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La necesidad de otro modelo

Es casi una obviedad decir que, en general, el modelo de negocios de los medios generalistas tradicionales en México es caduco y cobarde. Pero hay que decirlo para dejar asentado desde dónde partimos.

Es caduco porque la mayor parte de los grandes medios generalistas siguen funcionando como si estuviéramos en 2005: están enfocados a venderle publicidad a los gobiernos, a poner el esfuerzo comercial en sus impresos, a que su contenido brandeado sea sólo la publicación de boletines sin ningún aviso para el lector. Cero creatividad, muchos compromisos.

Es cobarde porque esos medios, que son quienes tienen los recursos, el prestigio de marca y el conocimiento para poder emprender caminos y modelos nuevos para obtener ingresos, hasta el momento han decidido no hacerlo. En América Latina –ya ni hablemos de Estados Unidos– han sido los grandes diarios y holdings los que han iniciado el camino de muros de pago o de suscripciones, de áreas especializadas en contenido brandeado, de explorar nuevos horizontes, pero en México simplemente no ha pasado. O en los contados casos en que sí, se han implementado temerosamente o sin estrategia.

Han sido organizaciones medianas o pequeñas las que han comenzado a explorar esos caminos, y quienes están buscando consolidar nuevas formas de generar contenido de calidad y financieramente sostenible. 

No sólo los grandes medios están (estamos) sumergidos en el fango de la falta de recursos y buscando nuevas formas de obtenerlos. Los despidos masivos de los últimos meses lo demuestran. Los nativos digitales que han nacido sin el cobijo de una gran marca extranjera o holding, e incluso ellos, pasan tiempos difíciles para poder posicionar su marca y obtener ingresos.

El cambio de algoritmo de Facebook, la caída constante del pago por CPM, CTR y CPC y demás “costo por”, las agencias de marketing digital y su famoso rebate, y la existencia de nulas reglas de juego para obtener publicidad gubernamental, hacen que la lucha por existir de los nativos digitales que buscan (buscamos) generar algo más que clicks fáciles sea mayor.

Es cierto que los análisis señalan -vale mucho la pena leer este de NiemanLab– que a corto plazo serán estos nuevos modelos de suscripción, muro de pago o generación de contenido para marcas los que sustenten al periodismo: prevalecerán las marcas periodísticas que creen contenido por el cual valga la pena pagar, tengan credibilidad y relevancia para su audiencia, y se diferencien de sus competidores ante los anunciantes. Sin embargo, la duda es la de siempre: ¿qué hacemos mientras tanto?

En mexico.com, plataforma nativa digital que nació en junio de 2018, pensamos que el buen contenido y el respeto a la audiencia siguen siendo las prioridades. El esquema de modelo de negocio va por tercios y sigue el modelo de eldiario.es, que ha demostrado en España que se puede obtener dinero sin dejar de hacer periodismo: una tercera parte de los ingresos está planeado que vengan desde publicidad de la iniciativa privada, otra desde suscripciones –no muro de pago– en algún momento cercano y la última desde gobiernos locales y federal. La intención es no depender del dinero gubernamental para poder subsistir. Todo un reto.

Para lograrlo estamos buscando crear una marca sólida, que genere engagement con nuestra audiencia, haga periodismo de calidad y pueda convertirse en un referente. Sólo haciendo contenido distinto y relevante, en los formatos que busca nuestra audiencia y en las plataformas en donde vive, es que podremos hacernos necesarios para ellos. 

Tenemos un área de investigación que ya logró poner sobre la mesa de discusión, entre otros temas, los acosos que sufren alumnas de preparatoria por parte de sus profesores; el problema de los homicidios en la capital mexicana, en una participación conjunta con medios y organizaciones como México Evalúa, El País América y Dromómanos; y, en alianza con Mexicanos Contra la Corrupción y Animal Político, los problemas que tiene el sistema de salud pública mexicano respecto a la diabetes.

Las mesas de editores se concentran, más allá del breaking news, en hacer segundas miradas, explainers y contenido que ayude a explicarle el mundo a nuestra audiencia.

Los gráficos y videos también forman parte del distintivo de nuestra marca, de nuestro storytelling. 

Sabemos que vender hard news a la iniciativa privada es mucho más complicado que soft news. Sin embargo, estamos enfocados en causas sociales no sólo porque pensamos que son necesarias y justas, sino porque ese contenido ya no es de nicho: hay una sociedad  –y marcas anunciantes– deseosas de tener un mundo mejor. Hay un puente ahí que no estamos construyendo adecuadamente.

Y porque sabemos que las investigaciones a profundidad no son tan relevantes para los anunciantes como para nosotros, es que la mitad de nuestro contenido se enfoca en temas de viajes, gastronomía, tecnología o deportes. También porque creemos que hacer contenido soft no significa hacer contenido frívolo: hay muchas historias por contar que no sólo tienen que ver con narcotráfico, corrupción o violencia. Queremos hacer periodismo de cambio y no de desesperanza.

Estamos en ese camino. Por supuesto, no es fácil para un medio nuevo y generalista. No sólo hay que pelear por esa audiencia y publicidad con los medios tradicionales, sino con nativos digitales que llevan mucho tiempo en el mercado y que han sabido capitalizar esa experiencia. También con sitios nuevos o recién nacidos, con gente talentosa y apoyados por grandes marcas o consorcios, que buscan lo mismo que nosotros.

Creemos que, al final, será quien genere contenido más relevante y necesario para la audiencia quien logre dar el siguiente paso, quien prevalezca.   

En el informe antes citado de NiemanLab se señala: “Recordemos un titular de 2011: ‘The Huffington Post supera a The New York Times en tráfico’. Por supuesto, ‘tráfico’ significaba ‘visitantes únicos mensuales’, y desde entonces el tiempo casi ha matado esa ilusión. La industria ahora comprende más profundamente el hecho de que el enfoque de la lectura de noticias en internet debería ser el engagement con la audiencia, y no los lectores (o bots o granjas de clicks o lo que sea) que tuvieron una visita a la página en los últimos 30 días”.

Hoy, el modelo de negocio de The New York Times –no enfocado exclusivamente en tráfico– es un ejemplo a seguir en el mundo. Una luz. Esperemos que la industria en México –medios, anunciantes, agencias– lo entienda pronto. Y que tome más riesgos y avance por los caminos que ya algunos osados han marcado. Nosotros, mientras tanto, seguiremos intentándolo: estos son nuestros principios y no tenemos otros. 

La delgada línea entre la empatía y la revictimización

La pregunta sobre qué es ético y qué no lo es en el periodismo existe desde sus inicios: qué podemos mostrar, qué podemos describir sin tocar sentimientos y fibras teniendo muy presente el impacto que nuestras palabras o imágenes pueden tener en la vida de los demás. Hasta qué grado tenemos que escribirlo, tocarlo y moverlo, provocar a una sociedad con nuestras imágenes y palabras para que reaccionen, para llamar su atención, para despertar su interés. 

Existen reglas claras de la ética en el periodismo como el no recibir dádivas o dinero de políticos o de gente que represente de alguna manera el poder. Si bien el periodismo no puede dar la verdad absoluta, sí debe tratar de acercarse a los hechos más fidedignos y ser imparcial ante los mismos. 

La ética es el estudio de la moral y de las acciones humanas. Define lo que es bueno y lo que es malo, pero lo que considero ética al final del día es la autorregulación de los límites morales que tiene cada persona y cada sociedad.

La Ethical Journalism Network nos proporciona cinco principios básicos para realizar un periodismo con ética: 

1. Verdad y Precisión

Los periodistas no siempre pueden garantizar la “verdad”, pero obtener los hechos con exactitud es un principio cardinal del periodismo. Siempre debemos luchar por la precisión y verificar los datos.

2. Independencia

Los periodistas deben ser voces independientes que no deben actuar en nombre de intereses específicos, ya sean políticos, empresariales o culturales. 

3. La equidad y la imparcialidad

La mayoría de las historias tienen al menos dos lados. Si bien no hay obligación de presentar todos los puntos de vista en cada pieza periodística, las historias deben ser equilibradas y presentadas con contexto.

La objetividad no siempre es posible, y puede no ser siempre deseable (al narrar, por ejemplo, actos de extrema brutalidad o crueldad), pero informar imparcialmente genera credibilidad y confianza.

4. Humanidad

Debemos ser conscientes del impacto de nuestras palabras e imágenes en las vidas de los demás para no revictimizar a las personas.

5. Responsabilidad

Una señal segura de profesionalismo y periodismo responsable es la capacidad de asumir nuestra responsabilidad. Cuando cometemos errores, debemos corregirlos y nuestras disculpas deben ser sinceras, no cínicas.

 

Dos ejemplos de repercusión mundial

En la fotografía de la portada de El País del viernes 11 de marzo del 2004,  del fotógrafo de la agencia Reuters Pablo Torres Guerrero, se muestra una escena caótica en la que se retrata el atentando al tren de Madrid.  Vemos la terrible huella de la explosión en los vagones del tren, así como una veintena de personas heridas. En la imagen se puede observar en el tercio inferior izquierdo el trozo de una pierna. 

Esta imagen fue publicada en las portadas de distintos diarios en el mundo, pero cada uno le dio su propio estilo editorial. Desde presentar la fotografía sin ninguna manipulación, hasta desaparecer el trozo de pierna como lo hicieron LA Times y The Daily Telegraph, recortar la imagen o poner el encabezado sobre la extremidad para que no se notara tanto. Algunos periódicos justificaron estas modificaciones por el respeto a las víctimas y el dolor de los familiares. 

Desde mi punto de vista, cuando se altera una imagen se está impidiendo que los lectores conozcan toda la verdad y las dimensiones de cualquier tragedia. Es, además, una falta de respeto al creador de la misma. 

En 1993 el fotógrafo Kevin Cárter viajó a Sudán para realizar reportajes sobre la hambruna y la guerra en ese país y tomó una de las imágenes más icónicas del siglo XX, conocida como “El niño y el buitre”. En marzo de 1993 The New York Times publicó en su primera plana la imagen que tiempo después lo haría ganador de el Premio Pulitzer. A partir de esa fecha, Carter tuvo que vivir la pregunta y el señalamiento constante de haber tomado la foto y no ayudar al niño.

El mundo no se horrorizaba de la fotografía, sino del fotógrafo que la había tomado. Se llegó a decir que la fotografía describía el mundo: el niño personificaba el hambre y la miseria en África, el buitre representaba al capitalismo y el fotógrafo a la sociedad insensible ante el problema. Tendríamos que mencionar que gracias a esta fotografía el problema de la hambruna y de la situación en Africa se hizo mucho más visible y la sociedad se sensibilizó ante el problema. 

¿Fue ético o no hacer la foto?

¿Es ético mostrar el dolor tal cual es?

¿Es ético que la sociedad se ruborice y se apene de sí misma?

Reportaje fosas en Tetelcingo

Por la cobertura en las fosas de Tetelcingo, Morelos, me criticaron por hacer fotografías de mal gusto y apología de la violencia, por lucrarme con el dolor y no respetar a las víctimas.  

No sé si fue un exceso de violencia visual. Si así lo sintieron algunas personas pido una sincera disculpa, ya que parte fundamental de la ética es responsabilizarse de nuestros actos.

Realicé este trabajo porque para mí era importante fotografiar los horrores cometidos en una fosa del Estado, una fosa que no contaba con carpetas de investigación, había cuerpos sin identificación adecuada y los cadáveres estaban embalados en bolsas de plástico negras,  algo que no se apega a ningún protocolo. La Fiscalía de Morelos había señalado que en la fosa se encontraban 35 cuerpos. Al final fueron hallados más de 53, todos con severas irregularidades. 

Pienso que el no haber mostrado estas imágenes era convertirme de alguna manera en cómplice de los creadores de las fosas de Tetelcingo y del Estado omiso. Sí, son imágenes fuertes e incómodas, pero considero que son necesarias para que nunca se olvide en la historia las omisiones que tuvieron las autoridades. 

 Los picaderos: el inframundo

En algunos foros me preguntaron si en este trabajo documental que realicé para el semanario Proceso había vulnerado a las víctimas. Se cumplieron con las reglas básicas de la ética periodística, como el no manipular las fotografías, ni la escena fotografiada, ni solicitar o intercambiar imágenes por dinero, así como en cada uno de los picaderos visitados para dicho reportaje solicitaba autorización para entrar y fotografiar. Daba una explicación del porqué y el para qué las fotos.

Para mí era de suma importancia documentar las situaciones y vida dentro de un picadero. En todo momento las personas fotografiadas estaban enteradas de que este era un trabajo periodístico que sería publicado.

Mi interés era mostrar la situación en que viven los usuarios a la heroína y exponer al gobierno, que solo les da dos opciones ante este grave problema:  la Cristoterapia —rezar y esperar a que desaparezca la adicción— o consumir metadona, que es vendida en centros de salud donde los usuarios tienen que hacer largas filas en la calle con un costo mayor que el de su droga favorita. 

Quería mostrar también que un alto porcentaje de los usuarios son indocumentados. Salieron de su lugar de origen para buscar una mejor vida, para perseguir un sueño. Que el problema de las adicciones y las drogas no se resuelve (en ese momento esa era la estrategia) con la militarización de las calles y la persecución a los usuarios de cualquier tipo de droga. Que no es un problema de seguridad nacional, sino uno de salud que se tiene que abordar a un nivel interdisciplinario.

Cuando una foto despierta los sentimientos de una persona está cumpliendo su cometido, sin embargo, hay una línea muy delgada entre crear empatía con la gente y revictimizarla. No podemos olvidar que le ética es uno de los valores fundamentales del ser humano. 

verificar

Volver a la bases

Cuando decidimos iniciar VerificadoMx, un medio exclusivamente dedicado a la verificación del discurso público en Monterrey,  no faltó aquel colega que dijera: “La verificación debe ser obligatoria para cualquier trabajo periodístico, no es un cuartito de junto”.

Es verdad. Corroborar los hechos antes de la publicación o difusión de una información es un paso obligado, sin embargo, la verificación fue desplazada por la inmediatez en las redacciones tanto de los grandes emporios de la información como de los algunos medio digitales que, gobernados por la dictadura del click, se limitaron a la reproducción de las declaraciones de los personajes públicos o la generación de información que les facilitara tráfico en sus sitios de internet.

No es de extrañarse que en nuestro país, según los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), sólo 38.7% de la población de 18 años o más confían en los medios de comunicación.

No tenemos hoy por hoy la confianza de la mayoría de los ciudadanos; la cercanía de los grandes emporios de la comunicación con el poder, la falta de rigor evidente en algunos trabajos, proyectos e incluso personas han golpeado fuerte la credibilidad necesaria de la función que desempeñamos.

Si la verificación del discurso ha tomado cada vez más espacio como un tipo de periodismo (el cuartito de al lado) es porque nos encontramos ante un ejercicio periodístico que no está cuestionando y con políticos que simplemente dan resultados falsos, contando con que no hay nadie que los cuestione y que revise los datos.

Y a la mezcla podemos agregar la gran cantidad de información —mucha es falsa— que circula por las redes sociales y los medios electrónicos. Tenemos un ciudadano híper informado y desconfiado.

Como nunca antes,  los periodistas y los ciudadanos que tienen acceso a internet cuentan con una enorme cantidad de información, de fuentes y datos, pero no cuentan, al menos no todos, con la capacitación para interpretarlos y contextualizarlos.

Ahí es donde los periodistas debemos hacer la diferencia. Una vez que hemos perdido el predominio de la información, incluso de la difusión, tenemos que poner cada vez más énfasis en la verificación de las fuentes, la explicación de los procesos, porque en medida que los ciudadanos se encuentran con una afluencia de datos cada vez más grande, tienen mayor necesidad de fuentes identificables dedicadas a verificar esa información.

Es cuando se puede separar “el grano de la paja”, destacando lo relevante y desechando lo que no lo es. En resumen, la necesidad de verdad es mayor en el nuevo siglo porque la probabilidad de que haya más mentiras también lo es.

En la cultura democrática, el buen periodismo juega un papel preponderante; la información falsa, engañosa, sesgada o no confirmada contamina el debate publico, todos debemos hacer fact checking, esto no debe ser temporal. Tiene que ser parte del proceso periodístico, revisar los datos, volver a las bases y recuperar la confianza.

 

Ilustración: @donmarcial
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El periodista que lucha para esclarecer la muerte de su madre

El 16 de octubre de 2017 la periodista Daphne Caruana Galizia fue asesinada a pocos metros de su casa, por una potente bomba plantada en su automóvil.

El atentado buscaba silenciar a la periodista más influyente de Malta, la nación isleña que ha sido presentada como un modelo a seguir entre los miembros de la Unión Europea. La detonación resonó como la confirmación de una labor investigativa que, en solitario y bajo amenazas, había logrado fisurar con pruebas de corrupción al gobierno maltés.

La impunidad que Caruana Galizia denunciaba se ha extendido a su asesinato, no así el silencio: “El sol brillaba el día en que asesinos tomaron la vida de Daphne. Ahora sus colegas harán luz sobre las historias por las que murió”, reza la página del Proyecto Daphne, en el cual 45 periodistas de 15 países se han unido para concluir las investigaciones que intentaron detener en una explosión. Su hijo, el también periodista Matthew Caruana Galizia (1986), habla por teléfono con Horizontal sobre una vida que exigió la verdad y una muerte que demanda justicia.

Lee la entrevista completa en Mexico.com

Ética periodística

Ética en tiempos cínicos

Regularmente pensamos que el mayor dilema ético de un periodista es aceptar, o no, un soborno. Es un dilema tan universal que a varias generaciones de periodistas nos enseñaron en el diario Reforma que un desayuno, un llaverito o un regalillo en navidad, comprometía nuestra integridad.

El mismo periódico estableció una separación radical (e inédita para su tiempo) entre el área editorial y la publicitaria.

Fue un cambio inspirador.

Los periodistas, como gremio, entendimos que no es parte de la chamba ir tras la comisión por venta de publicidad y que investigar los trapos sucios de una dependencia o sector no es un trabajo que se deba hacer “a pedido”.

Pero ni entonces ni ahora se reflexiona mucho en otros aspectos de la ética, en la ética cotidiana.

Por ignorancia o por negligencia, el grueso de los periodistas no solemos reparar en que la “separación de poderes” va más allá de la presión de empresarios, funcionarios, áreas comerciales o de relaciones públicas.

La ética es un acto de voluntad frente al oficio periodístico.

Siempre recordaré a aquel reportero que se presentó con la frase “no entiendo tus críticas a mis notas, si los funcionarios siempre me las felicitan”.

El peor desafío es la ignorancia… estar frente a dilemas éticos y no reconocerlos.

Uno de mis preferidos es la atribución.
¿En qué momento nos permitimos publicar información sin fuentes?
Amparados con la leyenda “esta información no está confirmada” o “se desconoce el origen del video, por lo que podría tratarse de una falsa noticia”, publicamos cualquier cantidad de mentiras o tergiversaciones.

Cortos como andamos de presupuesto ya no cubrimos edificios, como alguna vez magistralmente dijo Guillermo Osorno, ahora, desde redacciones silenciosas y frente a la pantalla, vivimos en la dictadura del levante.

En una redacción digital redactan una nota atribuyendo la información a la estación de radio X que a su vez, la tomó del diario Z.

Como si esa atribución fuese un salvoconducto que nos “libra” del desastre. O más cínicamente: una vía de escape por si la información es incorrecta, equivocada, manipulada o falsa.

Ese desaforado copypaste tiene consecuencias que no tenemos tiempo de reflexionar; desinforma, revictimiza, replica prejuicios (o los consolida), y nos convierte en voceros de agendas e intereses ajenos a la función periodística.

Este “método” de trabajo no ocurre solo en los medios digitales, es práctica cotidiana en cualquier redacción que no solo se alimenta de la sobrecarga informativa, sino de la pauperización del periodismo.

Redacciones mínimas encabezadas por un grupo aún más mínimo de editores que no editan sino que dirigen el tráfico de cientos de notas publicadas no por el frenesí de informar, sino para no ser “rebasados” por la competencia.

Por supuesto, el plagio no nació con la digitalización, pero dos teclas (copy+paste) lo facilitaron hasta convertirlo en “herramienta de primera necesidad” (sic)

Frente a un titular zafio, pregunté en Facebook: ¿en qué piensan cuando titulan?. La mejor respuesta fue “en que sólo tienes 40 caracteres…que tienes que publicar lo más rápido posible… Claramente no en que sea entendible”.

Desbocarse por publicar sin tener los elementos necesarios y sin pasar la información por ácido, son desafíos éticos que se ha devorado la crisis desatada por la inmediatez.

No soy crítica de la inmediatez, soy crítica de la necedad.

La necedad de ser megáfonos sin filtro no solo del poder, sino de las redes sociales y sus pleitos, trending topics y rumores. Las redes marcan agenda diaria y la seguimos impávidos.

Soy una férrea defensora de la nota diaria hecha con parámetros éticos, que ofrezca contexto y datos que ayuden a entender mejor el mundo y abran la puerta al periodismo de largo aliento.

Es imperioso dotar de recursos adecuados a las redacciones, permitir que los editores editen, y que los redactores y reporteros no estén sobrecargados de trabajo y subremunerados, para impulsar un periodismo ético.

Dicha está obviedad que han leído, pensado y escuchado desde hace muchos años, seamos cínicos: no hay tiempo, ni recursos, ni interés de la gran mayoría de los empresarios de medios, para hacerlo.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

Dote a sus contenidos, a su trabajo, y a su persona, de la integridad y calidad necesaria para hacer periodismo ético. No hay nota pequeña ni periodismo chiquito.

No desprecie a la audiencia imaginando que “a la gente no le importa”, no sea negligente frente a los contenidos basura, no sea un eco de las manipulaciones informativas.

¿Cómo? Va una lista mínima de prácticas para el periodismo cotidiano, ejecutables aún con sobrecarga de trabajo y largas horas frente a una pantalla. Una lista mínima para el periodista cínico. Ojalá sea de utilidad.

Breve guía de ética cotidiana

  • Fuentes: ¿cuántas estás usando para redactar? ¿Una? ¿Es oficial? ¡Felicidades! Ya tienes ganado un lugar en el reino de los boletinazos.
  • Tomar información sin verificar es un boleto de oro para la rifa del descrédito. Contrasta fuentes y versiones, busca hechos, confirma. No te sumes a la ola que replica “la misma información que todos traen”. Que la mayoría publique algo no significa que sea precisa, adecuada y oportuna.
  • Si vas a copypastear, al menos busca una fuente primaria, o al medio que publicó la exclusiva. Rastrea, sal de tu cámara de eco. ¿Ya conseguiste la fuente primaria? Genial, ahora busca un ángulo propio, un dato complementario, “adueñate” de la información y respeta el trabajo de tus colegas.
  • Contextualiza. Siempre. ¿Cómo podemos entender esto? No solo digas qué ocurrió, busca explicar por qué.
  • Lo que escribes tiene consecuencias: utilizar adjetivos o sobrenombres alimenta los prejuicios. Monstruo de Ecatepec (y borramos el resto de los feminicidios), Ninis (y borramos el problema del desempleo), Ponchis (y borramos el problema de los niños a merced de la miseria y el narcotráfico).
  • La nacionalidad, preferencia sexual, raza o creencias religiosas no determinan la conducta y honestidad de nadie. Recuerda que las palabras tienen el poder de alentar y legitimar sentimientos xenófobos. “Alertan sobre ladrones colombianos”…. bueno, no se necesita ser colombiano para robar. Cuando le señalé a un colega que nadie publicaba “Alertan sobre ladrones mexicanos”, su respuesta fue que “se espera” que los mexicanos roben” (sic).
  • No revictimices y no criminalices. Mostrar el dolor y vulnerabilidad de las víctimas o mostrar el rostro de niños y presuntos delincuentes para atraer audiencias puede arruinar vidas. Sí, tenemos ese poder.
  • No creas todo. Como dice Doctor House, todos mentimos, no solo los políticos y supuestos criminales, también los activistas, defensores de derechos humanos y supuestas víctimas.
  • No matices ni edulcores. La gente no “aparece” muerta, la asesinan. No existen los “crímenes pasionales”, es un feminicidio. Los agresores sexuales no “abusan”, violan. Los cuerpos sin vida son cadáveres.
  • Conjuga correctamente los verbos y aprende el uso preciso de las preposiciones. El mal uso de estos recursos puede tergiversar la información.
  • No a la hipérbole. Dimensiona en su justa medida la información y no en función de tus prejuicios. No permitas que tu trabajo sea utilizado para esparcir el miedo.
  • No te conviertas en pollo sin cabeza. Subirte al tema no significa publicar “lo que sea”. “Feminicida de Ecatepec (gracias por no usar “monstruo”) saludaba de beso a madres de sus víctimas”.  ¿Cómo debe saludar un feminicida? ¿El beso tiene algún significado oculto?
  • Reflexiona. Duda. ¿Demasiado hermoso para ser verdad? Seguramente es mentira. “Logran curar VIH con células madre”. Si lo pensamos, resulta evidente que una noticia de esa dimensión paralizaría el mundo. Y claro, el estudio no era falso, pero “no encontrar rastros de VIH en seis personas” no es lo mismo que “curar el VIH”.
  • Sé preciso. Verifica nombre, apellidos, ortografía y, en especial, cifras. Recuerda que el pez por la boca muere.
  • Las fotos, gráficos, videos, memes y posts no adornan, informan. Todo merece el mismo rigor y profesionalismo….y todo es susceptible de ser alterado y manipulado.
  • Haz tu trabajo con pasión, con gusto, con respeto. Recuerda las palabras de Javier Darío Restrepo: “La ética reclama siempre el grado máximo de calidad profesional”.

 

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¿Por qué no nos importan los asesinatos a periodistas?

El pasado 27 de octubre se cumplieron tres meses de que Rubén Pat Cahuich, director del semanario Playa News, fuera asesinado a tiros al salir de un bar. Playa News es una página de Facebook que publica noticias casi siempre locales y no cuenta con un dominio de internet exclusivo. El caso de Pat Cahuich no es una rareza. Él cumple con las características de los periodistas más vulnerables a la violencia en México; reporteros de medios locales y pequeños, en localidades igual de pequeñas con alta criminalidad y que frecuentemente tienen salarios precarios. “Son periodistas que están prácticamente solos, no tienen el apoyo de un medio grande y en este sentido son ellos quienes tienen que ver por su seguridad,” explica Jan-Albert Hootsen, representante del Comité para Proteger Periodistas en México (CPJ por sus siglas en inglés). Después del asesinato de Pat Cahuich, Playa News fue suspendido.

Lee más de este reportaje en Mexico.com como parte de una alianza con Tenemos que hablar, un blog contra el silencio en México. 

Ética periodística

De ética, suadero, acceso a la justicia y derecho a la información

 

A veces los santos miran como demonios

José Lezama Lima

La deontología, es decir, la ética profesional, no es consecuencia ni producto de un recetario genérico preestablecido como acto de bondad, ni mucho menos simple guarnitura —así llaman los cantineros, con comicidad involuntaria, los adornos de la coctelería—. Y en periodismo, que de eso hablaremos aquí, tampoco implica autocensura.

Como ciencia del bien hacer —definición que evoca su fundamento aristotélico—, la deontología es un sistema menos o más complejo, derivado de referentes morales individuales, modelos mentales institucionales —en sentido de toda empresa humana—, y reglas y mecanismos procedimentales que contemplan también el accountability social.

En periodismo, como en cualquier otra profesión —a despecho de quienes, atrapados en la mentalidad decimonónica, siguen considerando que lo que ejercemos las y los periodistas es un oficio, como decir “acá le van, jovenazo, sus dos de suadero” o “A 20 varitos la boleada, jefe”—, la deontología hace indivisibles forma y fondo, por más que esto sea negado por gran parte de nuestro gremio, lo que tampoco es tan original: entre las y los abogados o médicos, por caso, predomina igualmente la convicción de que el buen litigante o médico no siempre es el más ético, y aún al revés —al fin territorios profesionales donde pululan listillos.

Así, paradójicamente predomina la disociación entre forma y fondo. Y acá dos muestras recientes —cuyos diálogos se reproducen de la manera más leal posible:

1) Una persona experimentada en periodismo policial defendía con vehemencia que la función del buen reportero policial y su medio es “tener la nota”, por ejemplo, de “presuntos” a quienes la policía o el ministerio público atribuye haber cometido delitos. “Pero legalmente esa persona es inocente”, se le hace notar. Responde de primera intención: “Ah, ¡eso que lo decidan las autoridades, no nos toca a nosotros, porque, además, si las esperamos, tardan demasiado y no habría notas”.

2) En un debate académico, una de las personas participantes reivindicaba como buen periodismo un reportaje sobre el caso judicial de cierto personaje controversial. El moderador acotó, con base en lo que había dicho otra debatiente: “¿Esta pieza consuma un tribunal mediático, tiene un enfoque misógino, no verifica la información y se basa predominantemente en fuentes anónimas?”. La persona interpelada: “Sí”. El moderador: “¿Pudo haberse hecho ciñéndose a la deontología periodística?”. “No, si se hubiera hecho así no habría periodismo”, concluyó la debatiente, dejando perplejo al auditorio.

Hoy quizá la mayoría de periodistas de ciudad posee estudios universitarios, tanto como acceso a Tecnologías de la Comunicación y la Información superior al del resto de su comunidad. ¿Por qué entonces su resistencia a asumir la deontología profesional, disociando forma y fondo?

En nuestro gremio y el entorno de los medios noticiosos donde se desenvuelve —ambos notoriamente endogámicos, con fuerte esprit de corps— esa resistencia hace que siga regateándose el respeto a la legalidad y los derechos humanos. Dentro y fuera suele explicarse lo anterior arguyendo que los medios son empresas motivadas solo por “intereses” económicos o políticos. Pero no es tan sencillo.

No hay manera, por ahora, de demostrar teóricamente lo siguiente, pero convendría buscar maneras de producir evidencia empírica al respecto: siempre en la lógica de los denominados modelos mentales, es altamente posible que en nuestro gremio no haya consenso sobre el respeto a los derechos humanos porque predomina la ideología positivista de la seguridad y la justicia como mecanismos legítimos e indispensables de control social, o sea, represivos del Estado —¡al margen de que justo los mayores perpetradores de los peores ataques contra periodistas sean actores institucionales!

Esto explicaría por qué la deontología profesional es esgrimida retóricamente, pero siempre termina supeditada a ese modelo mental autoritario, lo que desde luego no excluye lo de los intereses, aunque no solo de las empresas: no es infrecuente que colegas periodistas de seguridad y justicia reciban apoyos para gastos y obsequios, gocen de empleos en instituciones del sistema penal, sean contratistas de gobierno o tengan periódicamente ingresos provenientes de poderes fácticos, incluidos los de grupos delincuenciales.

¿Esto llevaría automáticamente al reproche moral? El gremio periodístico suele moralizar a quienes protagonizan el conflicto penal ya sea como víctimas o imputados, criminalizándolos, estigmatizándolos y satanizándolos, pero al mismo tiempo es hipersensible al reproche externo o interno. No obstante, el objetivo de esta reflexión no es moralizante.

Quiere visibilizar un problema estructural, comprendiendo que el periodismo jamás se regirá por la deontología profesional mientras tal orden prevalezca y la comunidad no actúe asumiéndolo como asunto propio, empeñándose en revertirlo convencida de que de ello dependerá inevitablemente el goce pleno de bienes jurídicos tan preciados para su calidad de vida como el acceso a la justicia y el derecho a la información.

Ilustración: @donmarcial

 

Óscar Martínez

Ligerezas para cubrir violencia

Hay que decirlo. Una es la lección infalible en términos de seguridad que hemos aprendido en Sala Negra de El Faro en estos ocho años de cubrir violencia: la única forma de evitar cualquier riesgo haciendo periodismo en entornos como el norte de Centroamérica es no haciéndolo. A partir de ahí, podemos proponer.

El primer aspecto con el que propongo que nos quebremos la cabeza antes de exponerse a cualquier investigación es íntimo. Suena a pregunta melodramática, pero no lo es. Es quizá el más práctico de todos los consejos: ¿Quién soy? ¿Qué puedo hacer? Los talleres de periodismo en Latinoamérica se llenan de jóvenes colegas que quieren cubrir violencia. Inundados por un genuino entusiasmo —y quizá por varias pizcas de ignorancia sobre lo que eso implica, como es natural— están ávidos de toparse con el sicario, la masacre, el desplazamiento que puedan contar. La pregunta que muchos se hacen: ¿Qué quiero cubrir? La que pocos se hacen: ¿Qué puedo cubrir?

Si bien un periodista se fragua en el terreno, hay rasgos de personalidad que nos permiten entender si exponernos a ciertas situaciones no es un despropósito. Recuerdo, por ejemplo, un taller en México que impartí a jóvenes colegas. Una era la más brillante en el salón. Había leído, conocía autores, títulos, teorías sobre cómo encarar la violencia. Cuando fuimos a un albergue para migrantes en el sur —no a una balacera ni a un pueblo sin ley—, no logró empatizar con nadie porque, como reconocería más tarde, la situación la devoró.

Unos migrantes, despojados del miedo tras días en el albergue, contaban anécdotas vulgares de sus lugares de origen, repasaban hechos violentos que habían visto, hablaban del camino. La joven colega, entusiasta, teóricamente armada hasta los dientes, no supo cómo penetrar aquello. No supo cómo sentirse tranquila, normal, atenta. Las fuentes del bajomundo, como gusta llamarles mi colega Roberto Valencia, huelen rápidamente a un periodista en constante pose. Y no solo eso: gustan de divertirse con la presa. En fin, que a veces uno puede querer con todas las ganas entrar en esas coberturas y en esos temas, pero es responsable preguntarse si uno puede. Uno puede haber leído todo sobre explotación minera, sobre excavación y visto 20 películas sobre ello, pero si tiene claustrofobia quizá sea mejor reportear a campo abierto. He visto a muchos colegas responsables retirarse de las coberturas de violencia, por hastío, por afectación, por hartazgo, y he reconocido su valentía de hacerlo. Toda esta parrafada para decir, contra todo manual de superación, que no, querer no es poder, al menos no siempre. Y hacer sin poder, si uno cubre estos temas, pone en riesgo a personas.

Asumido que uno no es claustrofóbico y puede internarse en estos temas, hay unos pocos consejos que me doy a mí mismo antes de cada investigación.

En estas coberturas hay siempre fuentes muy desafiantes: el corrupto, el violento, el delincuente, el encubridor. Acercárseles no implica solo tener algo que preguntar. No basta con tener una lista de preguntas inteligentes. En muchos casos, si uno no conoce el entorno, la jerga, saldrá de ahí muy burlado. Durante seis años, seguí la vida de un sicario de la Mara Salvatrucha-13, Miguel Ángel Tobar, El Niño de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Sobre él escribí junto a mi hermano mi más reciente libro. El Niño, pandillero rural, hablaba en jerga pandillera cerrada. A veces, incluso, volteaba las sílabas, un viejo truco de los pandilleros bajados de California hace décadas. Si no hubiéramos tenido mucha experiencia previa con pandilleros, la conversación con El Niño hubiera sido inútil, un despropósito de interrupciones de nuestra parte para preguntar: ¿qué significa esa palabra que dijiste? O peor aún, podríamos haber cometido el error de decir algo que no se debe decir. Entre los pandilleros centroamericanos, por ejemplo, marero es el miembro de la MS-13. Un miembro del Barrio 18 nunca se diría a sí mismo marero de la 18. Se diría pandillero. No saber eso podría costar a un periodista incauto, en el mejor de los casos, una retahíla de insultos y el fin de una entrevista. En el peor…

En la cobertura de violencia hay fuentes a las que no vale la pena acercarse si uno no ha entendido los códigos básicos de su mundo. Uno se acerca a esas fuentes para ahondar, no para aprender el ABC.

Aparte de mentiras, nadie cuenta nada a un ingenuo.

Hay un valor habitualmente vapuleado en el ejercicio del periodismo en temas de violencia: la honestidad. Nos llenamos la boca con esa palabra, porque suena a enser del botiquín básico. Porque, ¿quién nos dirá que no, que está mal ser honesto? Sin embargo, la cobertura de violencia, la entrevista con “el malo”, suele estar llena de deshonestidades en muchas coberturas que consumimos. La honestidad en estos páramos duele o, como mínimo, incomoda. Decir a una fuente en riesgo que uno no la puede salvar, sino solo contar, perturba; increpar a un pandillero, sicario, corrupto, narco, jode; cuestionar la verdad de una víctima porque los datos no cuadran, devasta; recordar al “malo” que no es tu amigo, corta la voz. Y todo eso hay que hacerlo. A veces, más de una vez. Y no solo para no ser unos charlatanes, sino porque eso, protege. La credibilidad —no es tópico gastado— protege. Un “malo” que se siente timado es más peligroso que uno que solo se siente expuesto. Los dos lo son, pero uno aún más.

Reivindico una regla más en temas de seguridad, la regla de oro: la posibilidad de decir no. No voy. No publico. Debe ser una opción extrema, consultada con colegas de confianza, porque atañe al valor esencial de este oficio: revelar. Ese círculo de confianza es fundamental, la pared de rebote necesaria. Pero hay situaciones en las que el mejor testimonio es obvio que trae muerte para esa fuente. Hay ocasiones donde entrar al lugar clave de la historia implica no salir. Un periodista que llegue a estos temas requiere un poco de locura. Reivindico la locura, la temeridad, no solo como un empuje a ir, sino como la posibilidad de hacerlo sin temblar, con estrategia. Ahora, ser temerario es ligeramente distinto a ser estúpido. Y en esa ligereza nos va la vida.

Ilustración: @donmarcial
Adela Navarro

No hay mecanismo que detenga una bala contra un periodista

En México no hay mecanismo de protección alguno que detenga una bala dirigida a matar un periodista. Es crudo, es la verdad.

En los últimos 18 años, 119 periodistas han sido asesinados en México. 46, es decir el 41 por ciento de los casos, casi la mitad, han sucedido durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, según datos de la organización Artículo 19 con sede en México.

La impunidad que rodea los casos de asesinatos, desapariciones y amenazas contra periodistas, es el origen principal de los ataques. En un país donde los asesinos de periodistas no terminan en prisión, lo más fácil para acallarlos es matarlos. Desaparecerlos, amenazarlos. Llevarlos al auto exilio ante el temor de perder la vida.

Lo sé de cierto. En ZETA contamos cuatro atentados. Tres de mis compañeros han sido asesinados, uno de ellos salvó la vida, sólo para vivir el resto de sus días custodiado por catorce elementos del Ejército Mexicano.

Pero seamos sensatos, no se puede hacer periodismo de investigación cuando se está rodeado de militares, policías, hombres o mujeres armados, cuidando la integridad del periodista. Una escolta para custodiar la vida de un periodista lo confina a una oficina, a la desconfianza del contacto con el que se habla, al temor de las personas que le rodean en un escenario público. Finalmente, acompañado de personas armadas, el periodista también es amordazado.

¿Qué hemos hecho en el semanario para salvaguardad la integridad?

Definitivamente no recurrimos al prácticamente extinto mecanismo de protección instaurado por el gobierno federal, que consiste en colocar al periodista amenazado en una lista, donde de entrada, se le ubica como objetivo. Lo proveen de escoltas, normalmente policías federales asignados a las entidades federativas, que aunque está por demás decirlo, integran la corporación más corrupta del país. En algunos casos proveen de artículos de protección física, chalecos antibalas, botones de pánico, cascos, un celular, instalación de cámaras e incluso autos blindados. En esas condiciones, ninguno de los elementos considerados por el gobierno para proteger la integridad de un periodista funciona. Los policías federales terminan siendo espías en la mayoría de las ocasiones.

Recuerdo una ocasión cuando los directivos de ZETA contábamos con escoltas provistas por la Secretaria de Seguridad Pública del Estado (por entonces la más confiable, 2012-2014), cuando una nueva amenaza fue vertida sobre nosotros por un miembro del cártel Arellano. Después de solicitar la Comisión Nacional de los Derechos Humanos al gobierno que se aplicaran medidas cautelares a los editores de ZETA, recibí una llamada de la Policía Federal. Cuando nos negamos a ser acompañados por una escolta de esa corporación, además informando que ya teníamos quien nos protegiera, se comunicaron con los elementos de la Policía Estatal para pedirles que todos los días les fuese enviado a la PGR un documento donde dieran cuenta de las actividades que realizábamos. Por supuesto, tal acción no se llevó a cabo, aunque fue necesario acudir por lo menos en dos ocasiones a las instalaciones de las PGR en Tijuana, Baja California, a solicitud de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) para firmar documentos donde dejaba claro que no aceptaba la protección federal y quedaba bajo mi riesgo.

Es difícil decirlo porque al expresarlo se vuelve real y es doloroso, pero desde 2004 no hemos perdido a ningún compañero. El último fue Francisco Javier Ortiz Franco, nuestro editor, el 22 de junio de ese año. Hemos sido amenazados, sí. En muchas ocasiones hemos de recurrir a la seguridad pública para proteger nuestra vida, pero la tenemos.

Lo primero que hacemos para proteger nuestra integridad al tiempo que ejercemos la libertad de expresión a partir de investigaciones periodísticas en temas de corrupción, impunidad, narcotráfico, crimen organizado y gobiernos ineficientes, es publicar lo que sabemos, lo que indagamos y confirmamos. Lo segundo, es hacer periodismo del lado de la sociedad. Ningún periodista de investigación será tal si su compromiso está con las entidades de poder, los gobiernos, los empresarios, los partidos. Mantener el compromiso con nuestra sociedad, con nuestros lectores, y alejarnos del gobierno, nos mantiene vigentes y protegidos por la solidaridad de nuestros lectores.

Contamos en un tercer vector, con lo que llamamos una red de protección. Cuando hemos sido amenazados, después hacer pública la afrenta e informar a nuestros lectores que en ZETA estamos haciendo periodismo bajo amenaza, redactamos una carta dando cuenta del contexto, la inseguridad local, la apatía gubernamental, y la enviamos a organismos de la sociedad civil que en México y en el mundo protegen a los periodistas: el Comité para la Protección de los Periodistas con sede en Nueva York, Estados Unidos, Reporteros sin Fronteras y la Unesco (París), la Sociedad Interamericana de Prensa (Miami), la Fundación Internacional para las Mujeres en los Medios (Washington) el PEN Club, CENCOS, Artículo 19 capítulo México, y muchos otros organismos que al recibir una carta alerta por parte de periodistas amenazados, lo que hacen es posicionarse pública e internacionalmente sobre el caso. En nuestro caso también hacemos llamados al gobierno de la República para que establezcan condiciones de seguridad para el ejercicio periodístico. Es un recordatorio de que no estamos solos. Que más allá de nuestros estados, hay personas, organismos, que nos están observando, que están exigiendo a gobiernos corruptos actuar en consecuencia.

Un periodista amenazado debe ser el más libre. Considerar el temor al momento de publicar puede afectar seriamente la línea editorial de un medio independiente, libre como el viento como es el caso de ZETA. No quiero que esto se aprecie como la personificación de un mártir de la libertad de prensa, pero cuando se está amedrentado, el primer mecanismo de protección que se activa es el propio compromiso del periodista de hacer público lo que sabe. Acabar con el objeto de la amenaza.

Jesús Blancornelas, director fundador de ZETA, decía que cuando tenía una información delicada, que exhibía la corrupción en el gobierno, la complicidad con el crimen organizado o la ineficacia de la autoridad para cumplir con su obligación, su vida corría peligro. Pero que al momento de investigar el tema y publicarlo, no sólo liberaba la información que develaba la realidad de lo que sucede, cuanto más, protegía su vida. Si se hace público, se corre un peligro menor. Por el contrario, mantener oculta una información por temor a las consecuencias, significa abonarle a la impunidad, extender a lo público la protección oficial para mantener en secreto, en la opacidad de la impunidad, una conducta que toca la ilegalidad o en ocasiones la rebasa.

En vista que nuestros compañeros asesinados lo fueron por los reportajes que publicaron en el semanario, mayormente sobre los integrantes del narcotráfico, y también sobre la complicidad de las autoridades procuradoras de justicia con ellos, en ZETA tomamos la decisión de no publicar el nombre del reportero investigador cuando el tema abordado revelase información personal, imágenes, nombres de criminales organizados. En esos casos, el reportaje se firma con un INVESTIGACIONES ZETA. Un reportero sin rostro hacia afuera, un equipo de reporteros en lo interior, en una redacción que ha aprendido a sobrevivir en un clima hostil.

Ante las amenazas que hemos recibido a partir del fallecimiento de Jesús Blancornelas en 2006, la manera en que hemos reaccionado para protegernos ha sido seguir las cuatro reglas que nos hemos impuesto para sobrevivir en el periodismo en uno de los países más peligrosos para ejercerlo: publicar, compromiso social, establecer una red de protección pública, investigar.
Nos ha funcionado.

Lo reitero, desde 2004 ninguno de mis compañeros en ZETA ha sido asesinado. Hemos recibido amenazas en 2008, en 2010, en 2012, en 2014, en 2016 y en 2017. En unas ocasiones han ordenado atentar contra la vida de los editores del semanario, en otras, acabar con las oficinas. En todas esas ocasiones hemos reaccionado de igual manera y obtenido la protección de una sociedad solidaria que apoya el periodismo de investigación. No nos hemos callado ante la amenaza, nos hemos protegido a nuestra manera con nuestros recursos, y el apoyo también de elementos de policías que se mueven en la honestidad.

Caso único: de todas las amenazas recibidas, no nos hemos enterado por nuestras autoridades. Tampoco las han vertido de manera directa los criminales a los periodistas. En todos los casos, hemos sido alertados por autoridades de los Estados Unidos.

Siendo Tijuana una ciudad fronteriza, y los cárteles binacionales, allende la frontera han investigado a las mafias locales, una herramienta para ello ha sido la intervención de los teléfonos, que en aquel país es un recurso más asequible que en México. He recibido llamadas de policías de California, de San Diego, de funcionarios del Departamento de Estado de la Unión Americana, para alertarnos de la amenaza en nuestra contra. Hemos actuado a partir del conocimiento de la afrenta, informando a una autoridad honesta en nuestro país.

De 28 años que tengo haciendo periodismo de investigación en ZETA, doce de ellos he tenido escoltas.

Y después viene la otra amenaza. La de la clase política. Gobierno corruptos que ante la publicación de reportajes que los exhiben como tales, reaccionan atacando al periodista. Hay distintas formas de la amenaza política. Desde las brutales como la desaparición de las personas o las golpizas, hasta los atentados a la integridad moral, persecución fiscal, campañas de difamación, y la más recurrida, el retiro de la publicidad.

En estos casos, nuestro mecanismo de protección es el mismo: publicar las acciones contra los periodistas por el ejercicio de la libre expresión, hacer un llamado a la solidaridad de la sociedad, exhibir a las entidades de poder que pretenden presionar para censurar.

La unión de los periodistas para demandar condiciones de seguridad, en un país de harta impunidad y corrupción, es un punto clave para sobrevivir. La publicación conjunta de reportajes, las alertas públicas sobre las amenazas, proporcionan una protección pública que pone en la mira a los gobiernos corruptos, y acorrala a los criminales impunes. No hay de otra.
De los 112 casos de periodistas asesinados en los últimos 18 años en México, el 99 por ciento de las investigaciones están inconclusas. La impunidad impera. La responsabilidad de protegernos está en nosotros mismos, en nuestra responsabilidad, nuestros principios, nuestra libertad y compromiso como periodistas, para una sociedad que cada vez más, debemos motivar a defender la libre expresión.

Cuando un periodista es asesinado, perdemos todos. Perdemos información, de alguna manera, la sociedad enmudece, y eso no es dable en una sociedad democrática como en la que vivimos.

No existe un mecanismo de protección gubernamental que nos salve de la impunidad.

Ilustración: @donmarcial