Curaduría Smart: múltiples esferas de opinión

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Cuarta de cinco entregas

La curaduría Smart

Si los críticos culturales tradicionales son una especie en vías de extinción, si los algoritmos pueden estar sesgados y si es difícil que hagan recomendaciones que sean realmente pertinentes, es necesario inventar una nueva manera de prescribir que propongo aquí y que llamaremos la “curaduría smart”.

Frente al talón de Aquiles de internet –la abundancia– el regreso al modelo tradicional de la crítica ya no es pertinente. Hecho de seres de carne y hueso, intrínsecamente ligado a la cultura analógica o impresa de manera clásica, este modelo se ha vuelto obsoleto debido a su elitismo y a su incapacidad de “filtrar” con eficacia y rapidez, la masa de contenidos que están al alcance. Sobre todo porque propone una visión única del “buen gusto”, toma en cuenta un reducido número de criterios y es incapaz de ofrecer recomendaciones variadas en función de rutas, de situaciones y de nichos, y –arriesguémonos a decirlo– de “comunidades” culturales. Aun cuando hoy en día, en la era de internet y de la fragmentación cultural, ya no puede existir una sola crítica universal válida para todos. Existen esferas de gustos y para ello es necesaria una pluralidad en las recomendaciones.

Los internets están descentralizados, y son plurales: se caracterizan por la desintermediación. Y es poco probable que podamos dar marcha atrás y regresar a un modelo elitista en el que el juicio está en las manos de un pequeño grupo de críticos, cosa que enfurecía desde entonces al Lucien de Rubempré de Balzac.

En cuanto a la segunda solución, la de las “máquinas”, estrictamente matemática, que consiste en delegar esta prescripción a los algoritmos automáticos no parece mejor. Es demasiado imperfecta para ser eficiente.

La “curaduría smart” ofrece una solución alternativa: se trata de combinar dos modelos, por un lado el algoritmo y por el otro la curaduría. Un “doble filtro” que permite sumar la potencia del big data con la intervención humana, la asociación de máquinas y hombres, ingenieros y “acróbatas”. Esta curaduría algorítmica está hecha a la vez por los que utilizan las palabras y por los que trabajan con los números.

“El algoritmo puede ayudar a identificar lo que es popular pero es incapaz de decir por qué es popular –resume Alistair Fairweather. Se basa en la masa, la media o en la dicotomía me gusta/no me gusta. Cuando mucho, intenta predecir que las personas a las que les gustó tal contenido pueden en términos absolutos interesarse por tal otro; es una propuesta valiosa pero insuficiente”. Para Fairweather es entonces indispensable “tener al mismo tiempo la big picture, con las estadísticas, y la “small picture”, la de una persona informada que tiene cierto gusto, que elige, filtra las informaciones y da su punto de vista. “No podemos conformarnos con las con las cinco estrellas de una buena recomendación de Amazon”, me dice.

La “curaduría smart” es una forma inteligente de editorializar, una selección automatizada y después humanizada, que permite separar, elegir y luego recomendar contenidos a los lectores. Puede adoptar diversas formas pero yo la definiré esencialmente a partir de tres elementos. Primero se trata de una recomendación que goza de un doble beneficio: el poder de internet y de los algoritmos y además de un entrenamiento humano y de una prescripción personalizada por “curadores”. Esta función de “doble filtro” es indispensable.

De donde se desprende, y he ahí el segundo punto, la necesidad de recurrir, para este segundo filtro de curaduría, el filtro humano, a un intermediario, un proveedor o un tercero. Este filtro no puede ser el productor del contenido ni el consumidor. Un autor no puede hacer él mismo su propia “curaduría” (ahora bien un autor sí puede hacer su propia promoción y un lector tener su opinión). El segundo filtro de “curaduría” es una mediación que requiere de un intermediario.

Aquí el término mismo “curaduría” es interesante. Ambiguo ciertamente, tanto en Europa como en los Estados Unidos tiene una connotación elitista que lo vincula con la museología, las colecciones de las bibliotecas y los museos de arte. En el MET, en el MoMA o en la National Gallery, un “curador” es un conservador que presenta y organiza una exposición en un museo de bellas artes. La palabra se extendió, en los últimos años, a los campos del cine, los museos de arte contemporáneo o las bibliotecas antes de ser tomado por la cultura digital que está haciendo de ella uno de sus buzz-words.

Por último, el tercer elemento, la “curaduría smart”, se inscribe dentro de una “conversación”. No se trata de recrear un juicio jerárquico top-down, con pretensiones universales que son frecuentemente arbitrarias y perentorias, sino de favorecer un diálogo que posibilita los intercambios, las idas y vueltas, la pluralidad de los gustos que se elaboran en diferentes “esferas de opinión”.

Por último la simple “curaduría” es lo contrario de la agregación propuesta por los algoritmos. ¿Curaduría o agregación, es preciso elegir? ¿Y si combináramos las dos? Hay que defender la excepción cultural, sí, pero con la potencia matemática.

Si la expresión “curaduría smart” es nueva –y así ha sido imaginada en este texto–, existen ya diversas representaciones. Tomemos por ejemplo los likes de Facebook, los retweets de Twitter, los pins de Pinterest, los little heart del panel de control de Tumblr o más todavía los “+1” de Google+: todas estas herramientas de las redes sociales ya tienen un enfoque de tipo “curaduría smart”.

Cuando una persona postea una recomendación cultural en Facebook y cuando sus amigos le dan likes, el algoritmo toma en cuenta estas indicaciones y desmultiplica la visibilidad del post inicial (el algoritmo utilizado en las “Páginas”, más que en las cuentas personales, se organiza por el número de “me gusta” y los comentarios). El poder matemático interviene pero, al inicio hay una persona que es la que recomienda a sus “amigos” un contenido cultural que le gustó. Vemos aquí que tenemos una mezcla de “smart” (el algoritmo) y de “curaduría” (la apreciación particular de una persona por su like o su comentario). La peer recommendation se multiplica por la potencia matemática.

El social listening o las listas de reproducción son un ejemplo más de “curaduría smart”. La técnica existe en Spotify, Deezer o Pandora. Los algoritmos de esas plataformas por suscripción ilimitada son, ya lo vimos, poco pertinentes y se parecen a una “smart” sin “curaduría”. En cambio, cuando estos sitios despliegan en línea las listas de reproducción de otros suscriptores están haciendo ya con ese social listening una “curaduría smart”. (Spotify ha ido más lejos cuando introdujo a fines de 2014 la función Top Tracks in Your Network, mostrando las playlists actualizadas de los “amigos” seguidos).

James Iovine, quien es cofundador con el rapero Dr. Dre de los audífonos Beats, eligió refundar iTunes y Beats Music, y lanzar Apple Music, en torno a un modelo de autor tipo “curaduría smart” (Apple volvió a comprar Beats Electronics en 2014 y se asesoró con Iovine para su nuevo servicio de música en streaming). En efecto estaba convencido de que la recomendación hecha por algoritmos, como en Pandora o Spotify, es insuficiente y que es necesario combinar los datos recabados por los algoritmos junto con las opiniones hechas por los seres humanos para obtener mejores resultados. De aquí se desprende la creación de una red social musical paralela a Apple Music.

En el sector de la radio, National Public Radio (NPR) supo también innovar en este sentido. La red de radio americana, independiente y sin fines de lucro (pero no pública, contrariamente a lo que su nombre podría dar a entender), apostó tempranamente por lo digital para llegar a un público más joven. NPR tiene hoy 20 millones de visitantes únicos en su sitio y 27 millones de podcasts cargados cada mes. El resultado es que la edad promedio de los escuchas NPR en hertziano es de 52 años; los que se conectan por internet o en podcast tienen en promedio 36 años –¡casi 20 años de diferencia!–. Una aplicación hecha para smartphone ofrece una experiencia original de “curaduría smart”: la radio se personaliza completamente a través de sus programas, sus estaciones locales o sus listas de reproducción. Poderosos algoritmos, herramientas de “conversación” y un sistema de geo-targeting para la información local aseguran una gran fluidez de los programas, su personalización y su distribución en las redes sociales. Ahí la recomendación es la base, la clave del éxito de las emisiones difundidas en syndication (e incluso las conferencias TED están disponibles en la aplicación). Dado lo anterior, NPR demuestra también que el podcast es une tecnología de transición y que el streaming móvil, combinado con una aplicación poderosa, con técnicas de recomendación, y con algoritmos pertinentes, podría ser el futuro de la radio.

La “Social TV” va en el mismo sentido. Algunas aplicaciones como SocialGuide, yap.tv, fav.tv, BuddyTV o la aplicación geolocalizada GetGlue ya brindan, en un smartphone o tableta, recomendaciones de contenidos televisivos en tiempo real a partir de las apreciaciones de los suscriptores. Es una mezcla sofisticada de estudios de comportamiento de masas, de personalización “a la medida”, de recomendaciones de “pares” y de resultados generados por algoritmos. Estas aplicaciones proponen al usuario, para todo tipo de pantalla, mirar en tiempo real o en repetición, en función de las tendencias generales de las audiencias, de las opiniones de los internautas y de su propio historial de consumo televisivo.

Estos ejemplos ofrecen la ventaja de superar las recomendaciones binarias de Facebook en donde al “linkear” solamente se afirma “me gusta” o ya no “me gusta”. Estos “Social TV Apps” son capaces de saber, desde el momento en que nos registramos (“check-in”), en qué parte nos detenemos al ver un programa o en qué parte reanudamos, cuándo empezamos y lo que leemos. Es más, el usuario ya no es el que ve la televisión, la televisión es la que nos ve.


Harry Potter y los Booktubers

A Lauren Bird le encantan Harry Potter y los waffles. Con su físico de adolescente y sus divertidos anteojos, ella me recuerda a esos personajes femeninos de las novelas de J.K. Rowling o de Suzanne Collins, como acabada de salir de la infancia.

Lauren Bird me citó al lado de la nueva sede de Google en Nueva York, en la esquina de la 9a Avenida y de la 16a calle, en Chelsea. En su tiempo libre, ella ocupa, no lejos de ahí, las oficinas de YouTube (que le pertenecen a Google), donde puede utilizar los estudios de montaje para sus videos. Para entrar ahí, hace falta encontrar un ascensor que no se ve a simple vista, escondido frente a un lustrabotas dentro del Mercado de Chelsea, entre la 9a y la 10a Avenida, y subir al quinto piso. Ahí, cuando sus canales de YouTube alcanzan un cierto éxito en la audiencia, bloggers como Lauren Bird, pueden sacar provecho gratuitamente de un generoso ecosistema. Veo geeks sentados en sillones de cuero, una pequeña exposición de arte contemporáneo y un gran poster publicitario de un libro publicado por un “Booktuber”.

Bird es “booktuber”: habla de Harry Potter en pequeñas secuencias cortas subidas a YouTube. En otra parte, en otro de sus canales, ella se especializa en los “Waffle Irons” (las waffleras). Así como unos prueban los iPhones o la solidez de las patinetas, Lauren Bird prueba estas Waffle Irons para ver si son tan resistentes como los promotores lo procuran. En su canal, trata entonces de cocinar huevos, sushi, pepinillos, snickers e incluso ¡una calabaza gigante en ese aparato de waffles! El resultado es a veces sorprendente y es siempre gracioso.

Actualmente, Bird, egresada de cine en la Universidad de Nueva York, se unió a la Harry Potter Alliance, una asociación de fans de Harry Potter que se encarga de mejorar las condiciones de trabajo de los asalariados estadounidenses, por ejemplo de McDonald’s o Walmart. Los videos que sube sobre este tema han recibido millones de visitas en YouTube.

Emerson Spartz, así como Lauren Bird, debutó en su carrera como un simple fan de Harry Potter. A los 12 años, hizo MuggleNet, su primer sitio, que es hoy en día una de las principales plataformas de los fanáticos de las novelas de J.K. Rowling. La famosa novelista invitó a Spartz a su casa en Escocia, e igualmente ha apoyado las iniciativas de Lauren Bird y de su Harry Potter Allience.

El fenómeno de los “booktubers”, que apareció en un principio en Argentina, España y el Reino Unido, se inscribe claramente en la “curaduría smart”: jóvenes lectores o estudiantes comparten su entusiasmo después de haber leído un libro frente a la cámara. Con ayuda de un smartphone, de una cámara GoPro, o más recientemente con Periscope, comparten su pasión con una producción precaria, con simplicidad –o con talento–.

Existen tantos formatos y géneros como booktubers: sus videos pueden ser serios o extravagantes, arty o más mainstream, como lo ilustran por ejemplo los canales en YouTube de Christine Riccio, Jesse, Raeleen, Ariel Bissett, Priscilla, Kat O’Keeffe o Regan.

A veces, estos “booktubers” se ponen a escribir soñando en convertirse, llegado el momento, en escritores. Los grandes editores, como me lo confirma Jonathan Karp, P-DG de Simon & Schuster, exploran así sus canales con la esperanza de descubrir nuevos talentos. El algoritmo de Youtube localiza también estos videos y puede, en el momento apropiado, hacerlos virales en internet. A falta de consagración como un “gran escritor”, el “booktuber” puede volverse un “brand content“.

Hay otros modelos de “curaduría smart”. Se pueden tratar de redes sociales dedicadas a la lectura y a la “fan-fiction”: Wattpad, por ejemplo, es una especia de Facebook para la literatura.

Con oficinas en Canadá, esta red social cuenta ya con más de 45 millones de miembros y cerca de 100 millones de historias subidas (la joven novelista Ann Todd publicó ahí After, una fanfiction escrita en un smartphone y que leyeron doce millones de personas). Más allá de ser una interfaz de publicación para todos, Wattpad es un verdadero club de lectura online y es también un espacio de comentarios, de intercambios y, por ende, de “curaduría”. El algoritmo permite asegurar la mediatización de las historias más populares.

Desde otro estilo, un sitio como The Conversation, desarrollado en Australia y en el Reino Unido, apunta, como su nombre lo indica, a recrear una “conversación” apoyándose en una larga red de universitarios e intelectuales. Tomando como punto de partida el “Academic rigour journalistic flair“, The Conversation propone aclarar el debate de ideas a partir de análisis y de puntos de vista de investigadores. Al hacer esto logran conseguir una nueva visibilidad y, con la ayuda de las redes sociales, se vuelven populares. (En Francia, un sitio como La vie des idées tiene un objetivo parecido.)

Por último, el sitio GoodReads, que fue nuevamente comprado por Amazon en 2013, mezcla investigaciones por algoritmo, listas de lectura y críticas de libros personalizadas. Los usuarios de Internet pueden formar ahí su propia biblioteca, calificar sus libros, y los de sus amigos, incluso GoodReads les propone recomendaciones. Es una especie de red social dedicada a los libros, con 20 millones de miembros y que puede ser compartida en Facebook o Twitter para aumentar su “sociabilidad”. (Es interesante notar aquí el creciente interés de Amazon por la curaduría, lo podemos observar paralelamente con la compra de IMDb para el cine y de Twitch para los juegos de video, dos sitios basados en evaluaciones y recomendaciones. En un principio, entre 1995 y 2000, Amazon se dedicó a desarrollar sus propias herramientas de Internet. Un equipo, conformado por una veintena de periodistas, escritores y editores asalariados, venidos de Village Voice o de la New York Review of Books, redactaba noticias, hacía entrevistas o difundía sus recomendaciones. Pero en 2002, este departamento “editorial” de Amazon se cerró, ya que los editores “humanos” fueron reemplazados definitivamente por los algoritmos.


Este artículo –publicado en cinco entregas en Horizontal– es parte de los trabajos de un programa de investigación sobre Smart Curation en la Escuela Superior de las Artes de Zurich (ZHdK). Complementa la publicación en español del libro Smart. Internet(s): una investigación (Penguin Random House, 2015).


Traducción del francés: Marcela González Durán.

Crédito de imagen: curiousflux.

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