ciertas horas, recuerdan a esas escenas de Koyaanisqatsi, la película de Godfrey Reggio (con música de Philip Glass), que alternan imágenes de multitudes urbanas con imágenes de una fábrica procesadora de salchichas.

En mi experiencia personal, ya lo he dicho en otro lado, uno de los aspectos más frustrantes del Metrobús es el sistema de televisiones que algún momento decidieron ponerle. ¿Quién subastó nuestro espacio público de un modo tan grosero? Los contenidos de la mentada Tele Urban son denigrantes, estúpidos, ruidosos y enajenantes. Es imposible sustraerse a ellos y no informan de nada, no construyen nada, no proponen nada interesante, estimulante o tan siquiera ameno. Sirven de plataforma, eso sí, para que el Partido Verde se promocione en temporada electorera, como si no nos impusieran ya sus spots hasta en la sopa. (Envidia me da, en este contexto, la iniciativa Ticket Books del metro de Sao Paulo: libros de bolsillo que funcionan como boletos de metro —incluyen seis entradas y son recargables—, con autores como Scott Fitzgerald, Conan Doyle o Sun Tzu, incentivando la lectura entre usuarios del transporte público en vez de asediarlos con cápsulas sobre la operación de nalgas de una cantante pop, como nos toca a los chilangos gracias a Tele Urban.)

En una ciudad que subvenciona el uso del coche, construye segundos pisos por deporte y centra su principal discusión sobre transporte en la dudosa disyuntiva entre Uber y taxis, la existencia y pervivencia del Metrobús es, sin duda, un respiro para los usuarios y defensores del transporte público. Pero es un respiro medio asmático, a estas alturas; como los que uno alcanza a dar, oprimido por las vaharadas de sudor, en la estación Buenavista o Colonia del Valle a eso de las 7 de la tarde.

 

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