Las sublevaciones de Franco Berardi “Bifo”

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1. Hace unos minutos recibí, gracias a un amigo que vive en Mexicali, un link. Es decir: un trozo de información ingrávida, transitoria, fugaz. ¿Lo dejaría pasar? No lo hice, por fortuna. Abrí el link y encontré una mirilla, un momento a través del cual el mundo volvía a encarnarse en otro lado, lejos del encierro de bytes de mi computadora. Se trataba de una noticia nada insignificante, a pesar de que solo dos o tres medios en Estados Unidos le hubieran prestado treinta segundos de su atención. Una polilla comenzaba a horadar los sólidos muros de Harvard. Una polillita peligrosa. ¿Qué sucedió? Casi nada. Casi todo. Un grupo de estudiantes se levantó en bloque de sus asientos y dejó al maestro hablando solo, repitiendo su sermón económico. Esa era la noticia: “¡Máxima indignación de los estudiantes de Harvard!” La cátedra: Introducción a la Economía. El maestro en el púlpito: Gregory Mankiw, ex asesor del presidente George W. Bush y autor de una de las biblias de macroeconomía más leídas a la hora de la misa neoliberal. ¡Así que los feligreses dejaban la iglesia y se atrevían a dudar del dogma y sus fórmulas algorítmicas! Cansados de la tristeza de la ciencia triste (la economía), desilusionados de la desilusión, los cuerpos otra vez críticos, deseantes, sensibles de la élite se reactivaban al ritmo de los cuerpos precarizados del 99%. Ambos mundos se encontrarían más tarde, en las calles, durante una manifestación. Se verían a los ojos, rozarían sus manos, gritarían consignas en común. Aquella mañana sucedía algo relevante, un quiebre en el orden rutinario del sistema: los alumnos privilegiados no podían tolerar por más tiempo el fomento organizado de la ignorancia, la promoción “del vacío intelectual y la corrupción moral y económica de gran parte del mundo académico, cómplice por acción u omisión en la actual crisis económica”. Eso decía, entre otras cosas, una larga carta que dejaron en el salón antes de salir y que “debía ser tomada muy en serio”, según sus propias palabras, por el profesor. Fin de la nota.

2. Sospecho que una noticia así no habrá pasado inadvertida al radar sensible de Franco Berardi “Bifo” (Boloña, 1948), filósofo nomádico, teórico post-marxista, pensador de una izquierda no institucional, activista involucrado en varios proyectos de comunicación alternativa, alguien que desde hace más de cuarenta años ha seguido de cerca las mutaciones de la subjetividad social y ha reflexionado sobre los modos en que los movimientos de resistencia que han seguido al colapso ideológico del comunismo podrían aún construir, en el contexto extraordinariamente opresivo del hipercapitalismo, realidades fuera del circuito de la acumulación y el beneficio. Miembro, durante los años setenta, de los movimientos sociales extra parlamentarios, Autonomía y Potere Operaio, fundador, junto con otros compañeros, de la revista A/traversoy de la primera radio pirata de Italia, la mítica Radio Alice, Bifo forma parte de las reservas de la inteligencia colectiva, es decir, de nuestras reservas vitales, para poner en práctica una insumisión lúcida y creativa, nunca complaciente con la nostalgia ni el dogmatismo, frente al siniestro porvenir del planeta que se nos presenta como inevitable. Desde su primer libro Contra il lavoro (Feltrinelli, 1970) hasta After the Future (Semiotext, 2011), Bifo ha ido construyendo una serie de instrumentos conceptuales indispensables no solo para desmadejar la complejidad del presente, sino para proyectar otros modelos de acción, distintos al marco teórico y práctico del siglo pasado: nuevas estrategias estéticas, micropolíticas, virales, dimisionarias, que abran líneas de fuga a la prolongada asfixia de las energías colectivas. Su agudeza, su ironía (y es en este giro del lenguaje en el que se funda toda su potencia autónoma), es incapaz de autoengaño. Frente al dilema más apremiante de nuestro presente (¿es posible una transformación social cuya fuerza pueda revocar los estragos del despotismo financiero?), Bifo no parece optimista: no solo porque la violencia económica y la necropolítica han sido adoptadas como formas corrientes del discurso público global, sino porque la competencia, la aceleración continua de los ritmos productivos, la “deserotización de la vida cotidiana” (o la imposibilidad de la empatía), han tenido efectos devastadores en el espacio mental de nuestras sociedades. Desde La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003) y Generación Post-Alfa (Tinta Limón, 2007), Bifo ha descrito la forma en que las nuevas dinámicas del semiocapitalismo (la producción de signos como fuerza motriz de la economía contemporánea) y la precarización del trabajo cognitivo (todos nosotros generando información para la maquinita tragamonedas, a todas horas desde todas partes, solitarios e insomnes frente a la pantalla), ha empujado la actividad humana hacia el colapso, provocando psicopatologías sociales que se extienden entre los extremos de la depresión, el pánico y la agresividad. ¿Es posible sustraerse al derrumbe? Esa es la discusión que elabora el pensamiento reticular, heterodoxo y combativo de Bifo. Esa es (también) la cuestión fundamental La sublevación, donde el lenguaje vuelve a ser un espacio para la subversión.

3. “Informar no es suficiente. ¿Kién emite, kién recibe?”. En 1974, un comunicado escrito a varias manos (Bifo en compañía de otros miembros activos en las revueltas obreras y estudiantiles) afirmaba: “¿Kién informa que el día x a cierta hora en tal sector de tal empresa ha sucedido tal revuelta que podría extenderse? ¿O que en la enésima clase del curso AZ de tal escuela, los estudiantes echaron a reír sonoramente frente a la estupidez del mega profesor y lo invitaron a salir del aula?” ¡Así que también entonces los alumnos cuestionaban lo incuestionable! Y también entonces, como ahora, la pregunta central era lanzada sobre la preeminencia de los medios en la producción del consenso, en la construcción de los imaginarios colectivos. Ese es el territorio que Bifo ha ido cartografiando en las últimas décadas: las metamorfosis que se han operado al interior de las fábricas de la sensibilidad, los cruces entre mutación tecnológica, cognitiva y psicológica, sus efectos políticos, su configuración de la vida cotidiana. Bifo se introduce en el lugar donde somos todos los días, un territorio hoy colonizado por el capitalismo. Los lugares del trabajo, el consumo, el estrés competitivo, el aislamiento, el cuerpo. Ese ha sido también su campo de acción, el territorio donde ha intervenido crítica y políticamente. En 2005, por ejemplo, fundó la primera televisión de la calle en Italia (www.telestreet.it) contra el neoliberalismo mediático; participó también en la creación del zine digital Rekombinant (“we don’t need communications, we need creation”), hoy esfumado de la red, y recientemente lanzó el sitio de comunicación transeuropea www.th-rough.eu, donde se dan cita la política, la filosofía, la crítica de arte y la literatura. De algún modo, todos estos proyectos provienen de aquel impulso experimental, comunitario y extraordinariamente creativo que fue Radio Alice. Y quisiera hablar de ella.

4. Si en la era de la tecnología internética el lenguaje se ubica en el centro de los procesos de producción (los millones de links que saturan las mañanas de nuestra atención exhausta), también puede ser ese el lugar del desvío. El lenguaje como virus, proponía Burroughs. La ambigüedad como forma de hackeo, sugiere Bifo. Así lo fue para Lautréamont, para Rimbaud, para la Comuna de París, para Dadá, para el Surrealismo, para Artaud, para el mayo francés. Así lo fue para Radio Alice que se autoproclamó, en los impetuosos y turbulentos días del autonomismo italiano, como un enclave del nonsense (una interrupción en el proceso de valorización del signo, ¡oh Carroll!) y del “Mao-Dadaísmo” (un híbrido irónico entre la revolución cultural china, “donde el arte se convertía en vida cotidiana”, y el rechazo dadaísta a “la separación entre arte y vida”). Ruidos estrafalarios, mensajes eróticos, información intermitente sobre las insurrecciones en curso, recetas, música, silencios, pero sobre todo: poesía. He ahí la gran provocación de aquella radio liberada: la intervención directa en las formas del imaginario social, “la circulación de flujos delirantes, es decir, capaces de des/lirar el mensaje dominante del trabajo, el orden, la disciplina” (Bifo dixit). Fundada en 1976, Radio Alice no fue un cuartel para el adoctrinamiento, sino un laboratorio verbal donde la mente colectiva (las mujeres, los desempleados, los trabajadores, los homosexuales, los estudiantes y hasta los detractores de Radio Alice) adquiría una voz. El teléfono estaba abierto a todos los que tuvieran algo que decir, a todos los que les faltara aire. Esa era la gran insurrección: una multitud de lenguajes singulares desafiando la sofocante uniformidad regulada por los medios (de control).

5. No es extraño que Félix Guattari, amigo cercano de Bifo durante su exilio en París y una influencia decisiva en su análisis de la erosión emocional sufrida bajo los reajustes económicos del semiocapitalismo, dedicara varios textos importantes a las radios libres y especialmente a Radio Alice, que debía parte de su impulso a la lectura entusiasta que muchos de sus fundadores hicieron de El Antiedipo. Guattari advirtió muy pronto el gran desafío que representaban para el poder los excesos del lenguaje que circulaban en la onda de Radio Alice y que terminaron por convertirla en un espacio perseguido, clausurado, reprimido. ¿Por qué la poesía puso a temblar al mandamás? Guattari lo señala: porque se atrevió a intervenir directamente sobre una de las máquinas de producción masiva de la subjetividad. No es que Radio Alice llamara a derrocar al poder, sino que generaba otras formas de socialización, de convivencia, de diálogo que en sí mismas constituían una revolución. Una revolución molecular, diría Guattari. Pero su operación más peligrosa era una operación lingüística. En las transmisiones de Radio Alice, las discusiones políticas solían interrumpirse abruptamente por intervenciones de humor delirante que le exprimía al poder, a la ideología, al marxismo normalizado, a todo decir solemne y autoritario, sus jugos más amargos. Y se reía de ellos, de los policías del lenguaje. ¡Y lo hacía con un viejo transmisor que le había pertenecido a la milicia! Toda esa ironía, esa micropolítica verbal, buscaba desactivar al capitalismo neurotizante, abusivo, trabajador. Por eso resultaba peligrosa, porque Radio Alice era en su forma de organización comunal, es decir, en su puesta en común de los lenguajes singulares, una encarnación del deseo, alegre y fecundo, capaz de transformar la realidad inmediata, la realidad de sus miembros, y desde ahí provocar el contagio.

6. “Solo el cognitariado posee los saberes y el acceso a la tecnoesfera, y sólo el cognitariado puede deconstruir su funcionamiento”, escribió Bifo en El sabio, el mercader y el guerrero (Acuarela & Machado, 2007). Ese es el modo en que una experiencia como la de Radio Alice podría mutar en nuestra época para enfrentar al Gran Monstruo: la acción autónoma de los productores semióticos liberados de cualquier sumisión al trabajo precarizado. La inteligencia colectiva en el centro de las insurrecciones por venir. Bifo ha señalado que, en el mundo de los flujos de información y la economía desterritorializada y abstracta, el primer acto de rebeldía sería reanimar la dimensión corpórea de los trabajadores cognitivos, su reencuentro físico, volver a ser miembros de una comunidad encarnada. Porque los cuerpos son irreductibles a los flujos. De eso habla también La sublevación: de las movilizaciones furiosas y creativas de miles de estudiantes, investigadores, técnicos, artistas y poetas que han respondido a la profunda crisis del capitalismo financiero que se derrumba para volverse a levantar.

7. Aunque el pensamiento de Bifo se desarrolle a través de campos y disciplinas diversas, gracias a lo cual ha podido cartografiar las radicales mutaciones antropológicas producidas a partir del contraataque capitalista de los ochenta; aunque su método sea fundamentalmente nómada, recombinante (“es necesario –explica Bifo en una entrevista– adecuar nuestros instrumentos analíticos a la realidad de la producción flexible contemporánea, para deconstruir cognitivamente su funcionamiento, encontrar su punto de debilidad y actuar sobre él”); aunque su pensamiento abandone sin temor los puntos de referencia fijos, es posible rastrear en él una línea profunda de continuidad que va desde sus primeros libros, incluso, desde sus primeras implicaciones en la lucha estudiantil, hasta la articulación de sus debates teóricos más recientes. Ese lugar se llama autonomía (la capacidad de la sociedad para crear formas de vida independientes al dominio del capital) y su campo de acción empieza en el lenguaje: “La poesía –escribe Bifo en este libro– es el lenguaje de lo no-intercambiable […] es la insolvencia en el campo de la enunciación: se rehúsa a las exigencias de la deuda semántica”. En ese sentido, no veo diferencia entre aquello que significaba la autonomía para Bifo en los años setenta y lo que significa hoy: transformar la vida cotidiana, es decir, crear espacios liberados (ajenos a las escuelas del desconsuelo) donde logren circular formas de pensamiento y acción que se sustraigan a la ganancia capitalista. Como en Radio Alice. Como en los enclaves de autoorganización colaborativa que hoy se generan en distintas comunidades del orbe. Como en los enclaves de trabajo cero de los freegans. Como en los trueques vecinales. Como en los zines, las radios comunitarias y las cooperativas de artistas. Como en los actos de desobediencia civil de los Monos Blancos en Italia. Como en las escuelas zapatistas. Como en la ética de los hackers y su comunidad sin fronteras. Como en la defensa del copyleft y la búsqueda de otras formas de producción del saber compartido. Bifo no tiene prescripciones para el futuro. Pero entiende que sin la reconquista presente del deseo (la reactivación del cuerpo social) no hay futuro posible. Es en ese campo de acción donde el arte y la escritura, la imaginación y el lenguaje, vuelven a desplegarse como recursos disidentes.


Con el título “El presente (del lenguaje) / contra el no-futuro (de la economía)”, este texto sirve como prólogo a La sublevación, de Franco Berardi “Bifo”, traducido al español por Eugenio Tisselli y publicado en México por la editorial Sur+.

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