Después de Ayotzinapa 7. Democracia a examen

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La democracia imaginada

José Woldenberg: ¿Qué pensábamos que iba a ser la democracia? Creo que la imaginación política siempre tiene que ver con la realidad que uno vive, de dónde venimos y qué pensamos. En México vivíamos en un sistema de partido casi único o, como le llamó Sartori, de partido hegemónico. ¿Qué quería decir esto? Que había una organización política omniabarcante cuyos miembros eran, casi en exclusiva, los únicos habitantes del mundo de la representación política. Teníamos elecciones sin competencia; eran votaciones rituales que se cumplían conforme el calendario lo establecía, pero los ganadores y perdedores estaban predeterminados.

Teníamos, también, un presidente omnipotente porque el Congreso estaba subordinado a su voluntad. El presidente y su partido tenían no solo la mayoría absoluta sino la mayoría calificada. Además, teníamos una corte que en materia política se autoexcluía porque no le entraba a los asuntos fuertes. Era un federalismo nominal y un centralismo real y, sobre todo, teníamos restricciones muy grandes al ejercicio de las libertades.

Estábamos convencidos de que en México coexistía una pluralidad de idearios, intereses, sensibilidades y puntos de vista que requería de un espacio para expresarse, recrearse, convivir y competir de manera pacífica y pública. Esa era la idea de democracia que teníamos. Y creo que, en buena medida, esa parte se logró.

El presidente de hoy está mucho más acotado que en los años setenta y ochenta porque no tiene mayoría en el Congreso. El actual Congreso es diferente porque antes había un grupo político capaz de hacer su voluntad sin necesidad de acordar o negociar con ninguna otra fuerza. Incluso la Suprema Corte de Justicia hoy tiene una centralidad muy grande a través de las acciones de inconstitucionalidad, y no se diga en el terreno del ejercicio de las libertades. Si uno compara la prensa de entonces y la de hoy, los cambios están a la vista.


Dos grandes rezagos

José Woldenberg: Tenemos dos grandes áreas de rezagos que generan un enorme malestar. Por un lado, está el deficiente crecimiento económico y la abismal desigualdad que cruza todas las relaciones en nuestro país. Esto hace que sea muy difícil hablar de una comunidad integrada en México. Incluso, como dice la Cepal, resulta muy difícil construir un “nosotros” inclusivo porque no somos un país medianamente igual en que la gente pueda ejercer sus derechos sino un archipiélago de grupos y pandillas donde cada quien ve por sus intereses. Allí tenemos un atraso que erosiona el aprecio por esta germinal democracia.

Por otro lado, existe un déficit enorme de Estado de derecho. Es decir, las relaciones entre los ciudadanos y el Estado no se rigen en buena medida por la ley, y tenemos conflictos recurrentes que se acaban resolviendo única y exclusivamente según la correlación de fuerzas.


El dilema de las decisiones

Carla Medina: La descripción que haces corresponde a una interpretación de la democracia como democracia procedimental –es decir, ¿quién decide? y ¿a través de qué mecanismos decide? En ese sentido, creo que tienes razón: si partimos de ese concepto de democracia, la transición terminó cuando las instituciones crearon esas posibilidades. Pero habría que ver si eso no está en riesgo en este momento.

Una pregunta que no se ha resuelto, por ejemplo, es la que tiene ver con el sentido de las decisiones en democracia. No se trata nada más de responder quién decide y cómo decide sino qué se está decidiendo. Si atendemos eso, tenemos que aceptar que la democracia mexicana no ha llegado hasta ese punto. Por lo tanto la transición fue mucho menos exitosa de lo que parecía originalmente.

José Woldenberg: He querido entender por democracia una forma de gobierno en su sentido más lato. Es decir, como la única forma de gobierno que permite dos cosas: la convivencia y competencia institucional y pacífica de la diversidad política, y el cambio de los gobernantes sin el muy costoso expediente de la violencia. Esa es mi definición, y creo que sirve para contrastar a los regímenes democráticos de los que no lo son, es decir, de los regímenes autoritarios, dictatoriales o totalitarios, que pueden ser de izquierda o de derecha.

Parto de la idea de que, una vez que existen instituciones, procedimientos y reglas democráticas, acabará decidiendo quien logre la mayoría. Por ello puede haber gobiernos democráticos de derecha y de izquierda con orientaciones y políticas económicas y sociales muy distintas. Justo porque tienen concepciones distintas, a veces encontradas, vale la pena generar un escenario en que puedan dirimir sus diferencias de manera pacífica e institucional.

En buena medida eso lo estamos logrando, pese a que mucha gente cree que ahora eso está en riesgo. A final de cuentas, los regímenes democráticos suelen ser frágiles. A lo largo de los últimos años del siglo XX hubo muchas experiencias de democracias que se desplomaron, que fueron desplazadas por golpes autoritarios.

Tengo la impresión de que, aunque es hegemónica, la idea democrática es de muy difícil comprensión. El pluralismo que acompaña en su código genético a la democracia es muy difícil de asimilar y vivir y apreciar porque normalmente la gente cree que sus convicciones son las correctas y a veces aspira a que sean las únicas. Por eso los movimientos que desembocan en regímenes autoritarios suelen tener una base social muy amplia, porque apelan a esos resortes.


Crisis de confianza

Carla Medina: El esfuerzo de la transición que describes tuvo una confianza brutal en las instituciones, donde se depositó el peso de la transformación y la legitimidad del cambio social. Ahora parecería que buena parte de la toma de decisiones públicas ocurre en la informalidad. Ejercicios como el Pacto por México son espacios informales de toma de decisión que están usurpando las funciones de las instituciones. El Pacto por México parecía validar un esquema elitista de toma de decisiones, decisiones que luego eran procesadas por los poderes públicos.

¿Qué pasa si ahora los partidos políticos son menos plurales que antes? ¿Existe la posibilidad de que los partidos no estén ofreciendo explicaciones de la vida pública a la ciudadanía? ¿Qué tal si la izquierda no está contando la historia desde la igualdad, y la derecha no está contando la historia desde la libertad? Creo que hay un problema de representación política.

José Woldenberg: Rescato del Pacto por México una cosa y es el reconocimiento del PRI, el PAN y el PRD de que no tenían los votos suficientes en el Congreso y de que si querían hacer avanzar una agenda era necesario dialogar. Para decirlo de otra manera: desde 1997 a la fecha todo lo que ha salido del Congreso ha sido fruto de una negociación. Eso es positivo porque tengo memoria viva de cuando no se requería de negociación alguna.

Escribí hace unos días que hace treinta años íbamos hacia unas elecciones intermedias. En ese entonces había un sistema electoral totalmente parcializado e inequitativo pero, curiosamente, flotaba en el ambiente una enorme esperanza porque existían fuerzas políticas nuevas con discursos y diagnósticos que antes no tenían público. Hoy que tenemos partidos más o menos equilibrados y podemos prever unas elecciones competidas hay, sin embargo, un desaliento, un malestar y una distancia crítica que nadie puede tratar de tapar.

Lo atribuyo a que estamos atravesando una enorme crisis de confianza, y los nutrientes de esa problemática son dos. Primero, la vulneración reiterada de los derechos humanos. Es decir, el caso de Iguala puso en evidencia algo que es similar a una película de terror. Por supuesto que el asesinato de 43 estudiantes es terrible, pero el agravante mayor es que la policía fue la que los entregó, y esto ha generado enojo, irritación y movilizaciones. Sumado a lo de Tlatlaya, uno presupone que esa catástrofe no es única y que seguramente se ha repetido en otros lados.

El otro nutriente de la crisis son los reiterados casos de corrupción que acaban en impunidad. Esos dos manantiales han generado una bola de insatisfacción que constituye el viento fresco que hoy recorre el país. Frente a esas realidades hay gente que no solo está dispuesta a denunciarlos sino a salir a las calles, porque esto no se puede ni se debe repetir.


Expectativas democráticas sobrevendidas

Carla Medina: Pusimos grandes expectativas en los mecanismos de redistribución del poder político, y resulta que ese no era el vehículo mediante el cual íbamos a poder resolver los problemas que, históricamente, atraviesa nuestra sociedad.

Quiero insistir en la posibilidad de adoptar un concepto distinto de democracia, entre otras cosas porque creo que los conceptos son preferencias analíticas que responden al momento histórico. Entre 1997 y 2000 existía la expectativa de que la transformación de las reglas de la toma de decisiones iba a desembocar en una transformación automática de la sociedad. Ahora pensamos que eso no es suficiente. Después de Ayotzinapa hay una crisis del sistema de partidos, de la representatividad y del estado de derecho. Una alternativa es dejar de lado la discusión sobre los poderes y empezar a pensar sobre qué podemos y debemos discutir en torno al cumplimiento de los derechos.

José Woldenberg: Creo que se sobrevendieron las expectativas en relación al cambio democrático. Se pensaba que el cambio democratizador no solo iba a ampliar las libertades, no solo iba a generar pesos y contrapesos en el entramado estatal, no solo iba a ser un espacio para la dignificación de la diversidad. Una vez llegado a ese puerto, el ejercicio de gobierno iba a ser transparente, correcto, y se iba a abolir la corrupción. Se pensaba que habría crecimiento y se acabaría la desigualdad. Es decir, la democracia era una llave que todo lo podía. En ese sentido, cuando se sobrevenden expectativas, es natural que venga un desencanto muy fuerte.

¿Por qué se sobrevendieron expectativas? Eso tiene una explicación. Después de años de un régimen autoritario con un partido casi único, era natural que las oposiciones subrayaran que con democracia muchas de las taras y de los problemas que vivíamos se iban a resolver.

Cuando digo que en México vivimos en una democracia, lo hago porque creo que la diversidad política que existe en el país sí puede expresarse y convivir. Ahora, falta todo lo demás. La democracia como régimen de gobierno genera una serie de problemas que durante mucho tiempo, prácticamente, no se discutieron. Pareciera que no hubo espacio ni tiempo para pensar en los problemas que un régimen pluralista acarrea en su propio código genético.


(Selección y transcripción de Albinson Linares.)

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