La delgada línea entre la empatía y la revictimización

La pregunta sobre qué es ético y qué no lo es en el periodismo existe desde sus inicios: qué podemos mostrar, qué podemos describir sin tocar sentimientos y fibras teniendo muy presente el impacto que nuestras palabras o imágenes pueden tener en la vida de los demás. Hasta qué grado tenemos que escribirlo, tocarlo y moverlo, provocar a una sociedad con nuestras imágenes y palabras para que reaccionen, para llamar su atención, para despertar su interés. 

Existen reglas claras de la ética en el periodismo como el no recibir dádivas o dinero de políticos o de gente que represente de alguna manera el poder. Si bien el periodismo no puede dar la verdad absoluta, sí debe tratar de acercarse a los hechos más fidedignos y ser imparcial ante los mismos. 

La ética es el estudio de la moral y de las acciones humanas. Define lo que es bueno y lo que es malo, pero lo que considero ética al final del día es la autorregulación de los límites morales que tiene cada persona y cada sociedad.

La Ethical Journalism Network nos proporciona cinco principios básicos para realizar un periodismo con ética: 

1. Verdad y Precisión

Los periodistas no siempre pueden garantizar la “verdad”, pero obtener los hechos con exactitud es un principio cardinal del periodismo. Siempre debemos luchar por la precisión y verificar los datos.

2. Independencia

Los periodistas deben ser voces independientes que no deben actuar en nombre de intereses específicos, ya sean políticos, empresariales o culturales. 

3. La equidad y la imparcialidad

La mayoría de las historias tienen al menos dos lados. Si bien no hay obligación de presentar todos los puntos de vista en cada pieza periodística, las historias deben ser equilibradas y presentadas con contexto.

La objetividad no siempre es posible, y puede no ser siempre deseable (al narrar, por ejemplo, actos de extrema brutalidad o crueldad), pero informar imparcialmente genera credibilidad y confianza.

4. Humanidad

Debemos ser conscientes del impacto de nuestras palabras e imágenes en las vidas de los demás para no revictimizar a las personas.

5. Responsabilidad

Una señal segura de profesionalismo y periodismo responsable es la capacidad de asumir nuestra responsabilidad. Cuando cometemos errores, debemos corregirlos y nuestras disculpas deben ser sinceras, no cínicas.

 

Dos ejemplos de repercusión mundial

En la fotografía de la portada de El País del viernes 11 de marzo del 2004,  del fotógrafo de la agencia Reuters Pablo Torres Guerrero, se muestra una escena caótica en la que se retrata el atentando al tren de Madrid.  Vemos la terrible huella de la explosión en los vagones del tren, así como una veintena de personas heridas. En la imagen se puede observar en el tercio inferior izquierdo el trozo de una pierna. 

Esta imagen fue publicada en las portadas de distintos diarios en el mundo, pero cada uno le dio su propio estilo editorial. Desde presentar la fotografía sin ninguna manipulación, hasta desaparecer el trozo de pierna como lo hicieron LA Times y The Daily Telegraph, recortar la imagen o poner el encabezado sobre la extremidad para que no se notara tanto. Algunos periódicos justificaron estas modificaciones por el respeto a las víctimas y el dolor de los familiares. 

Desde mi punto de vista, cuando se altera una imagen se está impidiendo que los lectores conozcan toda la verdad y las dimensiones de cualquier tragedia. Es, además, una falta de respeto al creador de la misma. 

En 1993 el fotógrafo Kevin Cárter viajó a Sudán para realizar reportajes sobre la hambruna y la guerra en ese país y tomó una de las imágenes más icónicas del siglo XX, conocida como “El niño y el buitre”. En marzo de 1993 The New York Times publicó en su primera plana la imagen que tiempo después lo haría ganador de el Premio Pulitzer. A partir de esa fecha, Carter tuvo que vivir la pregunta y el señalamiento constante de haber tomado la foto y no ayudar al niño.

El mundo no se horrorizaba de la fotografía, sino del fotógrafo que la había tomado. Se llegó a decir que la fotografía describía el mundo: el niño personificaba el hambre y la miseria en África, el buitre representaba al capitalismo y el fotógrafo a la sociedad insensible ante el problema. Tendríamos que mencionar que gracias a esta fotografía el problema de la hambruna y de la situación en Africa se hizo mucho más visible y la sociedad se sensibilizó ante el problema. 

¿Fue ético o no hacer la foto?

¿Es ético mostrar el dolor tal cual es?

¿Es ético que la sociedad se ruborice y se apene de sí misma?

Reportaje fosas en Tetelcingo

Por la cobertura en las fosas de Tetelcingo, Morelos, me criticaron por hacer fotografías de mal gusto y apología de la violencia, por lucrarme con el dolor y no respetar a las víctimas.  

No sé si fue un exceso de violencia visual. Si así lo sintieron algunas personas pido una sincera disculpa, ya que parte fundamental de la ética es responsabilizarse de nuestros actos.

Realicé este trabajo porque para mí era importante fotografiar los horrores cometidos en una fosa del Estado, una fosa que no contaba con carpetas de investigación, había cuerpos sin identificación adecuada y los cadáveres estaban embalados en bolsas de plástico negras,  algo que no se apega a ningún protocolo. La Fiscalía de Morelos había señalado que en la fosa se encontraban 35 cuerpos. Al final fueron hallados más de 53, todos con severas irregularidades. 

Pienso que el no haber mostrado estas imágenes era convertirme de alguna manera en cómplice de los creadores de las fosas de Tetelcingo y del Estado omiso. Sí, son imágenes fuertes e incómodas, pero considero que son necesarias para que nunca se olvide en la historia las omisiones que tuvieron las autoridades. 

 Los picaderos: el inframundo

En algunos foros me preguntaron si en este trabajo documental que realicé para el semanario Proceso había vulnerado a las víctimas. Se cumplieron con las reglas básicas de la ética periodística, como el no manipular las fotografías, ni la escena fotografiada, ni solicitar o intercambiar imágenes por dinero, así como en cada uno de los picaderos visitados para dicho reportaje solicitaba autorización para entrar y fotografiar. Daba una explicación del porqué y el para qué las fotos.

Para mí era de suma importancia documentar las situaciones y vida dentro de un picadero. En todo momento las personas fotografiadas estaban enteradas de que este era un trabajo periodístico que sería publicado.

Mi interés era mostrar la situación en que viven los usuarios a la heroína y exponer al gobierno, que solo les da dos opciones ante este grave problema:  la Cristoterapia —rezar y esperar a que desaparezca la adicción— o consumir metadona, que es vendida en centros de salud donde los usuarios tienen que hacer largas filas en la calle con un costo mayor que el de su droga favorita. 

Quería mostrar también que un alto porcentaje de los usuarios son indocumentados. Salieron de su lugar de origen para buscar una mejor vida, para perseguir un sueño. Que el problema de las adicciones y las drogas no se resuelve (en ese momento esa era la estrategia) con la militarización de las calles y la persecución a los usuarios de cualquier tipo de droga. Que no es un problema de seguridad nacional, sino uno de salud que se tiene que abordar a un nivel interdisciplinario.

Cuando una foto despierta los sentimientos de una persona está cumpliendo su cometido, sin embargo, hay una línea muy delgada entre crear empatía con la gente y revictimizarla. No podemos olvidar que le ética es uno de los valores fundamentales del ser humano. 

verificar

Volver a la bases

Cuando decidimos iniciar VerificadoMx, un medio exclusivamente dedicado a la verificación del discurso público en Monterrey,  no faltó aquel colega que dijera: “La verificación debe ser obligatoria para cualquier trabajo periodístico, no es un cuartito de junto”.

Es verdad. Corroborar los hechos antes de la publicación o difusión de una información es un paso obligado, sin embargo, la verificación fue desplazada por la inmediatez en las redacciones tanto de los grandes emporios de la información como de los algunos medio digitales que, gobernados por la dictadura del click, se limitaron a la reproducción de las declaraciones de los personajes públicos o la generación de información que les facilitara tráfico en sus sitios de internet.

No es de extrañarse que en nuestro país, según los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), sólo 38.7% de la población de 18 años o más confían en los medios de comunicación.

No tenemos hoy por hoy la confianza de la mayoría de los ciudadanos; la cercanía de los grandes emporios de la comunicación con el poder, la falta de rigor evidente en algunos trabajos, proyectos e incluso personas han golpeado fuerte la credibilidad necesaria de la función que desempeñamos.

Si la verificación del discurso ha tomado cada vez más espacio como un tipo de periodismo (el cuartito de al lado) es porque nos encontramos ante un ejercicio periodístico que no está cuestionando y con políticos que simplemente dan resultados falsos, contando con que no hay nadie que los cuestione y que revise los datos.

Y a la mezcla podemos agregar la gran cantidad de información —mucha es falsa— que circula por las redes sociales y los medios electrónicos. Tenemos un ciudadano híper informado y desconfiado.

Como nunca antes,  los periodistas y los ciudadanos que tienen acceso a internet cuentan con una enorme cantidad de información, de fuentes y datos, pero no cuentan, al menos no todos, con la capacitación para interpretarlos y contextualizarlos.

Ahí es donde los periodistas debemos hacer la diferencia. Una vez que hemos perdido el predominio de la información, incluso de la difusión, tenemos que poner cada vez más énfasis en la verificación de las fuentes, la explicación de los procesos, porque en medida que los ciudadanos se encuentran con una afluencia de datos cada vez más grande, tienen mayor necesidad de fuentes identificables dedicadas a verificar esa información.

Es cuando se puede separar “el grano de la paja”, destacando lo relevante y desechando lo que no lo es. En resumen, la necesidad de verdad es mayor en el nuevo siglo porque la probabilidad de que haya más mentiras también lo es.

En la cultura democrática, el buen periodismo juega un papel preponderante; la información falsa, engañosa, sesgada o no confirmada contamina el debate publico, todos debemos hacer fact checking, esto no debe ser temporal. Tiene que ser parte del proceso periodístico, revisar los datos, volver a las bases y recuperar la confianza.

 

Ilustración: @donmarcial
Ética periodística

Ética en tiempos cínicos

Regularmente pensamos que el mayor dilema ético de un periodista es aceptar, o no, un soborno. Es un dilema tan universal que a varias generaciones de periodistas nos enseñaron en el diario Reforma que un desayuno, un llaverito o un regalillo en navidad, comprometía nuestra integridad.

El mismo periódico estableció una separación radical (e inédita para su tiempo) entre el área editorial y la publicitaria.

Fue un cambio inspirador.

Los periodistas, como gremio, entendimos que no es parte de la chamba ir tras la comisión por venta de publicidad y que investigar los trapos sucios de una dependencia o sector no es un trabajo que se deba hacer “a pedido”.

Pero ni entonces ni ahora se reflexiona mucho en otros aspectos de la ética, en la ética cotidiana.

Por ignorancia o por negligencia, el grueso de los periodistas no solemos reparar en que la “separación de poderes” va más allá de la presión de empresarios, funcionarios, áreas comerciales o de relaciones públicas.

La ética es un acto de voluntad frente al oficio periodístico.

Siempre recordaré a aquel reportero que se presentó con la frase “no entiendo tus críticas a mis notas, si los funcionarios siempre me las felicitan”.

El peor desafío es la ignorancia… estar frente a dilemas éticos y no reconocerlos.

Uno de mis preferidos es la atribución.
¿En qué momento nos permitimos publicar información sin fuentes?
Amparados con la leyenda “esta información no está confirmada” o “se desconoce el origen del video, por lo que podría tratarse de una falsa noticia”, publicamos cualquier cantidad de mentiras o tergiversaciones.

Cortos como andamos de presupuesto ya no cubrimos edificios, como alguna vez magistralmente dijo Guillermo Osorno, ahora, desde redacciones silenciosas y frente a la pantalla, vivimos en la dictadura del levante.

En una redacción digital redactan una nota atribuyendo la información a la estación de radio X que a su vez, la tomó del diario Z.

Como si esa atribución fuese un salvoconducto que nos “libra” del desastre. O más cínicamente: una vía de escape por si la información es incorrecta, equivocada, manipulada o falsa.

Ese desaforado copypaste tiene consecuencias que no tenemos tiempo de reflexionar; desinforma, revictimiza, replica prejuicios (o los consolida), y nos convierte en voceros de agendas e intereses ajenos a la función periodística.

Este “método” de trabajo no ocurre solo en los medios digitales, es práctica cotidiana en cualquier redacción que no solo se alimenta de la sobrecarga informativa, sino de la pauperización del periodismo.

Redacciones mínimas encabezadas por un grupo aún más mínimo de editores que no editan sino que dirigen el tráfico de cientos de notas publicadas no por el frenesí de informar, sino para no ser “rebasados” por la competencia.

Por supuesto, el plagio no nació con la digitalización, pero dos teclas (copy+paste) lo facilitaron hasta convertirlo en “herramienta de primera necesidad” (sic)

Frente a un titular zafio, pregunté en Facebook: ¿en qué piensan cuando titulan?. La mejor respuesta fue “en que sólo tienes 40 caracteres…que tienes que publicar lo más rápido posible… Claramente no en que sea entendible”.

Desbocarse por publicar sin tener los elementos necesarios y sin pasar la información por ácido, son desafíos éticos que se ha devorado la crisis desatada por la inmediatez.

No soy crítica de la inmediatez, soy crítica de la necedad.

La necedad de ser megáfonos sin filtro no solo del poder, sino de las redes sociales y sus pleitos, trending topics y rumores. Las redes marcan agenda diaria y la seguimos impávidos.

Soy una férrea defensora de la nota diaria hecha con parámetros éticos, que ofrezca contexto y datos que ayuden a entender mejor el mundo y abran la puerta al periodismo de largo aliento.

Es imperioso dotar de recursos adecuados a las redacciones, permitir que los editores editen, y que los redactores y reporteros no estén sobrecargados de trabajo y subremunerados, para impulsar un periodismo ético.

Dicha está obviedad que han leído, pensado y escuchado desde hace muchos años, seamos cínicos: no hay tiempo, ni recursos, ni interés de la gran mayoría de los empresarios de medios, para hacerlo.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Dote a sus contenidos, a su trabajo, y a su persona, de la integridad y calidad necesaria para hacer periodismo ético. No hay nota pequeña ni periodismo chiquito.

No desprecie a la audiencia imaginando que “a la gente no le importa”, no sea negligente frente a los contenidos basura, no sea un eco de las manipulaciones informativas.

¿Cómo? Va una lista mínima de prácticas para el periodismo cotidiano, ejecutables aún con sobrecarga de trabajo y largas horas frente a una pantalla. Una lista mínima para el periodista cínico. Ojalá sea de utilidad.

Breve guía de ética cotidiana

  • Fuentes: ¿cuántas estás usando para redactar? ¿Una? ¿Es oficial? ¡Felicidades! Ya tienes ganado un lugar en el reino de los boletinazos.
  • Tomar información sin verificar es un boleto de oro para la rifa del descrédito. Contrasta fuentes y versiones, busca hechos, confirma. No te sumes a la ola que replica “la misma información que todos traen”. Que la mayoría publique algo no significa que sea precisa, adecuada y oportuna.
  • Si vas a copypastear, al menos busca una fuente primaria, o al medio que publicó la exclusiva. Rastrea, sal de tu cámara de eco. ¿Ya conseguiste la fuente primaria? Genial, ahora busca un ángulo propio, un dato complementario, “adueñate” de la información y respeta el trabajo de tus colegas.
  • Contextualiza. Siempre. ¿Cómo podemos entender esto? No solo digas qué ocurrió, busca explicar por qué.
  • Lo que escribes tiene consecuencias: utilizar adjetivos o sobrenombres alimenta los prejuicios. Monstruo de Ecatepec (y borramos el resto de los feminicidios), Ninis (y borramos el problema del desempleo), Ponchis (y borramos el problema de los niños a merced de la miseria y el narcotráfico).
  • La nacionalidad, preferencia sexual, raza o creencias religiosas no determinan la conducta y honestidad de nadie. Recuerda que las palabras tienen el poder de alentar y legitimar sentimientos xenófobos. “Alertan sobre ladrones colombianos”…. bueno, no se necesita ser colombiano para robar. Cuando le señalé a un colega que nadie publicaba “Alertan sobre ladrones mexicanos”, su respuesta fue que “se espera” que los mexicanos roben” (sic).
  • No revictimices y no criminalices. Mostrar el dolor y vulnerabilidad de las víctimas o mostrar el rostro de niños y presuntos delincuentes para atraer audiencias puede arruinar vidas. Sí, tenemos ese poder.
  • No creas todo. Como dice Doctor House, todos mentimos, no solo los políticos y supuestos criminales, también los activistas, defensores de derechos humanos y supuestas víctimas.
  • No matices ni edulcores. La gente no “aparece” muerta, la asesinan. No existen los “crímenes pasionales”, es un feminicidio. Los agresores sexuales no “abusan”, violan. Los cuerpos sin vida son cadáveres.
  • Conjuga correctamente los verbos y aprende el uso preciso de las preposiciones. El mal uso de estos recursos puede tergiversar la información.
  • No a la hipérbole. Dimensiona en su justa medida la información y no en función de tus prejuicios. No permitas que tu trabajo sea utilizado para esparcir el miedo.
  • No te conviertas en pollo sin cabeza. Subirte al tema no significa publicar “lo que sea”. “Feminicida de Ecatepec (gracias por no usar “monstruo”) saludaba de beso a madres de sus víctimas”.  ¿Cómo debe saludar un feminicida? ¿El beso tiene algún significado oculto?
  • Reflexiona. Duda. ¿Demasiado hermoso para ser verdad? Seguramente es mentira. “Logran curar VIH con células madre”. Si lo pensamos, resulta evidente que una noticia de esa dimensión paralizaría el mundo. Y claro, el estudio no era falso, pero “no encontrar rastros de VIH en seis personas” no es lo mismo que “curar el VIH”.
  • Sé preciso. Verifica nombre, apellidos, ortografía y, en especial, cifras. Recuerda que el pez por la boca muere.
  • Las fotos, gráficos, videos, memes y posts no adornan, informan. Todo merece el mismo rigor y profesionalismo….y todo es susceptible de ser alterado y manipulado.
  • Haz tu trabajo con pasión, con gusto, con respeto. Recuerda las palabras de Javier Darío Restrepo: “La ética reclama siempre el grado máximo de calidad profesional”.

 

Ética periodística

De ética, suadero, acceso a la justicia y derecho a la información

 

A veces los santos miran como demonios

José Lezama Lima

La deontología, es decir, la ética profesional, no es consecuencia ni producto de un recetario genérico preestablecido como acto de bondad, ni mucho menos simple guarnitura —así llaman los cantineros, con comicidad involuntaria, los adornos de la coctelería—. Y en periodismo, que de eso hablaremos aquí, tampoco implica autocensura.

Como ciencia del bien hacer —definición que evoca su fundamento aristotélico—, la deontología es un sistema menos o más complejo, derivado de referentes morales individuales, modelos mentales institucionales —en sentido de toda empresa humana—, y reglas y mecanismos procedimentales que contemplan también el accountability social.

En periodismo, como en cualquier otra profesión —a despecho de quienes, atrapados en la mentalidad decimonónica, siguen considerando que lo que ejercemos las y los periodistas es un oficio, como decir “acá le van, jovenazo, sus dos de suadero” o “A 20 varitos la boleada, jefe”—, la deontología hace indivisibles forma y fondo, por más que esto sea negado por gran parte de nuestro gremio, lo que tampoco es tan original: entre las y los abogados o médicos, por caso, predomina igualmente la convicción de que el buen litigante o médico no siempre es el más ético, y aún al revés —al fin territorios profesionales donde pululan listillos.

Así, paradójicamente predomina la disociación entre forma y fondo. Y acá dos muestras recientes —cuyos diálogos se reproducen de la manera más leal posible:

1) Una persona experimentada en periodismo policial defendía con vehemencia que la función del buen reportero policial y su medio es “tener la nota”, por ejemplo, de “presuntos” a quienes la policía o el ministerio público atribuye haber cometido delitos. “Pero legalmente esa persona es inocente”, se le hace notar. Responde de primera intención: “Ah, ¡eso que lo decidan las autoridades, no nos toca a nosotros, porque, además, si las esperamos, tardan demasiado y no habría notas”.

2) En un debate académico, una de las personas participantes reivindicaba como buen periodismo un reportaje sobre el caso judicial de cierto personaje controversial. El moderador acotó, con base en lo que había dicho otra debatiente: “¿Esta pieza consuma un tribunal mediático, tiene un enfoque misógino, no verifica la información y se basa predominantemente en fuentes anónimas?”. La persona interpelada: “Sí”. El moderador: “¿Pudo haberse hecho ciñéndose a la deontología periodística?”. “No, si se hubiera hecho así no habría periodismo”, concluyó la debatiente, dejando perplejo al auditorio.

Hoy quizá la mayoría de periodistas de ciudad posee estudios universitarios, tanto como acceso a Tecnologías de la Comunicación y la Información superior al del resto de su comunidad. ¿Por qué entonces su resistencia a asumir la deontología profesional, disociando forma y fondo?

En nuestro gremio y el entorno de los medios noticiosos donde se desenvuelve —ambos notoriamente endogámicos, con fuerte esprit de corps— esa resistencia hace que siga regateándose el respeto a la legalidad y los derechos humanos. Dentro y fuera suele explicarse lo anterior arguyendo que los medios son empresas motivadas solo por “intereses” económicos o políticos. Pero no es tan sencillo.

No hay manera, por ahora, de demostrar teóricamente lo siguiente, pero convendría buscar maneras de producir evidencia empírica al respecto: siempre en la lógica de los denominados modelos mentales, es altamente posible que en nuestro gremio no haya consenso sobre el respeto a los derechos humanos porque predomina la ideología positivista de la seguridad y la justicia como mecanismos legítimos e indispensables de control social, o sea, represivos del Estado —¡al margen de que justo los mayores perpetradores de los peores ataques contra periodistas sean actores institucionales!

Esto explicaría por qué la deontología profesional es esgrimida retóricamente, pero siempre termina supeditada a ese modelo mental autoritario, lo que desde luego no excluye lo de los intereses, aunque no solo de las empresas: no es infrecuente que colegas periodistas de seguridad y justicia reciban apoyos para gastos y obsequios, gocen de empleos en instituciones del sistema penal, sean contratistas de gobierno o tengan periódicamente ingresos provenientes de poderes fácticos, incluidos los de grupos delincuenciales.

¿Esto llevaría automáticamente al reproche moral? El gremio periodístico suele moralizar a quienes protagonizan el conflicto penal ya sea como víctimas o imputados, criminalizándolos, estigmatizándolos y satanizándolos, pero al mismo tiempo es hipersensible al reproche externo o interno. No obstante, el objetivo de esta reflexión no es moralizante.

Quiere visibilizar un problema estructural, comprendiendo que el periodismo jamás se regirá por la deontología profesional mientras tal orden prevalezca y la comunidad no actúe asumiéndolo como asunto propio, empeñándose en revertirlo convencida de que de ello dependerá inevitablemente el goce pleno de bienes jurídicos tan preciados para su calidad de vida como el acceso a la justicia y el derecho a la información.

Ilustración: @donmarcial