¿Por qué el rendimiento olímpico de México no mejora?

Si los Juegos Olímpicos de Río hubieran terminado el viernes 19, dos días antes del último día de competiciones, México hubiera acabado con dos medallas: una de bronce y una de plata. Este hubiera sido el peor resultado desde hace 16 años para el país. Sin embargo, los juegos acabaron hasta el domingo y México sumó cinco medallas: tres platas y dos bronces. Una actuación de la delegación mexicana que irónicamente resultó estar por encima del promedio histórico del país (3.2 medallas por edición desde 1932). Esto quiere decir que la distancia entre un resultado pésimo y uno bueno es, para México, de tres atletas, de un solo día. ¿Por qué el éxito olímpico de México (aunque llevó la tercera delegación más grande en su historia) dependió de cinco atletas? Esta medianía no es la excepción sino la regla en la historia olímpica mexicana: somos un país que gana pocas medallas. Nuestro país ha sido incapaz de planear, desarrollar y consolidar un aparato deportivo que consiga mejores resultados –y las razones de esto van más allá de aumentar el presupuesto al deporte y más atrás de la llegada de algunos dirigentes a los puestos directivos del deporte nacional.


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¿Por qué los países ganan medallas?

En los Juegos Olímpicos abundan los momentos emocionantes, pero quizá no las sorpresas, menos aun cuando se trata del número de medallas que ganan los países, pues el número de medallas que ganan (y en qué disciplinas) es bastante predecible. Los cambios importantes de desempeño generalmente pasan muy paulatinamente. Hay, evidentemente, excepciones a la regla: basta ver el súbito éxito de China en 1984 (con su primera delegación en forma), pero esto es extremadamente atípico. A grandes rasgos, para predecir el éxito olímpico hay dos variables sociodemográficas importantes –población y tamaño de la economía– y dos variables no sociodemográficas: si el país en cuestión es anfitrión o no y su desempeño en la olimpiada pasada.

Sin embargo, sobra decir, no todos los países grandes ganan medallas ni solo los países ricos logran subir al podio. Ahí están Luxemburgo y Noruega, por ejemplo, que cuentan con mejores indicadores de vida que Kenia o Etiopía, aunque los primeros apenas cosechan medallas, mientras que los segundos son fábricas de corredores olímpicos. El hecho es que no a todos los países les importa ganar medallas y no a todos los países a los que les importa lo consiguen. No basta con querer, hay que poder. ¿Cuándo se juntan estos dos factores en un solo país? ¿Cuándo los países quieren ganar medallas y pueden hacerlo?

Hay, a (muy) grandes rasgos, tres modelos de países que ganan muchas medallas en los Juegos Olímpicos, tres modelos que nos hablan de cómo se distribuyen las capacidades deportivas entre la población de cada país, donde necesariamente intervienen factores como la capacidad económica de cada país y el rol del gobierno en la distribución de estas capacidades. Los distintos modelos se diferencian no solo en capacidades estatales y en riqueza sino también en ese difuso concepto de “calidad de vida”, al cual nos aproximamos de manera oblicua por la esperanza de vida y el PIB per cápita.

  • Países muy ricos y muy exitosos. Estos países, dentro de los que encontramos a Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y Japón, tienen una población en la que la capacidad deportiva está esparcida homogéneamente. Ya sea resultado de educación deportiva de alta calidad en sus escuelas o de mucha infraestructura deportiva, el grueso de su población ha practicado algún deporte y tiene la capacidad para intentar volverse un atleta de alto rendimiento si así lo deseara. En estos países, el potencial deportivo es un bien público, al acceso de todos y provisto por el Estado. Tienen alta esperanza de vida y niveles de PIB per cápita elevados. Estos países muy ricos, que mandan delegaciones grandes de atletas top, cosechan constantemente muchas medallas. El éxito de estos países en el medallero es señal de altos niveles de vida, buena infraestructura y de ciudadanos con capacidades deportivas.
  • Países pobres con gobiernos grandes. Este grupo de países, generalmente con gobiernos comunistas o excomunistas, redistribuye desde el Estado las capacidades deportivas para crear un grupo amplio de atletas de élite, a pesar de que el grueso de la población carece de estas capacidades. En este caso, no cualquier ciudadano tendría las herramientas para ser deportista si así lo decidiera; solamente un grupo selecto de personas son foco de la inversión gubernamental, pero a este grupo se le invierten muchos recursos estatales. En estos países, como Corea del Norte, China y Rusia, la capacidad deportiva es un bien privado que controla el Estado y los Juegos Olímpicos son una arena importante de la competencia geopolítica internacional. Tu lugar en el medallero es reflejo de tu poderío e importancia. Los Juegos Olímpicos son política exterior.
  • Países pobres pero especializados. Estos países tienen atletas muy sobresalientes en muy pocas disciplinas. Las condiciones de vida en esos países no fomentan que haya un gran universo de atletas de élite. En el mejor de los casos son capaces de lograr cierta especialización y producir muchos atletas muy buenos en una disciplina. O bien recaen en anomalías, casos extraños que por meras características individuales logran destacar en alguna disciplina. En estos casos las capacidades deportivas son un bien privado que no está en manos del Estado, sino que los atletas individuales tienen que procurarse. Generalmente este grupo de países triunfa en disciplinas que no requieren de mucha infraestructura para practicarse, como el atletismo o la lucha. Estos Estados, como Kenia, Azerbaiyán o Etiopía, carecen de la capacidad de redistribuir o generar capacidades en su población a nivel macro, por lo que su éxito olímpico depende de una colección de esfuerzos individuales.

En general, la países que tienen un PIB per cápita mediano no ganan muchas medallas. Para estos países, la posición en el medallero no es un statement diplomático –y proveer a la población de bienes públicos para desarrollar atletas de alto rendimiento parece ser imposible. ¿Cuándo ganan medallas estos países? Cuando crean (o llegan a surgir) atletas extraordinarios. Este ha sido el caso histórico de México: cosecha medallas cada que un atleta sobresaliente aparece en el panorama. Cuando hay una Ana Gabriela Guevara o un Joaquín Capilla. No hemos sido buenos criando grandes camadas de atletas de alto rendimiento, de élite, que vayan a traer a casa muchas medallas.


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El dinero no genera (automáticamente) más medallas

Hay quienes dicen que el poco éxito de México se debe a que no se invierte en deporte. Si tan solo le dedicáramos más dinero, seríamos una potencia olímpica, proyectan. De hecho, no es claro que en el caso de México más presupuesto implique mejores resultados. Es cierto que el dinero importa –la evidencia histórica mundial lo demuestra. Los atletas tienen que tener instalaciones idóneas donde entrenar, tienen que poder ir a eventos de clasificación, tienen que tener dinero para poder dedicar su vida a hacer deporte. No se entienda mal: lo que estamos diciendo es que la evidencia apunta a que la relación entre el aumento de presupuesto en las federaciones deportivas y el desempeño no es tan directa en México.

El año pasado, hicimos una investigación sobre los presupuestos de las federaciones deportivas y los resultados en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y los de Toronto 2015. Más dinero, hemos descubierto, no implica necesariamente un mejor desempeño. Federaciones deportivas con presupuestos relativamente bajos, como la de tiro con arco, cosecharon medallas en Londres, al igual que federaciones con muy altos presupuesto, como la de clavados, que consiguió tres preseas hace cuatro años y una en esta edición. La federación de voleibol tuvo un mayor presupuesto en 2015 que la de taekwondo y, sin embargo, esta última generó medallas y la primera no.

Darle más dinero a las federaciones no implica necesariamente mejores resultados. En primer lugar, no todas las federaciones necesitan el mismo presupuesto: algunas agrupan a más atletas, otras, por la naturaleza misma del deporte al que representan, requieren de más inversión. No se trata solamente de invertir más dinero en las federaciones, como demuestra la experiencia histórica, se trata de invertir mejor. La inversión debe generar las condiciones para que la mayoría de la población pueda practicar un deporte, amateur o profesionalmente. Esto es complejo: se trata de tener una política estatal que genere y entienda a la capacidad deportiva como un bien público y no como un privilegio limitado a unos cuantos.


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México, varios kilómetros por correr

Si no es el dinero, hay algo más que explica el caso de México. Nuestro país no pertenece a ninguno de los tres grupos que tradicionalmente ganan muchas medallas. No somos, ni quizá sería deseable ser, un país que entienda al medallero como un símbolo de poder y que, para lograr estar en la cima de él, toda la sociedad tenga que concentrar los recursos públicos en unos cuantos. México está entre los países muy ricos y muy exitosos y entre los países pobres pero muy especializados. Es decir, entre un Estado que distribuye las capacidades (en este caso deportivas) de manera homogénea entre su población y un Estado completamente ausente que, por su ausencia misma, origina triunfos anómalos y atribuibles a factores meramente individuales. Ir de un lado a otro lleva tiempo –la historia pesa. Sumemos esto a que no existe una fórmula mágica: la brecha que divide ambos extremos es fundamentalmente una historia de crecimiento económico. Lo que parecería dejarse entrever, no obstante, entre estos tres modelos es que, si bien el crecimiento económico importa, la riqueza generada debe distribuirse (vía servicios) entre la población. Como anotábamos, la construcción y consolidación de un exitoso sistema deportivo no es un tema solo de riqueza sino, sobre todo, de calidad de vida de un país. Es decir, detrás de todo esto –por tratarse de un proyecto de largo plazo– está una pregunta por el Estado: ¿qué tipo de país queremos ser? ¿Queremos que el éxito olímpico sea la meta única o la consecuencia del crecimiento económico y de una mejor calidad de vida?

(Fotos: cortesía de Jon OsborneComisión Nacional de Cultura Física y Deporte México y Marco Paköeningrat.)

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La invisibilidad de las Tris: discriminación y futbol en México

Las Tris son invisibles. En México, cuando se habla de futbol, se habla de futbol masculino. Hoy, por ejemplo, se juega la final de la Copa Mundial Femenina y el silencio en torno a esta competencia es elocuente: una prueba más de la sistemática exclusión que enfrentan en el país las mujeres que practican o pretenden practicar este y otros deportes.

En México la discriminación de género suele denunciarse y combatirse en términos políticos y jurídicos, mientras que en ciertas prácticas culturales el trato hacia la mujer no cambia. Sobre todo en la capital, se fijan cuotas para atenuar el desequilibrio entre mujeres y hombres en el gobierno, se les reconoce a las mujeres ciertos derechos relacionados con la reproducción –como el libre acceso al aborto– y se penaliza la discriminación en las cortes. Sin embargo, ¿qué tanto influyen estas y otras leyes en la manera en que se valora a la mujer en ámbitos como el deportivo? Está claro que la invisibilidad de la selección nacional de “futbol femenil” se debe a una carencia de apoyo económico y cultural, síntoma de un penetrante machismo. La mera necesidad de emplear el término “futbol femenil” sugiere ya que, para muchos, este no es sino una subcategoría de un deporte apropiado por los hombres.

Las circunstancias de la actual Copa Mundial han escondido aún más a las futbolistas. Las mexicanas, colombianas, brasileñas y costarricenses (las únicas representantes latinoamericanas entre 32 equipos de todo el mundo) tuvieron que jugar a la sombra de la Copa América –varonil, claro– que ocurría simultáneamente. Los medios de comunicación en México, reflejando su preferencia por el deporte masculino, permanecerion casi silenciosos con respecto a las mujeres. Un par de inmediatas comparaciones demuestra la indiferencia hacia ellas: por ninguna parte se escuchó la campaña “Cielito Lindo” de Coca-Cola que dominó la televisión el verano pasado, y Enrique Peña Nieto no se puso nunca su dichosa corbata tricolor. Puedo confirmar, además, que encontrar la transmisión de los partidos en algún bar o cantina fue tan difícil como debería ser ver Miss Universo tras los comentarios racistas de Donald Trump.


Las tris nacieron en 1976, año en que México fue sede de la Primera Conferencia Internacional sobre la Mujer, patrocinada por la Organización de Naciones Unidas. El equipo mexicano jugó en distintos torneos informales hasta que en 1991 se llevó a cabo la primera Copa Mundial Femenil. Desde entonces las mexicanas han experimentado una trayectoria bastante distinta a la de la selección masculina.

Para empezar, el equipo cuenta con el mismo entrenador, Leonardo Cuéllar, desde 1998, a pesar de que en el futbol los equipos suelen cambiar de directores técnicos “con la misma frecuencia con que cambian de ropa interior”. No obstante los éxitos que acompañan la dirección de Cuéllar, las Adelitas –como también se les conoce a las jugadoras mexicanas– no han llegado a la segunda ronda de la Copa Mundial en ninguna de sus tres apariciones. En esta Copa, por ejemplo, terminaron con un solo punto y fueron el único equipo de su grupo que no avanzó: empataron con Colombia y perdieron dos partidos (uno de ellos aniquiladas 5-0 por las francesas). Sin una autoridad que se preocupe por los triunfos y derrotas de las Tris, las mexicanas seguirán con la misma dirección técnica y tendrán resultados parecidos en las Copas futuras. Esto, desde luego, no tiene que ver con el talento del equipo sino con el poco valor que se le concede a la selección nacional y con la poca exigencia que enfrenta su entrenador, del que, parece, no se espera lo mismo que de, por ejemplo, Miguel Herrera.

Hay, sin embargo, un creciente interés por el futbol femenil en México. Desde 2007 existe una liga, aunque con un perfil poco profesional (al momento de escribir este artículo, el sitio web carecía de imágenes y texto completo). A diferencia de la liga masculina, la Liga Mexicana de Futbol Femenina no funciona como un filtro para la selección nacional. En 2009, por ejemplo, se reportó que varios de los dueños de los equipos se rehusaron a permitir que sus jugadoras participaran en la selección, ya que una lesión comprometería el éxito (léase: el ingreso) del club. Comentó entonces Cuéllar: “Hay muchas ligas armadas que tienen temor de que les vayamos a quitar a sus niñas con el famoso pirateo, pero no estamos con la idea de despojarle el negocio a nadie, de robarles las jugadoras; la selección es de todas ellas.”

De este modo, la selección nacional no se compone de las mejores jugadoras mexicanas (de las mejores “niñas”), y lo que manda el país a las exhibiciones internacionales no es la mejor representación del talento nacional. Mientras los hombres deben hacer lucir a sus países, las mexicanas son meros activos de clubes particulares. Resulta imposible imaginar que el FC Barcelona no permitiera a Messi, a Suárez o al Chicharito jugar en la Copa Mundial con sus perspectivos países.


Muchas de las mexicanas que eligen jugar para la selección nacional nacieron en Estados Unidos, país en que el futbol femenil genera mucho interés y ha tenido gran éxito. Una de las claves de ese éxito es la ley Título IX (Title IX), aprobada en 1972, que estipula que todo programa educativo financiado por el Estado –incluidos los deportes– debe dividirse equitativamente entre hombres y mujeres. A partir de ese momento los deportes femeninos empezaron a crecer en los colegios y universidades, que tuvieron que racionar el dinero destinado a los deportes masculinos. Es por eso que hoy muchas instituciones educativas estadounidenses cuentan con un equipo de futbol femenino y no con uno masculino. En la Ohio State University y en la University of Oregon, por ejemplo –cuyos equipos compitieron por el campeonato de futbol universitario el año pasado–, el deporte no se llama “women’s soccer” sino, simplemente, “soccer”, porque con el dinero que reciben los programas de “futbol americano” no hay fondos suficientes para apoyar el soccer para hombres.

A causa de las becas otorgadas precisamente por el Título IX, las universidades estadounidenses hospedan a muchas jugadoras que participan en las Copas Mundiales año tras año. De la selección nacional mexicana basta señalar a las dos más celebradas: la delantera Renae Cuéllar, quien jugó para las Universidades de Arizona y Oklahoma, y a Mónica Alvarado, en Texas Christian University y Mississippi State. De las 23 jugadoras mexicanas, trece jugaron o juegan actualmente para un equipo universitario, y una, Emily Alvarado, aún cursa la preparatoria en El Paso, Texas.

Además de la experiencia que las jugadoras ganan gracias a los frutos del Título IX, la liga nacional de futbol femenil (NWSL) en Estados Unidos les ofrece una carrera –es decir, la oportunidad de ganarse la vida. Así, Mónica Ocampo juega actualmente para el Sky Blue FC en Nueva Jersey; la delantera Veronica Pérez y la zaguera Bianca Sierra, para el Washington Spirit, y Arianna Romero, para el Houston Dash.

Resumiendo: algunas de las jugadoras de la selección mexicana nacieron en Estados Unidos, la mayoría cursa (o cursó) la universidad en ese país y varias juegan a nivel profesional allí mismo –no están en la selección mexicana, pues, gracias al apoyo económico ni moral de México. Uno se queda con la pregunta de cómo jugarían esas futbolistas si también el país que han decidido representar las abrazara.

Sin menospreciar los avances que se han visto en Estados Unidos, queda aún mucho por hacer a nivel mundial. El año pasado el expresidente de FIFA Joseph Blatter sugirió que las mujeres deberían llevar shorts más cortos y apretados –à la voleibol– para generar más interés, comentario que reduce a la futbolista a un objeto sexuado. La delantera estadounidense Alex Morganconfesó que Blatter no logró identificarla en un evento de la FIFA en 2012, no obstante que el evento era justo para reconocerla como una de las tres mejores jugadoras en el mundo.

Acaso la noticia más señalada este año, en el ámbito del futbol femenil, fue la demanda que la selección norteamericana levantó contra la FIFA luego de que esta decretara que todas las canchas canadienses en las que se celebraría la Copa tuvieran pasto artificial. Las futbolistas arguyeron, con mucha razón, que la Copa Mundial masculina jamás se jugaría en tales condiciones. El pasto artificial, además de causar heridas y lesiones graves, provoca que el balón sea menos predecible, por lo que varios jugadores –como Thierry Henry, el condecorado delantero francés– se niegan a jugar sobre él. La demanda de las mujeres, sin embargo, fue en vano: el caso se tuvo que retirar después de una seria de tácticas jurídicas de la todopoderosa FIFA.


Es posible que algunas mexicanas no vean la necesidad de realizar una crítica feminista del futbol en México, ya que, para ellas, abrir este deporte a las mujeres significaría intentar liberar a la mujer dentro de los patrones masculinos. Esta perspectiva, sin embargo, desatiende que el proceso de emancipación es un proceso de empoderamiento y que el deporte puede ser un vehículo hacia esto último. Es necesario transformar la imagen del cuerpo femenino –del mero objeto que es para Joseph Blatter a una máquina de velocidad, fuerza y autonomía– y ofrecerles a las mujeres una manera de cuidarse, de entretenerse y –además y como muy pocas veces sucede– de representar a su país.