Lo fugitivo permanece: #Yosoy132 a tres años

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Hace tres años una generación de jóvenes mexicanos se movilizó disipando, en el camino, la sensación de miles de personas de que el futuro de este país sería impuesto por una minoría política y económica sin resistencia social alguna. El monstruo que había conseguido tanta fuerza a través del dinero y la violencia –se llegó a pensar durante aquellos meses– sería incapaz de resistir la prueba democrática de ser interpelado de manera directa, sin escenarios controlados, sin compra de conciencias, sin preguntas a modo. Tras el intento de aplastar mediáticamente a los valientes estudiantes que se manifestaban en contra del proyecto político que representa Enrique Peña Nieto, una ola de indignación y solidaridad tomó las calles. Se convulsionó el escenario social y electoral, se movieron corazones, se alzaron los espíritus. ¿Por qué en 2015 no se vio lo mismo? ¿Dónde están hoy esos jóvenes? ¿Les ganó la apatía? ¿Vendieron sus convicciones? Solo hacerse estas preguntas, aunque legítimas, exhibe ya varios problemas en la lectura de la movilización social de los últimos años, problemas que parten de confundir las nuevas movilizaciones descentralizadas y horizontales con lógicas tradicionales, como las gremiales o corporativas. Pretendo argumentar a favor de otro punto de vista: la indignación en las calles rebasa las sus etiquetas e incluso las coyunturas que la disparan.


#YoSoy132 fue un movimiento formado por varios movimientos.

Hay quien no le llama siquiera movimiento y prefiere referirse a este periodo (del 11 de mayo de 2012 a los primeros meses de 2013) como un momento de insurrección, de contestación o de rebeldía. Desde el principio, la forma descentralizada de la convocatoria (sobre todo a través de posters y consignas viralizados en redes sociales y creados por personas que, de manera libre, podían dotar de significado al #132) dio pie a una amplísima diversidad de motivos, objetivos, fines, agendas, formas de lucha e ideologías encontradas. Así, #YoSoy132 era a la vez un “movimiento a favor de la verdad”, un “movimiento por la libertad de expresión”, un “movimiento anti-EPN”, “la primavera mexicana”, “el primer movimiento realmente liberal de México”, un movimiento burgués, un movimiento anti-neoliberal, un movimiento anti-imposición, un movimiento universitario, un movimiento estudiantil, un movimiento popular, un movimiento libertario, un movimiento proletario… La estructura central vino después (donde colisionaba la diversidad y se privilegiaba lo homogéneo), desde la Coordinadora Interuniversitaria hasta la Asamblea General Interuniversitaria, pero incluso esa estructura era apenas un subconjunto del conjunto. Un polígono complejo –que, a diferencia de una esfera, no se veía igual desde cualquier lado–, al #132 era fácil acusarlo de “inconsistencia ideológica”, de “psicosis identitaria”. Sin embargo, esta diversidad fue su marca de nacimiento y, de hecho, una de sus fortalezas. ¿Qué tendrían tantas personas en común? La voluntad de participar en lo público, el ánimo de politizarse y de no dejarse imponer nada.


#YoSoy132 fue una movilización en una serie de movilizaciones.

Un tarde antes de la elección que terminaría por llevar a Peña Nieto al poder, el 30 de junio de 2012, se convocó a una última movilización. Seguramente esta fue una de las más emotivas, de las más grandes y de las en que más claramente se notó la participación universitaria para intentar impedir esta regresión autoritaria. El último tramo de la avenida 20 de Noviembre, antes de entrar al Zócalo, se marchó en silencio, con velas y antorchas. Se había hecho todo lo que estuvo en nuestras manos. La semana siguiente hubo una serie de movilizaciones llenas de rabia e indignación por los resultados, que parecerían arrojarnos (y así fue) una sentencia de un futuro todavía más desolador. Las protestas y represión del 1DMX –el día de la toma de posesión de Peña Nieto, el 1 de diciembre de 2012– y la lucha por liberar a las decenas de presxs inocentes durante los primeros meses de 2013 fueron los últimos momentos de una organización nacional articulada alrededor de la bandera #YoSoy132. Sin embargo, la lucha continuó –persona por persona, colectivo por colectivo, ya sin la etiqueta– frente a la represión coordinada durante todo ese año, y luego en 2014, intentando maquillar el “tiempo de reformas”: así fue el 1 de mayo, el 10 de junio, por la liberación de lxs presxs, el 2 de octubre (#2OctMX), el 13 de septiembre, por la liberación de más presxs y en la resistencia contra el aumento al transporte público en el DF y en Guadalajara. Actores de la misma red de solidaridad (a veces sin conocerse entre sí) se presentaron en distintas protestas como aquellas contra la reforma energética, contra todos los proyectos de leyes antimarchas (como la Ley Bala), contra megaproyectos en distintas regiones del país, por la lucha por la liberación del profesor Alberto Patishtán y de más presxs políticxs, lo mismo contra la #LeyTelecom que por la exigencia de la presentación con vida de los 43 y de la liberación de todxs lxs presxs (ahora hasta acusadxs de terrorismo) resultado de la represión a esas movilizaciones. En todas y cada una de estas causas vi una y otra vez distintos esfuerzos coordinados por jóvenes que conocí en #YoSoy132. Algunos de ellos llevaban ya tiempo politizados (como en colectivos universitarios o el Movimiento por la Paz), pero muchos otros no. El mejor ejemplo de esto es comparar el contingente de estudiantes de la Ibero en las protestas de 2012 con el de las protestas por Ayotzinapa: este último no solo era mucho más grande y estaba mejor coordinado; muchos de sus integrantes reconocían en #YoSoy132 un punto de partida, incluso cuando en su momento estudiaban apenas la preparatoria: “Peña, culero, te corrimos de la Ibero; y por asesino te sacaremos de Los Pinos.”


#YoSoy132 no es el #15M, ni el #15M es Podemos, ni Podemos es el único partido de indignados en España que ha participado en las elecciones.

Constantemente se presume una linealidad en el proceso español que supuestamente debería ser replicada en México al pie de la letra. “Si #YoSoy132 no se transforma en un partido político”, se dice, “sería un movimiento fracasado”. Quienes así piensan parten de una falsa premisa; el ecosistema de organizaciones y colectivos en torno a –y como resultado de– las movilizaciones de indignados en España es amplísimo y, además, no surge a partir del #15M, aunque este sí fue el mayor punto de convergencia. Javier Toret, activista clave en las movilizaciones de indignados en España y ahora en la campaña de Ada Colau en Barcelona, exponía en 2014 varias de las líneas de acción política en las que derivó el #15M, mostrando la diversidad de intereses y mutaciones en la movilización, que no terminan cuando ya no se está en las calles (algo muy similar ocurre en México). Las movilizaciones de indignados, que no pueden estar marchando siempre en las calles, decantan en nuevos proyectos, igualmente valiosos. La decisión de conquistar el poder político a través de las urnas fue decisión de apenas una parte de estos nodos en España –otros se mantuvieron escépticos y otros en contra–, la cual se ha hecho con distintos partidos y plataformas: aunque hermanados y/o aliados, no es lo mismo Podemos que Barcelona en Comu, Ahora Madrid, Ganemos Madrid, Marea Atlántica, Málaga Ahora, el Partido X, Equo. Además, esta decisión tuvo lugar en un sistema electoral, político, económico y mediático harto distinto al mexicano, pero que vale la pena estudiar para tenerlo como referente. He participado y sabido de muchos y muy diversos grupos que estudian el panorama de España, Grecia, Estados Unidos, Brasil y otros países de América Latina en la búsqueda de alternativas para México. En más de uno se ha discutido la ruta electoral, e incluso varios de ellos participaron en las pasadas elecciones del 7 de junio, ya experimentando o ya convencidos de un trayecto. Varios más no ven condiciones para ello: están quienes ven obstruida –permanentemente o por el momento– esa ruta y también quienes la ven como indeseable. No está claro cuál será el resultado de estos procesos colectivos; lo importante es que hay un capital social que trabaja para generar cambios profundos en el país, que busca nuevas maneras de combatir de frente a la casta política, que se ha podido articular a pesar de la diversidad de agendas y visiones, que ha logrado escucharse, conocerse y entenderse y que, al final de todo, está construyendo motivos para generar esperanza.


#YoSoy132 fue un proceso formativo para una generación, no un fracaso.

El periodo de movilización significó para muchxs de quienes participamos en él un momento de aprendizaje, de formación, de crecimiento y de adquisición de habilidades comunicativas, políticas, organizativas, de articulación; de entender lo que es la resistencia, la diversidad de las luchas y el valor de mantener los principios. Se trató de un punto nodal en la vida de muchos jóvenes, cuyas circunstancias les obligaron a aprender a escuchar, a debatir, a tolerar la crítica, a construirla; a entender que la lucha se da donde hace falta, no donde es fácil; a vivir no solo bajo las condiciones de identidad de fuero individual sino también con la complejidad de la identidad colectiva. Al contrario de lo que muchos quisieran, esta generación no se fue a su casa cuando “fallaron en su objetivo de que EPN no ganara la elección”. Quienes pensaron que esa era la meta central, en efecto, fracasaron. Quienes se dieron horizontes de lucha, sabiendo que la coyuntura electoral era importante pero no fatal, han seguido distintos caminos más allá, sobre todo cuando las denuncias que se hicieron desde 2012 solo se han ido confirmando. Ya no se tiene la etiqueta #YoSoy132, y quizá por eso no es fácil observarlo si se tiene pereza, pero muchísimas personas que participaron en 2012 hoy siguen generando iniciativas de cambio: por los derechos humanos, por el transporte público, por la salud pública, por los derechos sexuales y reproductivos, por los derechos políticos, por los derechos de los trabajadores, por la privacidad, por la libertad de expresión, por los derechos de migrantes, por la paz y la desmilitarización; en proyectos de memoria histórica, en temas de educación, de agua, medioambientales; trabajando con víctimas, creando medios de comunicación alternativos, abriendo espacios de debate, participando políticamente dentro o fuera de las instituciones, generando alternativas de organización y proyectando para sí victorias a corto, mediano y largo plazo, a pesar de las derrotas coyunturales. Hay en todas esas personas un profundo sentido de responsabilidad.


Exigir homogeneidad, verticalidad, organicidad, agenda única y logros inmediatos, concretos, medibles, de efectos institucionales, a flamas de indignación heterogéneas, diversas, descentralizadas, en red, es un despropósito. “Su mayor error fue el no tener líderes”, se dice con frecuencia; yo respondo, también con frecuencia, que si los hubiera habido yo no habría participado en este movimiento. Estas demandas son entendibles a la luz de la experiencia de décadas, pero inútiles ahora, confrontadas a nuevas realidades de una crisis epocal en que las instituciones nacionales e internacionales suenan cada vez más huecas y rebasadas por arriba y por abajo. En México la serie de manifestaciones que han buscado –y siguen buscando– romper el cristal del status quo no ha sido una sucesión de efervescencias desligadas entre sí, con actores ajenos los unos a los otros. Cuando las etiquetas y las coyunturas se extinguen, quedan personas transformadas y nuevos horizontes. También se propaga un diagnóstico cada vez más compartido e irrefutable: la disputa central es entre la clase gobernante y la clase gobernada. #YoSoy132 fue apenas un capítulo en esa historia: un intenso, vibrante, aleccionador, innovador, esperanzador y hasta alegre capítulo.

 

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