¿Cuál es el mejor libro de narrativa sobre la violencia en México?

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2666, de Roberto Bolaño
Oswaldo Zavala

La profunda transformación que sufrió el Estado mexicano con la adopción del neoliberalismo produjo una violencia sin precedentes en la primera década del siglo XXI, que ha sido abordada pobremente por la narrativa contemporánea. Solo tres escritores, en mi opinión, rompen decisivamente con la afirmación anterior: Daniel Sada, Juan Villoro y Roberto Bolaño.

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), El testigo (2004) y 2666 (2004), respectivamente, son obras magistrales que revelan los entramados sociopolíticos de la violencia en México. La primera cierra el siglo XX denunciando la persistente corrupción oficial. La segunda anticipa los más cruciales conflictos del nuevo siglo: el narcotráfico, la influencia de los medios de comunicación en la política, la irrupción del neoconservadurismo. 2666 es la más compleja y lograda de las tres.

Bolaño se propone aquí un ambicioso recorrido por décadas de historia occidental, abarcando la Segunda Guerra Mundial, los conflictos raciales de Estados Unidos, las limitaciones de la clase intelectual europea y latinoamericana y, en el centro, el feminicidio de Ciudad Juárez. La novela aborda cuidadosamente las relaciones de poder en la región fronteriza, donde los políticos locales, la policía y la clase empresarial han llenado criminalmente el vacío generado por la condición post-nacional del neoliberalismo. El narcotráfico y la violencia de género, las dos problemáticas que el imaginario popular con frecuencia atribuye a los estados del norte del país, aparecen como consecuencia de la desintegración de la modernidad estatal mexicana. Al mismo tiempo, la novela plantea formas de resistencia que paradójicamente emergen de la desapropiación experimentada por los habitantes de Santa Teresa. Serán entonces algunos policías, políticos, intelectuales y empresarios, junto con otros ciudadanos comunes, quienes deberán construir una nueva forma de comunidad viable. “La parte de los crímenes”, la más larga sección de 2666, termina así, esperanzadamente, con una fiesta:

Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y los extraños para no perderse.


Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez
Elisa Corona Aguilar

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Una narración que nos transporta a Ciudad Juárez. Una historia donde nada es ficción. Un estilo periodístico en que todos los recursos están ahí para esclarecer y denunciar, para devolvernos la verdad y salvar a las víctimas del olvido. Una obra de investigación que arroja claridad sobre los crímenes que cerraron el siglo XX en esa ciudad fronteriza, y que ahora han invadido el resto del país con sus horrores.

Si se trata de narrar la violencia en México, este relato y recuento de los feminicidios en Ciudad Juárez está para mí en primer lugar. Porque si hablamos de violencia en México, la realidad supera cualquier fantasía, y el libro elegido tiene que ser así periodístico, una investigación, una no-ficción. La narco-ficción no me parece, al lado de esto, más que una caricatura escrita por ingenuos, además de que la mayoría de sus autores solo consigue exhibir involuntariamente su ignorancia y abiertamente su misoginia.

Huesos en el desierto (2002) muestra los sádicos, imperdonables fines del crimen, de la corrupción, de la impunidad y del narcotráfico. Entre la crónica, el ensayo y el reportaje, Sergio González Rodríguez encuentra un equilibrio en el registro delincuencial –como él mismo declaró en una entrevista– para alejarse del patetismo, de la nota roja y del desaliento. Pero, sobre todo, el autor se compromete con la voz de quienes no han tenido voz: para narrar su propia muerte, para denunciar a su torturador, para declararse inocentes. También es un libro que, mostrando lo más terrible de esa “dimensión desconocida”, nos hermana con su realidad, nos conmueve con la sórdida belleza de la frontera, con la fragilidad del día a día de sus habitantes, siempre entre algo y la nada. Creo que ahora todos en México habitamos ese ambiguo espacio, con distintas coordenadas.


El buscador de cabezas, de Antonio Ortuño
Francisco Serratos

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La narrativa que mejor trata la violencia en México no es, me parece, la apegada a la escritura de la política, es decir, la que se limita a la mera representación o descripción de escenas sangrientas o de actos de corrupción política, y que abunda en la mesa de novedades –para eso está el periodismo. Es, por el contrario, aquella que contiene en sí misma una política de la escritura, esa que interpreta, recicla, transforma y da una visión condensada de la realidad para traspasar la moda o la contingencia de los acontecimientos. Esto se logra, creo, en El buscador de cabezas, de Antonio Ortuño.

Publicada en 2006, año de transición, de elecciones presidenciales y de acontecimientos telúricos, El buscador de cabezas es una novela que trata con complejidad la violencia porque penetra en las capas tanto humanas como políticas que definen la realidad que hemos vivido los últimos quince años en el país. Las políticas persignadas por el panismo, los tintes fascistas del calderonismo y su guerra contra las drogas, la manipulación mediática durante el periodo electoral, la corrupción en las esferas más altas del sexenio de Peña Nieto, la violencia del Estado contra grupos civiles –y contra periodistas–, los grupos de derecha que pretenden apropiarse de la cultura: todo esto se aborda en esta novela, mas no como meros factores sociales que sirven de escenario para personajes endebles. Ortuño rasca en la llaga de las últimas causas, ahí donde duele reconocer que, más que ser víctimas de la historia, somos protagonistas de ella. Una novela profética más que realista: trasciende los datos, interpreta la realidad y nos entrega una pieza que nos ayuda a comprender la fracturada situación que no hemos podido remediar.

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