Día del padre

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

1.

“¿Qué es un padre?” es una pregunta que intrigaba a Freud tanto como aquella, acaso más famosa: “¿Qué desean las mujeres?”. Un romano del siglo II quien ostentó las responsabilidades del filósofo a la par de los tormentos del ejercicio gubernamental, Marco Aurelio, admiraba de su padre adoptivo, emperador antes que él, “el pudor y el carácter varonil”, además de “la mansedumbre y la firmeza serena en las decisiones”. Otra respuesta posible a la pregunta por el padre –nuevamente en voz del hijo– parte de otra serie de adjetivos que un checo del siglo XX dirigió a Robert, “un auténtico Kafka en fuerza, salud, apetito, volumen de voz, elocuencia, autocomplacencia, sentimiento de superioridad, tenacidad, presencia de espíritu, don de gentes, una cierta generosidad, pero también, como es natural, con todos los defectos y deficiencias, inherentes a esas cualidades, a que te incita tu temperamento y a veces tu irascibilidad.”

El padre de un emperador que escribe y el de un burócrata que escribe no parecen muy diferentes. Según estos rápidos retratos, podemos inferir que el padre es una figura de autoridad, que oscila entre el cuidado y la severidad, entre la bondad y la firmeza, características de un ser a quien se recurre como aliado para hacer frente a los retos de la vida, pero temiendo siempre, en el fondo, su reprobación.

Al pensar en mi propia paternidad me veo a menudo repasando modelos que me lleven a inclinar en la balanza la parte afectuosa y a limitar la severa. No sé quién me metió la idea de que los padres y los hijos no pueden ser amigos, y hasta cierto punto estaría de acuerdo, al menos durante los primeros años de vida, dado el carácter asimétrico de la relación filial; si la amistad es una relación entre voluntades semejantes, dos hombres podrán ser amigos cuando se encuentren en igualdad de circunstancias, es decir, cuando el hijo y el padre puedan verse respetuosamente como semejantes. Para decirlo pronto, temo que mis hijos me teman. Y sospecho que ese temor de los hijos –especialmente varones– hacia sus padres surge de las condiciones históricas que culturalmente han limitado el papel de los padres en la vida de sus hijos a roles de provisión e inquisición, de regaño y de ausente ejemplaridad. Es difícil llevarse bien –o mal, o llevarse del todo– con una figura a la que hay que respetar por su mera posición en la estructura sociosimbólica del parentesco. Manuel Acuña escribió “y en medio de nosotros mi madre como un dios”, porque como la luna y la virgen de Guadalupe, la maternidad tradicional es reflejo y amplificación de la ausencia del padre.

Aquí debo avanzar más despacio y pensar con honestidad: a veces he creído que preferiría una paternidad más tradicional, es decir, más ausente, más desapegada emocionalmente, más abstracta y vigilante que la que tengo como genitor de Lucas y como pater de Nicolás (volveré más adelante sobre estos términos). Lo digo así porque involucrarme en su crianza y en sus actividades cotidianas consume gran parte de mi energía, por no hablar de mi tiempo y mis recursos, los cuales, antes de que entraran en mi vida, estaban completamente volcados a mi escritura. Y debo rebobinar un poco la frase anterior: estaban completamente volcados a mí. Desde que decidí ser un padre allegado y comprometido con la crianza y cuidado de mis hijos, dejé en vilo un ensayo largo acerca del sueño: ¿cómo escribir sobre el acto de soñar si no he dormido bien en más de un año? ¿Si mis mañanas se tratan de alimentarlos mientras mi pareja –de común acuerdo– se va a la oficina muy temprano y regresa, molida, masticada y regurgitada por la ciudad y las exigencias laborales, por la noche? ¿No hubiera sido mejor ser un padre como el de Marco Aurelio, de quien los hijos se enteraban según las noticias que llegaban con los emisarios de las guerras contra los bárbaros del norte, o como el de Kafka, parte tótem y parte tiger dad, que deja a los chicos en el balcón, en el frío, cuando cometen una falta menor –como tener sed por la noche– para enseñarles a ser disciplinados y exitosos en la vida?

La antropóloga Audrey Richards plantea en sus estudios sobre los sistemas de parentesco de los bantúes la distinción que utilicé líneas atrás entre el pater (el padre social) y el genitor (el padre biológico): en sociedades más antiguas que la Praga del siglo XX y la Roma del siglo II, donde la sucesión se marcaba aún por vía matrilineal, el genitor era menos determinante que la del pater en la vida de los hijos, pues el papel biológico en la concepción se limita a la escena de la procreación, que puede durar cinco minutos, mientras que la función del pater no termina nunca (ni siquiera, diría Hamlet, cuando muere el padre).

En ese sentido me siento afortunado de pensar en mi paternidad desde la óptica del pater y no (solo) del genitor, pues la paternidad involucrada no se da de una vez y para siempre, de modo fijo, sino que se elige y se sostiene en el actuar cotidiano. Reformulando la idea de Simone de Beauvoir de que la mujer deviene mujer, pienso que el padre no “es” de una vez y para siempre, sino que deviene padre continuamente. La falla del padre, diríamos con Lacan, es la herida por la que la necesidad opera como Ley; la eficacia de la figura paterna requiere, hasta cierto punto, que el padre sea percibido como un otro cuya palabra es inapelable (“firmeza serena de decisiones”, “presencia de espíritu”), de manera que el hijo pueda sentirse contenido y acotado por esa presencia que no entiende –que no puede entender–, y que encarnada en un hombre de carne y hueso, siempre lo desbordará y también lo acompañará.


2.

Soy parte de ese segmento ideológico y de clase que a menudo y con denuesto se llama “progre” en el sentido de que, para construir una experiencia de co-crianza junto a mi pareja (una familia), debo revisar continuamente mis privilegios de varón heterosexual, cisgénero, blanco, y renunciar a ejercer una paternidad tradicional, probablemente más “cómoda” para el individuo, pero que reproduce desigualdades sociales a las que me opongo activamente. Porque las paternidades y maternidades tradicionales están basadas en una idea de sociedad que poco a poco está desapareciendo, y que deben ser cuestionadas y modificadas para adaptarse a las condiciones del mundo actual. Aunque nos llamen “progres”, es un hecho que la jornada laboral disminuida para madres es un logro alcanzado por las luchas feministas, y el papel de los varones no se limita en este sentido a “cambiar pañales”, a participar en el cuidado de los enfermos o a hacer frente a las interminables faenas del sostenimiento de una casa, sino a concertar esfuerzos para que esos cambios sociales se conviertan en derechos reconocidos y de pleno ejercicio. No se trata de ver quién será a partir de ahora “la señora de la casa” (para recordar una de las más desafortunadas frases del PRIsidente en turno), sino de que los roles de provisión y cuidado se repartan equitativamente, tanto dentro como fuera del entorno familiar.

Y sí, reivindico la etiqueta de “progre” porque de lo que se trata acá es de los futuros posibles en los que van a vivir quienes vengan después de nosotros, sean hijos nuestros o no, biológicos o adoptados. Aunque me encantaría que Nico y Lucas pudieran patinar sobre tablas voladoras sin ruedas y me intrigan las posibilidades de un internet “telepático” basado en los avances de la inteligencia artificial, quisiera que su futuro incluyera la posibilidad de gozar de derechos laborales como licencias de paternidad, si decidieran ser padres, y que pudieran quedarse en casa a cuidar de mis hipotéticos nietos sin que su situación laboral se viera comprometida negativamente, y sin que la sociedad viera en dicho ejercicio un signo de debilidad o sumisión; un futuro donde la masculinidad sea menos un performance que realizan los varones durante los partidos de futbol y sí algo que pueda conjugarse con la parte femenina del propio carácter, donde la expresión de las emociones y la firmeza en las decisiones prácticas no fueran mecánicamente identificadas con la diferenciación biológica, sino entendidas como recursos o tecnologías de la subjetividad.

Con todo, creo que se trata de futuros posibles no en el sentido de “hipotéticos” sino de realizables. Hace 100 años la gente no pensaba que las mujeres podrían votar, y para los griegos de la época de Aristóteles ni siquiera figuraban como sujetos “libres”, pero, en nuestro siglo, poco a poco la cultura laboral va aceptando como un hecho que un determinado salario corresponde a una competencia y a unas funciones concretas dentro de la actividad económica sin importar el sexo y que los derechos y responsabilidades de los ciudadanos no pueden escatimarse con base en determinada disposición genital.


3.

La celebración del día del padre es un reverso de la relativa a la del día de la madre; una oportunidad comercial para posicionar productos basados en estereotipos de género en la mente del consumidor para capitalizar sus afectos (y las culpas con respecto a las relaciones de parentesco, que siempre dejan buenos dividendos a las marcas).

1

En estos días he visto pasar un meme donde se nos dice que para este día del padre, en lugar de una corbata o unos calcetines, le regales acceso a guarderías a Antonio, un trabajador afiliado al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) que no puede llevar a su hijo a una guardería pública –ni costear una privada, para el caso– porque según el reglamento en vigor, sólo pueden gozar de este derecho los hombres divorciados, viudos o viudos con custodia del menor. Aunque Antonio pague sus cuotas, la política pública vigente del IMSS asume que las guarderías son exclusivas para mujeres trabajadoras, por lo que la esposa de Antonio, Gabriela –no afiliada al IMSS–, debía llevar a su pequeño hijo a las casas donde trabajaba en labores de limpieza. Para la sociedad en la que vivimos no resulta evidente que el acceso inequitativo al servicio de guarderías constituye una instancia de discriminación de género que no solo afecta a los padres varones solteros, viudos o divorciados, sino al conjunto familiar. ¿Y qué decir del acceso a estos espacios para otras configuraciones familiares, como las homoparentales, monoparentales, reconstituidas, extendidas, etc., que tampoco están amparadas por una agenda de políticas públicas neutrales en cuanto al género en materia de derechos reproductivos, económicos y jurídicos?

El caso de la pugna que Antonio y su esposa Gaby interpusieron, acompañados jurídicamente por personal del GIRE (Grupo de Información en Reproducción Elegida), en contra del IMSS, del Congreso de la Unión y de la PRIsidencia de la República por la inconstitucionalidad en la aplicación de los criterios de acceso y goce de estancias infantiles podrían sentar jurisdicción en la materia, y pone sobre la mesa la discriminación a los trabajadores varones para el ejercicio de sus derechos reproductivos (que seguramente no conocen porque la educación reproductiva en este país se limita a enseñar a los varones a mal que bien ponerse un condón). Una broma común, y cruel por certera, es que si los varones menstruaran o dieran a luz, la medicina ya habría encontrado formas de hacer el trance menos doloroso o, por lo menos, de darles licencia para trabajar desde casa durante su periodo. Si lo personal se vuelve político, cambiar las leyes para acceder a una sociedad más justa pasa primero por cambiar la mentalidad en cuanto a estereotipos y supuestos con respecto al género, así como al ejercicio de una empatía radical que no escatime ni minimice el reconocimiento legal y moral de formas de vivir distintas a la nuestra, sea cual sea.

La neutralidad de género para el ejercicio de derechos reproductivos para padres y madres trabajadoras es una utopía, pero alcanzable, que se construye poco a poco en países como Finlandia, Francia, Noruega, Portugal, y Chile. Pero dada la precarización del trabajo remunerado, quedan fuera de la balanza todas esas familias que no están amparadas por la protección del Estado a través del empleo formal. Gracias a que Tania, mi pareja, estaba en ese régimen al momento del parto de Lucas, pudo acceder a una licencia por maternidad con goce de sueldo; pero si mi empleo fuera de oficina, aunque gozara de prestaciones laborales, la ley mexicana en vigor sólo me habría autorizado a faltar al trabajo cinco días, cuando jurisdicciones como la alemana o la sueca contemplan hasta 47 semanas de licencia por paternidad. Este reporte de Inmujeres apunta a diferentes instancias en las que hacen falta políticas públicas de conciliación, como el derecho a licencias de paternidad y maternidad por nacimiento o adopción, así como experiencias de políticas públicas de otros países en la materia (un ejemplo al día sería que en la muy sonada reforma mexicana para el matrimonio igualitario no se estipulan programas de reproducción asistida ni de apoyo en el cuidado de los hijos para matrimonios homoparentales, que en Francia ya comienzan a ser una realidad).

Más que buscar acomodarse en los feminismos existentes –pues se trata más bien de lo contrario, de la incomodidad de producir un reacomodo radical de la organización social en donde los lastres del machismo sean señalados y sacados de la norma, donde llamemos acoso a los “piropos” y bullying a la violencia, etc. –, decía, más que acomodarse, los padres varones podemos acompañar los movimientos en marcha haciéndonos cargo de analizar y desactivar los hábitos y patrones nocivos que se heredan y reproducen en estructuras de convivencia tradicionalmente masculinas. Por ejemplo, un entorno donde los hijos e hijas aprendan a expresar sus emociones de afecto y desagrado de manera constructiva y frontal podría ser una poderosa herramienta de prevención de violencia doméstica en esos futuros posibles de los que hablaba líneas arriba. Si la opresión de las mujeres pasa por la fiscalización de la apariencia física y el menosprecio de su actividad económica, la opresión de los varones ocurre cuando la única forma en la que podemos sentirnos solidarizados viene de gritarle “puto” en un estadio a un deportista profesional extranjero (e incluso al guardameta local, si la masa iracunda considera que no está haciendo un buen trabajo) o a buscar la mirada cómplice, inconscientemente homoerótica de otro varón cuando pasa frente a ellos una mujer atractiva (los relatos de las “proezas” sexuales entre varones heterosexuales buscan el aval del grupo de machos mediante la excitación común).

Además, lejos de reproducir en la crianza los roles tradicionales de género y sus infantiles antagonismos, podríamos tratar de pensar en términos colaborativos una lucha conjunta a través del reconocimiento del opresor común de hombres y mujeres: el capitalismo, que en su fase actual se beneficia de la supuesta incapacidad de hombres y mujeres para darse a entender entre a ellos, porque Marte y Venus hacen un buen par cuando se pelean en las telenovelas o en los comerciales, de manera que el sistema pueda ofrecer sucedáneos de reconciliación, que tienen que ver con hábitos de consumo.

Me gustaría abordar muchas otras cuestiones y seguir platicando acerca de Marco Aurelio, Franz Kafka, Gaby y Antonio y de los derechos de los hombres y mujeres del futuro, pero en el presente inmediato es preciso hacerme cargo de este discurso en el terreno práctico, pues Lucas acaba de despertar de su siesta y se pone de pésimo humor si no le hago caso. Me pregunto cómo habrán hecho esos papás del pasado para ignorar durante tanto tiempo a sus hijos e hijas. Misterio.

(Foto: cortesía de Ishai Parasol.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

TIENES
QUE LEER

Shopping Basket