Homofobia: apuntes sobre nuestro cáncer

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No necesito narrar –porque ya varios medios de comunicación lo han hecho– los terribles sucesos que tuvieron lugar la madrugada de ayer en el club Pulse de Orlando, Florida. Tampoco creo útil enfatizar el horror del asesinato a sangre fría de 50 personas (aunque quizá la frialdad de una cifra, precisamente por lo elevada, les haga olvidar a algunos que se trata de eso: de personas). Lo que quisiera hacer en las siguientes líneas es reflexionar sobre la causa subyacente de la tragedia: la homofobia, que, aún hoy, es visible y está profundamente arraigada, en (creo) las sociedades de todos los países del mundo.

Todos los políticos de Estados Unidos, unos con más elegancia que otros, se refirieron a la masacre de Orlando como un ataque a los valores americanos y, por extensión, a los de todo Occidente, por parte de un enemigo externo, proveniente de un mundo lejano, exótico y pre-moderno, un “otro” que se niega a asimilarse, a aceptar esos valores. No está claramente definido pero se asocia, en forma inequívoca, con el Medio Oriente y el Islam. Donald Trump, con la arrogancia que lo caracteriza, y como primera reacción ante la noticia de la masacre, hizo la siguiente declaración en su cuenta de Twitter: “Agradezco las felicitaciones por haber tenido razón sobre el terrorismo islámico radical.” Y más tarde: “¿El presidente Obama finalmente va a pronunciar las palabras terrorismo islámico radical? Si no, debería renunciar inmediatamente.”

Es cierto que el perpetrador de la matanza, Omar Saddiqui Mateen, era descendiente de afganos y musulmán practicante. Sin embargo, según declaró su padre (y yo no veo razones para dudar de sus palabras) su crimen no se debió a motivos religiosos, sino al asco que le producían los homosexuales. Es cierto también que el Islam –o algunas interpretaciones del mismo– incluye una condena directa a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Pero también es cierto que lo mismo pasa con muchos otros sistemas de creencias, al menos las tres grandes religiones monoteístas. Las expresiones de lo anterior surgen ante nuestros ojos día con día: basta ver la férrea intransigencia que la jerarquía católica mexicana ha mostrado ante el tema del matrimonio igualitario.

No. La homofobia no es, de ningún modo, exclusiva del Islam. Tampoco es necesariamente producto del pensamiento religioso (de hecho, el amor al prójimo es, para ésta y otras religiones, un elemento mucho más importante que su rechazo a cualquier práctica sexual). Es, más bien, un producto de una cultura patriarcal, que, según han argumentado varios autores, marxistas y feministas, es a su vez una condición consustancial a la estructura económica capitalista.[1]

La homofobia no es, pues, un elemento exógeno a nuestra venerada “civilización occidental”. No es el resultado de una conspiración ni la manía de un par de locos. Es un componente central, casi ubicuo, de nuestra cultura. Lo ocurrido ayer en Orlando fue sólo una manifestación particularmente brutal, pero no incoherente, de un sentimiento compartido, en mayor o menor medida, por amplios sectores de la población de Estados Unidos, pero también de México y, me atrevería a asegurar, de todo el mundo. Existe un continuum entre la violencia homicida que presenciamos ayer y la violencia cotidiana que padecemos quienes no somos heterosexuales. Ésta incluye desde la violencia simbólica, interiorizada por sus mismas víctimas, de la que ha hablado Bourdieu,[2] hasta la denegación de derechos fundamentales por parte de los gobiernos, pasando por una amplia gama de insultos, humillaciones y ataques físicos y verbales. Es rara la pareja de gays o lesbianas que se atreve a manifestar su afecto en público sin antes evaluar los riesgos potenciales de esta acción.

Lamentablemente, ni siquiera la magnitud de la tragedia sirvió para moderar el tono de los discursos de odio. En varios países de habla hispana, hashtags abiertamente violentos como #MatarGaysNoEsDelito llegaron a ser trending topics. Un funcionario de la Secretaría de Desarrollo e Integración Social del estado de Jalisco publicó en su cuenta de Facebook: “Lástima que sólo fueron 50 y no 100”. El que dicho funcionario haya sido cesado por tan desafortunada ocurrencia no niega el hecho, realmente alarmante, de que a alguien (y, probablemente, a muchos) el chascarrillo les pareciera gracioso, que realmente lamentaran que no hubieran sido más los homosexuales que murieron en Orlando. Lo peor es que las manifestaciones citadas –un par entre los centenares de las que se podrían mencionar– no constituyen más que la punta de un gigantesco iceberg. Aquellas que aparecen en el universo, relativamente “progre” y moderno, de las redes sociales.

Ahora bien, ¿qué implica afirmar que la homofobia es un elemento consustancial a nuestra cultura? ¿Que no se puede alterar? ¿Que debemos resignarnos a su existencia, como aceptamos, como algo molesto pero inevitable, la lluvia, el calor o el tráfico? De ninguna manera. Por el contrario: las creencias, los miedos y los odios colectivos, como todos los fenómenos culturales, son fluidos, moldeables, contingentes y perecederos; nacen en circunstancias históricas propicias y también, en contextos sociales determinados, se extinguen. A nivel mundial, la homofobia ha sufrido golpes formidables en las últimas décadas pero, como lo demuestran los hechos de ayer, aún está lejos de desaparecer.

¿Qué podemos hacer entonces para acelerar este proceso? La respuesta no es clara. Como dice Alberto Mira: “De nada sirve adoptar medidas puntuales, la violencia se manifestará de otros modos. La solución pasa por un cambio de actitudes que resulta notoriamente complejo (y muy lento) llevar a cabo.”[3] Yo, en lo personal, voy a reaccionar de la única forma que puedo: voy a llorar de rabia y de tristeza por las víctimas de la masacre de Orlando, pero también voy a festejar el hecho de pertenecer a una comunidad de mujeres y hombres valientes, que no se avergüenzan de ser quienes son ni se arredran ante las amenazas que la vida les plantea, por brutales que sean. Voy a salir a marchar el Día del Orgullo. Voy a besar a mi pareja en el Zócalo. Voy a protestar, voy a bailar, voy gritar consignas. Voy a hacer el amor con quien yo quiera. No voy a permitir que gane el miedo. No voy a permitir que gane el odio.


Notas y referencias

[1] Una de las explicaciones clásicas sobre la relación entre la explotación de las mujeres y el capitalismo es la de Gayle Rubin (“The Traffic in Women: Notes on the ‘Political Economy’ of Sex”, en Rayna Reiter, ed., Toward an Anthropology of Women, Nueva York: Monthly Review Press, 1975).

[2] El sociólogo francés Pierre Bourdieu es quizá quien ha brindado una mejor explicación sobre la violencia simbólica en La dominación masculina, obra que explora las raíces discursivas de la opresión de género que sufren las mujeres. La homofobia, por razones bastante obvias, tiene importantes paralelismos estructurales con este tipo de dominación.

[3] Alberto Mira, De Sodoma a Chueca. Una historia cultural de la homosexualidad en España en el siglo XX (Barcelona: Egales, 2007).

(Foto: cortesía de JoeInQueens.)

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