Francisco, ¿una oveja negra en el Vaticano?

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Penetré los muros del Vaticano la tarde del 30 de junio de 2014. Había transcurrido casi una década desde aquella mañana de septiembre de 2004 cuando me asignaron la cobertura de la fuente religiosa. Yo tenía veintidós años de edad y apenas dos meses como reportero del diario Reforma. Había sido criado en el ateísmo militante y el mundo de la fe me deslumbró. Visité templos, conversé con ministros religiosos y atestigüé decenas de rituales.

En 2004 la Iglesia católica atravesaba por un “invierno eclesial”, según una frase utilizada por católicos críticos: el carisma del papa Juan Pablo II era incapaz de contener un éxodo de fieles que se secularizaban u optaban por otra religión. La pederastia clerical masiva cuestionaba la autoridad moral de la Iglesia. El invierno se prolongaría ocho años más con Benedicto XVI: un guardián de la ortodoxia cuyo pontificado se escribió bajo el signo de dos hechos históricos: la filtración masiva de documentos secretos o Vatileaks         —que develaban una corrupción estructural en el Vaticano— y la renuncia papal, no vista en seis siglos. Tras el sismo de la dimisión llegó por primera vez al papado un latinoamericano, el argentino Jorge Mario Bergoglio que, con el nombre de Francisco, abogaba por una Iglesia pobre y para los pobres.

En pocos días el ex arzobispo de Buenos Aires había provocado la fascinación de los pensadores más críticos. Se iniciaba una “primavera”, dijo el teólogo progresista Hans Küng. Más aún, se trataba de una “revolución”, como escribió el decano de los vaticanistas Marco Politi. Pero el propio Politi era cauto: Francisco estaba “rodeado de lobos” que militaban contra el proyecto reformista.

Caía la tarde el 30 de junio de 2014 frente a la puerta Santa Ana, uno de los accesos al Vaticano.

El guardia suizo miró con desconfianza mi equipaje.

—¿Se quedará a dormir? —preguntó en italiano.

—No, solo vengo a charlar —respondí en inglés.

Me demoré veinte minutos en el check point mientras se hacían las llamadas necesarias. Finalmente un policía apuntó mi nombre y el nombre del cardenal que me recibiría unos minutos después: era mi salvoconducto para las oficinas del vicario de Cristo.

Visité Roma entre el 30 de junio y el ocho de julio de 2014. Mi trabajo de campo coincidió con una semana crucial: se juntó por primera vez el G-9, el Grupo de Nueve cardenales para la reforma de la Santa Sede; se determinó la reforma al Banco Vaticano y Francisco se reunió con víctimas de curas pederastas, también por primera vez.

Durante esa semana, me entrevisté con cuatro altos oficiales de la curia pontificia: dos ministros y dos viceministros de la Santa Sede (a quienes identificaré como C1, C2, C3 y C4). Conversé con sacerdotes, diplomáticos, laicos y vaticanistas, todos ellos afectados positiva o negativamente por las sacudidas de Francisco. Llevé una pregunta de trabajo que plantee de diversas maneras: ¿hasta dónde llegará el papa y su proyecto reformista?

Hacia las 19:30 horas de aquel 30 de junio abandoné la Unión Europea y me interné en el Vaticano, última monarquía absoluta de Occidente y autoridad espiritual de unos mil doscientos millones de católicos. Mientras arrastraba mi maleta (provenía de Berlín sin escala en el hotel), recordaba mi propio itinerario ante la Iglesia: no he conocido a mujeres y hombres más comprometidos. Seguir a Jesús representa para ellos ofrendar la vida en la defensa de migrantes, ancianos, mujeres, obreros, pobres, homosexuales, mineros. Pero la Iglesia alberga también a las personas más sufrientes. La hipocresía del celibato, el voto de obediencia y la pretensión de santidad obligan a muchos a la simulación permanente: fingen no tener hijos, no ser homosexuales, no padecer alcoholismo, drogadicción o enfermedades de transmisión sexual, fingen no enterarse de sus colegas abusadores o de sus superiores que transan favores sexuales a cambio de ascensos.

En este reportaje no aventuraré un retrato más del papa argentino como ya se han escrito, algunos muy buenos, sino una aproximación personal a la Iglesia católica tras diez años de observación periodística. En esta década he escrito sobre los temas del papa Bergoglio: la periferia, las mujeres y los homosexuales en la Iglesia, los sacerdotes casados, la migración, el dinero y la opacidad, los obispos que se resisten a perder sus privilegios, el abuso sexual a menores.

¿Y quién es ese hombre? Un jesuita que pactó con un grupo paramilitar de ultraderecha argentina, la Guardia de Hierro, en la década de los setenta; el mismo que ha reivindicado al arzobispo progresista Óscar Arnulfo Romero, asesinado por la dictadura militar salvadoreña en 1980; el mismo que cuestiona (casi toda) la moral sexual de la Iglesia. Bergoglio, al igual que el evangelio, puede ser interpretado a favor de los intereses de liberales y conservadores.

El papa argentino es, todavía, un enigma.


Serpientes y escaleras

Francisco sale del Vaticano en un Ford Focus. Debajo de su sotana blanca se dejan ver pantalones negros y zapatos ortopédicos oscuros. Su cruz pectoral es de fierro y su anillo de pescador, de plata. Nunca se ha puesto la tiara roja, una capa que simboliza el poder imperial. En la residencia de Santa Marta, donde vive en el cuarto 201, otros huéspedes se lo encuentran en el elevador o en la máquina expendedora de café sirviéndose una taza.

En Buenos Aires, donde fue arzobispo, renunció a la residencia arzobispal y vivió en un pequeño apartamento arriba de sus oficinas. Viajaba en metro y autobús, tendía su cama y se calentaba sus alimentos. Jorge Mario Bergoglio ha impulsado un lema: “una Iglesia pobre y para los pobres”, y eligió llamarse Francisco en honor al mendicante de Asís, llamado en italiano il poverello.

En 2012, Bergoglio presentó su renuncia como arzobispo de Buenos Aires cuando llegó a la edad reglamentaria de setenta y cinco años. A partir de entonces sus colaboradores lo notaron parco y ausente. Le entristecía el retiro. Ya había apartado una habitación en una residencia de sacerdotes ancianos, que ocuparía apenas la Santa Sede aceptara su renuncia, quizá al cumplir setenta y siete o setenta y ocho años.

A la sorpresiva dimisión de Benedicto XVI, antes de tomar al avión que lo llevaría a Roma para participar en la elección del nuevo pontífice, le dijo a sus amigos que su oportunidad de ser papa ya había pasado y que el colegio de cardenales lo juzgaría muy viejo para el cargo.

De acuerdo con el relato del vaticanista Marco Politi en el libro Francesco tra i lupi, il segreto di una rivoluzione (2013), la poderosa curia vaticana —los cardenales que gobiernan la Iglesia desde Roma— llegó a la elección dividida en dos. Los más afectos a Benedicto XVI apoyaban a Angelo Scola, patriarca de Milán y cercano al movimiento conservador Comunión y Liberación. Otra facción, encabezada por el secretario de Estado Tarcisio Bertone, impulsaba al arzobispo de Sao Paulo, Pedro Odilo Scherer.

Sin embargo, la dimisión de Benedicto XVI modificó la correlación de fuerzas en la cúpula católica. Su renuncia se interpretó como un golpe a la burocracia romana y preparó a los electores para un paso inédito. La mayoría de los italianos no querían que la curia impusiera al papa. Y eran el bloque mayoritario con veintiocho electores. Detrás de Italia, el país con más peso era Estados Unidos, con once cardenales electores. Y llegaron al Vaticano con su propia agenda.

Antes de partir a Roma, Bergoglio contó a sus cercanos que le gustaría que el cardenal de Boston, el franciscano Sean O’Malley, resultara electo papa. En la Iglesia católica, sin embargo, se habla de una regla no escrita: desde la consolidación de Estados Unidos como potencia mundial, los norteamericanos están vetados para el pontificado. Elegir a un papa estadounidense concentraría demasiado poder en un solo país. Los estadounidenses no pueden ser reyes, pero sí hacedores de reyes. Coincidentemente, Sean O’Malley también llegó al cónclave con un candidato: Jorge Mario Bergoglio.

La elección de Bergoglio implicaba riesgos. Su trayectoria eclesiástica había sido accidentada, esculpida con ascensos vertiginosos y caídas abismales. A los treinta y seis años, en 1973, fue elegido provincial de la Compañía de Jesús o jefe de todos los jesuitas de Argentina. Duró seis años en el cargo y después marchó a Alemania escribir su tesis doctoral sobre el teólogo Romano Guardini.

Pero al poco tiempo fue castigado: se le ordenó regresar a Argentina apenas iniciaba los estudios y se le confinó a ser confesor en una parroquia de Córdoba, a setecientos kilómetros de Buenos Aires, en donde se le asignó una recámara de nueve metros cuadrados. El ex superior general quedaba reducido a un cura de barrio, alejado de los centros de poder eclesiástico y privado de su carrera académica.

La rudeza contra el padre Bergoglio tenía una explicación histórica. Como superior general fue cercano a un grupo de choque de la derecha peronista, llamado Guardia de Hierro. Su cercanía fue tal que a los líderes de la Guardia les entregó la dirección de la Universidad de El Salvador, fundada por los jesuitas.

Joven e inexperto, Bergoglio había afrontado el periodo más oscuro de Argentina en el siglo XX. Entre 1977 y 1983 gobernó una Junta Militar tras un golpe de Estado. Treinta mil personas desaparecieron, casi todos jóvenes opositores. El episcopado argentino se ofreció como intermediario entre los militares y el gobierno, con el perverso objetivo de evitar o contener las protestas de los familiares de los desaparecidos. Como respuesta, decenas de sacerdotes se tornaron a los barrios pobres y combinaron el discurso evangélico con la teoría marxista. Dos jesuitas, Franz Jalics y Orlando Yorio, fueron secuestrados por militares y torturados durante cinco meses en una mazmorra clandestina.

Desde entonces se ha acusado a Bergoglio, que era su superior, de haberlos abandonado a su suerte. En su defensa, Bergoglio afirmó que se reunió dos veces con el dictador Jorge Rafael Videla y otras dos con el almirante Emilio Massera para exigir la presentación con vida de ambos jesuitas. Testimonios de la época sostienen, por otro lado, que Bergoglio ayudó a perseguidos políticos a escapar de Argentina, a quienes conseguía refugio en casas jesuitas de Uruguay. Ya como papa, Francisco ha reconocido que su gobierno de la Compañía en Argentina fue equivocada: “Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me llevó a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador”, le dijo en una entrevista al sacerdote Antonio Spadaro.

Bergoglio fue castigado con el destierro a Córdoba, pero de ahí lo sacó el arzobispo de Buenos Aires, Antonio Quarracino, que lo oyó predicar y lo promovió como su obispo auxiliar y luego su sucesor. En sus años en Buenos Aires se le recuerda por sus viajes en metro y ómnibus. Por las tardes, tomaba el teléfono y hacía llamadas inesperadas a sus amigos para saludarlos o felicitarlos por su cumpleaños. Era reservado con la prensa. Dio pocas entrevistas y prefería fijar sus posiciones por escrito.

A diferencia de Juan Pablo II, Francisco no es políglota. Su inglés es muy pobre y su italiano —que le enseñó su abuela Rosa, inmigrante de origen piamontés— está lleno de argentinismos. Si Francisco le hará o no un bien a la Iglesia está por verse. Pero está claro que la Iglesia le ha hecho un bien a Bergoglio. El arzobispo parco y adusto de Buenos Aires se convirtió en un papa sonriente. Postergar su retiro lo hizo feliz.


La curia contra el papa Francisco

Si hay un monasterio vacío —y en Roma cada vez hay más monasterios y menos monjes— el papa Francisco ha pedido que se entreguen a los huérfanos o a los inmigrantes.

“Pero eso no ha ocurrido. Imagina cuántos clérigos son más burócratas que pastores con un estilo de vida de ricos. Algunos están empezando a cambiar, pero otros dicen que no quieren cambiar. Dentro de la curia romana hay reformistas que apoyan a Francisco pero son demasiado pocos, una minoría. La mayoría no son abiertos opositores a Francisco, sino gente pasiva que ejerce un sabotaje silencioso al no hacer nada. Esos son los más terribles enemigos de las reformas”.

El que habla es Marco Politi, acaso el periodista que conoce mejor el Vaticano, al que cubre desde 1971 con una breve interrupción en la que fue corresponsal en la Unión Soviética. Vestido de traje de lino blanco, Politi bebe agua mineral en una cafetería de la plaza de Santa María en Trastevere, Roma, un caluroso sábado de julio.

“Los episcopados no han reaccionado con documentos diciendo: estamos con el papa en éste y en este otro tema, también queremos mujeres en posiciones clave: a partir de mañana las posiciones claves de las conferencias episcopales serán encabezados por mujeres. Ningún episcopado ha dicho eso”. Compruebo las palabras de Politi en mis dos encuentros con ministros de la curia vaticana. Ambos minimizaron el proyecto reformista del pontífice.

C1: “Las reformas serán solo administrativas, cuando menos las que recomienden los cardenales del Grupo de los Nueve (una comisión de nueve cardenales creada por el papa para proponer un nueva estructura de gobierno). Cada papa ajusta la curia como le parece mejor. La única excepción recientemente fue Benedicto XVI, porque él ya venía con dos décadas de colaborar con Juan Pablo II, que moldeó la curia en la constitución apostólicaPastor Bonus. Eso sí: ya es tiempo de que se aterricen los proyectos del G-9. Y es falso que la curia esté en contra del papa. Eso es una invención de la prensa.”

C2: “Se está pensando en una reorganización administrativa, en simplificar dicasterios y nada más. Otras reformas como la comunión de los divorciados vueltos a casar se tratarán en los próximos sínodos, pero no cambiarán porque la Iglesia defiende principios”.

Desde la terraza de un hotel, el centro de Roma exhibe las cúpulas barrocas de sus iglesias. Me siento a beber una cerveza con un diplomático que ha pasado ocho años representando a su país ante el Vaticano y ha conocido a tres papas. Conversamos en español.

Antes de Francisco, me dice, al Vaticano se le consideraba como el resguardo de la catolicidad y la liturgia tradicional. Ahora, el pontífice argentino ha despertado una oposición en los sectores tradicionalistas. Para ese sector, la pobreza es un concepto relativo. Si vas a hacer un banquete donde el invitado principal es Cristo debes poner en el altar lo mejor que tengas: el oro, los diamantes, las sedas y las obras de arte.

Con esa lectura de la pobreza, los conservadores le critican a Francisco la cruz pectoral de fierro, los pantalones oscuros que se traslucen debajo de la sotana blanca y los zapatos negros de oficinista. Devalúa el primado de Pedro. No se comporta como un papa sino como un párroco.

Conforme se sienten más amenazados, los tradicionalistas empiezan a filtrar golpes. Francisco, dice el autor italiano Antonio Socci en el libro Non è Francesco, podría provocar un cisma: “Bergoglio —según sus fan más convencidos— sería un revolucionario que pretende subvertir la Iglesia católica, eliminando los dogmas de la fe y tirando a las ortigas siglos de magisterio. ¿Qué significaría y qué comportaría todo esto? Si fuese verdad, la Iglesia estaría en la vigilia de una dramática explosión”, escribió Socci (lo cito del blog Sacro y profano del vaticanista mexicano Andrés Beltramo, quien calificó a Socci como miembro del sector tradicionalista que no quiere ver a Francisco “ni en pinturita”).

[…]

El vaticanista Politi afirma que la revolución de Francisco es profunda y, aun con las trabas de la burocracia eclesiástica, será irreversible. El papa argentino, dice Politi, apostará por dos mecanismos de descentralización del poder: la colegialidad y la sinodalidad. Por colegialidad se entiende una transferencia de atribuciones a las conferencias episcopales, las instancias donde se reúnen los obispos de un país (en México, la Conferencia del Episcopado Mexicano la preside el cardenal de Guadalajara Francisco Robles Ortega). La sinodalidad son las reuniones periódicas de obispos, como la que se realizó en octubre sobre la familia.

Politi: “El ‘parlamento’ (cónclave) que ha elegido a Francisco quería reformas: en el sistema financiero imponer absoluta transparencia, modificar la curia para hacerla más efectiva y tener contactos regulares entre el papa y los obispos del mundo. Francisco habla de construir lo dicho en las congregaciones generales pero está yendo más allá. Porque sus esfuerzos —y en este sentido sí es una revolución— es reconfigurar la Iglesia en el siglo XXI: hacerla más una comunidad y menos una Iglesia imperial”.


El culto sacrílego

Pregúntele a un sacerdote —en especial a quienes tienen algún cargo diocesano— qué piensa de la pederastia clerical. La inmensa mayoría de los pederastas —le responderá— son los padres de familia. C2, cabeza de un dicasterio de la Santa Sede, me dijo lo mismo: “hay curas pedófilos pero la proporción es bajísima, como de cero punto cero cero dos por ciento. En las familias es donde está el 96 por ciento de los pederastas”.

En 2001, durante el pontificado de Juan Pablo II —ahora declarado santo— el Vaticano ordenó a los obispos que protegieran a los pederastas. El entonces prefecto de la Congregación para el Clero, el cardenal Darío Castrillón Hoyos, felicitó al obispo de Bayeux, Francia, quien fue condenado a tres meses de prisión (y liberado a cambio de una multa) por encubrir a un cura abusador.

“Me congratulo de tener un hermano en el episcopado que a los ojos de la historia y de otros obispos del mundo ha preferido la prisión antes que denunciar a su hijo sacerdote”, le escribió Castrillón, y luego envió esa carta a todas las conferencias episcopales del mundo.

En febrero de 2014, Francisco envió una señal decepcionante a las víctimas de pederastia. El Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas publicó un durísimo informe donde responsabilizaba al Vaticano de transferir de una parroquia a otra, o de país en país, a vejadores de niños. Los abusos, decía la ONU, “se siguen cometiendo en forma sistemáticas mientras la inmensa mayoría de los culpables goza de total impunidad”. La respuesta del Vaticano no pudo ser peor: acusó a las Naciones Unidas de violación de su libertad religiosa. Abusadores, respondió el arzobispo Silvano Tomasi, hay hasta en las profesiones más respetables y no solo entre curas.

Pero las cosas empezaron a cambiar en abril. Francisco declaró: “me siento llamado a hacerme cargo de todo el mal que algunos sacerdotes, bastantes, bastantes en número aunque no en proporción con la totalidad [de los abusadores], y a pedir perdón por el daño causado por los abusos sexuales a los niños”. La acción más impactante llegó en septiembre: el arresto —en mazmorras del Vaticano— del ex nuncio en República Dominicana, el arzobispo Josef Wesolowski, un diplomático polaco que había hecho carrera bajo la protección de Juan Pablo II.

Mi reunión con C2 —el oficial de la Santa Sede que proporcionó la cifra increíble de 0.002 por ciento de curas abusadores— se efectuó el 4 de julio. Apenas tres días después, Bergoglio celebraba misa con seis víctimas de pederastia, tres hombres y tres mujeres. Les habló en español, su lengua materna, que usa cuando no quiere equivocarse. En la capilla de la residencia de Santa Marta, les dijo que los obispos encubridores serán hechos responsables.

En su homilía con las víctimas, Francisco hizo una reflexión teológica de la pederastia. El abuso de menores no es sólo un pecado ni un crimen, sino unculto idolátrico: “Es como un culto sacrílego porque esos chicos y chicas le fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios, y ellos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia.”


La servidumbre

En el Vaticano quienes se sientan detrás de los grandes escritorios, conversan con periodistas y firman los documentos, son casi siempre varones. En mis encuentros con los altos funcionarios curiales llevé cuatro preguntas de trabajo: una de ellas, respecto al papel de las mujeres y en particular a la posible ordenación sacerdotal o episcopal femenina.

C1: Por las mañanas tengo la televisión prendida a volumen bajo, y cuando oigo una nota de la Iglesia le subo. El otro día pasaron a las obispas anglicanas. Las vi con la mitra y pensé: ¡ni por estética!

C2: Mujeres sacerdotes, no. Eso está muy claro desde los primeros siglos de la historia cristiana.

C4: No, porque el obispo representa a Cristo, que es el esposo, y la Iglesia es la esposa no siempre fiel. No puede haber esposa de la esposa.

Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI la Iglesia católica se obsesionó con la moral sexual y se lanzó a una cruzada contra tres temas: el aborto, la contracepción y el matrimonio homosexual. En la retórica de la jerarquía eclesiástica, cuando menos la mexicana, las mujeres dejaron de ser vistas como sujetos y se les llegó a considerar meras incubadoras (como en la declaración del obispo de Culiacán Benjamín Jiménez: “permitir el aborto es contraproducente y lesivo a la función divina de la mujer, que es perpetuar la vida”).

La relación de varones sacerdotes respecto de mujeres religiosas es de dos a uno. En México existen unos dieciséis mil curas por veintiocho mil monjas (según datos del especialista Elio Masferrer). Juan Pablo II cerró la posibilidad de la ordenación femenina y Benedicto XVI mantuvo la misma línea. El papa Francisco ha ratificado la negativa al ministerio femenino, pero ha abierto una rendija: la inclusión de mujeres en los puestos más altos del gobierno de la Iglesia.

“En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia”, ha expresado el pontífice.

El vaticanista Marco Politi, con cuarenta y tres años de cobertura de la Santa Sede, pronostica que, tras la reforma de la curia, Francisco nombrará a mujeres a la cabeza de dicasterios (equivalentes a ministerios) vaticanos: “Francisco quiere a las mujeres en lugares donde se tomen las decisiones y se ejecute la autoridad. Eso sería una revolución en un sistema patriarcal como la Iglesia católica. Para los dicasterios de la familia, salud, el consejo para los laicos, puedes tener mujeres ahí, tanto religiosas como laicas. ¿Por qué no en la Congregación para los Religiosos?”

La primera persona que me atendió en el Vaticano era una mujer: una monja filipina en su tercera década de vida, que me esperó a la puerta de un palacio, me condujo por los elevadores y me llevó al salón donde me esperaba un cardenal. Otra monja me sirvió jugo de manzana. En una visita posterior a las oficinas de otro purpurado, una mujer laica me dio la bienvenida y me llevó hasta el despacho de su jefe.

Francisco ha sido el primer papa que ha protestado contra este papel: “En la Iglesia, las mujeres están llamadas al servicio, no a la servidumbre.”


“¿Quién soy yo para juzgar?”

En mis conversaciones con curas he escuchado decenas de veces la palabra “maricones”. No los llaman homosexuales ni gays. Maricones. Con los años me di cuenta de que ese término era un mecanismo de defensa. Los curas me querían decir algo así como “soy célibe pero muy macho”. En realidad, algunos de los curas afectos a este lenguaje no eran ni célibes ni machos. Estaban protegiendo su clóset. Párrocos, superiores de congregaciones religiosas y prestigiados académicos con sotana ejercen su homosexualidad en silencio.

La homosexualidad tocó las puertas del papa Francisco. El sacerdote a quien comisionó como supervisor del Instituto de Obras para la Religión (el Banco Vaticano), Mario Salvatore Ricca, resultó que había sostenido relaciones homosexuales cuando era diplomático en Uruguay. El escándalo le estalló al papa. Francisco afirmó que Ricca había sido investigado y no se le había encontrado nada más allá de “pecados de juventud” (a pesar de que las relaciones homosexuales de Ricca ocurrieron a sus cincuenta años). “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”, dijo el papa en una conferencia de prensa en un vuelo que lo llevó de Río de Janeiro a Roma. Era la primera vez en la historia que un papa mencionaba la palabra gay.


“Le está pateando los huevos a los leones”

“¡Francisco le está pateando los huevos a los leones!”, exclamó el arzobispo. Con esa frase coloquial, un alto jerarca de la Iglesia católica resumía ante sus colaboradores la reforma del Instituto de Obras de la Religión (IOR), popularmente llamado Banco Vaticano. El arzobispo formaba parte de una de las comisiones económicas de la Santa Sede y conocía los intereses que tocaba el papa argentino.

El IOR se había convertido en un pozo de escándalos y opacidad. Para la Unión Europea mantenía un estatus de “paria” (según el diario británicoFinancial Times) por su tolerancia al lavado de dinero. Francisco tomó una decisión salomónica: frente a las voces que le pedían la extinción del IOR, determinó que siguiera existiendo. Sin embargo, canceló la mayoría de su atribuciones. Su papel se limitará a facilitar el traslado de recursos para obras sociales de la Iglesia católica en el mundo.

Las finanzas del Vaticano saldrán del IOR y se concentrarán en dos instancias: la Comisión de Economía y la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), que funcionará como un banco central. En teoría, miles de cuentas bancarias de obispos y congregaciones deberán cerrarse. Según elFinancial Times, para 8 de julio de 2014 ya se habían cerrado mil de treinta y tres mil cuentas.

Nicola Gratteri, un fiscal italiano que ha perseguido a la mafia llamada ‘Ndrangheta, advirtió que la reforma a las finanzas vaticanas molestaba al crimen organizado: “Durante años, la mafia ha lavado dinero y hecho inversiones con la complicidad de la Iglesia. Pero ahora el papa está desmantelando los polos de poder económico, y eso es peligroso [para su vida]”, advirtió.

Le pateaba los huevos a los leones.


El papa de las periferias

El papa Francisco solo viaja a las periferias. En diecisiete meses de pontificado, no ha pisado las ciudades italianas más ricas como Milán, Venecia o Florencia. En Italia, sus destinos son provincias pequeñas y conflictivas como la isla de Lampedusa —puerto de llegada de inmigrantes africanos—, Molise, Caserta, Cerdeña y Calabria. Sus viajes internacionales son también a las periferias del mundo: Jerusalén (en donde oró en la muralla que los israelíes edificaron para segregar a los palestinos), Albania, Corea del Sur.

“Tiene mucha facilidad para hablarle a la periferia: sabe lo que es ser un viejo solo, y lo que significa cuidar a un anciano. Es un hombre muy familiarizado con las grandes urbes y en particular con sus periferias”, me dice Giovanni Impagliazzo, un laico integrante de la Comunidad de San Egidio, un movimiento católico con dos apostolados: el trabajo social en los barrios marginales de las metrópolis y la intermediación en procesos de paz.

Francisco entiende periferias en un sentido geográfico. Los ancianos, jóvenes, mujeres y pobres de los barrios marginados de las grandes ciudades son los actores de las periferias geográficas. Sabe además (lo escribió en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium) que en esas periferias, sobre todo de América Latina, el catolicismo disputa simpatías con otras propuestas religiosas.

Pero el papa le da un segundo significado a las periferias, un sentido no solo geográfico sino espiritual. La periferia espiritual es el territorio que habitan quienes están alejados de la Iglesia, como los homosexuales y los que han perdido la confianza en el aparato eclesiástico. En particular, Bergoglio se ha referido a los divorciados vueltos a casar, a quienes se les niega la comunión. El papa ha dicho, en respuesta, que la eucaristía no debe ser un premio para los perfectos sino un alimento y remedio para los débiles.

Entre el 5 y el 19 de octubre de 2014, Francisco libraba su primera batalla relevante al respecto: el sínodo de la Familia, celebrado en Roma. Los aliados de Bergoglio, como el cardenal Walter Kasper, hacían un llamado a la misericordia: “todo pecado puede ser perdonado, incluso el divorcio”, había afirmado unos meses antes. Sus opositores, como el prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, Gerhard Müller, respondía en un libro: “está en juego la ley divina, porque la indisolubilidad del matrimonio es una ley proclamada por Jesús”. Francisco y los progresistas ganaron las votaciones a favor de una mayor inclusión de los homosexuales y los divorciados, pero no reunieron dos terceras partes de los votos, por lo que no pudieron modificar las normas eclesiásticas. Pero, como dice Marco Politi, esperarán generar una mayoría en el próximo sínodo de las familias, programado en octubre de 2015.

Con sus viajes a las periferias, tanto geográficas como simbólicas, Francisco empezaba a fracturar a la cúpula de la Iglesia. Algunos cardenales ya rompieron la regla no escrita de no criticar al pontífice. Frank Rodé, prefecto emérito de los institutos de vida consagrada y sociedades de la vida apostólica, lo acusó de ser “excesivamente de izquierdas” por sus críticas al capitalismo.

Como escribió el corresponsal de El País en el Vaticano, Pablo Ordaz: “Aquellas conspiraciones que amargaron los últimos días del pontificado de Benedicto XVI están volviendo a surgir: informes secretos, filtraciones interesadas con muy mala uva, acusaciones con más o menos fundamento que tratan de desprestigiar a los más cercanos colaboradores de Francisco […] Está por ver si se trata de los últimos coletazos de una época terrible para el Vaticano —aquel caso Vatileaks que se cerró, tal vez en falso, con la detención del mayordomo de Ratzinger— o del principio de las hostilidades contra Bergoglio”.


Roma es la ciudad donde más se habla del amor, y en decenas de idiomas, al mismo tiempo. Cada mañana, decenas de congregaciones católicas de todo el mundo con una representación en esta capital italiana celebran la eucaristía: evocan a un predicador judío de la antigua Galilea y repiten su palabra favorita: amor. Amor del Padre, amor al prójimo, amor a los demás como a uno mismo. Para entender una misa católica hay que estar enamorado. Solo entonces se experimenta ese torrente de gloria que recorre el cuerpo y lo inunda con un deseo de permanencia por el ser amado.

Un buen número de misas católicas, sin embargo, carecen de esa intensidad. Se han convertido en rituales mecánicos en donde cada asistente representa su papel en una obra de teatro que a nadie emociona. El amor que predicó aquel judío pobre se torna en una repetición sin sustancia. Su doctrina se congela. Una burocracia se apropia de ella y en su nombre construye palacios, como el palacio en donde me recibió C1, adornado con regalos de gobernantes de tres continentes, en donde bebimos jugo de manzana que una monja de piel oscura nos sirvió diligente. Alrededor de ese palacio circulaban sacerdotes, jóvenes y blancos, al volante de Audis y Mercedes Benz.

A juzgar por los habitantes de esos palacios, la Iglesia es una madre con el rostro de un anciano de setenta y cinco años incapaz de mirarse al espejo. C1 me habló de la secularización como el gran enemigo de la Iglesia. En su discurso, parecía que la secularización era un virus invadiendo un cuerpo sano, incorruptible. C2 defendió a Juan Pablo II y a Benedicto XVI con el lugar común de que Dios ha dado a la Iglesia el papa adecuado para cada momento histórico, y C3 y C4 me dieron cátedra de por qué ni mujeres ni hombres casados podrían representar a Cristo en una eucaristía.

De unos meses acá, sin embargo, se respira un ambiente de entusiasmo. Mujeres y hombres que llevaban treinta años en lo que ellos llamaron “invierno eclesial” creen que ha llegado su hora. Primero hablaron de primavera pero ahora pronuncian la palabra revolución. Mientras se escriben estas líneas, Francisco, en el sínodo de la familia, les dice a doscientos obispos que no hay temas prohibidos. Quizá para el siguiente sínodo familiar, de 2015, la palabra misericordia —la preferida de Bergoglio— impregne algo de la recia doctrina católica y acoja a divorciados, homosexuales y a otros excluidos de su propia Iglesia.

Unos días antes de partir de Roma, Giovanni Impagliazzo me mostró la capilla lateral del templo de San Egidio, en el barrio de Trastevere, adornada con una colección de crucifijos de todo el mundo. Uno de ellos era el ensamble de dos maderos de color azul y amarillo: dos pedazos de una patera en la que se ahogaron trescientos sesenta inmigrantes en octubre de 2013. Otro más tenía la imagen del salvadoreño Óscar Arnulfo Romero. Estaban ahí un grillete de los barcos negreros que llegaron a América, y unas páginas de la Torá salvadas del incendio de una sinagoga de Berlín en La Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938, cuando se detonó la persecución a los judíos en la Alemania nazi.

En el último mes, Francisco había visitado dos veces a la Comunidad de San Egidio, que custodia esta iglesia. Quizá, rodeado de estos símbolos, el jesuita argentino encuentre un poco de paz.

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