Los caídos: el realismo de las emociones

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La mayoría de las personas no logramos definir lo que sentimos. Una emoción se perfila como una mezcla de sensaciones, su nitidez nos es ajena, sobre todo, en esta época de la intelectualización de los sentimientos. El pienso luego existo nunca había sido tan empleado, porque pareciera que todos, conscientemente o no, estamos inmersos en un psicoanálisis que nos aleja de nosotros. Entonces, antes de verdaderamente alcanzar a definir lo que sentimos, hablamos de lo que nos gustaría sentir, el pensamiento nos acorrala y no nos deja escuchar, sin intervenciones, a nuestras emociones.

Los caídos, la primera novela de Carlos Manuel Álvarez, nos describe un realismo de las emociones, una atmósfera plagada de sensaciones que parecieran estar muy hasta el fondo del terreno pisado por sus personajes, por eso, quizás, ellos mismos deben caer para distinguir lo que son y lo que les afecta. Los caídos también es una novela que se eleva en su forma de ser narrada, la utilización del lenguaje, y ese valor para enunciar lo que se siente, no lo que se piensa que se debe sentir, y se presenta como un ciclo completo de emociones que comparte y experimenta una familia de cuatro miembros: el hijo, la madre, el padre y la hija. La novela es narrada por los cuatro personajes, por las cuatro voces, la novela es un río que se bifurca en cuatro riachuelos y, a ratos, vuelve a desembocar en el mismo río, que dará al mar de una época que se vivió (o se vive) en la Cuba después de Fidel Castro.

¿Cómo definir una era en la que, aparentemente, ha terminado una dictadura? Porque nada termina inmediatamente. Para que algo acabe necesita ser sustituido por otra cosa que entonces evidencie la ausencia, en la ausencia siempre quedan los recuerdos, y los recuerdos son sombras materiales. Buscamos definir con el lenguaje, buscamos dar sentido al silencio, a la inmovilidad, a la tragedia, y al amor. Las palabras, a veces, son más reales que la realidad. O cambian o forman o definen esta realidad que se concibe a sí misma de manera indiferente, olvidándose de que nosotros, los seres humanos, los seres que pensamos y sentimos –y hemos olvidado que sentimos–, la nombramos con las palabras que conocemos, pero, ¿qué pasa con esas emociones que son parte de nosotros y no logramos reconocer?

En Los caídos, Carlos Manuel Álvarez nos lleva a sentir la desolación del hijo, de aquel que se sabe que pudiera hacer más en libertad, mientras se encuentra encerrado en un cuartel militar. Nos impregna con la enfermedad de la madre, una enfermedad que se vuelve aliciente y cura por la rudeza de la atmósfera invisible; la soledad del padre, del hombre que vio fracasar la utopía de los ideales de una sociedad que iba a organizarse de la manera más justa, y la dureza y la frialdad de la hija, la única que no se deja caer. La perspicacia de ciertos enunciados que pronuncian los caídos permanece como eco de una verdad: “Es la noche la que mide la fortaleza de nuestra salud mental”, dirá el hijo; “Mi cuerpo como un país que a veces recorro”, dirá la madre, “El plátano troceado, apenas mordisqueado para ahorrarlo. Mi hija estaba aprendiendo el arte de la escasez”, dirá el padre; “Empiezo a ver desfiguradas a todas las personas que no tienen quemada una parte del lado derecho del cuerpo”, dirá la hija.

En 1965, Elias Canetti pronunció un discurso sobre Realismo y Nueva realidad que se mantiene vigente: “Nos damos cuenta, por ejemplo, de que todo está prefigurado en ciertos mitos: son conceptos y deseos antiquísimos que hoy en día realizamos fugazmente”. Habla sobre Balzac y Zola, y lo que ellos aseguraban eran sus métodos de escritura para alcanzar el realismo en sus obras. Discurre sobre la precisión y la tecnología que nos lleva a cierta exactitud en nuestras representaciones. Sobre la especialización y una concepción consciente del futuro. Finalmente, Canetti, dice que hemos osado en la voluntad utópica: “No existe utopía que no pueda realizarse”.

¿A dónde voy con esto? Me parece que Carlos Manuel Álvarez, así como otros escritores y escritoras en este momento, han osado generar una utopía de sus novelas, pero una utopía en cuanto al realismo de las emociones que se describen, no en cuanto a que dicha historia esté cargada de romanticismo o de triunfos, menos aún de éxitos. Es, más bien, la develación de un estado anímico que pudiera ser inalcanzable al sólo narrar los hechos que configuran la historia. No nos obliga a racionalizar ni a “entender” por vías del pensamiento, más bien, nos integra de lleno a la experiencia de las sensaciones. Buscando, de alguna manera, hacernos volver al cuerpo y sentir, despertar, en nosotros lectores y lectoras, esos recuerdos y nostalgias, esas experiencias de tristeza, de desolación, de pequeñas (o grandes) tragedias, y esos sentimientos que nos vuelven, sobre todo, seres humanos.

Porque aunque tengamos el lenguaje, también este puede ser la barrera que se entromete para llegar a eso que somos, alcanzando sólo eso que creemos que somos, experimentando certezas vacías. Mientras que el verdadero lenguaje, ese de las emociones, termina por liberarnos, quizás, en pleno dolor y, entonces, tal vez, desprendiéndonos del dolor, porque el dolor no es un dolor individual, se manifiesta en cada individuo de manera distinta, pero, y más bien, es un dolor humano del que todos y todas somos partícipes, el dolor es nuestro lenguaje, y mientras haya historias y voces que nos lo revelen, podemos seguir configurando nuestro camino hacia una utopía de liberación, hacia un poder estar, sin la carga de tener que estar, sin el pensamiento que nos asegura que ese estar es obtener. Estar, sentir, y lograr reconocernos en todo ser humano que también siente e intenta estar.

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