La “dictadura gay”: ¿homosexuales al poder?

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“¿Cuánto te pagaron por ceder ante la dictadura gay?”, ese fue el reclamo que hicieron tres jóvenes integrantes del grupo ultraconservador ¡Dilo Bien! al presidente de la Suprema Corte de Justicia mientras impartía una conferencia en la ciudad de Guanajuato. Más allá del cariz engañoso de que un pensamiento social de presencia histórica en México —el conservadurismo católico— invoque a una minoría como una “dictadura”, el reclamo se debe entender como sintomático de un registro discursivo preciso.

Una búsqueda rápida en internet devela rápidamente las relaciones familiares del término. La mayoría de las páginas que lo usan son españolas, hacen referencias veladas o directas al franquismo —como una etapa que pudo haber estado llena de excesos, pero en la que la gente “sabía lo que era correcto y lo defendía”— y llaman a la acción: a defender su libertad de expresión y de culto. Libertad en los discursos de estas páginas conservadoras pareciera significar libertad para imponerse.

Existe en estas ideas una paranoia que, como señala Slavoj Žižek en El acoso de las fantasías, es característica del pensamiento fascista. Estos grupos de derecha realmente creen en la existencia de una conspiración contra su forma de vida. Para ellos, los homosexuales efectivamente han tomado el poder, son ellos quienes ocupan los cargos más altos y visibles —ya sea en la política o en la cultura y el entretenimiento— y harán lo que sea por promover una ideología que no puede sino destruir a la sociedad. Esta creencia funge como el sustento de todos los problemas sociales y, como fantasía que es, resulta insostenible cuando se ve un poco más allá de su recubrimiento.

Es de notar que las características que se asignan a los homosexuales en esta narrativa son esencialmente contradictorias. El hombre homosexual —y es importante señalar que, en este pensamiento, es primordialmente la homosexualidad masculina la que se considera amenazante— es un ser caricaturesco, cuya “intersexualidad” es a la vez razón de escarnio y de temor (pues aquí la burla funciona como un medio para volver manejable la idea de que la masculinidad monolítica quizá no sea tan firme), es un ser marginal que solo se desenvuelve en los confines de la sociedad y es todo aquel que llega al poder (la sugerencia de homosexualidad es común sobre la clase política mexicana), son todos los “galanes” del cine y la televisión, cuyo sex-appeal es capaz de conquistar a todas las mujeres. Los homosexuales han conformado un grupo internacional de depravados que conspira contra la familia, los buenos valores y la sociedad, y tiene tanto poder que está ganando.

Las narrativas contradictorias no son nuevas en el imaginario de la derecha. El antisemitismo y el racismo comparten características con este renovado discurso homofóbico. Los judíos y los negros tienen una inteligencia subnormal y son genios conspiradores; son homosexuales y quieren robarse a todas las mujeres; son marginales y son poderosos. Las contradicciones no solo son inherentes de este discurso sino que lo sustentan. ¿Cómo plantear la superioridad absoluta de un grupo sin atacar todas las características del otro? ¿Cómo establecerlo como una amenaza sin concederle poder simbólico? En su manifestación actual, si se hacen a un lado los lugares comunes conservadores de la protección de la familia y la sociedad, este discurso apela a dos valores que suelen considerarse democráticos: la libertad de expresión y la de culto. La libertad de expresión no protege los discursos de odio (que en sí mismos son difíciles de definir y dependen profundamente de su aceptación social), por esta razón se utilizan las creencias religiosas para apuntalar el derecho de expresar un discurso discriminatorio. Esto es un claro indicador de un cambio en la posición que los homosexuales ocupan en el imaginario social. Si bien aún es común ver a comediantes mediáticos hacer chistes homofóbicos y misóginos, el discurso abierto de odio ya no es tolerable. Ya no forma parte de lo que está socialmente bien visto. Por eso, estos grupos deben entrar al discurso de la libertad, plantearse como la minoría afectada y llevar a cabo una inversión conservadora de los hechos. Ante el ligero desequilibrio de los estándares previamente rectores, el miedo no es a la opresión sino a la pérdida de poder.

No solo es falso que los homosexuales hayan llegado al poder, sino que aquellos que se han vuelto visibles y “tolerables” son solo una minoría dentro de la amplia gama de sexualidades y relaciones divergentes. Los afeminados, las machorras, los travestis, los transexuales siguen conservando su marginalidad. Quienes se han vuelto aceptables son unos cuantos que no son “vulgares”, que no andan exponiendo su sexualidad como algo público, son los que comparten los mismos valores que siempre ha promovido la sociedad establecida. Solo los homosexuales y las lesbianas “de bien” son los que entran en este nuevo contrato.

En este contexto, los últimos logros de igualdad en los derechos para los homosexuales son bastante conservadores. Como señala Michael Warner en The Trouble with Normal, el matrimonio es una institución jurídica que permite discriminar a todas aquellas relaciones no normativas. El matrimonio asigna derechos específicos a la pareja, tanto sociales como legales, protege la transmisión de propiedad y establece un estándar de respetabilidad social. La concentración de esfuerzos en la lucha por este derecho implica un alejamiento del proyecto de vida queer (en el sentido más amplio del término) más característico de las primeras iteraciones del movimiento: la creación de nuevos tipos de relaciones y familias y la lucha por reconocer la validez de todas. La conquista del matrimonio igualitario en sí misma no es la extensión de un derecho sino de un privilegio. Es una petición de ingreso a una institución, por lo que la respuesta de los grupos de derecha es desmedida y poco razonada, pues no transforma la institución en sí misma sino que la extiende sin modificaciones y, por tanto, le asigna una renovada validez, al tiempo que da nueva vida al cuestionamiento de otras formas de relación (de las relaciones abiertas, del poliamor, de los encuentros sexuales fortuitos). En todo caso, el derecho a adoptar de las parejas homosexuales en sociedades de convivencia es mucho más radical, pues designa de facto que el aval del matrimonio, como institución, no es necesario, eliminando así uno de los privilegios de esta figura.

Los grupos de derecha aciertan cuando dicen que hay un agenda gay (misma que no es inherente de las prácticas sexuales, del amor o del deseo). Existe un programa ético y de construcción de mundo que tiene la posibilidad de ser radicalmente distinto en su forma de entender las relaciones, de entender el derecho a la otredad en el deseo y que aboga por la pluralidad y la movilidad de género, sexual e interrelacional. Este es el proyecto con el que nació el movimiento gay en Estados Unidos, y es su legado al mundo. Este proyecto se conserva y complejiza en varios grupos que se autonombran queer y en muchas otras personas que desconocen el significado de esta palabra; pero ahora que los homosexuales se han convertido en un mercado, que existe una normatividad socialmente establecida para ellos, este proyecto ético está más lejos que nunca de ser una dictadura.

(Foto cortesía de José Miguel Rosas.)

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