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López Obrador, Twitter y la posverdad

En su discurso como triunfador de la jornada electoral 2018 por la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador agradeció a las “benditas redes sociales” su existencia, argumentando que este medio de comunicación le permitió romper la barrera informativa en su contra y con ello acercar su discurso a millones de personas.

A diferencia de otros políticos mexicanos, las cuentas de las redes sociodigitales de López Obrador carecen de una estrategia orquestada desde la oficina de una consultoría especializada. Sus redes son similares a las de un usuario común y corriente que navega en la inmensidad del terreno digital, sin preocuparse por los colores, o el uso correcto de la aplicación.

¿Cómo fue posible tener el impacto y el número de seguidores que actualmente ostenta el presidente de México?

En mi opinión, hay tres puntos clave que lo hicieron diferenciarse de los perfiles de otros políticos mexicanos:

  1. Siempre ha tenido claro el público al que se dirige. En su cuenta de Twitter, el tabasqueño siempre buscó ser voz de todos aquellos mexicanos que clamaban de un gobierno austero y cercano a ellos.
  2. Su estrategia de posicionamiento fue opinar todos aquellos temas que consideraba injustos para la inmensa mayoría de los mexicanos, o que estaban permeados de conductas vinculadas a la corrupción.
  3. Se centró en difundir sus actividades políticas, que iban desde sus mítines en distintas partes del país, y todos aquellos momentos cotidianos que iban desde comer en una humilde fondita de un mercado hasta a hablar de la historia e importancia de los lugares que visitaba. Este último punto fue fundamental para ganar la confianza y credibilidad de miles de personas que lo vieron como un político honesto y cercano a su realidad.

López Obrador llevó su personalidad a sus redes sociales. Y consideró que emitir un mensaje al día era más que suficiente para tener presencia en el terreno digital. Por ejemplo, en su cuenta de Twitter a la cual se unió desde el 2009, tan sólo ha emitido 3,927, lo que lo coloca muy por debajo del número de tuits emitidos por los políticos mexicanos. Los expresidentes de México lo han superado. Vicente Fox ha tuiteado 5,563 veces, Felipe Calderón 18,700 y Enrique Peña Nieto 5,533.

Los tres expresidentes han empleado recursos tan elementales de Twitter como hashtags, citar a alguna persona o retuitear algún mensaje, con el claro objetivo de generar comunidad en esta red, algo que López Obrador no ha hecho. Los dos recursos que más emplea en su cuenta de Twitter son incorporar imágenes y videos.

El tabasqueño cuenta con casi cinco millones de seguidores, mientras que Fox con un millón 250 mil, Calderón con cerca de cinco millones y medio y Peña Nieto con casi siete millones y medio. Tanto Peña como Calderón utilizaron todos los recursos económicos y de personal para hacer crecer su número de seguidores.

Los seguidores, sin embargo, no significan un apoyo incondicional. Si así fuera, los siete millones de seguidores que tiene Peña Nieto hubieran salido a la defensa de este y de su partido durante su sexenio. En el caso de López Obrador, su comunidad de seguidores salen a difundir su mensaje y a defenderlo.

En este primer mes de gobierno, sus seguidores salieron a defender y apoyar la propuesta de reducir todos los sueldos de los altos funcionarios del país, y criticar a los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de no estar de acuerdo en esta reducción. Lo mismo ocurrió cuando varias universidades públicas del país protestaron por la reducción de su presupuesto para el 2019. Sus seguidores exigían la reducción de gastos en los sueldos de los altos funcionarios de estas instituciones y que las universidades transparentaran su ejercicio fiscal.

Otro ejemplo fueron las criticas que hubo por parte de miembros de la oposición hacia López Obrador tras el accidente aéreo de la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, y su esposo, Rafael Moreno Valle. Miembros del PAN, PRI y PRD criticaron el trato que mostró el líder de Morena con la exgobernadora y en llegado momento buscaron responsabilizarlo de lo ocurrido. Sus seguidores posicionaron el tema #ConLaTragediaNo y lograron eliminar la ofensiva de la oposición.

Recientemente, López Obrador fue apoyado después de denunciar el robo sistemático de combustible a Pemex y la estrategia del gobierno para frenar eso, lo que derivó en una nueva estrategia de distribución de gasolina a los estados que presentan más problemas de robo de combustibles y con ello problemas de desabasto de gasolina.

El fenómeno que actualmente vivimos en las redes sociales, principalmente Twitter y Facebook, se debe a que impera la verdad emitida desde la óptica de López Obrador, producto de la construcción de un discurso que ha ido acorde con su personaje.  No se puede comunicar lo que no existe, y desde campaña, el presidente ha sabido comunicar situaciones que existen en nuestro contexto como: desigualdad, corrupción, abuso de poder y el derroche de los bienes públicos por parte de nuestros gobernantes.

Las estrategias digitales en la política requieren de la existencia de la veracidad para construir una comunidad y por supuesto un gran apoyo al discurso que se pretende propagar y defender.

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¿Cambio o resurrección en la elite política mexicana?

Entender la política desde la óptica de las elites es riesgoso y parcial. Sin embargo, una lectura de la elite que llega al poder con el triunfo de López Obrador nos brinda algunas luces. Parecería que no podemos seguir leyendo el mismo mapa conceptual que hasta ahora porque, si bien algunas fichas del tablero continúan en él (desde hace mucho), hay también nuevas fichas. Pero, sobre todo, hay nuevas reglas del juego y quizá, hasta un nuevo tablero.

¿Cómo fue el ascenso de las elites al poder en el siglo XX?

  • Desde la presidencia de Álvaro Obregón (1920-1946) hasta la de Manuel Ávila Camacho (1940-1946)

El pináculo de las elites en los gobiernos revolucionarios estaba conformado por generales revolucionarios.

  • Desde la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952) hasta la de José López Portillo (1976-1988)

Ascienden a la elite los primeros políticos que no sustentaban su legitimidad en la pertenencia al Ejército, sino que habían surgido de la vida civil. Estos políticos están formados principalmente en la facultad de derecho de la UNAM y con especialización en las tareas políticas del gobierno federal como las secretarías de Gobernación, Trabajo o Reforma Agraria.

  • Desde la presidencia de Miguel de la Madrid (1982-1988) hasta la de Ernesto Zedillo (1994-2000)

En esta etapa hay una disputa en la elite política entre una visión nacionalista y una de corte neoliberal, que se asienta con la llegada a las principales dependencias técnicas del gobierno de economistas con postgrados en el extranjero, particularmente en Estados Unidos, para hacer frente en las tareas que, por las crisis económicas de los 70 y 80, se convierten en prioritarias en ese entonces.

Entre 1982 y 1988 se agudiza la “disputa por la nación” y en ese tránsito se da la ruptura de la elite entre políticos y tecnócratas, entre nacionalistas y neoliberales, entre izquierdas y derechas al interior del PRI. Esta disputa desemboca primero en la conformación de la Corriente Crítica y luego Democrática y, después, en la formación del PRD.

¿Qué pasó con las elites en la era de la alternancia?

Con la llegada a la presidencia de Vicente Fox (2000-2006), la formación del gabinete se hace desde agencias de head hunters y casi cualquier persona puede llegar a los niveles más altos de la administración pública federal.  Este proceso cambia la forma de entender la conformación de la elite política a partir de dos alternativas para acceder a la clase dominante: la especialización técnica y la elección popular.

La especialización técnica en las áreas económicas se mantuvo como si la alternancia no hubiera ocurrido, con los mismos perfiles que se venían configurando desde el nombramiento de Gustavo Petricioli al frente de la Secretaría de Hacienda en 1986: economistas, la mayoría del ITAM, con postgrado en extranjero, principalmente en Estados Unidos.

La mayor novedad se produjo a través de los cargos de elección popular —obtener cargos en las gubernaturas, senadurías y diputaciones federales— se convirtió en la otra vertiente de acceso a la elite política mexicana desde la legitimidad de los votos.

Así se trazaron dos elites con dos visiones de México. Por un lado, la del gobierno central y su equipo tecnocrático: un país globalizado, con una economía abierta y ocupado de los indicadores macroeconómicos. Por el otro, la de los líderes partidistas, los congresistas, los gobernadores y presidentes municipales, con una visión local, regional y estatal, ocupada en las elecciones, los estados, los congresos locales y en demandar recursos a la federación para realizar sus obras y proyectos.

La estructuración de la clase política de la alternancia en estas dos vertientes creó un sistema de partidos más competitivo frente al régimen de partido hegemónico, pero también una elite cada vez más alejada de la gente y de la sociedad que, hipotéticamente, se convirtió en la versión mexicana de una “partidocracia”.

Algunas causas del acenso de la elite política de la “Cuarta transformación”.

A nivel de la clase política imperante, la alternancia que ofreció Fox cuando sacó por primera vez en 70 años al PRI de la Presidencia no se transformó en una transición democrática; hubo alternancia, pero no cambio. Cambiaron los funcionaros, entraron a la administración nuevos cuadros sin extracción priista —a excepción de la Secretaría de Hacienda encabezada con Francisco Gil o la Comisión Federal de Electricidad con Alfredo Elías—, pero ingresaron también muchos panistas y algunos líderes de la sociedad civil organizada, sin que este cambio de personas reflejara el deseo de cambio que se había expresado en las urnas.

En 2006 la promesa de la Presidencia del empleo tampoco cristalizó. Para buscar una legitimidad cuestionada por los resultados electorales, la administración de Felipe Calderón (2006-2012) “declaró” la guerra al narcotráfico y los homicidios crecieron a niveles semejantes a los de países con guerras declaradas.

Con la presidencia de Peña Nieto (2012-2018) permanecieron los mismos defectos y virtudes a nivel de elite de sus predecesores, pero hubo una serie de conductas que agravaron significativamente el malestar ciudadano: escándalos por corrupción, conflicto de interés, fallos en la comunicación y de sensibilidad; estudiantes desaparecidos, incremento de los niveles de violencia y homicidios, aumento de la pobreza… que hacen de la presidencia de Peña Nieto la peor evaluada en la historia de las encuestas de opinión y el anticipo del rotundo triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en julio de 2018.

El “Pacto por México” que propone la administración de Peña Nieto da rostro y hace creíble la estructuración de una partidocracia relacionada con la oligarquía. Lo que López llama el “PRIAN” o “la mafia del poder”.

Las elecciones del 1 de julio se llevaron a cabo, además, en un contexto en el que el crecimiento del PIB es insuficiente para la necesidades y demandas del país; en el que más de 50 millones de mexicanos viven en situación de pobreza; y con un saldo de muertes violentas de más de 100 mil personas, el más alto en los últimos 20 años. Mientras, en el frente internacional se asomaba un fantasma que recorría de nuevo el mundo: el populismo.

¿Quiénes conforman la nueva elite en el poder?

Asistimos a la hibridación de dos formas de entender a la nueva elite: la resurrección de la vieja clase política nacionalista y, al mismo tiempo, el surgimiento de una nueva elite.

La campaña de 2018, más allá de la simpleza y la fuerza del mensaje de AMLO, destaca por la estrategia de hacer alianzas y adhesiones y sumar con gente como Tatiana Clouthier, Germán Martínez, Gabriela Cuevas o Napoleón Gómez. Además, fue una campaña de contacto directo y permanente con la población y que “daba por hecho” el resultado de la elección. Es una especie de ratificación en las urnas de una situación que ya estaba dada: su triunfo.

La épica que guía la narrativa de la “Cuarta Transformación” —la del presidente Juárez y el modelo de desarrollo nacionalista de Cárdenas— podría conformar uno de los centros de esta nueva elite: los que perdieron en la elección interna del PRI en 1988 y formaron el PRD.

A está escisión del PRI a la que pertenecen Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez o Cristóbal Arias, se suman algunos de los dirigentes tradicionales de la izquierda ideológica y militante con orígenes en el PC, PSUM, PMT, PRT y PST y a la que se fueron incorporando algunos ex panistas, confrontados con el pragmatismo del PAN, como Bernardo Bátiz y Jesús González Schmall entre otros. Estos actores políticos constituyen el centro de la resurrección de la vieja política. De forma más reciente, se suman otros personajes con origen en el PRI y que tienen este discurso nacionalista, pero que no son parte del núcleo fundador del PRD, como Manuel Bartlett e incluso Ricardo Monreal; o aquellos que podrían compartir una visión del desarrollo para el campo y la alimentación como Ignacio Ovalle, de inicio echeverrista pero también alto funcionario en la administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).

En otra vertiente, quizá más antineoliberal que neocardenista, se podría ubicar un semillero de liderazgos del proyecto lopezobradorista que se nutre del Consejo Estudiantil Universitario de la UNAM (1986-1990) y de ahí transitan a la militancia y práctica política en el PRD. Quizá las figuras más visibles de este grupo sean Claudia Sheinbaum y Martí Batres.

Están también los “compañeros de viaje” de AMLO. Tienen mayoritariamente su origen y vínculo personal con él desde el Instituto Nacional Indigenista en Tabasco, pasando por las dirigencias del PRI y del PRD tabasqueños y por la del PRD Nacional y llegando hasta la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.  Entre los primeros están Octavio Romero o Adán Augusto López y entre los segundos, los miembros de su staff como César Yáñez o Jesús Ramírez. Junto con su brazo de relaciones públicas y cabildeo con el sector privado, Alfonso Romo, son parte del núcleo directo de López Obrador.

Con un origen externo al proyecto neocardenista están otros políticos formados en el PRI pero que en diferentes momentos de su trayectoria se acercaron a AMLO, como el ex secretario de Gobernación y de Desarrollo Social de Ernesto Zedillo, Esteban Moctezuma. Incluso dentro de aquellos políticos relacionados con Zedillo podría situarse al ex rector de la UNAM y ex secretario de Salud, Juan Ramón de la Fuente, propuesto para representar a México ante la ONU y que había sido contemplado en la campaña de 2012 como futuro Secretario de Educación. Sin dejar de lado también al próximo canciller, Marcelo Ebrard, vinculado al PRD y a López Obrador desde la jefatura de gobierno de la Ciudad de México en el año 2000.

En donde la elite del proyecto de López Obrador deja atrás la disputa entre neocardenistas y antisalinistas y se arraiga a la visión de un proyecto de corte popular, hay un grupo quizá hoy poco visible pero muy relevante. Como ejemplo de este grupo estaría María Luisa Albores, propuesta como titular de la nueva Secretaría de Bienestar Social, o Cuitláhuac García en la gubernatura de Veracruz, por citar sólo a algunos.

Diferencias de la nueva elite con las pasadas.

Pareciera que la supremacía técnica para ocupar las posiciones de los cargos de las finanzas y la economía, así como de los organismos autónomos, sufrirá un reacomodo. Las propuestas de AMLO para encabezar Economía, Hacienda, la negociación del acuerdo de libre comercio con América del Norte, entre otras, no son especialistas técnicos como los miembros de la elite precedente, pero su origen es diferente: no provienen necesariamente del ITAM y no han realizado su carrera en un escalafón burocrático al interior de las dependencias para las que han sido propuestos. El tema no serán las habilidades técnicas de este equipo, sino cómo estas capacidades pueden darle estabilidad y generarle recursos al proyecto político y social de AMLO.

En la vertiente de los integrantes del equipo de AMLO que tienen un en la disputa por la nación de 1988, pareciera que el mandato de sus cargos es claro: hacer posible una visión nacionalista y soberana con un enfoque desarrollista y de crecimiento, tanto en el manejo de las empresas públicas, la energía, las comunicaciones y transportes, así como la misión social con relación a la educación, el campo, el trabajo y el medio ambiente.

El núcleo duro de la nueva elite podría estar en el segmento de los excluidos de los beneficios de la globalización y del modelo neoliberal; tienen arraigo territorial, así como trabajo político de bases y organización social.

La de la “Cuarta Transformación” podría ser una elite cuyo centro de gravedad este en la gente y no sólo en los indicadores económicos. No se puede dejar de ver el papel que tendrán los súper delegados o los subdelegados. Con un Congreso que podría fungir como “oficialía de partes” del nuevo gobierno, pero vital para cuidar la legalidad y, sobre todo, la legitimidad del proyecto y garantizar una gobernabilidad democrática que fuera del “Pacto por México” no se veía desde antes de 1997.

Otra forma de entender a la nueva elite, será asignarle un rol protagónico al papel de los subsecretarios, ya desde la Jefatura de Gobierno, Ortiz Pinchetti tenía por debajo de él a Alejandro Encinas; pareciera que el diseño se repite como ya lo hizo hace doce años, con subsecretarios fuertes como Alejandro Encinas y Zoé Robledo con Olga Sánchez en Gobernación; o como Horacio Duarte con Luisa María Alcalde en Trabajo, así como la importancia que tiene su staff: Romo, Yáñez, Ramírez y Cárdenas.

Pero será en su visión de la democracia en la que la nueva elite nos ofrece una mirada hasta ahora distinta con la de la transición: la consulta a la gente, las revocaciones de mandato, el salto de la intermediación de las organizaciones de la sociedad civil hacia la organización política, territorial y de comités de base como ya lo quiso hacer cuando dirigió el PRI en Tabasco durante el gobierno de Enrique González Pedrero (1983-1987).

Pareciera ser que en el proyecto de la “Cuarta Transformación” la legitimidad y legalidad de las acciones de gobierno se sustentan en la gente, en los votos, las consultas a la ciudadanía y la aprobación en los estudios de opinión. La gobernabilidad y credibilidad, en los resultados, el cumplimiento de las promesas de campaña y en la disminución o crecimiento de los indicadores. Y, de forma crucial, en los próximos resultados electorales.

 

 

La toma de protesta de AMLO y la toma de Los Pinos por la ciudadanía

Previo a salir Andrés Manuel López Obrador desayunó huevos estrellados y papaya, en su casa de Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Afuera lo esperaba un automóvil Jetta, de color blanco, y una soleada mañana de sábado. Lo esperaban, también, miles de personas en las calles, a lo largo de su recorrido hasta el Palacio Legislativo de San Lázaro. Eran las diez y media de la mañana.

Media hora antes, en la calle Parque Lira, una fila terminaba su espera, para algunos de horas, para cruzar por primera vez la vasta reja verde que abría al público el que fuera el hogar de catorce presidentes. El que prometió no ser el quinceavo en habitar ahí, mientras tanto, ya convertidos Los Pinos en museo, avanzaba por Calzada de Tlalpan acompañado de una seguridad limitada, avanzando apenas en algunos puntos para que su mano extendida fuera del coche se cerrara sobre la mano de una señora con delantal, saludara a unos niños, a una familia con flores.

Su llegada Avenida Congreso de la Unión número 66 se retransmitió en Los Pinos, en una pantalla gigante junto al monumento a Francisco I. Madero. Desde el pasto y al amparo de la estatua del ex presidente asesinado, se le pudo ver subiendo los escalones al San Lázaro, ya dentro los saludos a la bandera, luego la lenta bajada dentro del pleno entre buena parte del poder legislativo con el celular alzado, una marea de fotos, legisladores transmitiendo en vivo y tomándose selfies al paso de AMLO en su lento camino a la tribuna.

Se multiplicaban las fotos también en la antigua residencia presidencial, frente al asta bandera bajo la cual una pancarta con letras de flores rezaba “Bienvenido pueblo de México a Los Pinos”. Una señora se toma un video para sus parientes: “¡Saludos desde mi nueva casa!”

Un poco más allá, unos niños se subían a los cañones del siglo diecinueve desplegados junto al monumento a la batalla de Molino del Rey. Se rompió una lámpara que estaba junto y a partir de ahí la artillería quedó al resguardo de una encargada, luego relevada por la SEDENA.

“Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”, proclamaba AMLO, ya en la tribuna, repitiendo la letra de la ley, profesando el desempeño leal y patriótico del cargo Presidente de la República. “Y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”. La banda presidencial pasó de Enrique Peña Nieto a Andrés Manuel López Obrador y retumbaron los coros conocidos, el “es un honor estar con Obrador” y el “sí se pudo”.

“La motivación de venir aquí fue para ver a nuestro ‘viejón’”, dice Primitivo Arellano, explicando que así le dicen al nuevo presidente en Zacoalpan, estado de Nayarit, desde donde el ingeniero agrónomo ha viajado por doce horas con varios compañeros. “Nos dijeron ‘a qué van, véanlo en la tele’, pero no es lo mismo sentir su calor”. Antes de dirigirse al encuentro de AMLO en Palacio Nacional han venido a conocer a Los Pinos que, dicen, jamás hubieran podido entrever con cualquiera de los presidentes anteriores.

El grupo se pierde en la multitud dando vítores de “se acabó la dictadura”.

Para AMLO, en su discurso, lo que está tocando a su fin es el modelo neoliberal. “Lo digo con realismo y sin prejuicios ideológicos, la política neoliberal ha sido un desastre”, y una calamidad. Su otro blanco es la corrupción que ese sistema, según él, ha solapado. “Nada ha dañado más a México que la deshonestidad de lo gobernantes y la pequeña minoría que ha lucrado”. Considera “inhumano” darle ese uso al gobierno. La imagen elegida para el método de corregirlo: “Limpiar del gobierno de corrupción de arriba para abajo, como se limpian las escaleras”.

A la señora Tere cada escalón le cuesta, lleva a su lado una botella de oxígeno, cuyo cable translucido sube hasta su nariz. Por fortuna en su recorrido por Los Pinos casi no hay obstáculos, acaso para entrar al Museo del Estado Mayor Presidencial, de donde sale impresionada por la vestimenta de gala que ahí se resguarda. Mientras descansa de su visita, junto al pasto, reflexiona que son “cosas que nunca habíamos visto”. A su ritmo, está decidida a visitar a fondo todo este nuevo espacio público.

Desde la tribuna AMLO afirma que no irá contra ex funcionarios de gobierno. “No nos vamos a dedicar a perseguir a nadie, porque no queremos circo”. Advierte que “si abriéramos expedientes” no se confinarían a chivos expiatorios sino que empezarían desde arriba, pero entonces “no habría juzgados suficientes”. Considera más importante “abolir el régimen neoliberal” que perseguir individuos. Su meta está en evitar los delitos “del provenir”. Al tiempo que afirma que su gobierno “nunca dará la orden de reprimir al pueblo” ni será “encubridor” de violaciones a derechos humanos, retumba un lema conocido: el conteo uno por uno de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, hasta terminar en el grito de ¡Justicia!

Enriqueta Pérez no olvida. Ha venido a la capital desde Matamoros, estado de Coahuila, para disfrutar de la victoria después de “todos los robos”, de tantos años. Dice que ha apoyado a AMLO “de toda la vida”, y especifica que empezó a seguirlo desde su candidatura para jefe de gobierno de la capital. Mira a su alrededor y aprueba en voz alta “ya que AMLO no quiere trabajar aquí pues está muy bonito para que venga a visitar gente de todo el país”.

Junto al monumento a Madero ha terminado el discurso presidencial, AMLO se está trasladando al Zócalo. En Los Pinos muchos se dirigen a conocer las antiguas residencias presidenciales: las casas de Miguel Alemán, Miguel de la Madrid y Lázaro Cárdenas, además del Salón Venustiano Carranza. Una larga fila espera acceder, estirándose a lo largo de la “Calzada de los presidentes” donde se alinean sus efigies. La gente que espera va dando su opinión bajo las estatua de sus antiguos mandatarios.

“¡Payaso!”, le espeta un hombre con lentes a la efigie de Felipe Calderón. Del otro lado de la acera, un hombre explica a sus hijos que la figura que tienen ante sí es Díaz Ordaz, “el matón del 68”. Ya está ahí también la estatua de Enrique Peña Nieto.

Junto a la fila Ana Díaz Cortés vino desde Hidalgo con una pancarta que reza “Al fin se fue el PRI”, con el logotipo del partido cubierto por el vuelo de aves de mal agüero. Dice que todos le aplauden su mensaje, y “apelan a todos los santos, a la virgen de Guadalupe para agradecerlo, la gente siente que se desplomó una dictadura”.

En el salón Venustiano Carranza hay música veracruzana, mientras en cada casa largas filas de personas van avanzando cuarto por cuarto a través del pasado político del país. Se escucha algún silbido admirativo, y los custodios reprimen las caricias furtivas a los cómodos asientos de una sala de juntas. De todo eso sale conmovida Dalia Alonso, pelo blanco y vestido bordado, que ha venido desde Oaxaca para no perderse de este día. “Es una oportunidad que se nos brindó en la vida”, dice. Está segura que al fin habrá un cambio, y a continuación se dirigirá al Zócalo a ver al hombre que para ella lo encarna.

Cerca de ella, un joven exclama: “¡Hace poquito la Gaviota estaba aquí!”, en referencia a la primera dama saliente. Son treinta mil los visitantes a Los Pinos el día de su apertura al público, y en este nuevo espacio público caben todo tipo de asombros.

Las metamorfosis de AMLO: piñata, caricatura, máscara, estatua, presidente

La victoria de Andrés Manuel López Obrador no dejó lugar a dudas: los ciudadanos votaron a palos y sus rivales quedaron sin cabeza. También se llevó la contienda su rostro congelado en una sonrisa de látex, eclipsando en ventas a todos sus contrincantes. Tras su triunfo electoral fue cargado por varios hombres, pese a sus cuatrocientos kilos, y hoy se yergue entre Pancho Villa y Emiliano Zapata. La escena de su última metamorfosis se desarrolla hoy en el palacio legislativo de San Lázaro: su toma de protesta como presidente de México.

Antes ha sido sometido al escrutinio de los golpes: “En mi negocio saqué todas las piñatas de los candidatos para que la gente decidiera”, cuenta Dalton Ávalos Ramírez desde la Piñatería Ramírez en Reynosa, Tamaulipas.

También producto de moda: “En las ventas de máscaras de candidatos casi se comportó igual que en las elecciones, se vendieron cerca de siete mil piezas de AMLO, y los demás candidatos si acaso llegaron a la mil”, dice Raúl Juárez, jefe de desarrollo de productos de la empresa de máscaras Grupo Rev, en Jiutepec, Morelos.

Y se le erigió una estatua: “El motivo de ese monumento es que a la hora en que [AMLO] es electo ahí complemento mis tres héroes: Villa, Zapata y ahora el presidente López Obrador”, explica Rutilio Vargas Alvarado sobre la obra que mandó esculpir para su colección en su rancho de Santa Rosa Jáuregui, en Querétaro.

Estas son algunas de las efigies que representan 12 años de camino para convertirse en presidente. Una de las primeras en darse a conocer en todo el país se remonta a 2005, con una caricatura que invitaba a sonreír.

Cuentan que ocurrió en una reunión en casa del caricaturista Rafael Barajas Durán, “El Fisgón”, mientras se buscaba un lema que infundiera esperanza durante el proceso de desafuero que podía impedir a López Obrador participar en las presidenciales de 2006. “Sonríe vamos a ganar” fue la frase elegida. Entre los presentes, al “monero” Hernández le tomó apenas unos minutos realizar el dibujo. Mostraba a AMLO con el pulgar alzado, con dos dientes saliendo de su sonrisa: una imagen viral, aunque en aquél entonces no se llamaran así.

No hubo desafuero, sí candidatura, y el dibujo fue reproducido en estampas, en mantas gigantes que servían de trasfondo a discursos; también fue muñeco, fue pancarta, mantel, presencia obligada en los puestos afuera de los mítines. Era la época de “Por el bien de todos, primero los pobres”, también de las frases más duras del candidato que se quedarían como piedras en el zapato. De su “¡Al diablo con las instituciones!”, la respuesta a una derrota mínima, cuestionada, ante Felipe Calderón, en la cual se afilaron los argumentos en su contra que se reciclarían dos campañas más: los diversos fraseos de “una amenaza para México”, como rezaba un anuncio, el espantapájaros, la silueta del presidente venezolano Hugo Chávez. El conflicto con los grupos de poder.

En ese 2006 Rutilio Vargas ya apoyaba a AMLO. También existía la Piñatería Ramírez, pero aún no saltaba a la fama en las redes sociales. Ese mismo año, el diseñador de máscaras Jorge Arturo Esparza Texta iniciaba su carrera en Grupo Rev: su primera máscara fue un diablo, todavía no trabajaba políticos. Lo haría en las siguientes elecciones presidenciales. Fue en 2012 y AMLO se presentaba por segunda vez.

“El sexenio pasado también modelé una máscara de López Obrador, era más caricaturesca, tenía rasgos más burdos”, dice Esparza Texta. Al igual que el candidato, la máscara quedó lejos del resultado que obtendría seis años después. El rostro moldeado todavía no era el de un presidente. “Yo creo que también va muy de la mano con la evolución que el mismo candidato ha tenido a lo largo de estas elecciones. En las primeras veíamos a un Andrés Manuel muy radical, por así decirlo. Eso da pie a que pueda ser más comercial su imagen en un sentido caricaturizado”, opina Raúl Juárez.

Se hablaba de “AMLOVE” y de una “República amorosa” y de tender puentes con sectores que habían sido blanco de sus críticas. A seis años de distancia, en la confrontación el rostro del candidato sí parecía otro. “Es hora de reconciliarnos de manera sincera, de corazón, para lograr el renacimiento de México”, decía en un video. El país padecía el horror de la “guerra contra el narco” y el lema rezaba “El cambio verdadero está en tus manos”. No bastó.

En uno de los debates López Obrador atacó los vínculos políticos de Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI. “Quienes son los que lo están impulsando, los jefes, los padrinos de usted”, dijo AMLO a Peña Nieto sacando una foto en la que este aparecía junto al expresidente Carlos Salinas de Gortari. La foto, le señalaron a AMLO, estaba de cabeza. “Es el mundo al revés”, reviró él. Era el retorno del PRI al poder.

Fue rumbo a las elecciones de 2018 que Dalton Ávalos Ramírez percibió un cambio. En su estado, Tamaulipas, AMLO había quedado como distante tercero en las dos contiendas anteriores. El norte del país había sido uno de sus principales escollos en las votaciones. Ahora el tono era otro, y el creador de piñatas decidió medirlo como él sabía hacerlo.

“Yo al principio no pensé que iba a vender muchas, hice nada más la muestra y vi que la gente reacciona y le gusta, porque muchos me estaban pidiendo la de López Obrador”, recuerda Ávalos Ramírez. “Las demás no les hicieron mucho caso, pero las de López Obrador las querían para la fiesta, para tomarse una foto con él”. En redes sociales la piñata fue un éxito, y comenzaron los encargos.

De ahí surgió la idea que llevaría a una de las encuestas más contundentes de la campaña. “Dije ‘voy a hacer algo para que la gente se pueda expresar en contra o a favor de los candidatos’, obviamente haciéndolo en torno de una piñata”. Las realizó de cada contendiente y las expuso afuera de su tienda. “Hice a los otros candidatos y la gente los atacaba más. A AMLO sí vi que lo apoyaron, era al que la gente más defendía”.

Un periódico de Reynosa retomó la idea y la llevó a sus últimas consecuencias: compraron las piñatas y las expusieron a los golpes de la opinión pública. “La gente le pegaba al que no quería. A los demás les cortaron la cabeza y López Obrador fue el que menos le dieron palos, es el que más entero se quedó”. Al tercer intento, AMLO ganaría el estado de Tamaulipas por un amplio margen.

Para las elecciones de 2018 el rostro del candidato ya era otro, y para Arturo Esparza Texta representaba un reto y una oportunidad. “La máscara de López Obrador marcó mi trabajo porque es donde se alcanza a ver esa evolución desde el 2006 hasta el 2018 en cuanto a la verosimilitud de la escultura, del detalle de la pieza”. Al que se buscaba volver a representar era ahora el puntero y amplio favorito. La percepción había cambiado, el tipo de máscara también. “Estas elecciones el candidato y ahora presidente electo se caracterizó por una postura más mesurada e incluso relajada. Quisimos plasmar esa parte”, explica Raúl Juárez.

La máscara pasó de los rasgos caricaturizados de 2012 a ser “casi un retrato”. Para Esparza Texta implicó meses de trabajo, revisando fotografías, consultando entrevistas para ver diferentes ángulos y expresiones. Sobre una base de fibra de vidrio con resina, con forma anatómica y cubierta con plastilina, empezó “a crearla, a modificarla, dándole forma y vida al personaje”. Buscó hacerlo sonriente, agradable, una máscara “sin ningún afán de burla”. El mayor reto fue plasmar el paso del tiempo de una elección a otra, “avejentarlo, darle esos años a la máscara”.

El resultado fue un éxito comercial de ventas. En las oficinas de Grupo Rev, en Jiutpec, una elevada vitrina expone sus productos más exitosos en México y en el extranjero. Las máscaras de horror son las más solicitadas. En la categoría de los personajes reales compiten “clásicos” como la máscara del expresidente Carlos Salinas y productos “que siguen estando vigentes” como el expresidente Vicente Fox. Entre las figuras de personas reales, “AMLO se colocó rápidamente en este año entre las más vendidas,” dice Raúl Juárez. Incluso se erige tercero, sólo por detrás de los dos rostros más buscados de la época: “En ventas globales, si lo proyectamos sobre años, podría haber un empate entre Trump y El Chapo, y AMLO tras de ellos”.

Son varios miles de máscaras del candidato y luego presidente electo las que se han vendido, y su rostro puede seguirse en todo el proceso productivo llevado a cabo en Jiutepec. AMLO surge primero de una escultura de plastilina en el área de diseño. Luego, pasa al área de moldeo donde es transformado en un “molde madrina” relleno de poliuretano, se le cubre de cantidad de capas de yeso del que saldrán las copias del original. Los nuevos moldes se meten a los hornos para sacar el agua. Ya que están secos se llenan de látex con una manguera, y el exceso de líquido es vaciado. Lo que queda dentro será la máscara de López Obrador. Se le coloca sobre conductos de aire caliente para que se seque el látex, que sigue dentro del yeso, se le pone un poco de talco y se extrae. Aparece rostro todavía sin colores pero reconocible, aún húmedo. A uno pasos de ahí hay varias secadoras industriales, y dentro de ellas giran a toda velocidad decenas de facciones del presidente electo.

“Aquí estamos secando PeGes”, bromea Verónica Ibarra, la asistente del director general de Grupo Rev, quien explica el proceso. En el lenguaje de empresa, “PeGe” significa Pedidos Generales.

Frente a la secadoras, se encuentran varias mesas metálicas, de dos niveles. Sobre ambos, se extienden a lo largo de un par de metros hileras de rostros de López Obrador, amontonados lado a lado, idénticos y siempre sonrientes. Tras ser pintados, etiquetados y llevados al almacén estarán listos para cubrir la demanda en todo el país. “Tenemos un ejercito de ‘Ya sabes quién’ listos para salir a las calles”, concluye Ibarra. Así se llama la máscara, aludiendo a lo spots de campaña que medían las deficiencias del país en el tiempo en que no salió electo AMLO y rezaban “estaríamos mejor con ‘ya sabes quién’”.

Para Rutilio Vargas Alvarado es precisamente ese tiempo transcurrido en alcanzar la victoria lo que la hace grande. “Soy admirador de López Obrador desde que empezó su lucha y para mí, cuando él ya tiene 12 años en esa lucha por la presidencia, a la hora que queda electo como presidente de la República para mí ya es un héroe”. El dueño del rancho Rutilandia y del restaurante Carnitas el Pariente en Santa Rosa Jáuregui tiene muy claro a quién le asigna esa distinción. “Francisco Villa y Emiliano Zapata lucharon con armas y sangre para lograr rescatar a México. El señor presidente lo rescatará con democracia”.

A las figuras los revolucionarios admirados Rutilio Vargas les ha erigido estatuas hechas con cantera local. También hay en su rancho tres estatuas religiosas: Cristo antes de morir, Cristo redimido y Cristo en la Gloria. Faltaba otra figura histórica para que fueran dos las trinidades en el rancho. Entonces vino la victoria electoral de AMLO. “Lo decidí cuando fue electo, a la hora en que gana digo ‘aquí está mi héroe, mi tercer héroe’”. Le hizo el encargo “a uno de los mejores escultores de Querétaro”. El resultado estuvo planeado y listo para estrenarse precisamente el 13 de noviembre, en el cumpleaños del presidente electo. “El día que cumplió 65 años, ese día tuvo su estatua”.

Rutilio Vargas dice que el monumento de 400 kilogramos fue instalado en su sitio sin ninguna ayuda mecánica. “Yo y mi gente lo subimos a puro pulso, nada de grúas y nada de eso, lo subimos con pura gente”. Fue colocado entre Villa y Zapata.

Lo único que le falta a la estatua es la banda presidencial que hoy se le colocará a López Obrador. Pero Rutilio Vargas ya planea remediarlo con su propia toma de protesta. “Este sábado se la vamos a poner, a la hora en que lo estén haciendo presidente yo voy a estar aquí colocándole la banda con mi gente, con mariachis, a caballo, en mi montaña, dándonos tacos de carnitas, barbacoa. Vamos a invitar al que quiera”.

 

 

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El tiempo perdido de la transición más larga del mundo

Solo en México. En ningún otro país democrático del mundo el tiempo que pasa entre la elección de un jefe del poder ejecutivo y su toma de posesión es tan largo. Cinco meses durante los cuales el presidente saliente despacha rutinariamente los asuntos, como ocurre con los gobiernos “en funciones” de los países con régimen parlamentario cuando se ha disuelto el parlamento y aún no se ha elegido al nuevo o, cuando ya electo el nuevo congreso, no se ha logrado la mayoría para formar gobierno. Un largo periodo en el que las decisiones relevantes quedan aplazadas, pues el gobierno saliente anda como muerto viviente o cadáver insepulto, ya sin fuerza política ni capacidad de hacer avanzar iniciativas legislativas, sobre todo en un caso como el actual, donde la mayoría del Congreso responde al próximo presidente, mientras al gobierno que aún no asume le comen las ansias tomar las riendas. Este largo periodo de transición ha existido en México al menos desde la Constitución de 1857. La experiencia de 1822, cuando el primer congreso de la vida independiente nunca llegó a reunirse completo, explica en parte la larga transición­. En un país sin comunicaciones, era indispensable un lapso que permitiera calificar las elecciones que entonces eran responsabilidad de las autoridades locales, y que fuera suficiente para el traslado de los elegidos a la capital, para que a su vez calificaran la elección presidencial. Es curioso, pero la primera vez que la norma del 57 se aplicó, el presidente electo en julio (entonces la elección era indirecta y el voto popular se emitía en junio, mientras que dos semanas después sesionaba el Colegio Electoral, del que salía el presidente electo), Ignacio Comonfort, tomó posesión el 1 de diciembre, pero solo ejerció el cargo durante 17 días, pues él mismo intentó abrogar la Constitución y le abrió paso al Plan de Tacubaya, con el que comenzó la guerra civil de los tres años, la de la Reforma. El calendario subsistió durante la República Restaurada y el Porfiriato, aunque solo en una ocasión contribuyó al conflicto:  cuando el intento de reelección de Lerdo de Tejada en 1876 fue contestado por el desconocimiento de José María Iglesias y la rebelión de Porfirio Díaz. En el resto de las transiciones el presidente entrante fue el mismo que el presidente saliente: primero Juárez y luego Díaz, pues Madero fue electo en 1911 en comicios extraordinarios y el período de transición fue breve. La Constitución de 1917 heredó el absurdo interregno de facto de su modelo y antecesora. Nadie en el constituyente de 1916 reparó en el posible problema que ese largo período de transición podría provocar. Ya para entonces, el tiempo transcurrido entre la elección y la instalación del Congreso, dos meses después, se justificaba menos en un país que ya contaba con ferrocarriles, aunque regiones como la península de Yucatán todavía estuvieran muy aisladas. De acuerdo con el texto original de 1917, era el Congreso ya en funciones el que calificaba la elección presidencial y se constituía en Colegio Electoral para proclamar al presidente electo. En 1920 el tiempo entre la elección y la toma de posesión se acortó, debido al golpe militar que derrocó a Venustiano Carranza y al hecho de que se había nombrado a un presidente sustituto, Adolfo de la Huerta, que convocó a elecciones para septiembre, con lo que solo transcurrieron tres meses entre el triunfo de ÁlvaroObregón y su toma de posesión. La elección de Plutarco Elías Calles fue en julio de 1924, ya derrotada la rebelión militar que intentó impedir su candidatura, y su toma de posesión fue en diciembre –tiempo que el electo usó para un largo viaje por Europa–, pero no ocurrió lo mismo con quien hubiera sido su sucesor –y antecesor–, pues Obregón fue asesinado dos semanas después de su reelección en julio de 1928. El interino Portes Gil fue designado por el Congreso en septiembre y tomó posesión en la fecha establecida por la Constitución. Aquel período de transición fue, como se pueden imaginar, bastante movido, con conspiración militar y pacto político incluidos. El sustituto Ortiz Rubio fue electo en noviembre de 1929 y tomó posesión el cinco de febrero de 1930, pero no terminó en 1934, como se suponía, sino que fue reemplazado en 1932 por Abelardo Rodríguez. A partir de Lázaro Cárdenas –con la única excepción de Ernesto Zedillo, quien fue electo en agosto, por una reforma que ya entonces pretendía reducir el interregno, después de la conflictiva experiencia de 1988, con su prolongado conflicto postelectoral– los presidentes han sido electos en julio y han tomado posesión en diciembre (aunque Cárdenas protestó el cargo el 30 de noviembre). Cinco largos meses que durante la época clásica del PRI sirvieron para los rituales de despedida del saliente, mientas el entrante se tomaba con calma la construcción de su gobierno y de sus redes de alianzas. No había crisis alguna, pues se trataba de un proceso de continuidad entre integrantes del mismo partido, con fuertes vínculos entre sí. La traumática experiencia de 1988 ­–cuando la elección cuestionada llevó a que el interregno se transformara en temporada de agitación social e inestabilidad, en las postrimerías del monopolio político del PRI– se repitió en 2006, ya en tiempos de alternancia, cuando de nuevo la elección fue cuestionada y el candidato que reclamaba el agravio, el mismo que ahora ha resultado triunfador, propició oleadas de protesta que, de nuevo, generaron una crisis política relevante. Los cinco meses siguientes a la elección volvieron a ser un período de gran inestabilidad que, como en 1988, concluyó una vez que el nuevo presidente tomó posesión legal de su cargo. Ahora, sin conflicto postelectoral, con un presidente electo por mayoría absoluta de los votos y un Congreso afín, la larga transición ha tenido otros efectos perniciosos. No han sido, como en 1988 o en 2006, las protestas sociales lo que ha generado incertidumbre, sino la actuación del presidente electo, que ha tomado decisiones sin tener aún facultades, con la complacencia del presidente saliente, ya resignado a no tener ningún papel relevante. Ha sido un período de ensayo que ha puesto nerviosos a los agentes económicos, pero también un tiempo en el que se han tomado decisiones sin tener aún facultades legales para hacerlo, con la consiguiente contradicción entre lo decidido y sus efectos inmediatos. Los períodos largos de transición entre gobiernos no tienen sentido en un mundo comunicado y con la tecnología suficiente para facilitar los procesos de cambio de autoridad. Solo la supervivencia del sistema de botín, donde todos los cargos relevantes de la administración pasan de unas manos a otras, dificulta lo que con una administración pública profesional y permanente sería un proceso sin solución de continuidad. Los enmarañados rituales de entrega–recepción son consecuencia del hecho de que todas las posiciones que manejan información sensible serán ocupadas por nuevos funcionarios, que tienen que adquirir los conocimientos básicos del puesto que desempeñarán. En las democracias avanzadas, la administración pública prácticamente no se modifica entre un gobierno y otro y solo los titulares de los ministerios y de algunas agencias son de designación política. Aquí, en cambio, hasta el último analista puede ser relevado, con costos enormes de aprendizaje, altos grados de incertidumbre y enmarañados procesos jurídico–administrativos. El próximo período de transición entre gobiernos será más breve: dos meses menos. Todavía muy largo, pero más razonable. Es de esperar que la incertidumbre sea menor, pero solo el surgimiento de un servicio profesional de carrera, que le dé continuidad a las tareas gubernamentales de carácter técnico, permitiría procesos más eficaces de cambio de gobierno, sin la politización extrema que hemos vivido en los últimos meses.  

Título del pastel de progreso

Policías de Michoacán muestran una bolsa de municiones en un mercado de venta ilegal de armas. Enero de 2014.

“Los narcos se han convertido en una explicación a casi cualquier delito en México”

El libro Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura en México (Malpaso Ediciones, 2018) se ha convertido en los últimos meses en un eje de discusión sobre el porqué de la violencia en México. Su autor, el periodista y académico Oswaldo Zavala, defiende en sus páginas que la “guerra contra las drogas” es una narrativa fantástica creada por las autoridades —y reproducida acríticamente por muchos periodistas y medios— para ocultar otra realidad: una estrategia estatal destinada al control político y a la apropiación de los territorios ricos en recursos naturales.

Tu trabajo cuestiona la existencia de ‘cárteles’ en conflicto como un bando contrario al Estado, de hecho, apuntas al propio Estado como responsable de la violencia, como el protagonista de un capitalismo de despojo que busca apropiarse de los recursos naturales. ¿De dónde viene la violencia para mantenerse y perpetuarse?

La supuesta ‘guerra contra las drogas’ es el nombre público de una violenta estrategia estatal que ha tenido múltiples usos en México: desde la apropiación ilícita de territorios ricos en recursos naturales hasta la mediación de disputas entre grupos políticos rivales. El caso más emblemático, que han reportado periodistas como Ignacio Alvarado y Dawn Paley, pero que también han estudiado académicos como Guadalupe Correa, se localiza en el estado de Tamaulipas, donde la militarización ha facilitado el expolio del gas natural shale por parte de conglomerados trasnacionales.

Algo similar ha ocurrido con la militarización de la franja fronteriza cerca de Ciudad Juárez, donde también se encuentra otro importante yacimiento de gas natural. Pero en el mismo estado de Chihuahua es importante notar cómo las supuestas ‘guerras de cárteles’ han sido también utilizadas como método de sabotaje político. Al final de mi libro analizo cómo durante la gubernatura saliente de César Duarte —ahora prófugo de la justicia—, se nos advirtió sobre una nueva guerra que protagonizaría Rafael Caro Quintero, el envejecido traficante ochentero liberado en 2013.

En julio de 2016, inteligencia militar mexicana afirmó que Caro Quintero planeaba invadir Ciudad Juárez para arrebatarle el control de la ‘plaza’ al ‘Cártel de Sinaloa’. Bastó una entrevista que Caro Quintero concedió a la revista Proceso ese mismo mes para que de pronto la fiscalía general de Chihuahua acusara al Cártel Jalisco Nueva Generación de protagonizar la próxima guerra, todo pese a que incluso había aparecido una amenazante ‘narcomanta’ supuestamente firmada por Caro Quintero.

Para octubre de 2017, la historia dio un giro: la DEA informó que Caro Quintero en realidad se había unido al ‘Cártel de Sinaloa’ para colaborar con personajes como Ismael ‘El Mayo’ Zambada. En abril de 2018, el FBI escaló la alarma ofreciendo una recompensa de 20 millones de dólares por la captura de Caro Quintero, una suma sin precedentes en Estados Unidos, incluyendo la que se ofreció por la captura de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, a quien en su momento se le consideró el mayor traficante de todos los tiempos. ¿Cómo es posible que Caro Quintero, quien pasó 28 años en prisión, de pronto se convierta en el ‘más buscado’ en una cambiante trama de ‘guerra cárteles’?

Todavía más problemático resulta el anuncio del mes de agosto de 2018: el FBI, la policía de Chicago y las 10 oficinas de la DEA en México organizaron un operativo conjunto con el ejército y la policía federal de México para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho’, supuesto líder del ‘Cártel Jalisco Nueva Generación’. Pese a la poco consistente información de inteligencia, entretenida en anunciar ‘guerras’ entre ‘cárteles’ intercambiables, lo cierto es que estas alertas de seguridad podrían tener un objetivo mayor: mantener en México la justificación de la estrategia de seguridad por medio de la cual desde la presidencia de Calderón el ejército ha ocupado numerosas regiones del país.

¿Y quiénes verdaderamente sufren con todo esto? Los sectores más pobres del país, los jóvenes pandilleros, los desempleados y sin educación que conforman el perfil más recurrente de las víctimas de homicidio. Mientras, la clase alta y las trasnacionales continúan el saqueo de los recursos naturales allí donde curiosamente la violencia no incomoda a las empresas extractivistas.

¿Existen formas para desechar la pantalla con la que el Estado mantiene su narrativa de guerra contra las drogas? ¿Es posible desenmascarar a los verdaderos responsables de lo que ocurre en México?

El primer paso para fisurar la narrativa del Estado implica un esfuerzo consistente por cuestionar y finalmente suspender la reproducción de la versión oficial. Nos hemos acostumbrado a culpar a los ‘narcos’ y sus guerras porque hemos aceptado acríticamente lo que dice nuestro gobierno para explicar la violencia radical que nos aqueja. Este trabajo tendrá que empezar desde el periodismo antes que en cualquier otro campo. El periodismo es clave en este punto porque es a través de información ‘independiente’ que el gobierno legitima la narrativa oficial.

La mayoría de nuestros periodistas reproduce con demasiada docilidad los reportes de inteligencia, los partes policiales y las declaraciones de funcionarios que hábilmente insisten en atribuir toda expresión de la violencia a los ‘narcos’ que, aunque no dejan de matarse entre sí, mientras mantienen un inverosímil control ya no sólo del mercado de drogas en México sino en Estados Unidos y en numerosos países de Europa, Asia y África.

La narrativa oficial, como mencioné antes, está llena de incoherencias, exageraciones, datos imprecisos o de plano fantasiosos. Basta con seguir cuidadosamente la dimensión de estas supuestas guerras en los medios de comunicación para advertir los saltos ilógicos en la argumentación de estas historias.

Es por ello que mucho de lo que se nos dice del mundo del ‘narco’ es material ideal para la ficción, por lo cual son incontables ya las películas y series de televisión que se entretienen repitiendo las fantasías del discurso oficial. Es tan expansiva la narrativa hegemónica sobre los ‘narcos’ que las variaciones sobre esos personajes ya se han convertido en la explicación estandarizada a casi cualquier acto delictivo en México.

El reconocimiento crítico de este fenómeno es apenas el principio para comenzar a desenmascararlo. A partir de allí comienza el verdadero periodismo.

El Estado puede utilizar la violencia a conveniencia donde se necesite despoblar territorios, reprimir o incluso asesinar individuos y grupos resistentes

¿Es posible pensar que el nuevo gobierno federal rompa con este tejido?

La campaña presidencial de AMLO se distinguió por la articulación de un discurso de pacificación del país que incluía, entre sus puntos más relevantes, dos propuestas cruciales para alterar la política de seguridad. Primero, AMLO ha afirmado la necesidad de desmilitarizar la mal llamada ‘guerra contra el narco’ cerrándole espacios al ejército dentro del gobierno civil, y segundo, revisando los jugosos contratos que se han concedido con la reforma energética a trasnacionales que buscan el saqueo de las regiones donde más se ha experimentado la violencia como método de desplazamientos forzados.

Este giro, que también contempla la posibilidad de amnistía para los traficantes que no hubieran cometido delitos graves, sin duda conllevaría la desactivación de los mecanismos más violentos que han permitido los crímenes de lesa humanidad cometidos en nombre de la seguridad nacional.

Ahora bien, el ejército ya está dando claros indicios de que no abandonará su coto de poder con tanta facilidad. AMLO anunció recientemente, tras una reunión con los secretarios de defensa y de marina, que por lo menos en los primeros meses de su gobierno no es viable retirar al ejército de la estrategia de seguridad porque supuestamente la policía federal no está ‘en condiciones’ de reemplazarlos.

Notemos el apuro con el cual están intentando convencer a AMLO de renunciar a sus propuestas de campaña, en medio, además, de un contexto manufacturado por la inteligencia militar de México y las autoridades estadounidenses para dar la impresión de una continua emergencia de seguridad nacional y hemisférica. Me pregunto si las concesiones de AMLO se mantendrán una vez que tome el poder o si, como en su momento hizo el presidente Lázaro Cárdenas, ya una vez en el poder, se propondrá su presidencia como un programa radical de cambio.

¿Cuáles son los límites de esta narrativa estatal?

La narrativa oficial no tiene límites. Está basada en lo que Pierre Bourdieu llamó el ‘monopolio de la violencia simbólica’ que permite al Estado articular no sólo su estrategia de combate al ‘narco’ sino fabricar la imagen de los narcos mismos. Como hemos podido atestiguar en estos últimos dos años, la multiplicidad de supuestos ‘cárteles’ y sus capos, —‘El Chapo’, ‘El Mayo’, ‘El Mencho’, Caro Quintero, etc.— son material inagotable para entretener la atención de periodistas y ‘expertos’ en seguridad que se ganan la vida legitimando la información oficial por medio de reportajes y análisis que reproducen punto por punto la versión oficial.

Mientras haya una hegemonía política y cultural que mantenga esa narrativa como una expresión de la supuesta realidad del “crimen organizado”, el Estado puede utilizarla a conveniencia donde se necesite despoblar territorios, reprimir o incluso asesinar individuos y grupos resistentes. Aunque se contradiga o incluso resulte tan inverosímil como una novela de ficción, la narrativa se sustenta porque frente a la brutalidad de la violencia es muy difícil mantener una conciencia crítica. El Estado apuesta que ante la espectacularidad de los asesinatos a la sociedad civil sólo le quede condenar al enemigo más evidente, el ‘narco’, mientras clama por la ayuda del ejército y la policía federal. En tanto continúe la sangrienta ola de violencia, el ‘narco’ seguirá siendo el único culpable de los crímenes de lesa humanidad.

Se piensa que la despenalización del consumo de drogas daría fin a la oleada de violencia, pero yo no estoy tan seguro de ello. El ‘narco’ es el objeto central del actual discurso de seguridad nacional pero ciertamente no es, ni ha sido, el único. Recordemos que la aparición del securitarismo comenzó en 1947 en Estados Unidos para construir la estrategia anticomunista tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante, una vez agotado el fantasma del comunismo a partir de 1989, Estados Unidos, durante la presidencia de Ronald Reagan, reorientó el aparato de seguridad construyendo el imaginario del ‘narco’ como una amenaza global.

Si elimináramos al ‘narco’ como amenaza con la despenalización de la droga, Estados Unidos puede fácilmente reemplazar un enemigo por otro. De hecho, ya lo está intentando: el discurso del presidente Trump que criminaliza la inmigración indocumentada como oleadas de bad hombres se ha intentado imbricar con la supuesta amenaza terrorista que representa la frontera entre México y Estados Unidos.

Junto con los migrantes indocumentados, se nos advierte, podrían cruzar por la frontera terroristas islámicos, confundidos por el mismo tono de piel. No debemos olvidar, encima, que esta estrategia racista y xenófoba ha sido adoptada tanto por republicanos como por demócratas en Estados Unidos, incluyendo en su momento a la propia Hillary Clinton cuando desde el Congreso estadounidense alertaba sobre el ‘narcoterrorismo’ fronterizo.

¿Qué tipo de periodismo es necesario?

Nuestro periodismo podría hacer lo que siempre ha hecho o debido hacer: reportear críticamente información verificable. El problema, no obstante, ha sido que el periodismo que cubre la violencia se ha dividido en dos corrientes principales: la que reportea sobre víctimas y la que indaga sobre los supuestos victimarios.

En ambos casos, los reporteros abdican la función esencial de su trabajo como periodistas, pues limitan su atención a sujetos que por sí solos no explican los sistemas de violencia de México. Quienes cubren a las víctimas, con frecuencia lo hacen desde un periodismo indignado que se confunde con el activismo y el trabajo militante de los derechohumanistas.

Este tipo de periodismo se extiende entonces en la crónica del dolor y el oprobio, pero no sobre las causas que produjeron la violencia en sí. Por otra parte, quienes abordan a los supuestos victimarios se encargan de promover la información oficial que las más de las veces determina a priori la identidad de los traficantes rivales en cualquier balacera.

No deja de sorprenderme la desfachatez de las corporaciones policiacas que culpan resueltos a este o aquel narco pero que dejan impune un altísimo porcentaje de los más elementales delitos. No ha transcurrido siquiera un día después de un homicidio, pero las autoridades ya saben qué sicario de cuál cártel agredió a qué rival. Esta estrategia de (des)información desde luego está diseñada para exculpar a las fuerzas armadas del país y para fincar toda responsabilidad en personas y organizaciones sin más evidencia que ‘inteligencia’ militar o policiaca.

El periodismo verdaderamente crítico requerirá de un acercamiento sin asunciones, cuestionará de entrada los usos políticos del discurso oficial y tratará de encontrar las conexiones entre la violencia y los procesos electorales, la geopolítica de la explotación de recursos naturales y la circulación de armas y dinero entre México y Estados Unidos.

Las reacciones del gremio periodístico sobre mi libro han sido en su mayoría muy positivas. Creo que los periodistas en general tienen una mayor capacidad de autocrítica que, por ejemplo, los investigadores académicos o los escritores de ficción. Un periodista entrenado está interesado sobre todo en afinar su información y en comprender los procesos sociopolíticos con profundidad.

He podido conversar con numerosos colegas en México a partir de la publicación de mi libro y he tenido intercambios muy productivos. Esto se debe en parte a que mi libro abreva del valiente e importante trabajo de reporteros como Ignacio Alvarado, Dawn Paley, Federico Mastrogiovanni y Julián Cardona, entre otros, que han sido los pioneros en analizar la política antidrogas y los discursos de seguridad nacional. Estoy seguro de que sobre todo las nuevas generaciones de periodistas podrán asumir una distancia crítica del imaginario hegemónico del ‘narco’ en la siguiente década en gran medida gracias al trabajo de todos estos imprescindibles reporteros.

 

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A 50 años: Vicente Lombardo Toledano y la eterna espera del mundo porvenir

En su cumpleaños 51, Vicente Lombardo Toledano (VLT) pronunció un discurso en el que hacía un balance de su vida y su lugar en la historia. “¡Soy invencible, porque la causa a la que sirvo es inmortal, imperecedera y tiene el porvenir por delante!”. El entonces presidente de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL) tenía todo claro: luchaba por una causa inevitable que estaba por encima de él y de cualquier otro: las fuerzas de la historia tenían como único destino la superación del capitalismo y el advenimiento del comunismo. En México, ese tránsito se daría llegando al socialismo vía la Revolución Mexicana, por lo que había que fortalecerla y combatir, junto a las fuerzas progresistas, al imperialismo, el fascismo y las expresiones reaccionarias contrarias a la emancipación de los pueblos. En ese camino irreversible, él era un dirigente, un luchador, un personaje que estaba destinado a la eternidad gracias a la consolidación de ese mundo porvenir…


Hoy día el legado de Lombardo Toledano está lejos de ser lo que deseaba. Aunque en México la izquierda ha llegado con un proyecto popular al poder, ésta lo recuerda poco, si no es que nada. En el mundo, el comunismo no se consolidó, al contrario, la URSS cayó y abrió paso al neoliberalismo y al “final de las ideologías”. Para colmo, hoy por hoy en todo el globo surgen expresiones xenófobas que recuerdan al fascismo más reaccionario. Algunos cuantos, los menos, siguen esperando el rojo porvenir, mientras que otros, no sé si los más sensatos, se encuentran luchando por construir un mundo mejor en el que el socialismo ya no es una alternativa.

En Chimalistac, Ciudad de México, se encuentra el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales, Vicente Lombardo Toledano, lugar donde pueden encontrarse sus obras y registros, y que, junto a la Universidad Obrera, es su mayor legado que sigue en funciones. El Centro fue fundado en 1972, una vez que Luis Echeverría decretara que la biblioteca donada por VLT debía de almacenarse en un centro de investigaciones filosóficas y ponerse al servicio de la nación. El entonces presidente determinó que la casa del “maestro” serviría para ese cometido, cambió el nombre de la calle donde se encuentra para llamarla como él y estableció que dependería de la Secretaría de Educación Pública (SEP). A la fecha sigue igual y fue dirigido por mucho tiempo por su hija Marcela Lombardo Otero, hasta que falleciera en este año.

Pasar el tiempo en ese lugar es como sumergirse en los relatos de los que se han dedicado a estudiar al oriundo de Teziutlán, Puebla. La casa tiene muebles antiguos y retratos de VLT en varias partes. Los trabajadores son amables y te dan acceso tanto a su biblioteca como a la obra que han logrado sistematizar. Pero si algo los caracteriza es que siguen siendo sumamente devotos al que fuera gobernador de Puebla. “Se vale la libertad de expresión, pero no se vale ser cizañoso”, me dice un trabajador cuando conversamos sobre uno de los libros que se han hecho sobre él. “Se dicen muchas mentiras sobre el maestro”, agrega otro que está al pendiente de la plática. El resto de las personas del lugar con las que puedo conversar tienen comentarios similares. Si algo no ha cambiado a lo largo de los años es la no tan amigable recepción del lombardismo a la crítica.

Otro investigador con el que tengo el gusto de platicar a fondo, y a quien le agradezco sus atenciones, me cuenta entusiasmado varias ideas de Lombardo: su pasión por la educación, su apoyo a la clase obrera, su profundo amor por México y el método marxista. “El problema fue que algunos de los nuestros no comprendieron que VLT no creía en el lombardismo, de hecho, negaba su existencia. Él era un marxista y difundía su método. Había que entenderlo a partir de eso y no a raja tabla”, me cuenta mientras hace un balance del Partido Popular Socialista (PPS) después de su muerte. “Yo no lo conocí, ¿sabes? No pude venir a una reunión con jóvenes en julio del 68. Fue una verdadera lástima. Pero lo he conocido a partir de sus escritos y le he dedicado 30 años de mi vida”, dice con orgullo casi al término de la conversación. Pese a todo, Lombardo todavía marca la vida de las personas…incluyendo a quienes lo investigan.


Lombardo fue un hombre polémico. Pese a que tenía una visión clara de cómo debía ser el mundo a partir del marxismo-leninismo, era un político zigzagueante. En sus discursos solía ser contradictorio, comenzaba con una idea y terminaba con otra. Además, dirigía y apoyaba huelgas obreras, pero también negociaba directamente con el gobierno por acuerdos favorables o de plano su disolución a cambio de nada. Lo mismo pasaba con los fraudes electorales. Era un férreo defensor de la democracia y denunciaba prácticas fraudulentas, pero a la vez negociaba puestos que para algunos eran migajas que le entregaban para sostener al régimen. “Es un palero del poder”, dijo Cándido Ramírez durante la elección de 1952, en donde VLT fue acusado de dividir a la oposición por lanzar su propia candidatura presidencial.

Sin embargo, y sin negar muchas de las valoraciones que se han hecho sobre su persona, Lombardo también fue otras cosas: un intelectual, un personaje internacional y una de las personas con más influencia en el México de la primera mitad del siglo XX. Su papel intelectual es fácil de seguir gracias a que dejaba registro de todo, en parte por su megalomanía, en parte por su compromiso con el estudio y la educación. Existen múltiples ensayos, libros y conferencias en los que trata, desde que fuera alumno de Antonio Caso y compañero y amigo de Manuel Gómez Morín; la historia de México, la filosofía, los avances tecnológicos, la jurisprudencia y el marxismo. Como intelectual y académico fue profesor y director de la Escuela Nacional Preparatoria, fundador de la Universidad Obrera e impulsor de la educación socialista.

Pero antes de ser un intelectual fue un político. Fue él quien en 1945 impulsó el Pacto Obrero-Industrial y defendió la industrialización en el país. De igual forma, estableció las bases de muchas de las luchas de la izquierda: defendió la mejora de contratos colectivos tanto para hombres y mujeres, la representación proporcional, el municipio libre, el impuesto sobre la renta, y otras tantas luchas. Igualmente fue miembro y luego opositor de la CROM, fundador de la CTM, del Partido Popular (PP), luego socialista, y otras organizaciones importantes como la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM). Su actividad política lo llevó a ser indispensable para las elecciones de 1940 y 1946 y a ser cercano a personajes como el General Lázaro Cárdenas.

Posiblemente su extraña capacidad para ser un marxista que no militaba con el Partido Comunista de México (PCM), y que a la vez era cercano al poder, lo convirtió en el hombre de Moscú en México. La Unión Soviética necesitaba a un líder político e intelectual con buena presencia en el país y qué mejor que alguien que tenía línea directa, aunque no como pensaban, con la presidencia. Después de su viaje a la URSS en 1935, se convirtió en una de las principales voces prosoviéticas, no sólo en México, sino en toda América Latina, ganándose el mote de “Lombardovich”, al que le restaba importancia.

En el país, pese a su cercanía con Cárdenas, fue de los principales críticos del asilo a Trotsky e intermediario para la liberación de David Alfaro Siqueiros, después de que atentara contra la vida del perseguido ruso. En América Latina fue un impulsor de la organización obrera y un férreo opositor al Plan Clayton y al Plan Marshal. La CIA lo tenía fichado, le ponía marca personal y se preguntaba cómo el gobierno mexicano podía mantener relaciones cercanas con alguien como él. Lo que no lograban concebir, es que Lombardo antes de sentirse un marxista prosoviético, se sentía un patriota. El también compañero de primaria del presidente Manuel Ávila Camacho se veía así mismo como un militante de la Revolución Mexicana y eso determinó muchas de sus acciones, incluso aquellas que fueron tildadas, en algunos casos, de oportunistas.


VLT siempre tuvo detractores. Sus vaivenes, extrañas alianzas con gente como los “Cinco Lobitos” y el trato privilegiado que el gobierno le daba, generaba desconfianza en algunos sectores, aunque la admiración en la izquierda mexicana y en el sector obrero también era fuerte. La década de los cuarenta fue su momento más combativo y en el que tuvo mayor reconocimiento nacional e internacional, gracias a su posición antifascista, antimperialista y un intento de oposición al gobierno de Miguel Alemán. Sin embargo, entre las elecciones del 49 y el 52 su imagen se desprestigiaría hasta llegar a la del oficialista que lo acompañaría por el resto de sus días.

Para esos años, la Segunda Guerra Mundial había quedado atrás y el anticomunismo del gobierno mexicano hacía cada vez más inviable la unión de clases que el lombardismo había promovido por años. Lombardo envejecía y sus ideas con él. Además, los errores que lo llevaron a ser expulsado de la CTM y las divisiones al interior del Partido Popular lo perseguían. Con el tiempo perdió respaldo en la CTAL, la cual finalmente fue disuelta, y hasta sus más cercanos colaboradores, como Enrique Ramírez y Ramírez, rompieron con él acusándolo de autoritario. La forma en la que impulsaba a su familia al interior del partido, el cambio unilateral en el nombre de éste (a Popular Socialista) y su posición frente a las diferentes huelgas y el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), sólo confirmaban lo dicho por sus detractores y fomentaron el olvido de sus grandes momentos.

Sin embargo, posiblemente por lo que se más se le recuerda es por su equivocada postura con el movimiento de 1968. Lombardo seguía analizando al mundo como en los cuarenta y la Tercera Vía le resultaba incorrecta. Lo mismo pasaba con los movimientos estudiantiles, la primavera de Praga y las condenas al mundo soviético. Para él, el movimiento estudiantil en México era impulsado por las fuerzas imperialistas que buscaban desestabilizar al país para frenar el avance de la Revolución. Todo era un complot para evitar que se realizaran los Juegos Olímpicos, que era el evento con el que el mundo vería la consolidación del proyecto que había comenzado a principios del siglo. Después de los Juegos sólo tuvo alabanzas para la organización y no hizo mención alguna a los asesinados y detenidos en Tlatelolco.

Su última gran obra la escribió cuatro años antes del movimiento estudiantil y la llamó Summa. En ella hizo una síntesis de su pensamiento, reflexionó sobre el socialismo, la humanidad, el amor y sobre sí mismo. Su ensayo es un recorrido filosófico sobre la humanidad, la espiritualidad, el pecado y la razón. Al final concluye que el socialismo era la culminación de la plenitud terrenal y la evidencia de la inmortalidad del hombre. La eternidad, su eternidad, era el socialismo porvenir…


El 16 de noviembre de 1968 falleció Vicente Lombardo Toledano. La prensa trató el tema como una tragedia para un sector de la izquierda que quedaba huérfano. A su velorio acudieron obreros, estudiantes, ciudadanos y personas de renombre. Lázaro Cárdenas y Gómez Morín dieron discursos sentidos. Sus restos fueron depositados en el panteón las Flores, aunque años más tarde, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, fueron exhumados y enterrados en la rotonda de los Hombres Ilustres en el panteón civil de DoloresSu nombre también sería inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados. El homenaje tuvo tintes del priismo  tradicional en pleno auge neoliberal. Para algunos no era algo digno de un líder de la izquierda mexicana, era más bien un show para un hombre del régimen. Sin embargo, Lombardo fue un poco de las dos cosas: un personaje de izquierda y una oposición leal al régimen revolucionario.

Este noviembre se cumplen 50 años de su fallecimiento, y de su vida no queda gran cosa: el Centro de Estudios, la Universidad Obrera y el trabajo de algunos historiadores. Pocos recuerdan sus años de gloria y la mayoría enfatiza en su actividad zigzagueante y “oficialista”. Incluso en algunos rincones de la política mexicana se sigue usando “lombardismo” como sinónimo de palero, de jugar a la oposición.

Alguna vez, un gran profesor que tuve, experto en las izquierdas, me dijo que a Lombardo no lo estudiaba porque ni de izquierda era. Sin duda alguna esta idea, y que muchos comparten, es una pena para una visión mucho más completa de nuestra historia y del personaje. También lo es para su obsesiva ambición de trascender en la historia. Sin embargo, pese a todo, no estoy seguro de que se trate de una injusticia. Vicente Lombardo Toledano creía fervientemente que su causa era imperecedera y que estaba destinada a la inmortalidad. Pero ¿y si renunció a ella en vida y por eso, a 50 años después de su muerte, no es recordado de otra forma? Quizás, el maestro, el intelectual, el líder obrero, el gobernador, político internacional y ex candidato presidencial, pese a su tenacidad, en sus últimos años fue vencido por él mismo y su memoria quedó atrapada en esa eterna espera del mundo porvenir.

 

El NAIM y su traje a la medida

Los funcionarios del Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México (GACM) han dicho que la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) cuenta con la aceptación de más del  70 % la población afectada. Su director, Federico Patiño, afirma que el NAIM “es un proyecto de desarrollo regional que va a cambiar la vida” de quienes vivimos en esta zona del nororiente del Estado de México. Después de que el aeropuerto fue rechazado por habitantes de Atenco hace casi 17 años, y de la polémica que ha provocado actualmente a nivel nacional, hay que preguntarse si esto es verdad.

La supuesta aprobación se basó en el Plan Maestro Social, que de acuerdo con los funcionarios, es una campaña en localidades de Chimalhuacán, Nezahualcóyotl, Ecatepec, Texcoco y Atenco, municipios afectados (entre otros) por la construcción del NAIM.  Esta consistió en un sondeo realizado por estudiantes de cinco planteles universitarios en casas de los municipios mencionados para conocer la percepción de sus habitantes.

Pero dicha intención no corresponde necesariamente con lo establecido en los aspectos jurídicos del Plan. En sus Términos de Referencia (Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México, 2016), se lee que parte de su objetivo central es “obtener la licencia social que permita al Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México operar bajo condiciones favorables”.

Para operativizar el objetivo central, el GACM adjudicó, a través de licitación, el desarrollo del Plan al Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social, A.C. (Ceidas, A.C.) por un monto de 68 millones 308 mil 403.80 pesos. A su vez, Ceidas, A.C. firmó convenios de colaboración con universidades de los municipios mencionados, entre las que se encuentran la Universidad Politécnica de Texcoco, la Universidad Mexiquense Bicentenario Unidad de Estudios Superiores Atenco y la Universidad Tecnológica de Nezahualcoyotl.

A través del rastreo de la información electrónica sobre el tema, fue posible acceder al convenio celebrado entre la asociación y la Universidad Politécnica de Texcoco. En él se destaca que Ceidas, A.C., planteó una estrategia que tuvo como objetivo general, “posicionar las fortalezas y oportunidades del proyecto NAICM entre la población de la zona inmediata” para “obtener un diagnóstico de la opinión de la población que habita en la zona donde tiene influencia el desarrollo y operación del NAICM” (Universidad Politécnica de Texcoco, 2017). De ahí que las universidades hayan realizado entrevistas bajo ciertas consideraciones. Esto confirma que el objetivo definido originalmente había sido depuesto; lo importante era posicionar al NAIM.

En dicha búsqueda de información sobre el Plan, tampoco no fue posible ubicar el cuestionario aplicado. Por supuesto, esto es un aspecto elemental a cubrir para cualquier estudio e investigación que se reconozca como serio. Su importancia radica en que ello permite al público conocer aspectos tales como el fraseo de las preguntas, la elección de las categorías de respuesta, cómo se abordó el manejo de lenguaje conceptual o técnico y verificar si ello se dio en un marco de relaciones de poder y diferencias sociales entre los entrevistados y quien las diseñó.

Fui parte de las personas entrevistadas y puedo decir que sus preguntas estaban orientadas. La estructura de respuesta no incluía opciones para que el entrevistado expresara descontento o negativa a la construcción del aeropuerto, en caso de que así lo hubiera querido.

Destaca también que, en varias preguntas, se daba por hecho que existen “beneficios” por la instalación de la terminal aérea, en un esfuerzo por conocer exclusivamente si el entrevistado estaba enterado o no de ellos. El instrumento omitió un ejercicio de control de sesgo ideológico, como diría Zemelman (1987), lo que haría imposible garantizar la imparcialidad del estudio.

No es posible considerar que el Plan Maestro Social sea un trabajo con rigor técnico y científico. Se trata, más bien, de un instrumento cuyos resultados, fabricados a modo, sirven para que el GACM anuncie con bombo y platillo que el consenso respecto al NAIM es tal, que quienes vivimos en los pueblos afectados por su construcción, otrora opositores, estamos de acuerdo con ella.

Con objetivos distintos a los planteados por el GACM, realicé una investigación académica. Su elaboración correspondió al mismo año en el que Enrique Peña Nieto anunció la construcción del NAIM, es decir, en el 2014, presentando sus resultados en el 2018. En ella se señalan los aspectos del territorio municipal de Atenco que requieren una intervención prioritaria a partir del ordenamiento territorial.

Los hallazgos de mi investigación son totalmente distintos a lo que refiere el GACM. Se vislumbra, desde la perspectiva de los habitantes entrevistados, que aspectos como tradiciones, belleza escénica, organización comunitaria, espacios públicos (iglesias, plazas), campos agrícolas, abastecimiento de agua y convivencia entre los habitantes, debieran priorizarse en el diseño de una política territorial de carácter participativo, atendiendo a la perspectiva de desarrollo desde las comunidades y del municipio. Es importante resaltar que el aeropuerto no figura como parte de las necesidades y expectativas de la población.

Hoy el GACM dice que el aeropuerto cuenta con la aceptación de la población afectada, tomando como base lo obtenido por el Plan Maestro Social. Pero los resultados obtenidos con mi investigación dicen que no es así. Ello da cuenta del verdadero consenso respecto al NAIM, sobre todo en Atenco: que no hay consenso en cuanto a su construcción.

No lo hubo en aquel octubre del 2001 cuando el gobierno de Vicente Fox emitió un decreto expropiatorio por causas de “utilidad pública” para su construcción, tratándose de amparar en un estudio que él mismo encargó al Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM, y cuyos resultados (producidos por distintos equipos participantes) no favorecieron a la zona del lago de Texcoco como sitio idóneo para el aeropuerto. Y tampoco lo hay actualmente, a casi 17 años de distancia, aún después del “intenso diálogo social” del GACM, como ellos mismos lo han calificado.

No hay consenso porque quienes defienden la instalación del NAIM pretenden imponer un tipo de desarrollo. Y es así porque ese tipo de desarrollo nos obliga a sacrificar nuestras expectativas y aspiraciones; a descartar la importancia hidrológica del área para la cuenca, los múltiples servicios ambientales, el hábitat de la fauna tanto residente como migratoria; y además, a menospreciar la pérdida de los relictos del Lago de Texcoco, así como los avances en pastización y saneamiento de la cuenca que, desde la década de 1970, se han realizado como parte del rescate hidroecológico del Proyecto Lago de Texcoco, lo que, valga mencionarlo, se ha hecho desde entonces con recursos públicos. En efecto, este desarrollo sí nos va a cambiar la vida, porque el NAIM nos quita demasiado de ella.

Entonces, que Patiño oferte al NAIM como la respuesta a las necesidades en materia de desarrollo regional resulta cuestionable. Y que lo haga a través del Plan Maestro Social es irascible, ya que, de acuerdo a su hechura -tal cual traje a la medida para el NAIM-, no se puede hablar de una simple y desintencionada omisión de aspectos metodológicos, sino de acciones dirigidas para que objetivos particulares sean valorados como públicos. Paradójicamente, lo único que sí es público en el Plan Maestro Social, es el financiamiento con el que se elaboró.

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“El sismo es un evento humano de negligencia, irresponsabilidad y corrupción”

Samara Betsabet y su bebé Sarah Sofía estaban en la tienda de abarrotes familiar cuando a las 13:14 del 19 de septiembre del año pasado un sismo de 7.1 grados en la escala Richter sacudió Jojutla, un municipio de unos 57,000 habitantes. Samara, Sarah Sofía y otras 71 personas murieron ese día en el estado de Morelos.  

Al día siguiente, el presidente Enrique Peña Nieto eligió los escombros de esa tienda, en la colonia Juárez, una de las más afectadas por el terremoto, para prometer que en tres meses la localidad estaría reconstruida.   

Carlos Brito llegó a su pueblo natal el 21 de septiembre con 32 toneladas de ayuda recolectadas en los centros de acopio de Ciudad de México.  El temblor le había tocado en la colonia Condesa, pero enseguida se puso en marcha porque en los grupos de Whatsapp de sus familiares las noticias que le llegaban de Jojutla eran de pura destrucción.

“Me quedé aquí y ya no pude, ni quise, ni tengo que regresar”, dice ahora Brito, que dejó tres trabajos — profesor en la UNAM, director de la Red en Defensa de los Derechos Digitales R3D, consultor — y perdió la oportunidad de acabar su doctorado. Se presentó a las elecciones para presidente municipal y perdió. Ahora ejercerá como cabildo en el pueblo en el que nació hace 30 años.

Un año después del sismo Brito nos recibe en su casa y recorremos con él algunos de los puntos neurálgicos de la tragedia. En el camino denuncia que la solidaridad y las respuestas de las autoridades se quedaron en una foto vacía de contenido. La tienda de abarrotes de Samara Betsabet es un solar en el que los matorrales crecen entre las grietas del cemento.

P:  ¿Cuándo fue la última vez que visitó Jojutla antes del sismo?

R:   El fin de semana del 3, 4 y 5 de septiembre. Había sido el cumpleaños de 60 años de mi papá y le organizamos una fiesta sorpresa con la familia.

P: ¿Cuál fue su primera impresión al regresar?

R: El 21 de septiembre llegué con un camión de Grupo Modelo cargado con 32 toneladas de ayuda. Lo primero que nos pusimos a hacer, a las 4 o 5 de la mañana, fue bajar las cosas y empezar distribuirlas. Había una organización incipiente, era un montón de gente que estaba apurada en los centros de acopio tanto en los municipales como los que se organizaron en algunas casas o lugares. Pero no te das cuenta de la magnitud de la destrucción hasta que empiezas a recorrer las casas, las zonas y los callejones, y te vas hasta atrás, subes, y caminas.  Y no solamente un tema de damnificados, mucha de la gente damnificada es gente muy pobre, tienen muchos problemas, enfermedades degenerativas, gente muy grande sola sin sus hijos, sin su pareja y en condiciones muy lamentables. De repente tienes a quizá 800 familias que fueron lanzadas a la pobreza extrema de la nada, lo cual es brutal en un municipio con 57 mil personas.

P: ¿Qué hizo después de repartir la ayuda?

R: Empecé a caminar y a documentar, a ver qué estaba pasando, a ayudar donde se necesitaba ayudar y a preguntar qué hacía falta. Ver, desde luego, cómo los políticos tienen esta actitud de ir y tomarse la foto y lucrar con la ayuda. Porque parte de la política tradicional también es la política del espectáculo, de tomarse la foto y estar presente. Son varios niveles: los engaños, la clara negligencia que estaba ocurriendo, la ruptura de expectativas, el clientelismo… todo lo que estaba ocurriendo era muy doloroso y todo lo iba descubriendo caminando.

P: ¿Cuándo y por qué decide contender como independiente por la presidencia municipal?  

R: El nivel local de gobierno, que representan las alcaldías, los ayuntamientos, las presidencias municipales y los cabildos, es en el que más relación tienen las personas para poder solucionar sus problemas. Tenemos una clase política muy acostumbrada a una visión estrictamente clientelar de la política, de dar dinero, de entregar cosas, de bajar recursos como tal y no de solucionar problemas, no de participación, no de democracia, no de deliberación, de debate, de construcción de una legitimidad en torno a toma de decisiones a largo plazo. Entendiendo esa circunstancia, decidimos (porque no solo soy yo) participar, empezar a involucrar a más y más jóvenes en los espacios de la toma de decisiones y meterse e intentar al menos tener una voz, una representación y poder tener una palabra. Y sabemos que hay resistencias políticas que se oponen y que no a todo mundo le gusta, pero tampoco estamos para ser cómodos.

P: ¿Su candidatura es resultado del sismo?

R: Pues sí, todo va en función. Yo creo que el sismo no es nada más un evento natural, fundamentalmente es un evento humano de negligencia, de irresponsabilidad, de corrupción. Un sismo en Chile o en California, en Japón o en México puede tener la misma magnitud y la misma fuerza destructiva, y tener una sociedad completamente preparada de distintas maneras en varios lugares, creo que ahí radica la diferencia. El sismo es una sacudida que tiene efectos sobre las partes más débiles de una sociedad y frente a eso la coyuntura es qué vas a hacer.  

P: ¿Qué es esta política del espectáculo a la que se refiere?

R: Hoy en Morelos participan como actores políticos personajes muy famosos con muchísimo reflector, el próximo gobernador, Cuauhtémoc Blanco, Belinda que estuvo aquí muy involucrada porque su pareja es ya el diputado federal en funciones. Política del espectáculo en el sentido de que se trata más allá de las apariencias que de los hechos. Es más la construcción de las narrativas que de la soluciones o procesos democráticos. La política del espectáculo implica a veces mantener a la gente mal, sin que se entere, para que cuando le des, hasta te aplaudan. Y hasta los formes para que te agradezcan y les tomes la foto y aparezcas con ellos en el Facebook y contrates gente que te esté aplaudiendo. Esa es la política de muchos lados del país y lo es acá en Jojutla.  

Por ejemplo, un día antes de que yo llegara vino Peña Nieto a Jojutla y sobre los escombros de la abarrotería donde murieron una madre y su hija prometió junto con el gobernador (Graco Ramírez) que Jojutla iba a estar reconstruida en 3 meses. Mucha gente le creyó y el fantasma del Fonden era esa promesa de la reconstrucción en tres meses. Luego Graco Ramírez vino en otras ocasiones a la presentación de distintas fundaciones haciendo caravana con sombrero ajeno. La verdad ha sido que todas, todas, todas las visitas de autoridades han sido a inaugurar obras, lejos de venir a ofrecer soluciones. Las soluciones no han llegado y creo que eso es parte de la gran molestia que tiene la gente y si aquí en Jojutla se ha logrado avanzar a sido gracias a la sociedad civil de aquí.

P: ¿Dónde acabaron los recursos de gobierno y de los partidos en Jojutla?

R: Sabemos muy poco, hoy si sales a la calle y le preguntas a la gente ¿dónde está el dinero que llegó? No se sabe. Se sabe que hay fundaciones privadas que llegan y hacen cosas, hacen casas, como Fundación Carso de Carlos Slim, Telmex, Cruz Azul, Bancomer y otras fundaciones privadas. Pero lo que se trata de dinero público, es la opacidad absoluta y lo único que se ve es que no avanzan las cosas o avanzan a pasos muy lentos. En última instancia termina siendo muy poco y la gente está desesperada.

P: ¿Cómo se incrustaron las elecciones en este proceso tras el sismo?

R: La elección vino para terminarla de regar. Si hubiéramos atendido la emergencia en condiciones no electorales y menos de elección presidencial quizá la manipulación del dolor, de la pobreza, de la situación de vulnerabilidad habría sido distinta, menor quizá, y hubiéramos haber podido tener un proceso de reconstrucción mucho menos contaminado y viciado.  Ahora bien, tuvo un factor positivo y es que la gente busca una ruta de alternancia mayoritariamente. Le están depositando expectativas a una fuerza política, Morena, que en todos los órdenes tendrá la vara de expectativas muy alta. También es cierto que hacer mejor gobierno que los gobiernos pasados no va a ser tan difícil, pero la gente no está pidiendo un gobierno un poquito mejor, la gente está pidiendo un gobierno muchísimo mejor. Y ese bono de confianza es uno de los bonos que más rápido se pueden gastar si no lo administran bien.

P: ¿Dónde está parado México y Jojutla ante el siguiente sismo?

R: El clientelismo, la corrupción y la impunidad matan. Matan no por los sismos, ni por los huracanes, ni por las balaceras, ni por las ejecuciones, ni por las desapariciones. El problema es la economía de poder. Se mata porque se puede, se extorsiona porque se puede, se desaparece de manera forzada porque se puede, se caen las escuelas porque nadie es responsable. Si puedes decidir que las obras públicas se van a hacer mal con materiales chafas, dándoselo a tus compadres, metiéndole sobreprecio a las cosas, es porque se puede, no hay consecuencias. No necesariamente son consecuencias de cárcel, deben ser consecuencias políticas, de poder. Quien haga una obra mal, que pierda el poder. Quien está robando el dinero, que pierda el poder. Quien no está castigando o no está investigando delitos, que pierda el poder. Y no ocurre, o ocurre a veces lo opuesto, pierde alguien el poder, pero lo gana alguien que hace exactamente lo mismo. Entonces la economía de poder terminó igual y eso es lo que necesitamos romper, esa economía de poder.