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¿Por qué no nos importan los asesinatos a periodistas?

El pasado 27 de octubre se cumplieron tres meses de que Rubén Pat Cahuich, director del semanario Playa News, fuera asesinado a tiros al salir de un bar. Playa News es una página de Facebook que publica noticias casi siempre locales y no cuenta con un dominio de internet exclusivo. El caso de Pat Cahuich no es una rareza. Él cumple con las características de los periodistas más vulnerables a la violencia en México; reporteros de medios locales y pequeños, en localidades igual de pequeñas con alta criminalidad y que frecuentemente tienen salarios precarios. “Son periodistas que están prácticamente solos, no tienen el apoyo de un medio grande y en este sentido son ellos quienes tienen que ver por su seguridad,” explica Jan-Albert Hootsen, representante del Comité para Proteger Periodistas en México (CPJ por sus siglas en inglés). Después del asesinato de Pat Cahuich, Playa News fue suspendido.

Lee más de este reportaje en Mexico.com como parte de una alianza con Tenemos que hablar, un blog contra el silencio en México. 

Homenaje en vida a un fotoperiodista

Los militares ahora cuidan las escuelas y los hospitales. En estas colonias la violencia no ha disminuido, pero se ha vuelto un poco más selectiva. Estamos ahora en la Zapata y al rato iremos a la Renacimiento que está enfrente.

–¿Reporteas muy seguido por aquí? le pregunto a Francisco Robles, un fotógrafo que desde hace nueve años retrata la violencia en Acapulco.

–Sí, muy seguido hay eventos que tengo que documentar, pero trato de no meterme en problemas, hacemos la foto y la mandamos sin preguntar mucho.

–Supongo que aquí es más violento que en la costera, allá es donde se mueve el turismo y hay más vida nocturna.

–Así es, allá se puede salir a algunos lugares y pasear.

 

Dos hombres fueron encontrados sin vida en la parte trasera de un vehículo estacionado en la carretera federal Acapulco - México en el punto conocido como la parada del Guayabo.
Copyright: Francisco Robles
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El puerto de Acapulco se ha caracterizado por vivir una vida doble: aquella que queda de la época de oro del turismo, aquella en la que las estrellas de cine y televisión tenían sus casas frente al mar y el turismo abarrotaba las playas, privadas y públicas. Caleta lucía atascada de familias que cada fin de semana convertían en hormiguero la playa. Los mejores restaurantes eran visitados por los supuestos capos más poderosos de México, aunque de ello no quede memoria gráfica que lo demuestre.

La segunda vida es la que da cuenta de las presencia de una violencia casi incontrolable. Violencia que no se ha explicado del todo pero que está relacionada con tráfico de personas, tráfico de narcóticos, un mercado punzante de venta de drogas, secuestros. Como me dice el fotógrafo Francisco Robles, mientras recorremos el puerto en su vehículo: «ya no se sabe quién es quién ni qué grupos operan, pero hay muchos, así que nos dedicamos a hacer nuestro trabajo y ya».

En vida

Robles llegó a su trabajo por que le gustaba desde siempre la fotografía y porque un periodista le pidió apoyo para cubrir nota roja. Vive y trabaja en Acapulco, Guerrero, una de las regiones más complejas del México actual. Un estado convulso con una historia de organización y lucha social pero también un estado en donde la siembra de amapola y el establecimiento de rutas de distribución son dos actividades económicas fundamentales. Según el diario guerrerense El Sur, en lo que va del año se han registrado 1533 asesinatos dolosos de los cuales el 37.6 por ciento ocurrieron en Acapulco.

 

Fotografía de Heriberto Paredes

 

El contubernio del gobierno estatal y toda su estructura con actividades y grupos delincuenciales es, más que alianza y acuerdos, una amalgama que convierte al origen de la violencia en uno sólo: el despojo a toda costa. Es este el contexto en el que surge Robles, quien empezó a cubrir nota roja como ayudante de un corresponsal internacional.  «Sí que me impactó, ver personas mutiladas, ver personas asesinadas por arma de fuego, me representa un shock en ese momento».

Escribir sobre el trabajo periodístico de un colega en vida. Desafortunadamente se ha escrito sobre las y los periodistas que han sido asesinados, pero prefiero pensar que es posible –y pertinente– escribir en el presente, escribir con la vitalidad como filtro y así aprender de primera mano, cómo uno llega a este mundo del periodismo y cómo se puede sobrevivir cuando el contexto es todo menos amable.

La bitácora diaria de Robles aporta, no sólo en el sentido fotográfico o político, también revela lo que realmente pasa, más allá de las ficciones que el Estado logra imponer mediáticamente.

«El día de hoy dejaron a un hombre colgado en el interior de un panteón municipal aquí en el puerto. Te digo, lo dejaron colgado porque aparentemente eso fue lo que sucedió. ¿Quién fue?, lo desconocemos. ¿Por qué fue?, pues también. Creo que eso le corresponde a las autoridades oficiales, esclarecer los hechos», me cuenta mientras tomamos un refresco en uno de los tantos negocios que hay en la playa de la avenida costera.

 

Fotografía de Heriberto Paredes

 

El fotógrafo es meticuloso en su trabajo, lleva a cabo una rutina cotidiana que le permite realizar una cobertura bastante completa de lo que sucede día con día en Acapulco. A veces también lo hace en otras partes del estado, pero en el puerto, él es uno de los que más conoce los caminos y las formas en las que la violencia se presenta.

Al despertar, lo primero que hace es revisar el Whatsapp para leer los mensajes acumulados y empezar a organizar la información, que ahora fluye mucho mejor que antes, sobre todo a partir de los grupos creados en las redes sociales. «Hay ocasiones que son las 6, 7 de la mañana y uno tiene que salir, a veces todavía medio dormido, a hacer esta actividad. Cuando no hay escenas de violencia temprano, pues desayunamos y posteriormente de ahí salimos, no con el agrado de ir a buscar violencia, no con el agrado de ir a buscar personas asesinadas, porque siempre lo he dicho:«a nadie se le desea la muerte».

 

Fotografía de Heriberto Paredes

 

Francisco Robles toma su teléfono y revisa muchos mensajes que le han llegado en transcurso de la entrevista. ¿Hay alguna situación que tengas que atender ahora?, le pregunto con ánimo de poder acompañarlo.

–Hoy no hay mucho, hay algunos eventos pero ya no llegamos, aunque si quieres vamos a uno que es aquí cerca: una mujer que fue asesinada afuera de una farmacia cerca de la Zapata.

Llegamos al lugar de los hechos y ya todo había terminado en este ritual macabro de levantar los cuerpos para llevarlos al Servicio Médico Forense, pero nos bajamos del auto y me indica que lo que hay son los rastros de sangre y algo de material médico convertido en basura. Tomamos la foto y pienso en la historia detrás del hecho, no sin recordar que Robles me ha dicho que no se pregunta ni se indaga, se manda el material, la ubicación y se sigue trabajando.

«En Acapulco, hace nueve años, cubríamos desde dos muertes violentas hasta diez, incluso hasta quince. A veces no dormíamos de estar cubriendo uno tras otro tras otro. Ya actualmente, en este 2018, pues ha cambiado mucho el panorama. La violencia ha ido incrementando. ¿Incrementando cómo? Pues las formas de asesinar a las gentes cambiaron. Antes era por arma de fuego, por arma blanca. Ahora no, ahora ya ha habido otros modus operandi, donde los queman, los mutilan, hay personas decapitadas. Y pues eso ha incrementado el grado de la violencia que se ha vivido en el cuerpo».

A Francisco Robles le asombra cómo la gente se ha vuelto insensible ante las escenas del crimen.  Ya no es como en la época de Enrique Metinides, cuando los mirones guardaban distancia o si se acercaban mucho lo hacían tratando de respetar lo ocurrido; ahora ya sacan su celular y graban la escena o sacan fotos. «¿Para qué quieren una imagen, para qué quieren una foto si no la van a publicar?».

 

Libertad de prensa

Creo que cada día o con cada nueva situación resulta bizantino preguntarse por la existencia de la libertad de prensa en México, algunas veces es posible escribir o presentar material audiovisual sobre temas que se consideran peligrosos y no hay consecuencias; en otras ocasiones ni siquiera es posible saber qué intereses se trastocaron justo antes de una amenaza, agresión o asesinato. A veces es más fácil hablar de las actividades de los integrantes de una organización criminal que de sus relaciones con políticos locales o federales; pero en ocasiones es a la inversa. Y no hay modo de predecir la intensidad de la reacción, justo como en los terremotos.

«He logrado sobrevivir, creo, no metiéndome en problemas, creo, no buscando conflictos donde no me llaman y no colocando cosas que no me constan. Como por ejemplo, yo ya me quité de eso de publicar cartulinas, publicar mantas, o sea cosas por el estilo», cuenta Robles.

El fotógrafo sabe los riesgos que conlleva su trabajo fotográfico en Acapulco, los conoce de sobra pero no sabe cuándo le pueden alcanzar, y por eso no investiga, porque no es tan libre como él mismo quisiera: «Te digo, para nada hay libertad de prensa. Incluso nosotros, los que cubrimos violencia, hemos estado al límite de recibir agresiones directas por parte de elementos, que pues no tienen a veces la capacitación o si la tienen se hacen de la vista gorda, y procuran mejor pues hacer como un empujón, o como que te manotean la cámara, cosas por el estilo, esas cosas para mi son intimidatorias, porque prácticamente te dicen: “si la sacas, va a haber problemas”, “si grabas eso, va a haber problemas”. O, si llegas a una escena a domicilio, te dicen “sabes qué, que no salga mi rostro”, y tú dices: “bueno pero ¿cómo hago la foto?”, pues no la hagas, y ahí es donde te dicen: “ya no hagas esto”, “ya no hagas lo otro”, “vete para otro lado”, “ya no cubras esto”. Pues sí hemos recibido diferentes tipos de agresiones y no físicas sino verbales. Creo que no hay libertad de prensa en México».

Tan sólo este 2018 han sido asesinados 7 periodistas. A poco de concluir el sexenio de Enrique Peña Nieto y a pesar de sus declaraciones sobre el buen estado de la libertad de prensa y del gremio en general, la realidad de las condiciones para reportear son pésimas: 45 periodistas asesinados, censura, autocensura, ninguna certeza laboral, poca protección por parte de la mayoría de los medios de comunicación (sí, aunque les pese aceptar esto a los medios que firman los desplegados que condenan la violencia contra la prensa), falta de organización entre periodistas, son sólo algunas.

«Mi familia no está nada de acuerdo. Ellos no están de acuerdo, ellos prefieren que haga otro tipo de actividad, pero creo yo que no habría otro tipo de actividad después de nueve años, sería un cambio muy drástico. Esto me apasiona, me apasiona hacer foto, me apasiona hacer video. Entonces creo que no habrá un cambio. Creo que este camino ya lo escogí. Ahora sí, lo que siempre he dicho, que si llegara a recibir una agresión, creo que no habría confusión, sería algo de vida o muerte», sentencia Paco.

 

Fotografía de Heriberto Paredes

 

Al final del día

La vida le ha sonreído. Me cuenta que en los momentos de calma él encuentra la tranquilidad al lado de sus hijos mientras juegan videojuegos de deporte —nada de violencia—. A veces, cuando el ritmo de la violencia se lo permite, se aleja con su familia a una playa cercana, se desconecta de internet y aprovecha la vida real.

Mientras realizo un trabajo periodístico sobre el aumento del consumo de opiáceos y otros químicos en la población de Estados Unidos, no ha habido ninguna persona entrevistada que, al final de la charla formal, no me pregunte: ¿y qué tal en México, cómo están las cosas por allá con los narcos?

No tengo respuesta porque el tema es demasiado complejo y finalmente se trata de algo mayor a los narcos, algo con mayor poder y tentáculos como para controlar la vida y la muerte. O intentarlo al menos. Lo que sí pienso detenidamente, mientras escucho el testimonio de consumidores y personas rehabilitadas, funcionarios o voluntarias que cuidan la higiene en las calles donde se inyecta la heroína, es que estamos envueltos en la misma espiral que pasa por Francisco en Acapulco o por cualquiera de nosotros en cada lugar que pisemos. Tal vez la persona que aparece colgada en un cementerio del puerto guerrerense esté conectada directamente con lo que pasa en alguna ciudad estadounidense; o tal vez no, pero el crimen organizado decidió que sí y que ahí debería terminar.

Recuerdo la parte final de la entrevista que tuve con Paco: «Tengo fotos bonitas, fotos de paisaje. Aquí frecuentan mucho los huracanes, entonces, te digo, se ve muy bonito porque, las nubes hacen figuras. A veces la lluvia hace cosas muy lindas como los arcoíris. La lluvia de sangre que cae a veces en Acapulco… ya pasó a otro término.

Y eso me da esperanza.

 

 

Un secuestro inevitable

Un secuestro inevitable

El 16 de mayo de 2015 cuatro hombres armados con pistolas, no mayores de 22 años y vestidos de civil, me retuvieron en el pequeño casco urbano del municipio de Hacarí, en el nororiente de Colombia, una región donde el Estado no tiene el control del territorio y proliferan grupos armados ilegales que se lucran de toda la cadena del narcotráfico, desde la siembra de la hoja hasta su exportación.  Querían saber quién era yo y qué estaba haciendo en ese lugar. Saqué mi carnet de prensa y mi identificación y les contesté con calma que había llegado ahí en busca de historias para publicar en el portal VerdadAbierta.com, que actualmente dirijo. Fue el primero de tres interrogatorios.

En Hacarí, los agentes de policía no salen de la estación y solo se les ve de manera esporádica a través de gruesas ventanas reforzadas en acero. Les temen a los francotiradores que están apostados en las montañas y que integran una estructura armada irregular que se conoce como el Frente Libardo Mora Toro del Ejército Popular de Liberación (EPL), al que las autoridades no le dan el estatus de grupo insurgente. Esta célula surgió en febrero de 1991 tras negarse a dejar sus armas y regresar a la vida legal, como sí lo hicieron otros frentes bajo los acuerdos alcanzados con el gobierno colombiano. Los cuatro hombres que me retuvieron pertenecían a esa facción armada disidente.

Viajé al municipio para establecer cómo estaban viviendo las comunidades bajo el control del EPL y cuáles eran sus expectativas frente al proceso de negociación que adelantaba en ese entonces la guerrilla de las FARC en La Habana, Cuba, para buscar una salida política a 53 años de confrontación armada. En el Catatumbo, la región a la que pertenece Hacarí, este grupo insurgente también tenía presencia y era importante saber de voz de los pobladores qué pensaban al respecto.

Para llegar a pueblos como este, bajo total control del EPL, así como a muchos otros lugares en Colombia dominados por otros grupos ilegales, es necesario enviar mensajes días antes a las autoridades locales. También a quienes están cerca de esas estructuras armadas. Es una forma de minimizar riesgos.

Seguí con rigor esa estrategia. De mi presencia sabían varios funcionarios de la alcaldía y también un hombre cercano al EPL con el que venía hablando a través del WhatsApp desde hacía dos días y quien, supuestamente, me ayudaría en mi trabajo periodístico, dando a conocer mi visita entre los hombres que controlaban Hacarí. Sin embargo, todo falló. Los riesgos se pueden minimizar, pero nunca desaparecen.

Cuando llegué a la plaza del pueblo a eso de las 11 de la mañana, luego de tres horas de viaje, nadie contestó sus teléfonos móviles. Empecé a sentirme observado. Sabía que si nadie me atendía con prontitud mi situación se complicaría. Había llegado con dos colegas que me había encontrado por casualidad, pero por aquel entonces ya se habían ido a hacer sus tareas. Me senté, solo, en una de las bancas de la pequeña plaza y seguí marcando, compulsivamente ya, cuanto número de móvil había guardado. Pero nadie contestaba.

Al tratar de buscar soluciones, noté que en un pequeño coliseo cercano había una reunión de campesinos y fui hasta allá a buscar a sus dirigentes. Quería hablar con ellos para mi trabajo y, a la vez, resguardarme de aquellos que observaban mis movimientos.

Pero esa solución empeoró mi situación. La reunión era una actividad de una organización de la región llamada Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT). Al presentarme ante uno de sus líderes y explicar que era periodista de VerdadAbierta.com, reaccionó de manera agresiva y me increpó por un artículo periodístico que habíamos publicado en nuestro portal dos meses atrás que describía el férreo poder que la guerrilla de las FARC tenía desplegado en el Catatumbo.

Después de mucho discutir en público, me dijo que tenía que esperar y me senté en unas gradas del coliseo, confiado en que más tarde me daría alguna declaración o le permitiría hablar a los campesinos. Pero ni lo uno ni lo otro sucedió. Transcurrió por lo menos una hora. Volví a marcar a los números de los móviles de mis contactos y no hubo respuesta alguna. Parecían apagados. El ambiente se estaba enrareciendo más.

Entonces sonó mi celular. Era una de las colegas que me invitaba a almorzar. Caminé hasta el lugar que me indicó, un pequeño restaurante cercano a la estación de policía. Allí estaba ella con la otra colega que la acompañaba y un periodista local. No hablábamos mucho porque teníamos miedo a ser escuchados.

Estando allí llegaron los cuatro hombres jóvenes y me hicieron señas desde la calle para que saliera. Me levanté con algo de aprehensión y recuerdo ahora que en ese momento alcancé a pensar que era mi fuente del EPL que venía a presentarse. Pero me equivoqué. Ellos no sabían nada de ese contacto. Después de varios minutos de conversación, uno de ellos, el que parecía el jefe, dijo que me tenía que ir con ellos para que hablara con los ‘comandantes’. Calculé rápidamente qué debía hacer y les pedí el favor que me dejaran hablar con una de las colegas. Aceptaron. Regresé al restaurante y le dije que si no llegaba en dos horas llamara a mi jefe a Bogotá y explicara en qué situación estaba.

Me quitaron mis documentos y me subí en una motocicleta conducida por un muchacho de no más de 18 años de edad. Salimos del pueblo por un camino veredal en malas condiciones. Minutos más tarde paramos en una casa a la vera del camino donde, recuerdo, había una trajinada mesa de billar. Del lugar salieron varios hombres vestidos de camuflado y otros de civil, portando fusiles Galil nuevos. En medio de la carretera comenzó de nuevo otro interrogatorio sobre mi presencia en la región y qué pretendía. Luego de un intercambio de palabras, les dieron la orden a los de las motocicletas que “me llevaran más abajo”. A mis espaldas iba quedando el casco urbano de Hacarí y frente a mí se desplegaban las montañas del Catatumbo, plagadas de hoja de coca para uso ilícito.

Al rato volvimos a detenernos en otra casa campesina a la vera del camino y salieron más hombres armados y vestidos de camuflado con brazaletes del EPL. De nuevo el interrogatorio, pero esta vez me ordenaron que entrara al corredor de una casa cercana y esperara. El lugar estaba habitado por una joven familia de campesinos, nos mirábamos con curiosidad, pero nadie habló.

En ese momento caí en cuenta que los hombres que me retenían no habían reparado en mi mochila, donde llevaba la cámara fotográfica y mi teléfono móvil, un indicio de que estaba con gente inexperta, lo que me preocupaba más, pues no sabía cómo reaccionarían en una situación de extremo riesgo para todos.

Pensando en ello, sonó mi celular y contesté: era un colega de Ocaña que ya estaba enterado del caso y quería saber si estaba bien. Yo lo dije que sí, que estaba bien, y que esperaba regresar ese mismo día. Fue ahí cuando comencé a enviar mensajes de texto a mi hijo, a mi hermana y a mi novia, relatando un poco lo que estaba viviendo y que tuvieran calma, que nada iba a pasarme.

A mi hermana le pedí un favor especial: que fuera a casa de nuestros padres rápidamente y, ¡vaya paradoja!, no los dejara ver los noticieros de televisión, porque sabía que no solo se asustarían con la situación, sino porque era muy probable que escucharan afirmaciones que no eran ciertas y eso los afectara aún más.

Me dieron la orden de salir a la carretera y subirme nuevamente a una de las motocicletas, porque me iban a “trasladar de lugar”. Me condujeron a una casa abandonada, entre unos matorrales, y me dijeron que tenía que esperar allí hasta que ‘los comandantes’ resolvieran mi situación. Ahí perdí toda señal de celular. Les dije que, por favor, trataran de que decidieran pronto porque no me gustaba la idea de quedarme por allá esa noche. Al rato me dieron una noticia que me inquietó: solo a las 6 de la tarde decidirían qué hacer conmigo. Mentalmente me dispuse a afrontar por lo menos una noche en aquel lugar. Ya habían pasado tres horas desde que me habían retenido.

Estuve custodiado por dos hombres armados de fusil y con frecuencia llegaban otros de civil “a pasar revista”. En una de esas “revistas” subió el hombre que me había hecho salir del restaurante a decirme que en redes sociales estaban diciendo que yo estaba secuestrado y a recriminarme porque eso no era cierto. Yo le dije que no tenía que cuestionarme a mí sino a las “redes sociales”, que yo no tenía idea de quién había hecho la afirmación si estaba incomunicado y que coincidía con él, un poco sarcásticamente, en que “yo no estaba secuestrado”. Y se fue, tan agitado como llegó.

Eso era justamente lo que yo no quería que mi papá y mi mamá vieran: un titular escandaloso sobre una circunstancia que estaba en camino de resolverse. Tenía claro en ese momento, y aún me sostengo en ello, que una mala cobertura de prensa en este tipo de situaciones incrementa el riesgo de la víctima. Cuando todo falla en este tipo de trabajos periodísticos y, además, se suma un pésimo cubrimiento, el desenlace puede ser fatal.

Ya no recuerdo muchos detalles de lo que se dijo y se calló en esas dos largas horas. Hablamos de la situación del campesinado en el Catatumbo; de los diálogos de las FARC en La Habana; de la presencia de la guerrilla del ELN en la región; del paramilitarismo; del gobierno nacional; del narcotráfico; pero también hicimos alusión a la fotografía, a la mala señal de los teléfonos móviles, a las armas que usaban y a un montón de banalidades. La idea era no dejar que se impusiera el silencio, porque me generaba angustia.

Por momentos, los dos custodios se perdían entre los matorrales y dejaban los dos fusiles Galil a mi cuidado y una pistola 9 Milímetros, así como sus camisas camufladas. El exceso de confianza se debía al control territorial que ejercían en la zona, que era de tal magnitud que si yo huía del lugar no llegaría muy lejos. Me relajé tomando un par de fotos a esas armas y a las prendas de vestir.

Minutos antes de las 6 de la tarde aparecieron los jóvenes que me condujeron hasta allí portando un radio transmisor de largo alcance. A través de ese medio se gestionaría mi salida hacia Hacarí o mi pernoctada en aquellas veredas. Comencé a sentir mucha ansiedad, que se incrementó con la presencia de un muchacho que hasta ese momento apareció: tenía una mirada fija, no parpadeaba cuando me observaba, parecía un tigre mirando a su futura presa. Instintivamente reaccioné hablándole, describiéndole su mirada, y buscando palabras para desactivar su tensión. Creo que los dos teníamos miedo.

A las 6,15 de la tarde les dieron la orden de que me regresaran a Hacarí. Todos respiramos tranquilos.

Una hora más tarde, en el sitio con la mesa de billar, me hicieron entrar a un cuarto a media luz y allí estaba uno de los ‘comandantes’ del EPL. Era alias ‘Caracho’, el segundo al mando. Me pidió disculpar por la retención, que yo debía entender que a esas zonas no se podía ingresar sin su permiso. Yo le dije que había enviado durante varios días mensajes de mi llegada, pero que todo había fallado.

Tiempo después supe que uno de los colegas a los que había llamado había contactado con el EPL para confirmar quién era yo. Quizás ese fue el principal motivo por el que a diferencia de otros colegas mi secuestro tuvo un buen final.

Me entregaron a una comisión de campesinos y regresé con ellos, en moto, al casco urbano de Hacarí, donde me esperaba el párroco del pueblo y el personero municipal, dos de las personas que estuve llamando horas antes y que jamás me contestaron. Si lo hubieran hecho, es muy posible que nada de lo relatado hubiese pasado. Me dijeron que no podían atender el teléfono porque ese día habían tenido otros compromisos.

Aquella noche hablé con directivos de la Fundación para la Libertad de Prensa y les pedí el favor que trataran de contener la noticia de mi liberación. Me inquietaba la idea de que dieran un mal informe y me volvieran a retener, pues debía pasar la noche en el pueblo. No quería convertirme en una noticia nacional. Afortunadamente algunos directores de medios entendieron la situación.

Aquella noche del 16 de mayo la pasé en la Casa Cural y a eso de las 9 de la mañana del día siguiente dos funcionarios de la Defensoría del Pueblo me recogieron y me trasladaron a Ocaña, a donde llegamos sin ningún problema.

Allí me di cuenta que algunos medios de prensa locales habían exagerado la noticia: publicaron que yo traía un mensaje para la Presidencia de la República y que por eso el caso se había manejado con total hermetismo.

Dos meses después volví al Catatumbo, esa vez a Tibú, un municipio con una zona urbana más grande que Hacarí y tal vez más segura. Había algo de aprehensión en ese nuevo viaje, pero no modifiqué mucho mi manera de viajar: hice las llamadas adecuadas, eso sí con más insistencia y expliqué mis objetivos días antes a las personas que quería entrevistar. Esperaba que nada me fallara. Y todo resultó según lo planeado.

Mi familia y mis amigos me cuestionaron por volver a una zona tan afectada por la confrontación armada, pero mi argumento era sólido: el periodismo tiene que estar allí donde las comunidades padecen los avatares de la guerra para ayudarles a comunicar sus pesadillas, y también sus sueños.

Lo que se debe hacer es reducir los riesgos, teniendo los contactos pertinentes, accediendo a visitar zonas lejanas y aisladas solo en compañía de pobladores locales, y siendo claros en los planes de trabajo. Es imposible que desaparezcan los factores de inseguridad en zonas de conflicto armado en un país como Colombia, pero en nuestra labor se trata de minimizarlos para evitar que tanta inestabilidad nos afecte a nosotros y a las personas que nos ayudan en nuestras labores de campo.

Ilustración: @donmarcial
Documental NO SE MATA LA VERDAD

No se mata la verdad: La bravura de la resistencia

Los crímenes de la noche de Iguala tuvieron un enorme impacto en muchísima gente. En lo que me toca, me obligaron a posponer mi regreso a Medio Oriente, y a posponerlo de nuevo hasta que, el día en que mi hermano me preguntó cuando me marchaba y le respondí que en cuatro meses, se burló porque “eso fue lo que dijiste hace un año”.

Ya han pasado cuatro años desde que llegué a México. Años de tragedia para el país y, en particular, para el periodismo: mientras celebrábamos reuniones y más reuniones para decidir qué íbamos a hacer con Ojos de Perro vs la Impunidad, el colectivo que formamos precisamente al calor de Iguala, se llevaron a Moisés Sánchez, encontraron su cadáver, expulsaron a Carmen Aristegui y su equipo de la radio, mataron en la Narvarte a Nadia, Rubén, Alejandra, Mile y Yesenia, y se fueron acumulando las agresiones.

Más que proponerlo, fue mi hermano Coizta quien se dio cuenta de que, después de “MirarMorir. El Ejército en la noche de Iguala”, nos tocaba hacer un documental sobre la violencia contra periodistas.

De Tijuana a Cancún

Siendo periodistas y cineastas a quienes lo que nos apasiona es investigar, escribir y filmar, en lugar de obtener los fondos para producir, nuestro punto flaco es financiero. “MirarMorir” fue hecha gracias exclusivamente al dinero de nuestros bolsillos, al talento y el tiempo de toda la banda, al equipo y la infraestructura que cada quien puso a disposición, y en tiempo récord: tres meses.

Aunque Coizta y Juan Castro proponían liberarla en YouTube, logramos colocarla en Netflix por un periodo de 18 meses, utilizamos la totalidad de lo que nos pagaron en nuestro nuevo proyecto y gracias a esa decisión, tenemos ahora “No se mata la verdad”.

Nos propusimos realizarla en año y medio; terminamos un corte a los dos años; era 2017 y estaban matando a más colegas que nunca, incluidos Miroslava y Javier, el gobierno estaba espiando periodistas: fue necesario reabrir la producción y demorarnos un año más, hasta totalizar tres.

Nos quedan deudas, todavía, pero pocas personas han tenido la oportunidad de recorrer el país y observar, in situ, las amenazas, las carencias y los logros del trabajo que se hace en tantas partes.

Combatiendo nuestra visión chilanga, encontramos un periodismo vivísimo, profesional, desacomplejado y peleón desde Tijuana y Juárez hasta Cancún y Carrillo Puerto, en el que, además, las mujeres tienen un papel de vanguardia.

La prensa corrupta

Persisten, también, los vicios del ambiente de los medios.

Siendo Ojos de Perro, estamos totalmente en contra del lloriqueo complaciente y cómplice del “perro no come perro”.

Si la corrupción tiene explicaciones y raíces en la precariedad, tanto una como otra tienen que ser denunciadas.

Porque el profesionalismo y la ética son objetivos necesarios a los que no podemos renunciar.

Y también, porque aquéllos que creen que señalar las prácticas corruptas afecta la unidad del gremio no pueden ignorar que son las prácticas corruptas las que, en primer lugar, ponen en peligro al gremio.

Los que se dejan comprar, exponen a los que no se dejan comprar; los alineados aíslan y señalan a los no alineados; los que se arrejuntan al poder difaman y se burlan de quienes han caído víctimas del poder.

Por nombrar sólo algunas hazañas de la prensa corrupta: en Tijuana, acudió al aeropuerto a celebrar el retorno de Antonio Vera Palestina, asesino del Gato Félix; en Quintana Roo, contribuyó al linchamiento de Pedro Canché y de Luces del Siglo; en Xalapa, califica de “guerrilleros” a periodistas de verdad como Rubén Espinosa y los miembros del colectivo Voz Alterna; en Chiapas y Oaxaca, se amontonan en los desayunos donde les dan regalitos los políticos y justifican que se excluya a otros colegas de las conferencias de prensa; en Ciudad de México, operaron el descrédito de compañeros asesinados y sirvieron a las maniobras de distracción de la procuraduría capitalina.

Eso también viene en nuestro documental porque era necesario explicar los retos en toda su complejidad: las amenazas externas, las debilidades internas y la bravura de la resistencia.

 

 

Ilustración: @donmarcial

Matar a un periodista

En México, un periodista puede ser asesinado a pocas cuadras de su trabajo o en la puerta de casa cuando va a llevar a su hijo a la escuela. Muchos viven donde el narcotraficante o el político de turno —a veces son la misma persona—, decide quién vive y quién muere. En lugares en los que el mandatario por el que votan es el que los hostiga y en los que no se sabe si tener más miedo a los buenos o a los malos porque los dos pueden apretar el gatillo. Pisan un terreno que no es suyo: las leyes de convivencia se convierten en códigos para la supervivencia. El relato es terrible, pero para quien no es periodista quizás todo esto no importe. Y es comprensible. En este siglo han matado a 118 periodistas y desaparecido a otros 24, pero vivimos en un país en el que en poco más de una década contamos 200,000 muertos y 37,000 desaparecidos y millones más viven en este México.

Entonces, ¿por qué tenemos que hablar de qué están matando periodistas?

Porque sin periodistas no sabríamos casi nada de todo lo anterior.  Porque para hablar de libertad de prensa lo primero que se tiene que garantizar es que los periodistas vivan. Porque “cuando se atenta contra un periodista se atenta contra el derecho de información de la sociedad entera”, como escribió un grupo de periodistas y escritores en una carta dirigida al presidente Enrique Peña Nieto el año pasado.  

El asesinato es la máxima expresión de una violencia que aparece a veces en forma que amenazas, difamación, criminalización y otro tipo de agresiones, ya sea por parte del crimen o del propio estado. Ser periodista en ciertas partes de México, el país más mortífero para ser periodista, después de Siria, es un acto de valentía.

Tenemos que hablar estará dedicado este mes y el próximo a todos los periodistas asesinados y a todos los que, hasta hoy, luchan contra el silencio.

 

 

 

Ilustraciones: @donmarcial