Manuel Camacho Solís: un inconforme disciplinado

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Manuel Camacho Solís escribió dos ensayos en la década de los setenta. El joven profesor de El Colegio de México, recién llegado de Princeton, quiso describir al sistema político mexicano y sus problemas. En Estado o ‘Feudos’ políticos argumentó que las fuerzas políticas locales, los gobernadores y caciques, y que la clase política, en ese entonces gravitando alrededor de López Portillo, debilitaban la posibilidad de un Estado fuerte que pudiese desarrollar al país. En Los nudos históricos del sistema político mexicano sostuvo que era necesaria una reforma del Estado, y electoral, para conseguir representación verdadera, y así mantener a flote la legitimidad de un sistema ya en declive.

Ahí estaban ya retratadas las obsesiones que acompañarían a Manuel Camacho. El Estado fuerte, la nueva clase política, el sistema representativo, y una constante preocupación por la estabilidad. Una vocación por la transformación del Estado. Pero, a diferencia de las ideas revolucionaras que defendían otros de su generación, Camacho vio al sistema mismo como el lugar privilegiado de la acción política. Ya estaba ahí, dentro, junto con sus amigos de la Facultad de Economía de la UNAM: Salinas, Ruíz Massieu, Lozoya. Decidió entrar al sistema del PRI cuando sus contemporáneos marchaban contra el gobierno de Díaz Ordaz en el 68. Sin embargo, el joven economista fue siempre el vaso comunicante del grupo compacto con las ideas de afuera, con la izquierda, a la que después se uniría.

Con Camacho se podía dialogar. No era un duro del sistema, era un inconforme disciplinado. Quizá por ello, pese a sus talentos políticos, jamás logró llegar a la cúspide de la pirámide. Era demasiado cercano a la izquierda, pero no era parte de ella. Era demasiado reformador, pero presto a cumplir con su función en el gobierno: ya fuera controlando, organizando, conteniendo, negociando.

Él, al igual que sus amigos, los que ahora conocemos como tecnócratas, tendría un periodo de ascenso meteórico en el PRI y la burocracia federal. El momento clave fue su llegada la Subsecretaría de Desarrollo Regional de la poderosa Secretaría de Programación y Presupuesto, que dirigía Carlos Salinas en aquellos días. Esa subsecretaría se encargaba de asignar los recursos presupuestales a las entidades, así como definir, en gran medida, el ritmo del gasto del gobierno. Ahí comenzarían a tejerse las alianzas burocráticas con la nueva élite política y del relevo generacional. Después sería electo diputado, y nombrado presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara. El plan de los tecnocratas que ambicionaban la presidencia era la conquista de espacios dentro de las instituciones del Estado .

El sismo del 85 cimbró el sistema político. El gobierno fue visto como incompetente. Alguien tenía que lidiar con las organizaciones de damnificados. Miguel de la Madrid nombró a Manuel Camacho Secretario de Desarrollo Urbano y Ecología. Debía dirigir la reconstrucción de la Ciudad. Desde entonces sus habilidades operativas, estratégicas, y de dialogo se volverían notorias en el ámbito nacional.

Poco después, sus amigos de la universidad se hicieron de la candidatura presidencial. El perfil que tenían desentonaba con el de los dirigentes antiguos. Jóvenes, con posgrados en el extranjero, y una nueva idea económica, el desarrollo exportador, la liberalización económica, el control del dispendio, la estabilidad macroeconómica. Camacho dirigió la campaña desde la Secretaría General del PRI. Sería el hábil conciliador que traería a Cuauhtémoc Cárdenas a la mesa. A pesar de eso, Camacho no se convirtió en el Secretario de Gobernación de Salinas. Tuvo que compartir la operación política del nuevo Presidente con Gutiérrez Barrios, Colosio, y Córdoba Montoya. Camacho, ahora regente del Distrito Federal, se volvió el contacto permanente con la oposición, especialmente con el Frente Democrática Nacional y con el nasciente PRD poco después.

Ya como Regente del DF siguió enfrentando, y cediendo en ocasiones, a las organizaciones de peticionarios de vivienda. Negoció con los ambulantes del centro histórico. Comenzó a desmembrar la Ruta 100 del servicio público de transporte. Pero sobre todo, recibiría las manifestaciones en la Ciudad y mantendría bajo control a la oposición. Por ejemplo, con la substitución de Carlos Jongitud al frente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación por la joven talento del PRI, Elba Esther Gordillo. Ella había sido preparada por Camacho, brevemente, como delegada política en Álvaro Obregón. De la mediación también se encargaba su segundo, su aprendiz, Marcelo Ebrard, Secretario General de Gobierno. Mientras gobernó el DF sin un sólo voto, también anhelaba y pedía la democratización; no lo logró, democratizar era perder la ciudad, una especie de revolución francesa para el PRI. Como en efecto sucedería años más tarde.”

Carlos Salinas protegió a Luis Donaldo Colosio. El joven político, fiel y semi experimentado, sería entrenado para la presidencia con altos cargos, la presidencia del PRI fue uno de ellos. Pero sobre todo fue entrenado al haber sido colocado al frente de la Secretaría de Desarrollo Social, la secretaría del gran programa asistencial por excelencia en aquél sexenio: Solidaridad. Camacho, aunque más hábil, quedaría eclipsado por otro protegido. No sería Presidente. El regente mostraría públicamente su frustración. Pero el momento cumbre de su carrera política estaba por llegar.

Los Zapatistas irrumpieron en la escena nacional, el primero de diciembre de 1994. El mismo día de la inauguración del TLCAN. ¿Cómo podría un gobierno promotor de la globalización lidiar con una guerrilla después de la caída del muro? La violencia fue breve. Camacho fue elegido por el Presidente Salinas para ser el negociador de paz. Su experiencia previa lo certificaba. Salió airoso. Detuvo la guerra. La guerrilla aceptaría los acuerdos de paz firmados en San Cristóbal de las Casas. Camacho regresaría a la Ciudad de México con portadas de periódico. El candidato presidencial aparecería en las páginas interiores. La especulación se desató. Camacho podría substituir a Colosio. Los rumores sobre el exitoso mediador continuarían. El disciplinado militante tuvo que declarar públicamente que no sería candidato.

Los peores rumores llegarían después. Colosio fue asesinado el 23 de marzo de 1994 después de haber realizado un mitin en Lomas Taurinas, Tijuana, Baja California. La especulación sobre la muerte del candidato sigue hasta nuestros días. Una de las tantas hipótesis públicas, y con un móvil poderoso, dirigía las sospechas hacia el comisionado para la paz. Camacho quería ser Presidente, ¿No sería el mejor beneficiado? Por muchos años, a pesar de las investigaciones, el mediador exitoso sería considerado por muchos como autor intelectual del magnicidio más importante desde la muerte de Álvaro Obregón. Pero las nuevas versiones, surgidas de unos papeles sacados de la casa de Camacho, dirían que en realidad el comisionado tenía un plan de reforma política compartido con Colosio. Camacho guardaría silencio algún tiempo.

Marcelo Ebrard, su aprendiz, llegó a diputado federal en 1997. El tema de la época, el Fobaproa. Los antiguos compañeros del grupo compacto habían dado la espalda a Camacho. Sobre todo Salinas. La única alternativa que Zedillo le daba era el exilio político en Francia. Pero su aprendiz Marcelo Ebrard pavimentó el camino de regreso. Él, y los asesores de Camacho, comenzaron a construir un partido político. En 1999, su círculo cercano presentaría al público el Partido Centro Democrático. El recién creado partido estaba diseñado para alimentar el proyecto de la gran coalición PRD-PAN que imaginaba podría derrotar al PRI en el año 2000. Ese proyecto naufragó. Camacho tuvo que ser candidato.

En la plataforma de ese partido, escuetas siete páginas, se declaraba el ideario de su fundador. Reconstruir el pacto federal. Reformar las instituciones. Atender la desigualdad. Pero todo sin sesgos de socialismo democrático, más bien rasgos principalmente liberales. Manuel Camacho fue un candidato testimonial a la presidencia. Sin embargo, su aprendiz volvió a abrir las rutas del futuro al establecer la mejor relación política posible en ese momento. Marcelo Ebrard abandonó su candidatura a Jefe de Gobierno en favor de Andrés Manuel López Obrador. Un antecedente simbólico de lo que ocurriría en 2012.

La transición a la izquierda se completó en los años por venir. Ebrard llegó al gabinete de AMLO. Camacho, por invitación del tabasqueño, sería postulado a diputado federal  La dupla conquistaría a la izquierda. Ebrard sería el sucesor de López Obrador en 2006. El nuevo Jefe de Gobierno llevó al grupo de asesores de Camacho a la izquierda (uno de ellos era Miguel Ángel Mancera). Y Camacho estaría detrás, junto con Ricardo Monreal, de las redes ciudadanas, el inicio de lo que hoy es Morena. Pero el fracaso de la campaña presidencial replanteó el escenario. La izquierda debía ganar, y así el negociador podría llevar su agenda.

Además  de asesorar a Ebrard en uno de los grandes gobiernos de izquierda de su momento, Camacho sería el operador electoral de la unidad de la izquierda mexicana. Una vieja ambición de muchos actores políticos. El Frente Amplio Progresista y el Dialogo por la Reconstrucción de México. Camacho insistiría en la unidad, en los frentes de izquierdas, a la uruguaya. A diferencia de López Obrador, Camacho defendía esa unidad. El antiguo operador del salinismo era ahora el promotor de un proyecto que después fracasaría, una y otra vez. Pero el prestigio que consiguió trabajando por la unidad de las izquierdas, sus antiguos rivales, lo siguió hasta el día de su muerte. Quizá porque el mediador les ofrecía el sueño de la unidad. Uno que sabían tan difícil como necesario.

Aunque no eran las ideas políticas que defendió en su pasado, Camacho tuvo una segunda vida política, suficientemente prolífica, en la izquierda. Y Ebrard parecía despegar para lograr el sueño que él no alcanzó. La presidencia. Parecía que el camino estaba pavimentado, pero López Obrador, quién los había rescatado de las sombras, los detuvo. Por ejemplo, al negar la posibilidad de una coalición con el PAN en la elección de gobernador del Estado de México en 2011. Camacho creía que sólo así podrían detener el ascenso de Enrique Peña Nieto. AMLO no lo consideró así; y meses más tarde sería declarado candidato. Camacho declararía después que lo más prudente era que Ebrard no se “empecinara” por ser candidato.

Camacho Solís terminó su carrera entrando de manera subrepticia al Senado. Una substitución de última hora. En sus últimos años, desde un escaño, con todo el prestigio acumulado, presenció la creación de Morena, la disolución del PRD y la trágica destrucción de la carrera política de su aprendiz. El Senador vio, de nueva cuenta, la desarticulación de sus proyectos. Observó el proceso de descomposición social del país. El Estado débil se hacía patente en Michoacán, entidad en la que centró su atención desde la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional. Así lo hizo saber y así lo denunció abiertamente con las últimas fuerzas que le permitió su cuerpo. Sus ideas se fueron con él, justo a unos días de una elección tan difícil para la izquierda. Una elección todavía más difícil para ese sistema, del cual advertía, podría por su crisis institucional y de legitimidad (esa que siempre vio), tronar de manera irreversible.

 

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