Ganar perdiendo: los triunfos de la revolución política de Bernie Sanders

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Los últimos días de julio terminaron por definir a los candidatos que competirán por la presidencia de Estados Unidos. En Cleveland, el Partido Republicano, en escabroso espectáculo, nominó a Donald Trump. La selección del millonario ocurrió en un ambiente de consenso alimentado por la homogeneidad racial de los delegados, mayoritariamente blancos, y la unidad en su ideología conservadora y radicalmente racista, que tienen sus máximas expresiones en la propuesta de construcción de un nuevo muro entre México y Estados Unidos y en el llamado a enjuiciar a Hillary Clinton tras los diversos escándalos suscitados en su gestión como secretaria de Estado.

Una semana después, la imagen fue radicalmente distinta en Filadelfia. Los primeros días de la Convención del Partido Demócrata estuvieron marcados por las protestas de algunos de los partidarios de Bernie Sanders, quienes se rehúsan a respaldar la candidatura de Hillary Clinton y cuyo descontento tiene diferentes motivaciones, desde la posición del Partido Demócrata frente al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económico (TTP, por sus siglas en inglés) hasta las reglas partidistas que dieron ventaja a Clinton durante las elecciones internas. Sin embargo, lo que los unía, sobre todo, era la protesta contra el corrupto establishment que los hizo a un lado y que los ha obligado a elegir entre dos candidatos que representan (distintas) continuidades del statu quo.

Las protestas de la Convención fueron interpretadas por algunos como un berrinche de los que apoyan a Sanders. De la misma manera, la insistencia de Sanders en llegar a la Convención de Filadelfia y competir en todas las elecciones primarias, ante una inminente nominación a favor de Clinton, había sido interpretada como una terquedad. Así también hubo quien interpretó el discurso sobre los intereses financieros y su influencia en la política estadounidense, la extrema concentración de la riqueza en su país y la necesidad de cambiar el modelo político y económico de Estados Unidos no como una postura moral e ideológica sino como una estrategia para obtener votos y lastimar la imagen de Clinton.

Todas estas ideas asumen que el triunfo en política está en el resultado. En otras palabras: Hillary Clinton es la candidata y Bernie Sanders y los que lo apoyan no tienen más opción que aplaudir su entrada y simular completa unidad. Es una especie de complejo priista: los que comparten esta visión esperan escuchar un aplauso unísono como los del Auditorio Plutarco Elías Calles, en vez de escuchar alguna voz reclamando la firma del TPP durante el discurso del presidente Barack Obama.

Esta limitada visión de la política no da cuenta del proceso completo por el cual, aún perdiendo la nominación de su partido, la revolución política de Bernie Sanders obtuvo triunfos fundamentales para su causa. Y no solamente triunfos morales sobre lo que es justo o deseable en una sociedad, sino triunfos tangibles en la manera de hacer política en Estados Unidos, los cuales continuarán acumulándose hasta que Clinton logré convencer a los votantes que presionan, en una amenaza creíble, con no asistir a las urnas o votar por otro candidato. Señalemos entonces los éxitos de la revolución política de Sanders para ilustrar cómo los perdedores en política pueden lograr victorias significativas.[1]


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Agenda de Sanders, programa de Clinton

La plataforma política de los partidos asienta las prioridades que el candidato a la presidencia promoverá durante su campaña y a las que se compromete a convertir en política pública una vez en funciones. Aunque no incluye acciones particulares o políticas concretas, los candidatos tienden a seguir la plataforma y es un recurso informativo para conocer la postura política por la que luchará un partido durante su gestión. Es, a todas luces, una manera de ganar el voto del público y una forma de analizar los cambios ideológicos que ocurren dentro de un partido.

Si bien durante los ochenta el Partido Demócrata discutió y enmendó la plataforma presentada por los eventuales candidatos a la presidencia con gran avidez, a partir de la nominación de Bill Clinton, en 1992, la agenda del Partido Demócrata dio un giro conservador, haciendo de lado la agenda predominante desde el gobierno de Roosevelt para abrazar una nueva identidad mucho más cercana al libre mercado de Reagan que al New Deal. La llamada “tercera vía” proponía, tanto en los Estados Unidos de Clinton como en el Reino Unido de Blair, un programa de reducción del gasto público, liberalización de mercados, privatizaciones y desregulación del sistema financiero que favoreció a las grandes corporaciones, bancos y empresas tecnológicas por encima de la base electoral tradicional del Partido Demócrata (sindicatos y minorías). Desde entonces y hasta el día de hoy, las propuestas de plataforma de Bill Clinton (1996), Al Gore (2000), John Kerry (2004) y Barack Obama (2008 y 2012) siguieron proyectos similares, por lo que se aprobaron virtualmente sin alteraciones.

A principios de este año la situación fue radicalmente distinta. Hillary Clinton representaba la continuidad de la plataforma que el Partido Demócrata ha abanderado desde hace al menos veinte años y un inmediato seguimiento a las políticas de Obama. Su nominación era prácticamente un hecho desde el verano pasado, cuando adelantaba en las encuestas a Sanders hasta en un 40%. Lo más lógico era que Clinton lograra la nominación, propusiera un programa de gobierno y entrara a la Casa Blanca sin mayor problema.

Como sabemos la historia no ocurrió así. Sin poder dar cuenta de un punto de inflexión, el movimiento de Bernie Sanders fue gradualmente ganando en organización, recaudación de fondos y popularidad a lo largo y ancho de Estados Unidos. Teniendo como antecedente directo a las movilizaciones de Occupy Wall Street, sus activistas expresaron inmediato apoyo al movimiento de Sanders por abrazar, desde el inicio de su campaña, el clivaje político de la desigualdad económica como su principal bandera. La idea de una economía injustamente balanceada, que favorece a los intereses de las grandes corporaciones, los millonarios y billonarios y los banqueros de Wall Street (el 1%) en vez de favorecer a la mayoría de familias estadunidenses (el 99%), fue lo suficientemente fuerte para ganar las elecciones primarias en 22 estados y convencer a más de trece millones de personas (43%) que participaron en la selección del candidato demócrata, volviendo la carrera altamente competida.

La fuerza de esta revolución política fue imposible de ignorar. Clinton se vio obligada a modificar sus posturas iniciales y a inclinarse hacia la izquierda en asuntos en los que previamente favorecía el estado de las cosas. El compromiso para convencer a los otrora votantes por Bernie tuvo su máxima expresión en la redacción de la llamada “plataforma más progresista en la historia del Partido Demócrata” que incluyó, de acuerdo al equipo de Sanders, cerca del 80% de las peticiones de campaña y que movieron al Partido Demócrata a una posición ideológica cercana a la del New Deal.

La primera gran inclusión de la agenda de Sanders y su revolución política en la plataforma del Partido Demócrata es la de limitar la influencia de los intereses privados en las decisiones públicas. En Estados Unidos, donde las empresas y corporaciones pueden realizar inmensas donaciones a campañas políticas, invertir en equipos de cabildeo que influyan en toda legislación y convertir a servidores y representantes públicos en representantes privados, los intereses de las grandes corporaciones terminan por determinar mucho de los resultados en política y a balancearlos a su favor.[2] Bernie Sanders se encargó de denunciar este ciclo vicioso durante toda su campaña y logró que la plataforma demócrata incorporara estas denuncias. Una primera disposición es reformar el sistema de la Reserva Federal para que ejecutivos de bancos privados no puedan asumir puestos directivos. Otra es cerrar la “puerta giratoria” (la revolving door) que permite que los funcionarios públicos ingresen al sector privado al concluir su mandato. Una más es regular a los bancos de Wall Street a través del control de las agencias calificadoras que evalúan sus productos financieros. Una última es una enmienda constitucional para revocar la decisión de la Suprema Corte en el caso Citizens United que permite que las corporaciones hagan contribuciones monetarias a las campañas políticas como cualquier persona de carne y hueso. Todas estas medidas son atribuibles al discurso de Sanders y su retórica contra los intereses de los más ricos.

No menos importante es el triunfo de Sanders sobre el salario mínimo federal. Desde el inicio de su campaña, Sanders hizo un llamado por el aumento del salario mínimo a un nivel que permitiera a toda la clase trabajadora llevar una vida con dignidad. Mientras que Sanders propuso un aumento a 15 dólares, Clinton propuso elevarlo a 12 dólares y dejar a los estados y las ciudades la opción de subirlo hasta 15 dólares si estos así los decidían. Sin embargo, en Orlando, durante la redacción de la plataforma del Partido Demócrata, los delegados de Sanders lograron incluir el alza de 15 dólares por hora como salario mínimo dentro del programa del partido, un triunfo fundamental que tendrá un gran efecto en los votantes que aprueban ampliamente un alza en el salario mínimo, incluso en estados republicanos.

Finalmente, otro de los temas principales de la campaña de Sanders y que ya es parte de las propuestas de Clinton es el costo de la educación superior. Bernie Sanders propuso que los programas de cuatro años en universidades públicas como los community colleges fueran gratuitos para todos sin importar el nivel de ingreso y que se eliminara la deuda provocada por los créditos para pagar la educación superior, que representan actualmente el 10% de la deuda total en Estados Unidos. En términos concretos, es muy probable que se instaure un ingreso máximo para tener derecho a una educación gratuita, que probablemente sea de 125 mil dólares al año. No obstante, este límite abarca cerca del 83% de las familias estadounidenses. Por donde se vea, otro triunfo fundamental.


Estrategias de la revolución política

Quizá el asunto con el que la campaña de Bernie Sanders logró marcar un hito en la historia política reciente de Estados Unidos es su manera de organizarse. El discurso de Sanders logró atraer a grupos organizados como los ya mencionados okupa de Wall-Street y las nuevas generaciones de jóvenes, que desaprueban el desempeño del actual sistema capitalista y ven, cada vez con mejores ojos, al socialismo como una alternativa posible. Su gran fortaleza estuvo centrada en los cientos de miles de ciudadanos que se unieron como voluntarios y a los que Sanders empoderó para promover su mensaje. Es por este sistema de voluntarios, y no por un capricho discursivo, que la campaña de Sanders puede llamarse, sin matiz, una revolución política.

La máxima expresión de su éxito, o al menos su forma más cuantificable, fue la recaudación de fondos: durante su campaña Sanders logró reunir más de 7 millones de donativos individuales de 27 dólares en promedio que representaron un total de más de doscientos millones de dólares. Aunque esta cantidad terminó por ser menor a lo recaudado por Clinton, el movimiento logró el mayor número de donativos individuales para una candidatura presidencial en la historia de Estados Unidos, sin recibir un solo dólar de corporaciones o comités de acción política que normalmente pagan por las campañas de políticos de todo partido.

El entusiasmo generado por esta novedosa forma de organizarse ha hecho que más demócratas se unan a esta forma de hacer política. En todo Estados Unidos voluntarios y miembros del equipo de Sanders han empezado a involucrarse en la política local, apoyando a candidatos que retan al establishment del Partido Demócrata en su discurso y sus propuestas; esto ha llevado al partido a adoptar, paulatinamente, una agenda más progresista y ha movilizado a votantes que antes no se involucraban en la política partidista.


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Trump y el futuro de la revolución política

Tanto para Sanders como para Clinton y cualquier otro miembro del Partido Demócrata es claro que el reto inmediato es vencer a Donald Trump en las elecciones de noviembre. Lo ha declarado en repetidas ocasiones el propio Sanders que, reconociendo sus diferencias con Clinton, la acepta como su candidata y la única alternativa frente a la amenaza de Trump. Sobre todas las cosas, el respaldo a Clinton está sustentado en la plataforma política que lograron redactar juntos.

¿Qué significa esto para la revolución política que encendió la campaña de Bernie Sanders? Para algunos, como los del movimiento Bernie or Bust que abuchearon cualquier mención de Clinton durante los primeros días de la Convención de Filadelfia, Clinton representa una continuidad al statu quo que lucharon por cambiar. Para ellos la decisión de Clinton o Trump es irrelevante y la plataforma progresista insuficiente. Su lucha, de nuevo, no es inútil o desconectada de lo real: es una manera de impulsar su agenda para garantizar su adopción. Algo en verdad sano para cualquier democracia.

El dilema de Clinton es si estos votos son necesarios para ganar la elección o si puede prescindir de ellos. Si lo primero es cierto, el reto será dejar de lado la ambivalencia que presentó en su discurso de aceptación y comprometerse a una política más radical, cosa que ha evitado en repetidas ocasiones. En cambio, si lo segundo es correcto, lo que parece ser el escenario más cercano a la realidad, la plataforma del partido, y su compromiso de seguirla, es suficiente para atraer a la gente de Sanders, pues ha funcionado como vínculo o “tratado de paz” entre ambos grupos.

Con todo esto en consideración, el futuro del movimiento encabezado por Sanders es incierto. Su primer llamado, tras el respaldo a Clinton, ha sido el de una nueva campaña llamada “Our Revolution”, que busca recaudar fondos para apoyar al menos a 100 candidatos partidistas o independientes, así como referéndums, iniciativas populares y consultas ciudadanas, que promuevan una agenda progresista. Paralelamente, Sanders afirmó en una entrevista que competirá por la reelección en su puesto como senador del estado de Vermont. Ambos mensajes mantienen cierta ambigüedad respecto a la relación que Sanders mantendrá con el Partido Demócrata una vez pasada la elección de noviembre. Su popularidad durante las elecciones internas le asignan un nuevo rol de poder dentro del Partido Demócrata y en el Senado que no sabemos si esté dispuesto a asumir. Para algunos la revolución política es insostenible dentro del Partido Demócrata, pues sus integrantes están más interesados en mantener el sistema de donaciones exorbitantes por parte de corporaciones y millonarios que en proponer una agenda comprometida de izquierda.

La inmediatez de lo electoral no permite discernir qué escenario es el más probable en ocurrir: es igual de pronto para subestimar la capacidad de adaptación del Partido Demócrata para incorporar a los miembros de la creciente revolución política como para vaticinar la formación de un nuevo partido político de izquierda que rompa el longevo bipartidismo estadounidense. Lo que queda claro es que la campaña de Bernie Sanders alteró profundamente la vida política de Estados Unidos al revivir temas sepultados desde hace más de veinte años. Los triunfos de esta revolución política van más allá de la candidatura o la misma presidencia de nuestro vecino del norte –y presentan enseñanzas importantes, en términos de organización y de discurso, para la izquierda estadounidense y para todas las izquierdas. Será el tiempo lo que dé cuenta de ello.

(Fotos: cortesía de Disney | ABC Television GroupVictoria Pickering y Stephen Melkisethian.)


Notas

[1] Para más sobre el concepto de perdedores en política ver: Kenneth Sheplse, “Losers in Politics (And How They Sometimes Become Winners): William Riker’s Heresthetic”, Perspectives on Politics, Vol. 1, No. 2 (Jun., 2003), pp. 307-315; y Kennetge Shepsle, “Political Losers”, discurso inaugural de la Cátedra William H. Riker, 23 de marzo de 2002.

[2] Robert B. Reich. Saving Capitalism For the Many Not The Few. Nueva York: Alfred A. Knopf. 2015.

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