Informe Chilcot: de Irak al caos internacional

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Cuenta el célebre periodista Bob Woodward que en una de las primeras reuniones del gabinete de seguridad después del 11-S, Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa de los Estados Unidos, preguntó a sus colegas: “¿Por qué no vamos por Irak también, a parte de Al Qaeda?”.[1] Cuando me imagino esta reunión puedo ver perfectamente a la pandilla neocon –Rumsfeld, Wolfowitz, Cheney, Rove y compañía– discutiendo desparpajadamente y poniendo soldaditos de plomo sobre un mapa de Oriente Medio como si se tratara de un juego de Risk. Lo más seguro es que no solo hubiera soldaditos en ese tablero, sino también pequeñas torres de petróleo, figuras de gasoductos y jugosos contratos de infraestructura de guerra y postconflicto al estilo del famoso Monopoly. Ya lo decía George Orwell hace más de seis décadas y no pierde actualidad: “la guerra contra un país extranjero solo ocurre cuando las clases adineradas piensan que van a beneficiarse de ella”. Si algo nos enseñó la publicación del Report of the Iraq Enquiry, mejor conocido como Informe Chilcot, es que realmente no hubo un intento para evitar la invasión. Es más, a pesar de que los inspectores de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y diversos reportes de inteligencia hacían dudar de la hipótesis de las armas de destrucción masiva, los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido emprendieron una aventura bélica que no solo ha tenido consecuencias desastrosas para la población iraquí sino que ha ocasionado lo que supuestamente quería evitar: ataques terroristas en capitales occidentales.

Aunque desde Londres y Washington se intentó justificar la intervención iraquí por medio de la doctrina de la preemptive war (intervención militar cautelar), no debe quedar duda que fue un ataque preventivo, e ilegal, en toda regla. Para Nathan González, la diferencia entre ambas es sencilla: las intervenciones militares cautelares son llevadas a cabo en legítima defensa, mientras que las preventivas son ocasionadas por paranoia, o por motivos oscuros, agregaría yo. Y para cimentar esos motivos hace falta mentir y repetir esa mentira varias veces hasta que se convierta en verdad. Chuck Lewis, fundador del Center for Public Integrity, encontró que en los dos años posteriores al 11-S George W. Bush y siete de sus colaboradores más cercanos hicieron por lo menos 935 declaraciones falsas sobre la amenaza que representaba Irak para la seguridad nacional.

Una de las mentiras sobre las cuales se basó la intervención fue la “inminente” colaboración entre Al Qaeda y el régimen iraquí. Según el Informe Chilcot, desde el 28 noviembre de 2001, el Joint Intelligence Committee del Reino Unido ya había determinado:

  • Que Saddam Hussein había impedido el ingreso de miembros de Al Qaeda Irak.
  • Que la evidencia de una colaboración entre Bin Laden y Hussein era fragmentaria y no se había corroborado.
  • Que, aunque tenían enemigos, comunes la colaboración era bastante improbable por desconfianza mutua.
  • Y que no había evidencia alguna de una posible transferencia de armas de destrucción masiva a grupos terroristas.

Sin embargo, en vez de hacerle caso a estos reportes de inteligencia se prefirió atender a personajes como el Dr. Khidir Hamza, que fue citado por Colin Powell en el pleno de la ONU para advertir de la posibilidad de que Saddam Hussein pudiera armar una bomba sucia que pudiera llegar a Israel. Hamza fue encargado del programa nuclear de Irak en 1987, pero desde 1994 no había regresado al país, así que su testimonio era de oídas y llegó al absurdo de afirmar que el ataque con ántrax después del 11-S había sido planeado desde Irak. También se le dio enorme difusión al rumor de que grupos armados africanos –de Niger, específicamente– estaban intentando vender uranio enriquecido a Irak. Todo esto mientras Hans Blix, inspector de armas de la ONU, refería el 14 de febrero de 2003 ante el Consejo de Seguridad que hasta el momento no habían encontrado armas de destrucción masiva. Por otra parte, en el mismo foro, Mohammed El Baradei, entonces Director de la Agencia de Energía Atómica, afirmaba que tampoco habían encontrado pruebas de programas nucleares armamentísticos. Ambos pidieron al Consejo de Seguridad más tiempo para realizar sus pesquisas, pero la premura de la guerra pudo más que la promesa de paz.

En un último intento para influenciar a los “tomadores de decisiones”, el 15 de febrero de 2003 las calles de las principales capitales del mundo se llenaron de gente que pedía una vez más “give peace a chance”. Las manifestaciones multitudinarias en Roma, Madrid, Barcelona, Londres o Nueva York llevaron a algunos académicos a investigar la influencia de este tipo de protestas globales coordinadas en la política internacional. Emocionado, el cantautor Ismael Serrano solía introducir una de sus canciones diciendo: “hoy en día hay dos superpotencias: los Estados Unidos y tú, la sociedad civil”. Por desgracia, el eco de los tambores de guerra fue magnificado por los medios de comunicación. Tal como sucedió con la invasión a Afganistán, los diarios y noticieros de televisión repitieron hasta el cansancio el peligro que representaba vivir mientras un dictador sanguinario y desalmado como Saddam Hussein tenía a su alcance armas químicas, biológicas y nucleares. Al respecto, Rupert Stone ha encontrado que la mayoría de los medios masivos de comunicación se alinearon con la postura de Bush y Blair y le dieron muy poca cobertura a otras opiniones. El caso de la BBC debería alarmarnos pues solamente dedicó el 2% de su tiempo aire a entrevistar a personajes críticos de la guerra.

A pesar de la supuesta peligrosidad del régimen iraquí, la llamada Coalition of the Willing –que también incluía a España, Polonia y Australia– encaró la invasión como si fuera un día de campo, con la soberbia de quien se sabe mejor en todos los aspectos importantes de la guerra. Esta petulancia, acompañada de un gran trabajo de propaganda, nos regaló la primera postal de la guerra: el derrumbe de la estatua de Hussein. El símbolo de la caída de un tirano, el advenimiento de un mejor país. Sin embargo, nada es lo que parece. Describe Amy Goodman:

Mientras los primeros planos del evento (derrumbamiento de la estatua de Hussein) sugieren tropeles de iraquíes corrientes aclamando el derribo de la estatua, una foto panorámica de Reuters demostró que la Plaza de Firdos estaba prácticamente vacía, cercada por marines y tanques norteamericanos llegados para aislar el recinto antes de admitir dentro de él a los iraquíes […] Robert Fisk la describió como la fotografía más casual más escenificada del mundo desde Iwo Jima.[2]

Kadhim Sharif al-Jabouri, uno de los pocos iraquíes que pudo entrar a la plaza y que quedó inmortalizado en una fotografía empuñando un martillo y golpeando la base de la estatua de Hussein, acaba de ser entrevistado por la BBC y su testimonio muestra la tristeza del exilio y la desesperación de ver su patria desollada por la violencia:

Cuando paso por el lugar donde estaba la estatua siento pena y dolor. Me pregunto por qué lo hice. Quisiera ponerla de nuevo, reconstruirla. Aunque temo que me matarían […] Había corrupción, luchas internas, matanzas, saqueos. Saddam mató muchas personas, pero nada como el gobierno actual. Saddam ya no está, pero en su lugar hay 1,000 Saddams.

¿Qué sucedió con la democracia, la seguridad y la prosperidad que prometieron las fuerzas de ocupación?

Según el Informe Chilcot, la información que tenía el gobierno del Reino Unido –y que seguramente también poseía el gobierno estadounidense– varios meses antes de la invasión ya mostraba las posibles complicaciones del postconflicto. Para la comisión investigadora, una vez que Hussein hubiera sido derrocado, lo primero que tenían que hacer las fuerzas de ocupación era mejorar las infraestructuras básicas (caminos, drenaje, hospitales, escuelas, etc.). Parecía ser la mejor forma de ganarse a la población civil, que desde 1991 había vivido en un país destrozado por la Operación Tormenta del Desierto y las sanciones económicas de la ONU. Fallaron miserablemente, como menciona Naomi Klein:

Si a los 6 meses de la invasión, los iraquíes hubieran podido beber agua limpia de las cañerías de Bechtel, si sus casas hubiesen estado iluminadas con la electricidad de GE, si sus enfermos hubiesen sido tratados en hospitales construidos por Parsons y sus calles controladas por una policía competente entrenada por DynCorp, muchos ciudadanos habrían superado su rabia por verse excluidos del proceso de reconstrucción. Pero no ocurrió nada de eso, y antes de que las fuerzas de resistencia iraquíes comenzaran a atacar sistemáticamente los lugares en reconstrucción, quedó claro que la aplicación de los principios de Laissez-faire a una tarea de gobierno tan monumental había sido un desastre.[3]

La reconstrucción fue un fiasco para los iraquíes pero no para los grandes contratistas –oportunistas de la guerra– que construyeron caminos, tuberías y viviendas para las famosas Zonas Verdes, los distritos protegidos donde vivían los soldados, diplomáticos, contratistas y políticos alejados del caos. Uno de esos hombres fue Paul Bremer, primer enviado presidencial para presidir la Autoridad Provisional en Irak. Más que por su experiencia diplomática, Bremer fue elegido por sus contactos en el mundo empresarial. Una prueba de lo anterior fue la Constitución que apadrinó, y que entre sus aportaciones está la privatización de todas las compañías petroleras iraquíes y la dación de todos los yacimientos conocidos hasta el momento.

Más allá de la inexcusable falla de no mejorar las infraestructuras básicas, para Edward Said lo más imperdonable es que la Coalition of the Willing haya faltado en preservar la ley y el orden en las calles, en proteger a los ciudadanos de a pié. En pocos meses, los iraquíes pasaron de la dictadura a la invasión, y de esta a la guerra civil. La receta del caos –de manera extremadamente simplificada– fue la siguiente.

Las fuerzas de ocupación depusieron a un dictador laico que además representaba a la minoría sunita; pero no solo él cayó, toda su corte baazista se disgregó y se fue al exilio o bien siguió combatiendo; las fuerzas de ocupación instauraron una Autoridad Provisional que dictó leyes y robó lo que pudo mientras se preparaba la transición a un nuevo gobierno; se le entregó el poder a los representantes de la mayoría chiita, que también robaron y empezaron una campaña de represión a los antiguos detentores del poder; pero los chiitas están divididos también, un ejemplo de lo anterior es el Ejército de Al-Mahdi liderado por Muqtada Al Sadr que combatió a las fuerzas de ocupación y que controla una parte importante de Irak; aprovechando el desgobierno, se formaron guerrillas sunitas de defensa y grupos como Al Qaeda encontraron suelo fértil para operar; hacia 2010 la llamada primavera árabe parecía prometer un nuevo futuro para la región, pero se estancó en Siria –vecino de Irak– donde inició una sangrienta guerra civil; el conflicto en Siria atrajo a mercenarios y grupos extremistas; es aquí donde empezamos a saber del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS o DAESH), inicialmente financiado por Arabia Saudí, pero también compuesto por ex baazistas y combatientes internacionales cuya finalidad, supuestamente, es crear un Estado islámico en la región; con un ejército bien entrenado y armamento moderno –incluso con membretes estadounidenses– ISIS entró en guerra con todas las facciones en Irak y Siria; empezó a controlar grandes extensiones de territorio, incluida Mosul, la segunda ciudad más poblada de Irak; desde entonces ha sido responsable de innumerables masacres y ataques terroristas en Irak y otros países.

El último de estos atentados fue cometido durante la festividad el Eid al-Fitr –los tres primeros días después de la finalización de Ramadán– cuando en el populoso y comercial distrito de Karada un camión repleto de explosivos estalló matando a 308 personas e hiriendo a otras 250. El ataque tuvo menos de la mitad de la repercusión mediática que tuvieron los atentados en París o las explosiones en el aeropuerto de Bruselas. Tampoco hubo banderitas iraquíes en el Facebook ni hashtags en Twitter como #JeSuisBaghdad. Escuchar las entrevistas posteriores con los iraquíes es desolador, no saben a quién culpar, es más culpan a todos: a los estadounidenses, a los británicos, a ISIS, a Al Qaeda y a su ineficiente y corrupto gobierno. Hace poco se publicó una cartografía con todos los asesinatos en Bagdad y el mapa está repleto de puntos rojos. Muchos de esos ciudadanos han muerto por coches bomba o atentados suicidas. Los que no han intentado emigrar.

Esa emigración ha tenido más efecto que la violencia. En vez de generar empatía con iraquíes y sirios, que son los que sufren cotidianamente los atentados, se ha desencadenado otra ola de islamofobia –incluso más virulenta– como la que se vivió después del 11-S. Los discursos xenófobos, antiinmigración y antirefugio que escuchamos en las campañas europeas y estadounidenses son muestra de lo anterior. Pareciera que nadie se tomó un momento para leer los hallazgos del Informe Chilcot y que nadie escuchó a Tony Blair confesar recientemente que: “Hay elementos de verdad en que el fracaso de la invasión en Irak sea una de las principales causas del ascenso de ISIS”.

(Foto: cortesía de Jasn.)


Referencias

[1] Bob Woodward, Bush en guerra (Península, 2003).

[2] Amy Goodman, Durmiendo con el enemigo (Temas de Hoy, 2004), p. 235.

[3] Naomi Klein, La doctrina del shock, Barcelona: Paidós, 2007, 467.

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