De animales y migrantes

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La novela La fila india de Antonio Ortuño (Océano, 2013) y el libro de crónicasLos migrantes que no importan de Óscar Martínez (Icaria, 2010; Sur+, 2012) son dos textos que exploran las peligros y vejaciones que sobrellevan los migrantes en su trayecto a Estados Unidos, así como las condiciones políticas y económicas de carácter estructural que hacen posible el fenómeno mismo de la migración. Se trata de dos textos implacables que revelan una trama cruel de estrategias y complicidades en la que el migrante —en tanto que “presa perfecta” (Martínez)— ocupa siempre la posición más vulnerable. Son dos textos que, lejos de estetizar o naturalizar el fenómeno migratorio, echan luz sobre los mecanismos sociales que actúan para traficar, violar, extorsionar, asesinar, a los miles de hombres, mujeres y niños que intentan cruzar la frontera de Estados Unidos. Estos mecanismos, si bien son operados por sujetos específicos, sobrepasan la voluntad personal y la responsabilidad exclusiva de un actor único: responsables son los criminales que violan y asesinan, por supuesto, pero también los burócratas formados en “fila india” que ignoran la masacre —metáfora que da título a la novela de Ortuño— y los cuidadanos que naturalizan el horror y los periodistas que explotan morbosamente los hechos y los académicos que se acercan con certezas y discursos disciplinarios… y la lista podría continuar y continuar. Estos mecanismos sociales se convierten, pues, en un sistema o régimen que sobredetermina la lógica misma que guía los sucesos y que permite su reproducción impune. La fila india y Los migrantes que no importan revelan cómo esta máquina político-económica busca en todo momento la acumulación infinita de capital —a través de los cuerpos de los migrantes como mercancía— y aspira a la imposición de una soberanía absoluta sobre los territorios.

Para adentrarnos en el funcionamiento de esta máquina quisiera enfocarme aquí en un aspecto esencial que desocultan ambos textos: el proceso deanimalización de los migrantes. No parece un mero dato anécdotico o circunstancial el hecho de que el lenguaje que se utiliza para referirse a la migración, así como el propio sistema de inteligibilidad del fenómeno, se organiza alrededor de nombres y actitudes de animales. Óscar Martínez descubre en sus crónicas cómo funciona la “fauna” que trabaja en torno a la migración: está en primer lugar el conjunto de trenes conocido como la Bestia, cruel e imprevisible, el principal medio de transportación de muchos migrantes durante buena parte de su viaje a través de territorio mexicano; después tenemos a los coyotes o polleros, las personas encargadas de guiar clandestinamente a los migrantes (pollos) a través de la frontera; están también los burros o burreros, quienes se adueñan de las rutas migratorias para cruzar la frontera a pie cargando droga; por último se encuentran los halcones, miembros de los grupos narcotraficantes que vigilan las rutas de los burreros.

Por su parte, Antonio Ortuño emplea en su novela la metáfora de la cacería para narrar las masacres de migrantes: los asesinos son cazadores que se divierten en el cumplimiento de su labor, mientras los migrantes se presentan como moscas indefensas. Las moscas generan una sensación de asco porque a final de cuentas no pertenecen a la comunidad humana: “Se cazan moscas por ocio, el entretenimiento lo explica todo en este mundo, pero además se les aplasta por asco, porque han sobrevolado donde no deben y nos irritan. Hay que matar moscas porque sus patas se hunden en la mierda y la llevan, así sea átomo por átomo, a nuestras bocas”. El personaje de la Negra, quien se dedica a entrevistar a la única sobreviviente de la matanza     —una chica llamada Yein—, no puede evitar llegar a la siguiente conclusión: “Si las reses, los puercos, las gallinas y los patos hablaran, dirían lo que Yein ante la grabadora: no supe, no pude, no quise, no.” La propia Yein se muestra consciente de que “Acá venimos como animales, nosotros”, y esta certeza la llevará a cometer un acto de venganza hacia el final de la novela.

La animalización del migrante que encontramos en ambos textos revela una operación esencial del poder soberano, esto es, del poder de crear leyes y ejercerlas en el mando de una colectividad. Según Giorgio Agamben (Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida, Pre-textos, 1998), lo político se juega en el pliegue o límite entre zoe y bios, es decir, en el límite entre la “vida desnuda” —la vida a secas que comparten todos los seres vivos: humanos, animales, plantas, etc.— y la vida propiamente humana, que es legitimada como tal por el poder soberano. En su lectura, todo orden político necesita para constituirse de la exclusión de un conjunto de formas de vida consideradas no humanas o no políticas. Paradójicamente, el poder soberano ha incluido estas vidas desnudas en el orden legal a través de su exclusión, conviertiéndolas así en elementos que es necesario gestionar o controlar para mantenerlos en su lugar. (Por ejemplo, en la Alemania nazi los judíos fueron despojados de su calidad de seres humanos, pero esto no supuso de ningún modo su total desvinculación del régimen, sino su transformación en una “vidas desnudas” que el orden político debía gestionar para sus propios fines.) En última instancia, el poder soberano se reserva el derecho de decidir sobre la vida o muerte de los individuos con el fin de preservar el orden político. Así, toda máquina soberana —ya sea operada por el Estado, el narcotráfico o el capital— necesita crear precarización de vidas para subsistir, necesita crear una reserva de vidas desnudas que puedan ser eliminadas en un momento dado.

En este sentido, la animalización en Los migrantes que no importan y La fila indiaapunta al hecho de que “no todos los muertos son iguales” (Martínez), es decir, hay muertes que merecen ser lloradas y hay otras que no ocasionan mayores consecuencias, como si fueran el resultado de una lógica esencial e inexorable. Óscar Martínez documenta cómo la muerte de un oficial de la Patrulla Fronteriza provoca un despliegue policial en la frontera, pero las muertes de miles de migrantes pasan desapercibidas. En nuestro país —en esas “diversas masacres simultáneas que llamábamos México” (Ortuño)— también hay una prioridad evidente según la novela: las muertes de ciudadanos mexicanos son más preocupantes que las masacres de los centroamericanos que cruzan el país. En conjunto, los textos de Martínez y Ortuño nos enfrentan entonces a este estado de excepción permanente —la suspensión continua de las leyes en nombre de la preservación del propio orden legal— y nos empujan a preguntarnos con urgencia cuál es nuestra propia posición ante la cotidiana administración del horror que atraviesa México y América Latina.


(Una versión previa de este texto fue leída en el marco de la conferencia Crossing Mexico. Migration and Human Rights in the Age of Criminal Politics, organizada por la Universidad de Princeton, la Universidad de Guadalajara, la Universidad de Nueva York y la New School of Social Research del 9 al 13 de marzo de 2015.)

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