“El capital humano” o el individualismo compartido

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Una constante del mundo tecnocrático es la reducción de toda muerte a dato. Los políticos compiten entre ellos con cifras. Los científicos sociales lucran, desde sus consultorías, con estadísticas empaquetadas. Las buenas noticias son reducciones de cifras; las malas, sumas a una base de datos nefanda. El rasero de todo político es la evaluación matemática de su gobierno. Mala noticia: los agregados económicos no crecen; pero, noten, buena noticia: los muertos, como se ve en la gráfica, han disminuido.

En el prólogo de El capital humano, la película más reciente de Paolo Virzì, vemos a un bicicletista caer en una colina una noche, al ser rosado por una camioneta que se sigue de largo. Segunda escena: Dino Ossola, padre de familia clasemediero, deja a su hija, Selena, en la mansión de su novio, el consentido Massimiliano, hijo de Giovanni Bernaschi, jefe de un importante fondo de inversión. A partir de este vínculo, y hasta resolver la incógnita del accidente, con tres historias paralelas desarrolladas en cuatro capítulos, El capital humano examina el egoísmo moderno.

En el primer episodio, Dino Ossola engaña a un banco e invierte el dinero que no tiene en el fondo de inversión de la familia Bernaschi, aprovechando la relación entre sus hijos. Es, se alcanza a entender, 2008: el mercado es voluble.

En el segundo, Carla, la esposa del financiero Bernaschi, se obsesiona con un teatro abandonado. Elabora, junto con un académico dedicado al género, un viejo amigo, el proyecto para rescatar el inmueble.

En el tercer episodio, Selena pierde interés por el rico Massimiliano y se enamora de Luca, el incomprendido de la escuela, quien vive en un multifamiliar desvaído. Después de la fiesta de graduación, Luca maneja la camioneta de un Massimiliano demasiado borracho para abrir los ojos. Esa noche sucede el accidente.

En el último capítulo, llamado como la película, una conclusión melodramática desconcierta, nos distrae. ¿Es novedosa la trama?, ¿importan los detalles formales?, ¿la dimensión de las tragedias? (Ay, el amor, la familia. Uy, el dinero.) El capital humano es, sobre todo, interesante por lo que omite —por lo que todos sus protagonistas relegan. Estudiemos la indiferencia, parece proponer el guion de Paolo Virzì, desde seis frívolos.

Después del accidente, vemos dos escenas de lo más elocuentes. En la primera, Selena gime, entre lágrimas, en la tina de su casa —¿no se nos avisó de una guerra, de alguna enfermedad letal?— porque su nuevo amor, el pobre Luca, puede ser hallado culpable. La siguiente es mejor: en el pórtico de la mansión, Carla Bernaschi ve las colinas frías; fuma un cigarro con la conciencia perdida; se acerca su esposo, la reconforta; todo va a salir bien (para el fondo de inversión, para Massimiliano, el hijo). En todas las escenas del cuarto capítulo, en la mente de todos los personajes, aparece una sola meta: el provecho. Y un solo combustible: la codicia. Selena y Carla, ante la tragedia, piensan en sí, y en los suyos (es decir, en sí). La tragedia (se entiende): el accidente y sus implicaciones legales; no el bicicletista extinto.

La figura que más incomoda —cómo engaña, cómo arriesga la seguridad financiera de su familia— es la de Dino Ossola. ¿Se puede culpar a Dino Ossola de un egoísmo insensato (su esposa estaba embarazada)? “Apostamos a que Italia se hundiría y ganamos”, explica, cerca del final, Giovanni Bernaschi a Carla. La fórmula la compartimos: en toda ruina colectiva preexiste el futuro negocio de los pocos. Visión, le llaman los financieros. Es una escena universal, un producto, ya sobrerrepresentado, de la época. Pero esa escena necesita cuerpos. Financieros, sí, pero también fracasados. Unos ganadores y unos perdedores. Y personajes que ronden aquí y allá, distraídos, entretenidos en lo suyo. En este cuadro, Dino Ossola es, simplemente, un Giovanni Bernaschi sin fortuna, un genio de las finanzas mal ubicado. Su patetismo es competitividad sin etiqueta.

La enamorada Selena tampoco es distinta al especulador Giovanni Bernaschi; Dino Ossola es análogo a Carla Bernaschi. Los personajes de El capital humano son individualistas de tiempo completo que invierten en lo que les corresponde: en ciertas emociones unos, en el mercado otros. Ha de ser ese el verbo común: invertir. Su propio egoísmo no les molesta, porque pareciera que todos comparten cierto gen. Son arquitectos, es cierto, de su felicidad. Son, después de todo, liberales coherentes.

Y en el margen, un muerto sin nombre: los personajes de Paolo Virzì, ya se ve, no lo mencionan. El capital humano es una película sobre un muerto innombrado. Antes de los créditos, una lámina advierte al espectador que en la industria de seguros el “capital humano” es el cálculo con el que se estima la vida de un usuario, que depende de sus futuras ganancias y de la calidad de sus lazos sociales, entre otras variables. Algo estimable, programable en Excel. Si la muerte del bicicletista es un dato, solo un dato, no existe tal conmoción social: cada personaje valúa la tragedia como quiere. Puede importar o no; puede costar o no. En el presente tecnocrático todos son actuarios de su drama. “C” de competencia, por supuesto, no de culpa. Corren días de niebla: a nadie interesan los muertos.


El capital humano

Director: Paolo Virzì

País: Italia – Francia

Año: 2015

Idioma: italiano

Duración: 111’


El capital humano se puede ver en la Cineteca Nacional y Cine Tonalá.

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