“El Gobierno hereda un país que transitó de la dictadura perfecta al pillaje perfecto”

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Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. La politóloga y escritora Denise Dresser es la primera en responder.

1. ¿Qué debemos entender como Cuarta Transformación?

Una insurgencia ante años de democracia diluida, transición trastocada, desigualdad creciente, pobreza lacerante. Un reclamo a años de instituciones puestas al servicio del poder y no del ciudadano. Para muchos significa la refundación. El cambio anhelado. El rompimiento con el viejo régimen. Un castigo al PRI por su patrimonialismo y al PAN por mimetizarlo. Una forma de sacudir al sistema y darle un puñetazo al statu quo. Retomar el camino de una transición que se truncó por una partidocracia rapaz, unas autoridades electorales que fueron perdiendo credibilidad e imparcialidad, un sistema de justicia puesto al servicio de los privilegiados, un pacto de impunidad que permitió la supervivencia política de la podredumbre.

AMLO triunfó porque su diagnóstico es el correcto. México ha sido expoliado por sus élites y exprimido por sus intereses enquistados y victimizado por su vetocracia sindical y empresarial. El péndulo de la historia ahora se corre de la acumulación a la redistribución; de la derecha a la izquierda.  En el año 2000 celebramos el arribo de la democracia electoral; casi dos décadas después padecemos sus distorsiones y enfrentamos sus límites. Estamos llegando al fin de una era inaugurada por las reformas electorales de 1994 y 1996, que sentaron las bases para la transición electoral y la competencia por el poder. Desde entonces, el rompimiento de acuerdos establecidos para asegurar la autonomía del IFE, el desafuero de AMLO, el inicio de la guerra contra las drogas y la antropofagia institucional han creado un contexto crítico. Lo que corresponde ahora es componer lo que echamos a perder, y alcanzar lo que quedó como una simple aspiración: un sistema político que funcione para sus ciudadanos y no solo para el presidente y su partido. Una economía en la que haya más Estado y más mercado. Una estrategia de seguridad capaz de pacificar al país y no seguir incendiándolo.

Ojalá que la 4T sea una apuesta a la remodelación institucional, a la rendición de cuentas, a los contrapesos, a la transparencia, a la democracia representativa y participativa real.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno?

Un país sofocado por la corrupción, amenazado por la violencia, sin soluciones fáciles. México partido por el autoritarismo resiliente y la democracia deficiente y partidos confrontados y políticos enconados y antagonismos que parecen irremontables. El nuevo gobierno hereda décadas de desencanto. La Peñastroika perdida, la cuatitud corrosiva, y las prácticas acendradas que llevaron a México a transitar de la dictadura perfecta al pillaje perfecto: la “Casa Blanca”, el escándalo de Odebrecht, la llamada “Estafa Maestra”, los fiscales carnales, las instituciones disfuncionales y la partidocracia rapaz. Recibe un país de fosas, de desaparecidos, de ausentes. Tendrá que lidiar con las “mentiras históricas” de Ayotzinapa y Tanhuato y Apatzingán y los costos de pelear la misma guerra contra el narcotráfico, pero con peores resultados. Heredará las batallas que faltan por ganar: por las mujeres, por los derechos pisoteados, por los periodistas, por la libertad de expresión, por la paz.

Tendrá que encarar un sistema económico en el cual Carlos Slim coexiste con veintitrés millones de personas que no pueden adquirir la canasta básica; que no tienen dinero suficiente al día para comer. Un país con niveles de desigualdad entre los más altos del mundo. Un país con una subclase permanente, donde crece el ingreso per cápita, pero se estanca la tasa de pobreza. Con datos alarmantes, cifras preocupantes. Al 1% más rico le corresponde el 21% de los ingresos; el 10% más rico concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. En 2002 la riqueza los hombres más ricos de México representaba el 2% del PIB; en 2014 ese porcentaje subió al 9%.

Desatando con ello una sociedad polarizada y violenta. Desatando con ello una democracia de baja calidad, capturada constantemente por intereses que logran poner las políticas públicas a su servicio. México en la lista de los sistemas económicos donde los dueños del capital se apropian de una porción cada vez mayor del valor agregado. Un país con forma de pirámide con los beneficios concentrados en la punta, donde no están parados los innovadores sino sentados los rentistas; donde no están aquellos que han creado riqueza inventando sino extrayendo. Y en su base apenas uno de cada cinco mexicanos puede catalogarse como “no pobre y no vulnerable”. Lo que ha mantenido maniatado a México es el capitalismo de cuates, que la Cuarta Transformación tendrá que enfrentar y desmantelar si quiere pasar del país de privilegios a la prosperidad compartida.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de AMLO?

López Obrador no ha cultivado la imagen de un simple político con algunas propuestas; se ha erigido a sí mismo como un fenómeno. Alguien que trasciende categorías. Alguien que rechaza comparaciones. Alguien que se cuece aparte. Alguien que no es ni Lula ni Chávez ni González ni Bachelet. Un izquierdista “a la mexicana” que aspira a ser como los héroes históricos a los que admira y con quienes se identifica, como Benito Juárez, como Lázaro Cárdenas. Como esos “grandes hombres” con grandes certidumbres. Peleando batallas definitorias contra enemigos claros. Convencidos de la corrección de su causa.

AMLO apela a la narrativa fundacional contenida en los Libros de Texto Gratuito. Los de abajo contra los de arriba. Los que no tienen nada contra los que tienen demasiado. El hombre digno cerca del pueblo contra aquellos que buscan exprimirlo. El profeta providencial armado con la certidumbre moral. La confianza de que como la causa es justa, los resultados – inevitablemente – serán buenos. Ha construido un partido y un movimiento sobre la conexión emocional de un político que capitaliza el enojo del pueblo indignado y con razón. Para quienes apuestan a un líder inmaculado que los representa, no preocupa el “qué” sino el “quién”. No importan las posiciones de política pública sino la persona que las ofrece. No importan las posturas específicas sino la personalidad de quien las enarbola.

La política pública no es el fuerte de López Obrador. Los detalles de la remodelación institucional no le interesan. Lo suyo es una narrativa de enojo, de agravio, de mafias del poder y cómo reemplazarlas. Lo suyo es capitalizar el descontento con la democracia, la falta de confianza en la justicia, el anhelo de cambio entre aquellos cansados de un sistema que los atropella. Lo suyo es remover cualquier obstáculo a la voluntad popular y colocar en una pira ceremonial – de manera selectiva — a los traidores del pueblo.

Lo que prende focos rojos sobre la izquierda que llega al poder no es que desdeñe a las instituciones o a la pseudo-democracia, sino que quiera saltárselas en vez de componerlas, pensando que basta la buena voluntad y no un cambio de las malas reglas. Al insistir en someter una multiplicidad de temas a consultas populares poco representativas y sesgadas, al movimiento que encabeza le resultará difícil quitarse la etiqueta de “populismo conservador” que sus críticos le colocan. Conservador porque su base es la relación del jefe con su pueblo, al margen de las instituciones de representación. Conservador porque preserva o restaura formas e ideas propias del nacionalismo revolucionario, apoyado por una densa red clientelar de mediaciones que construyó el PRI. Y esa propensión conservadora de AMLO en ciertos temas permanecerá si quienes lo miran de manera acrítica, esquivan la mirada cuando se posiciona de manera iliberal. Si quienes deberían exigirle compromisos progresistas, guardan silencio ante posturas poco modernas de quien promete un proyecto de izquierda. Hay que celebrar la preocupación de Morena por lo que Gerardo Esquivel llama “la cuestión social”: la preocupación por la pérdida de bienestar económico, las propuestas de inversión en infraestructura y desarrollo regional equilibrado, el enfoque en la desigualdad y la pobreza, la atención a los jóvenes y cómo incorporarlos. Todo eso habla de un programa de izquierda que debería generar optimismo.

Pero una cosa es el programa y otra la forma de llevarlo a cabo

Y la izquierda personalista y con frecuencia errática de la 4T se está tropezando con todo lo que tiene que ver con una economía y cómo funciona; todo lo que abarca el problema fiscal y cómo resolverlo; todo lo que se relaciona los enclaves autoritarios en los sindicatos y cómo combatirlos; todo lo que entraña el sector energético y cómo modernizarlo; todo lo que se relaciona con el perdón prometido a la corrupción y quienes serían los beneficiarios. Esos temas donde las propuestas de AMLO son poco viables o mal pensadas o inexistentes o forman parte de un modelo de industrialización que ya se agotó o reflejan un mapa mental con una visión pastoral del país y sus retos. Esas cuestiones que no se resuelven con “lo que diga el pueblo” y “lo que quiera la gente”. La certidumbre de AMLO/Morena en la justicia de su causa los conducen a despreciar la necesidad de propuestas concretas o viables.

La izquierda que viene es progresista cuando amplía derechos, propone regular las drogas, empodera y protege a minorías y consumidores. Deja de serlo cuando defiende verdades absolutas, rechaza la auto-crítica, coloca su destino en manos de un solo hombre — por más incorruptible que sea — y piensa que los contrapesos no son necesarios. Cuando descalifica y lincha en vez de debatir ideas y reformas, proyectos y políticas públicas, medios y fines, instituciones y cómo remodelarlas. Cuando a veces justifica lo injustificable, como la militarización que históricamente combatió. Cuando se pelea con el mercado, le apuesta demasiado a la benevolencia del Estado y se muestra incapaz de articular cómo va a crear riqueza para después repartirla mejor.

4. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuales serán realmente las prioridades gubernamentales?

Yo antes pensaba que los principales retos tenían que ver con la concentración económica, la economía oligopolizada, la falta de competencia. Antes creía que la explicación detrás de nuestro perenne subdesempeño yacía en el subsuelo, en la estructura económica. Bastaba entonces con nivelar el campo de juego y contener privilegios y regular monopolios; crear las condiciones para un capitalismo de terreno nivelado. Ahora reconozco que eso ha sido insuficiente. De poco sirve cambiar leyes si fracasa su instrumentación: de poco sirve crear reguladores autónomos si terminan capturados. De poco sirve emprender acciones pro-competencia si acaban en las cortes, juzgadas y desechadas por jueces o ministros incompetentes o sobornados. La corrupción es sistémica, la impunidad está asegurada, las instituciones acaban manipuladas, el pacto tácito de protección permanece y todos los partidos lo suscriben.

Dado que la compostura de México pasa por instaurar un país de leyes, combatir el abuso, el fraude, los malos manejos, la triangulación de recursos y la judicialización de todos estos temas, será necesario lo que el politólogo Guillermo Trejo llama un “accountability shock”: una sacudida institucional para atender la corrupción corrosiva, y la criminalidad desbocada. De poco serviría un cambio si ese cambio equivale a una regresión o a una simulación. De nada serviría rescatar a la democracia maltrecha de las manos del PRIAN, si se pretende continuar con la justicia selectiva y el corporativismo y la impunidad y el capitalismo de cuates que institucionalizó. Pero la agenda de AMLO y la 4T no parece estar centrada en la remodelación institucional para asegurar lo que México nunca ha tenido – Estado de derecho – sino en la re-centralización del poder presidencial y partidista.

5. En América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda. ¿Qué le espera a México como líder regional?

No creo que a AMLO le interese la política exterior ni el liderazgo regional, por lo que probablemente veremos un regreso a la Doctrina Estrada – basada en la no intervención — y una disminución del perfil de México en el ámbito internacional.

6. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Trump?

AMLO hará todo lo posible por “llevar la fiesta en paz”, procurando evitar la confrontación con un presidente estadounidense irascible e impredecible. Eso podría llevar a que – en el corto plazo – el gobierno mexicano acepte hacer concesiones en el tema migratorio, incluyendo la posibilidad de convertirse en “tercer país seguro”, lo cual implicaría que migrantes centroamericanos se quedaran en México mientras procesan sus peticiones de asilo en Estados Unidos.

7. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

En estos tiempos de algarabía por la Cuarta Transformación, deberíamos estar prestando atención ante lo que parece reconstruirse de formas sutiles y no tan sutiles. Una “transformación” que – si no tenemos cuidado – se convertirá en una verdadera restauración de algo que ya vivimos, ya combatimos. Algo que fue imperativo desmontar para acceder a la democracia, por más incipiente e incompleta que fuera: un sistema de partido hegemónico, de gobierno unificado, oposición diezmada, contrapesos endebles, presidencialismo revigorizado, y discrecionalidad rampante. Todo eso contra lo cual peleamos en la década de los 90s con reformas electorales, cambios institucionales, luchas cívicas. La hegemonía del PRI podría convertirse en la hegemonía de AMLO-Morena, pero con más fuerza que en el pasado, avalada por 30 millones de votos.

Todos los días hay decisiones y declaraciones que lo evidencian. El uso de candidaturas del PT y el PES para que políticos de Morena llegaran al Congreso, con la resultante sobre-representación ahí. La manifestación de lealtad incuestionable en la sesión inaugural del Congreso, al son de “es un honor estar con López Obrador”, minando el papel de contrapeso que le correspondería. La figura de los delegados estatales, enviados ostensiblemente para contener la corrupción de los gobernadores, pero con una clara intencionalidad partidista. Los guiños y alianzas con los amos del mundo sindical, justificados con el argumento de respetar la “autonomía sindical”. Expresiones tanto simbólicas como sustantivas de algo que emerge y preocupa: el uso de la legitimidad electoral para emprender acciones antidemocráticas.

El Ogro Filantrópico malo del PRI podría terminar sustituido por el Ogro Filantrópico bueno de Morena. Pero por más dadivoso y honorable que sea el ogro morenista actualizado, seguirá siendo un ogro anti-democrático si no coloca límites a su propio poder. Lo plasman The Federalist Papers, “Al armar un gobierno … la gran dificultad descansa en lo siguiente: permitir al gobierno que controle a los gobernados; y paso siguiente, obligarlo a controlarse a sí mismo”. Cómo domesticarse a sí mismo, cómo prevenir sus abusos, cómo someterse a ciertos procedimientos y códigos de conducta, cómo castigar a sus propios miembros si son corruptos o doblan la ley. Construir lo que el PRI obstaculizó para asegurar su hegemonía. Construir mecanismos de “horizontal accountability”; de rendición de cuentas horizontal mediante la vigilancia, las fiscalías independientes, los órganos institucionales autónomos, los pesos y contrapesos, la sanción al poder que se excede. En la era del PejHemonics, el método de autocontención del poder de AMLO no puede ser solo – como han sugerido sus colaboradores – su propia conciencia. La historia hegemónica del PRI no debería convertirse en la profecía repetitiva de Morena, porque cada vez que la historia se repite, el costo es más alto.

 

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