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Los caídos: el realismo de las emociones

La mayoría de las personas no logramos definir lo que sentimos. Una emoción se perfila como una mezcla de sensaciones, su nitidez nos es ajena, sobre todo, en esta época de la intelectualización de los sentimientos. El pienso luego existo nunca había sido tan empleado, porque pareciera que todos, conscientemente o no, estamos inmersos en un psicoanálisis que nos aleja de nosotros. Entonces, antes de verdaderamente alcanzar a definir lo que sentimos, hablamos de lo que nos gustaría sentir, el pensamiento nos acorrala y no nos deja escuchar, sin intervenciones, a nuestras emociones.

Los caídos, la primera novela de Carlos Manuel Álvarez, nos describe un realismo de las emociones, una atmósfera plagada de sensaciones que parecieran estar muy hasta el fondo del terreno pisado por sus personajes, por eso, quizás, ellos mismos deben caer para distinguir lo que son y lo que les afecta. Los caídos también es una novela que se eleva en su forma de ser narrada, la utilización del lenguaje, y ese valor para enunciar lo que se siente, no lo que se piensa que se debe sentir, y se presenta como un ciclo completo de emociones que comparte y experimenta una familia de cuatro miembros: el hijo, la madre, el padre y la hija. La novela es narrada por los cuatro personajes, por las cuatro voces, la novela es un río que se bifurca en cuatro riachuelos y, a ratos, vuelve a desembocar en el mismo río, que dará al mar de una época que se vivió (o se vive) en la Cuba después de Fidel Castro.

¿Cómo definir una era en la que, aparentemente, ha terminado una dictadura? Porque nada termina inmediatamente. Para que algo acabe necesita ser sustituido por otra cosa que entonces evidencie la ausencia, en la ausencia siempre quedan los recuerdos, y los recuerdos son sombras materiales. Buscamos definir con el lenguaje, buscamos dar sentido al silencio, a la inmovilidad, a la tragedia, y al amor. Las palabras, a veces, son más reales que la realidad. O cambian o forman o definen esta realidad que se concibe a sí misma de manera indiferente, olvidándose de que nosotros, los seres humanos, los seres que pensamos y sentimos –y hemos olvidado que sentimos–, la nombramos con las palabras que conocemos, pero, ¿qué pasa con esas emociones que son parte de nosotros y no logramos reconocer?

En Los caídos, Carlos Manuel Álvarez nos lleva a sentir la desolación del hijo, de aquel que se sabe que pudiera hacer más en libertad, mientras se encuentra encerrado en un cuartel militar. Nos impregna con la enfermedad de la madre, una enfermedad que se vuelve aliciente y cura por la rudeza de la atmósfera invisible; la soledad del padre, del hombre que vio fracasar la utopía de los ideales de una sociedad que iba a organizarse de la manera más justa, y la dureza y la frialdad de la hija, la única que no se deja caer. La perspicacia de ciertos enunciados que pronuncian los caídos permanece como eco de una verdad: “Es la noche la que mide la fortaleza de nuestra salud mental”, dirá el hijo; “Mi cuerpo como un país que a veces recorro”, dirá la madre, “El plátano troceado, apenas mordisqueado para ahorrarlo. Mi hija estaba aprendiendo el arte de la escasez”, dirá el padre; “Empiezo a ver desfiguradas a todas las personas que no tienen quemada una parte del lado derecho del cuerpo”, dirá la hija.

En 1965, Elias Canetti pronunció un discurso sobre Realismo y Nueva realidad que se mantiene vigente: “Nos damos cuenta, por ejemplo, de que todo está prefigurado en ciertos mitos: son conceptos y deseos antiquísimos que hoy en día realizamos fugazmente”. Habla sobre Balzac y Zola, y lo que ellos aseguraban eran sus métodos de escritura para alcanzar el realismo en sus obras. Discurre sobre la precisión y la tecnología que nos lleva a cierta exactitud en nuestras representaciones. Sobre la especialización y una concepción consciente del futuro. Finalmente, Canetti, dice que hemos osado en la voluntad utópica: “No existe utopía que no pueda realizarse”.

¿A dónde voy con esto? Me parece que Carlos Manuel Álvarez, así como otros escritores y escritoras en este momento, han osado generar una utopía de sus novelas, pero una utopía en cuanto al realismo de las emociones que se describen, no en cuanto a que dicha historia esté cargada de romanticismo o de triunfos, menos aún de éxitos. Es, más bien, la develación de un estado anímico que pudiera ser inalcanzable al sólo narrar los hechos que configuran la historia. No nos obliga a racionalizar ni a “entender” por vías del pensamiento, más bien, nos integra de lleno a la experiencia de las sensaciones. Buscando, de alguna manera, hacernos volver al cuerpo y sentir, despertar, en nosotros lectores y lectoras, esos recuerdos y nostalgias, esas experiencias de tristeza, de desolación, de pequeñas (o grandes) tragedias, y esos sentimientos que nos vuelven, sobre todo, seres humanos.

Porque aunque tengamos el lenguaje, también este puede ser la barrera que se entromete para llegar a eso que somos, alcanzando sólo eso que creemos que somos, experimentando certezas vacías. Mientras que el verdadero lenguaje, ese de las emociones, termina por liberarnos, quizás, en pleno dolor y, entonces, tal vez, desprendiéndonos del dolor, porque el dolor no es un dolor individual, se manifiesta en cada individuo de manera distinta, pero, y más bien, es un dolor humano del que todos y todas somos partícipes, el dolor es nuestro lenguaje, y mientras haya historias y voces que nos lo revelen, podemos seguir configurando nuestro camino hacia una utopía de liberación, hacia un poder estar, sin la carga de tener que estar, sin el pensamiento que nos asegura que ese estar es obtener. Estar, sentir, y lograr reconocernos en todo ser humano que también siente e intenta estar.

Dos noticias literarias

1. Indomable divino Sergio

El jueves murió a los ochenta y cinco años Sergio Pitol (1933-2018), el último (o penúltimo o antepenúltimo) gran narrador mexicano de su generación. El primer libro de Pitol que leí fue El desfile del amor (1984), una novela que inicia con una certeza y termina en la suma de muchas dudas. No he vuelto a leerla completa, pero de cuando en cuando releo páginas salteadas, y siempre, tras admirar esa prosa con la que Pitol organizaba escenas perfectas y desafiaba cualquier escollo intelectivo, no dejo de preguntarme por el tema de la novela: ¿es una sátira de la extrema derecha y la izquierda en México? ¿Una novela de espías que multiplica misterios? ¿Una visión de México como melting pot de posguerra? Pues ese es el no-centro de la literatura de Pitol: la concatenación de lógicas dispares, de formas de narrar contrapuestas.

En «Vals de Mefisto» (1979), uno de sus mejores cuentos, la protagonista describe el estilo literario de su esposo, que es una síntesis perfecta del arte pitoliano:

«[…] la anécdota, como en casi todo lo que escribía, era un mero pretexto para establecer un tejido de asociaciones y reflexiones que explicaban el sentido que para él revestía el acto mismo de narrar.»

De inmediato leí Domar a la divina garza (1988), un título que podría haber elegido Tennessee Williams o soñado Stanley Kowalski, y en el que el centro móvil de la trama es un enfrentamiento psicótico con una femineidad burlona. Lo que más suele celebrarse de este libro es la conclusión escatológica (en el mal sentido de la palabra) del relato de Dante de la Estrella, arquetípico visitante indeseable, pero su valor más alto es la revitalización de la novela monólogo-matrioshka, a la que Pitol somete a numerosas vueltas de tuerca.

En su reseña de Domar a la divina garza, el crítico literario Christopher Domínguez Michael titubea al llamar cosmopolitas a Pitol y Juan García Ponce:

«Llamarlos “cosmopolitas” sería, a estas alturas, una consideración anticuada e inútil. Hablar de cosmopolitismo es aceptar una exclusión, asumirla o condenarla.»

Asumido o condenado, Pitol se movió en muchos países, tradujo, ensayó y prologó literatura polaca, rusa e inglesa (y eso nada más entre los libros a la vista de mi biblioteca), y saqueó sin piedad tramas y matices de literaturas canónicas (pero absolutamente excéntricas en México) para tejer sus narraciones protagonizadas por mexicanos en el exilio o vueltos de él.

Para los lectores de Pitol ya debe estar clarísimo que eludo la esencia de sus libros. Más que el terror al spoiler me mueve señalar, a quienes no lo han leído, la libertad creadora (es decir: el redoble de la angustia de las influencias) que heredó la narrativa mexicana gracias a la heterodoxia lectora de Pitol. Estas cosas hay que decirlas, porque suelen darse por eternas, como los derechos de las minorías, pero siempre hay alguien atrás con un cincel y una pala que escarba la tierra para volvernos salvos o modernos, o, por lo menos, otra vez, mayores de edad en el panorama literario mundial.

Otros libros y otras formas me atrajeron por un tiempo, hasta que el destino me hizo darme de bruces con El arte de la fuga (1996), una recopilación de ensayos y crónicas que debiera ser la Biblia de la cuadrilla de la no ficción, la autoficción y anexos; ahí hay más posibilidades que en casi todos los popes gringos del género. El relato al que más he vuelto es una crónica-sin-lentes de Venecia que podría haber concebido Italo Calvino, así de imaginativo y formal era Pitol. Con El arte de la fuga no solo se corrobora la valía de su obra, sino que se pone en evidencia la condición de puente que supone Pitol al interior de las narrativas europeas. Permítanme esta exageración: Pitol fue tan importante para Enrique Vila-Matas como Alfonso Reyes para Borges.

Este fin de semana en Twitter los neoexpertos denunciaron a los villamelones por compartir la mítica foto de Pitol: sentado en el piso y flanqueado por dos de sus mejores amigos: José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Los tres tienen lugares de honor en la lista larga de la mejor literatura mexicana. Pitol es el segundo más importante de los tres.


2. El Formentor y la justicia

En su primera encarnación (1961-1967) el Premio Formentor se propuso subsanar las errancias de la Academia Sueca, y para Samuel Beckett y Saul Bellow supuso un peldaño camino al Nobel. En su reaparición (2011-) el premio se abocó a palomear con acierto y sentido común el quién-es-quién de la narrativa hispana. En 2016, por primera vez el premio fue concedido a un escritor en otra lengua, el italiano Roberto Calasso, y ahora tocó el turno a Mircea Cărtărescu, el rumano que a fuerza de popularidad va camino a convertirse en el Haruki Murakami de la haute culture.

La alta literatura fantástica (que no tiene nada que ver con la alta fantasía) que viene después de la psicodelia y sigue viva tiene de cabezas de lista a Thomas Pynchon, Don DeLillo, Salman Rushdie y a algunos más jóvenes y en general abiertamente techies, como Neal Stephenson. El primero en advertir el callejón sin salida fue David Foster Wallace, y para escapar dotó a sus ficciones de una honestidad emotiva inédita en el género. En la retaguardia se encontraban un estadounidense y un argentino con la biblioteca estadounidense más envidiable: Jonathan Lethem y Rodrigo Fresán, y sus tentativas para darle la vuelta al maximalismo coincidieron en la idealización de las amistades de la infancia. En sus mejores novelas Lethem es la consagración de un híbrido que exigía Estados Unidos: Marcel Proust meets Philip K. Dick. Fresán es, desde donde se le mire, un escritor más sobresaliente, y alguien comprometido con la naturaleza de su arte.

Y ese es el club en el que compite Cărtărescu. Tras la importación fallida de sus libros en traducciones de las versiones alemanas, la editorial Impedimenta y la traductora Marián Ochoa de Eribe asumieron la diligencia de acercar a los lectores en español a Cărtărescu. Lo menciono porque es la constante de reseñas, prólogos e inserciones pagadas: la traductora y la editorial como ejes de un club del libro sin sede. ¿Y cómo resistirse a solicitar membresía? Cuando me escucho hablar de Cărtărescu descubro que no soy muy distinto a aquellos niños fanáticos de Harry Potter que iban a los estrenos de las películas disfrazados de aprendices de mago. Las reseñas de sus libros padecen el mismo síndrome: derrochan name dropping (Julio Cortázar, Vladimir Nabokov, Stanislaw Lem) porque se antoja el procedimiento más sencillo para señalar la profundidad de una obra a la que, también, solo podemos referirnos del modo más reverencial y adjetivado.

De entre sus libros que he leído ninguno mejor que Nostalgia, una colección de cinco cuentos sorprendentes y profundamente enternecedores (pero enternecedores a la manera de Chéjov y Dickens: una mezcla de dolor y felicidad). El primer cuento, «El ruletista» está escrito a la manera de los cuentos ingleses que le gustaban a Borges. Los tres cuentos centrales, «El Mendébil», «Los gemelos» y «REM» son complejos y están repletos de planos narrativos, y fueron escritos con una pasión estilística febril y proustiana. El último cuento del libro, «El arquitecto» arranca como una historia de Roald Dahl y al final se convierte en una pieza de humor casi metafísico.

El cuento de los gemelos es el punto de partida de Lulu (publicada en rumano bajo el título de Travesti, que es exacto), un trabajo extraordinario de ocultamiento de una trama que se presume sórdida, injusta y terrible, y cuya ausencia es sustituida por sueños arácnidos.

El poema El levante, un ejercicio joyceano que disfruté mucho y comprendí poco, supuso la consagración nacional de Cărtărescu como poeta. Los semiautobiográficos Las bellas extranjeras y El ojo castaño de nuestro amor deben ser leídos después, ya en función del fanatismo, y lo mismo puede decirse de sus Correspondencias con la escritora Luisa Etxenike.

Apenas me he asomado a Solenoide, el libro del año en infinitud de listas de 2017, y al que se juzga de obra total. Su tamaño (ochocientas páginas) me ha hecho postergar la lectura para días con una calma que no tuve cuando leí sus otros libros.

No recomiendo a ningún escritor vivo por encima de Cărtărescu, salvo, en ocasiones, a William T. Vollmann.

 

http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/29-009-sergio-pitol?showall=&start=4

http://www.letraslibres.com/vuelta/domar-la-divina-garza-sergio-pitol

https://twitter.com/Milenio/status/985184417328058369

collageportadas

Libros de 2017 o ¡sí llegamos a cargar a los peregrinos!

Otra lista de los libros del año llena de arrepentimientos y amiguismos (visto por el lado bueno: antídoto a las listas corporativas; solipsismo o Gran Hermano). Que de algo sirvan los colegios de curas y los manazos de las monjas en los albores de la izquierda coquetona con los evangélicos y sus contrincantes de laicismo light (hasta donde alcance: para los muy laicos hay tabla, ejército y Ley de Seguridad Interior), por mi culpa, por mi culpa, por mi Laica y Personalísima Culpa mis enemigos me impidieron leer Solenoide de Mircea Cărtărescu [compañero, ¿va a perderse ahora en los vericuetos de un novelista freak sin todavía decidir si quiere amnistía con los narcos, SMPEQNEP (Salario Mínimo Por Existir Que No es Poco) o al Funcionario Modelo/Muy Preparado/Flor En El Pantano? ¿Cómo quiere ponerse a leer la historia de un señor con piojos pero no tiene el corazón de darle la firma a una indígena pobre que no es corrupta? ¿O prefiere apoyar a una mujer que sí puede ganar, con mucha suerte, con muchísima suerte, si se alinean los astros, los panistas y la desmemoria? ¿No le gustaría tener en la boleta a un gobernador millonario disfrazado de Piporro?], pero me lo llevo en la maleta para 2018 junto a estos otros libros que espero me espanten toda tentación de urgencia y cambio histórico: Mark Z. Danielewski, The Familiar, Volume 5: Redwood; Rodrigo Fresán, La parte soñada; y Henry James, Cuentos completos (1864-1878).

Tampoco leí Sepulcros de vaqueros de Roberto Bolaño, pues los distribuidores de Alfaguara no tuvieron la piedad de mandar unos cuantos ejemplares al exDF. Nos negaron ese cosmopolitismo que dábamos por sentado y hasta sentíamos aldeano (no hay chileno mexicano, hay chileno universal en las mesas de novedades de Tipos Infames, Casa del Libro, FNAC y La Central).

Algo parecido debió suceder con Connerland de Laura Fernández, que es la mejor escritora y punto, y cuyos libros deberían llegar a todos lados, porque lo que no sobra, pero existe en cada geografía son personas raras, enternecedoras y caricaturescas que quieren leer cosas raras, enternecedoras y caricaturescas alambicadas en estructuras impredecibles. Más información en 2018.

Mi 2017 empezó paralizado, sorprendido y escépticamente esperanzado con los disturbios contra el gasolinazo y terminó en las sesiones del Diplomado de Creación Literaria Horizontal. Los nuevos libros del plantel (escurre una lágrima en mi mejilla de Pep Guardiola del fichaje literario) encabezan otras listas y son el corazón de esta. En estricto orden de aparición en el aula:

  • Daniel Espartaco Sánchez, Ceremonia, Paraíso Perdido.
  • Joserra Ortiz, La conquista del Monte Venus, Abismos.
  • Luis Jorge Boone, Bisonte mantra, Ediciones Era.
  • Hernán Bravo Varela, Historia de mi hígado y otros ensayos, Fondo de Cultura Económica.
  • Jorge Volpi, Contra Trump, Debate.
  • Fernanda Melchor, Temporada de huracanes, Random House.
  • Alejandro Zambra, Mudanza, Antílope.
  • Luis Felipe Fabre, Escribir con caca, Sexto Piso.
  • Imanol Martínez, Tríptico de las despedidas, Fondo Editorial Tierra Adentro.

Y fuera del diplomado, pero dentro de Mexicostán del Temblor y la Inseguridad Interior encontré estos otros libros sobresalientes:

  • Nazul Aramayo, La Monalilia y sus estrellas colombianas, Fondo Editorial Tierra Adentro.
  • Mario Bellatin y Liniers, Bola negra, Sexto Piso.
  • Luciano Concheiro (Coord.), Inventar lo posible. Manifiestos mexicanos, Taurus.
  • Diana Garza Islas, Catálogo razonado de alambremaderitas para hembra con monóculo y posible calavera, Conarte.
  •  Sergio González Rodríguez, Teoría novelada de mí mismo, Random House.*
  •  Julián Herbert, Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, Random House.
  •  Joaquín Hurtado, Vuelta prohibida. Tomo I (Narrativa reunida 1991-2003), Atrasalante.
  •  Tedi López Mills, Mi caso Rimbaud, Bonobos Editores.
  •  Brenda Lozano, Cómo piensan las piedras, Alfaguara.
  •  Emiliano Monge, La superficie más honda, Random House.
  •  Antonio Ortuño, La vaga ambición, Páginas de Espuma.
  • David Toscana, Olegaroy, Alfaguara.
  • Carlos Velázquez, La efeba salvaje, Sexto Piso.
  • Heriberto Yépez, Mexiconceptual, Satélite.

Allende del Golfo y del Muro también disfruté:

  • Emmanuel Carrère, Conviene tener un sitio adonde ir, Anagrama.
  • Jorge Carrión, Barcelona. Libro de los pasajes, Galaxia Gutenberg.
  • Oscar Masotta (Ana Longini, ed.), Revolución en el arte, Mansalva.
  • Ricardo Piglia, Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida, Anagrama.
  • David Trinidad, Swinging on a Star, Turtle Point Press.
  • Heriberto Yépez, Transnational battlefield, Commune Editions.

Y dos catálogos de exposiciones siguen a las vueltas de mi escritorio a la mesita de noche:

  • Forensic architecture, Hacia una estética investigativa, MUAC-MACBA.
  •  Óscar Masotta, La teoría como acción, MUAC.

Y hacia 2018… ¡la caravana pasa!, y enfila cargada de urnas embarazadas hacia las promesas editoriales, como la traducción de El atlas de William T. Vollmann, que aparecerá en Pálido Fuego a finales de enero. Y para completar la biblioteca Vollmann de libros gigantes, documentadísimos e infinitos, prometo aventurarme a la lectura de los anunciados No Immediate Danger: Volume One of Carbon Ideologies y No Good Alternative: Volume Two of Carbon Ideologies. Y si tengo fuerzas y saldo en la tarjeta compraré The Familiar, Volume 6 de Danielewski.

Dice el Fantasma del FONCA del Futuro que las rubias naturales no podemos ir a la iglesia porque siempre tenemos un pecado, y que del Rosario nada más las letanías:

SNCA: ruega por nosotros.

Colegio Nacional: una silla para nosotrxs.

Editores de Piglia: que el próximo inédito sea un volumen de cuentos o una novela.

Herederos de J. D. Salinger: ya estamos listos para los tesoros que esconden.

 


* El 3 de abril murió Sergio González Rodríguez (1950-2017), tótem antihegemónico que a fuerza de valentía e inteligencia se colocó en el centro de nuestras discusiones. Con Sergio muere la tradición de la lista del año que más abarcaba: la de un lector voraz y crítico certero.

 

 

Museo de la Literatura Eterna

Querido artista

Ulises Carrión (1941-1989) nació en San Andrés Tuxtla, Veracruz, y se mudó a la Ciudad de México a los diecinueve años para estudiar Filosofía y Letras en la UNAM. A los veinte publicó dos cuentos en la revista La palabra y el hombre y a los veintiuno otro cuento en la Revista Mexicana de Literatura. A los veintidós fue bibliotecario de la Casa del Lago y obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores, y a los veintitrés y veinticuatro becas para estudiar Lengua y Literatura en la Sorbona y en el Instituto Goethe de Achenmühle.

Hasta ahí una carrera meteórica encuadrada en la literatura mexicana de su tiempo. Pero Carrión no vuelve a México cuando la Editorial Era publica su primer libro, La muerte de Miss O (1966). Ni cuando aparece en la Colección Volador de la Editorial Joaquín Mortiz su segundo y último volumen de cuentos, De Alemania (1970). Y es que en Carrión ya opera la transición europea, en la que su contacto con la teoría (primordialmente el estructuralismo), el arte internacional de posguerra (sobre todo el arte conceptual y Fluxus) y las relaciones interpersonales en las ciudades europeas provocan que revise su obra.

En 1972 hizo estudios de posgrado en la Universidad de Leeds y al año siguiente fincó su residencia definitiva en Ámsterdam. Fue uno de los fundadores de In-Out Center (1972-1975), un espacio de artistas holandeses, islandeses y latinoamericanos interesados en el performance, la edición y el videoarte. Allí publicó la mayor parte de sus obras-libro del periodo, como Sonnet(s) (1972), donde aparece cuarenta y cuatro veces el soneto Heart’s compass de Dante Gabriel Rossetti con alteraciones tipográficas o de función escritural (como nota al pie, como carta). O Tell me what sort of wallpaper your room has and I will tell you who you are (1973), compuesto por muestras de papel tapiz sobre las que se identifica vagamente a ocupantes de habitaciones (mi cuarto, tu cuarto).

De la misma época es su díptico Dear reader. Don’t read. (1973) y las Impresión + bolígrafo números 12, 13, 14, y 15 (ca. 1972), la mejor síntesis que hace Carrión de la crisis léxico-gráfica que detecta en la página impresa: en la 12 separa todas las palabras con diagonales; en la 13, la más lograda, dibuja diagonales y diagonales invertidas para señalar una relación de sentido que no va de izquierda a derecha, renglón a renglón; en la 14 exaspera el método de la anterior y una estructura de líneas hace ilegible la parte derecha de la página; y la 15 esta rayada con plumón de abajo hacia arriba.


Son, también, los años de sus últimos contactos con la literatura mexicana. En el número 16 de la revista Plural (enero de 1973) publicó el ensayo “Lo que pensó Pedrito González el día que se puso a pensar qué iba a hacer en la vida” y tres ejercicios comprobatorios de su tesis: la ciencia trabaja con estructuras y la poesía con metáforas; sin embargo el punto de encuentro entre dos estructuras es una metáfora, y las metáforas devienen en las estructuras que se encuentran para formar metáforas.

En el primer ejercicio, “Historia de una metáfora”, suma y resta sustantivos a una misma estrofa de tres versos y repite un estribillo de dos para evidenciar el sentido vacío de las estructuras, y cuán intercambiables son las metáforas. En el segundo reduce la copla 16 de las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique a seis posibilidades distintas de puntuación. Y en el tercero toma el “Romance que cantó la novena orden, que son los seraphines” de Fray Íñigo de Mendoza y los somete a tres operaciones: deja los estribillos pero suple el resto de las estrofas con líneas; después sustituye los estribillos por repeticiones silábicas sin obedecer a la métrica o a la rima, sino a la simulación gráfica; y, finalmente, reduce el estribillo a una rima que no es la del poema.

 

No soy el primero en señalar al estructuralismo como la pulsión dominante de esos textos[1], y lo confirma la correspondencia entre Carrión y el director de Plural, Octavio Paz, publicada en el número 20 de la revista (mayo de 1973). En la primera carta Carrión no duda en anteponer una defensa del estructuralismo frente a las reservas ya conocidas de Paz:

Leí el “Festín de Esopo” en inglés. Creo que la poesía está invitada, pero que debe ser una poesía nueva. Una poesía consciente de la distancia que separa al lenguaje de la realidad. Pero no nada más que diga estar consciente. (…) Ahora la poesía misma debe ser la expresión de conciencia, de esa distancia, pero sin decirlo con palabras que sufren de ese distanciamiento que ellas mismas denuncian.[2]

Si entendemos que Paz no fue otra cosa que un periodista, sobre todo eso, un gran periodista, un excelente divulgador de teorías y de hipótesis que entendía mal y transmitía bien, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (1967) es su libro imprescindible. En él rebate la extrapolación de la antropología estructural como herramienta de análisis literario, y argumenta que el poema no es susceptible de descomposición:

Gracias a la movilidad de los signos lingüísticos, las palabras explican a las palabras: toda frase dice algo que puede ser dicho por otra frase, todo significado es un querer decir que puede ser dicho de otra manera. (…) El poema es inexplicable, excepto por sí mismo. Por una parte, es una totalidad indisociable y un cambio mínimo altera a toda la composición; por la otra, es intraducible: más allá del poema no hay sino ruido o silencio, un sinsentido o una significación que las palabras no pueden nombrar.[3]

Páginas adelante Paz propone un método alternativo (poco convincente) al análisis estructural, pero la discrepancia de origen explica el dictamen que hace Paz de los textos de Carrión en su respuesta:

Me interesan mucho, especialmente los que usted llama “vagamente teóricos” y que a mí me parecen los más literarios. Los otros, precisamente por ser estructuras, no son propiamente literarios a mi juicio. Lo literario es aquello que emiten las estructuras. Claro, toda emisión verbal es significado (mensaje). Lo propio del mensaje literario, creo, es que contiene su propia negación: no “vale” (no es) como significado; su valor (su ser) se despliega más allá de la significación. La literatura emite significados y, apenas los emite, los borra, los pone entre paréntesis, ¿no cree?[4]

Y Carrión no cree:

Dice usted que mis textos, porque son estructuras, no son literarios. No veo por qué. Mis textos no son estructuras como las que describe un lingüista (no sé prácticamente nada de lingüística). Mis textos son estructuras puestas en movimiento. Comienzan en un punto y terminan en otro. Lo que las diferencia de la “otra” literatura es que yo no introduzco ninguna intención, ningún contenido extrínseco (contenido extrínseco, ¿pero es posible?) a la estructura misma. La estructura no necesita, para significar algo, llenarse de mi pequeña historia. Siempre pequeña, por ser nada más mía. (…) Yo no quiero ni puedo imponer un contenido porque no sé qué quieren decir exactamente las palabras (¿y cómo saber si el lector sabe?).[5]

En la última carta Paz insiste en una obviedad: “Un número limitado de estructuras produce un número casi infinito de textos que, a su vez, produce otro infinito de sentidos.”[6] Y así Paz ganó el debate, aunque carrionistas y antipaceanos lo nieguen y quieran ver en este intercambio una prueba de la cerrazón de Paz al debate artístico de su tiempo.

Estas primera etapa de la obra de Carrión (su frontera entre la literatura y el arte conceptual) desnuda una operación conocida por todos los escritores: componer, por ejemplo, un soneto implica haber leído otros sonetos, investigar su estructura, aislarla y rellenarla con un contenido distinto. La literatura siempre ha sido un crisol en el cual se reescriben continuamente temas ya conocidos. La literatura se encuentra en un estado de saqueo y fragmentación desde hace ya mucho tiempo. Lo que ilustran estas obras de Carrión es el proceso mental de la pre-escritura.

En su segunda carta a Paz, Carrión reconoce el espacio ideal de su obra: “Están, por ejemplo, las galerías de pintura, donde es posible colgar una secuencia de textos”.[7] Y sí, la obra de Carrión está bien para contemplarse, pero es una tortura para viajar en autobús. O lo que es lo mismo: la literatura del museo tiene que existir, pero si solo existe ella, la literatura se acaba.

Y es que la obra de Carrión, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura.


Mutatis mutandis

Lo último que Carrión publicó en Plural fue su manifiesto “El arte nuevo de hacer libros” (1974). Después fundó Other Books and So. (1975-1978), una galería de libros de artista y obras en soportes similares. Cuando cerró la galería, nació Other Books and So. Archive (1978-1989). Y cuando murió Carrión, se dispersó el archivo.

Carrión pronto dejaba atrás a Carrión. Su experimentación verbal tuvo su expresión auditiva con el cassette The poet’s tongue (1977), pero él ya se movía en otra dirección. Primero en la del arte correo, de la que surgió su interés en los sellos de artista. Después se enfocó en la crítica del aparato cultural (y el lugar y la ocupación del artista en ese aparato) y la creación de nuevas estrategias culturales. En esa línea sobresale su proyecto Lilia Prado Superstar (1984): un festival de cine con las películas y la presencia de Lilia Prado en Holanda. También el videoarte fue importante en su producción final. Su mejor video, TV Tonight Video (1987), es también el más patético. La autoimposición de la ingenuidad de Carrión siempre fue en demérito de la expresión de sus ideas. Y eso, la ingenuidad, es la mezquindad que no se reconoce a sí misma. La ingenuidad es la mezquindad histérica de sí. El crimen perfecto, la absoluta impunidad.

No minusvaloro su rescate: es un artista importante y (esta es la clave) una biografía excepcional (como las de Margaret Modlin y Henry Darger). Carrión murió prematuramente, antes de llevar su ideario hasta sus últimas consecuencias. Pero el aquí y el ahora no terminan y Carrión, entonces, continúa.

Historia de una metáfora

O digámoslo de otra manera: no se acabó todo porque, al igual que Jesucristo, Carrión tuvo su San Pablo. El San Pablo de Carrión, el fundador de su iglesia, es Heriberto Yépez. A menudo me pregunto: ¿qué hubiera pasado si Yépez, en vez de enamorarse de Carrión, se hubiese enamorado de Melquiades Herrera? ¿Por qué Yépez no se enamoró de Melquiades y sí de Carrión? ¿Por qué Yépez no se dedicó a publicar la buena nueva melquiadeana o no se especializó en Osvaldo Lamborghini, ese escritor argentino similar al Monumento al Gran Masturbador de Izquierda?[8] Misterio.

En los dos primeros tomos del Archivo Carrión Yépez intentó mantener el enfoque en las cualidades no literarias de la obra de Carrión. Pero en el tercero el elogio a su prosa de artista linda el desvarío. Sobre la máquina de bostezos que es la bitácora de viaje titulada Diario en México, asegura “que es prácticamente una nouvelle experimental[9] y “su obra narrativa magistral”.[10] Lo segundo puede ser cierto, pero lo primero equivale a decir que los diarios de Warhol son una novela policiaca.

Para Yépez, con Diario en México “el lector se enfrenta con uno de los textos narrativos más innovadores de la literatura de ese periodo. (¡Si alguien busca narrativa postmexicana aquí está!).”[11] De nuevo: lo segundo puede ser cierto, pero lo primero es tan insostenible que sobran los ejemplos de narrativas más innovadoras.

Tanto deslumbra a Yépez Diario en México, que olvida que las innovaciones que señala ya estaban vistas, por lo menos, desde Drácula (1890):

Sin embargo, Carrión no sólo coloca directamente este texto en un contexto literario, sino que construye esta forma literaria mediante formas convencionales no literarias: el diario, la agenda, los telefonemas, las citas burocráticas, las conversaciones con extraños, el itinerario aéreo.[12]

 Con esto no quiero decir que Carrión sea un mal artista, al contrario, es buenísimo, ni tampoco pretendo decir que Yépez sea mal escritor, al contrario: Yépez me parece uno de los mejores pensadores actuales de Latinoamérica. Mucho menos intento decir que nada puede aprender la literatura de las artes visuales, en general, y del conceptualismo, el postconceptualismo y sus críticas, en particular. Es algo que no siempre ha faltado y que hoy hace mucha falta. Baste decir que la colaboración que clásicamente existía entre poetas y artistas plásticos, fruto de compartir una misma metafísica, un mismo pulso poético (Picasso-Alberti, Duchamp-Octavio Paz, Miró-Cirlot, y tantas otras), hoy es impensable. Y esto, se mire como se mire, es grave.

El problema con Carrión (si es que se consideraba escritor) es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como maestro de origami, o como chichifo, o como mesoterapeuta, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que estos están vivos.


El innombrable

Yépez sistematizó su defensa de Carrión. Su estrategia más socorrida es la exageración de la valía de su escritura: “se trata del más innovador escritor literario (y post-literario) y teórico del arte nacido en México”.[13] Otra, que en rigor solo sucede en la imaginación de Yépez y no en la realidad, es el supuesto intento de inscribir a Carrión en el canon literario mexicano: “en el México de entonces y aún hoy se le contextualiza, de modo erróneo, queriéndolo atrapar ya sea en la literatura nacional, ya sea en el canon occidental moderno que tanto detestaba”;[14] “Carrión había renunciado a la literatura mexicana −y reinsertarlo ahí, como se ha intentado, es incongruente y falaz”;[15]; “mantener a Carrión dentro de lo mexicano y dentro de la literatura son dos tendencias entrelazadas de cierta recepción institucional.”[16] Y, finalmente, la tenue censura al apropiacionismo en torno a Carrión:

Más que recepción en el sentido tradicional ha ocurrido una apropiación de Carrión; un vaivén de tergiversación y transcreación. Por un lado, se diseña un Carrión light y, por otro, Carrión resulta un detonante de remezclas, remediaciones, híbridos, versiones y animaciones. Sería moralista condenar o condonar estos usos de Carrión. Pero sería acrítico, no señalar la distancia de estos usos y el propio Carrión. También me parece necesario anotar que la distensión de Carrión, el relajamiento de sus ideas o prácticas suele regir estas apropiaciones.[17]

Yépez no se equivoca: los seguidores de Carrión están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Carrión si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo. Pero eso no quita que Yépez, como María Kodama en la frontera, se haya convertido en un albacea literario deseoso de taponear la botella: las deudas culturales fluyen hacia adentro pero no hacia fuera. Podemos llamar a esa tendencia “hipocresía de las fuentes”.

Y no es que realmente importe, porque no me imagino a un escritor (a un escritor o una escritora de verdad) tan impresionado en la exposición Querido lector. No lea. del Museo Jumex, como para decir: “Nada, en mi experiencia de la literatura desde este momento, ha tenido un impacto tan fuerte sobre mi sentido de las posibilidades absolutas de la escritura.” Porque Carrión es un capítulo breve e interesante en las vanguardias, pero como creador de libros de artista llega con retraso. Cualquier libro de Mark Z. Danielewski (y no solo los suyos) basta para darse cuenta de que el libro como objeto (y como artefacto donde se inserta la literatura), ha llegado más lejos y es ya una industria.

Sé que no soy el primero en observar estas cosas, y también sé por qué se evitan decir: Yépez es un polemista. Y a los polemistas la comunidad tiende a disolverlos. No mencionarlos, aunque constantemente se piense en ellos y a través de ellos. No respondiéndoles, para perderlos como interlocutores y para oscurecerlos como fuente en futuras generaciones.

Y yo podría bien ni hablar del tema, lo que pasa es que se me hace difícil soportar el desvarío −un desvarío a ceja alzada, de museo− que Yépez tiende alrededor de Carrión, probablemente, el único inocente en este asunto.

A veces abro uno de los libros de Carrión y a duras penas puedo leerlo, no porque me parezca malo sino porque me da flojera: poesía de círculo vicioso para media docena de elegidos.


Words, words, words

Una mañana se entrega un periódico a domicilio y al día siguiente envuelve pescado o conforma un archivo. La tensión entre almacenamiento y reciclaje es esencial en nuestra cultura. Su consecuencia es que la apropiación, la imitación, la cita, la alusión y la colaboración sublimada forman una especie de sine qua non del acto creativo y atraviesan todas las formas y géneros. No pocos creadores están conscientes (y trabajan en función) de que la apropiación es la psicología de nuestro tiempo.

O como yo, que me sentí compelido a insertar en este ensayo treinta citas (a veces intervenidas) de trece fuentes de siete escritores que daban cuenta de lo que quería decir. Ahora que hablo de ello igual me parece tonto, igual es un juego ocioso y sin sentido. Pero toda la literatura, en ocasiones, parece no tener sentido.

Es extraño pensar en Carrión ahora. Murió a los cuarenta y ocho años, es decir que yo ahora soy catorce años más joven que él. Parte de su magnetismo se debe a que sus obras son simulacro de buscar para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí. Pero Carrión no tiene las preguntas ni las respuestas, solo pasos circulares. Ahí no hay escuela posible.

 


Archivo de citas

transición europea, en la que su contacto con la teoría (primordialmente el estructuralismo), el arte internacional de posguerra (sobre todo el arte conceptual y Fluxus) y las relaciones interpersonales en las ciudades europeas provocan que Carrión revise su obra.

Heriberto Yépez, “Los cuatro periodos de Ulises Carrión”, en Ulises Carrión, El arte nuevo de hacer libros. Archivo Carrión I, México, Tumbona, 2012, p. 19.

Paz no fue otra cosa que un periodista, sobre todo eso, un gran periodista, un excelente divulgador de teorías y de hipótesis que entendía mal y transmitía bien.

Ricardo Piglia, La forma inicial. Conversaciones en Princeton, México, Sexto Piso, 2015, p. 187.

La literatura siempre ha sido un crisol en el cual se reescriben continuamente temas ya conocidos.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 8.

La literatura se encuentra en un estado de saqueo y fragmentación desde hace ya mucho tiempo.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 12.

O lo que es lo mismo: la literatura de la pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 28.

La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 27.

Carrión pronto dejaba atrás a Carrión.

Heriberto Yépez, “Historia de la producción del «Archivo Ulises Carrión»”, https://borderdestroyer.com/2015/10/29/historia-de-la-produccion-del-archivo-ulises-carrion/, 29 de octubre de 2015.

La ingenuidad es la mezquindad que no se reconoce a sí misma. La ingenuidad es la  mezquindad histérica de sí. El ingenuo no sabe lo que ya sabe.

Heriberto Yépez, El imperio de la neomemoria, México, Almadía, 2007, p. 124.

Es el crimen perfecto, la absoluta impunidad.

Heriberto Yépez, El imperio de la neomemoria, México, Almadía, 2007, p. 125.

Carrión murió prematuramente, antes de llevar su ideario hasta sus últimas consecuencias. Pero el aquí y el ahora no terminan y Carrión, entonces, continúa.

Heriberto Yépez, “El arte correo de Ulises Carrión: sellos, estampillas, libros, postales, conceptos”, en Ulises Carrión, El arte correo y el gran monstruo. Archivo Carrión II, México, Tumbona, 2013 p. 282.

Pero no se acabó todo, porque, al igual que Jesucristo, Arlt tuvo su San Pablo. El San Pablo de Arlt, el fundador de su iglesia, es Ricardo Piglia. A menudo me pregunto: ¿qué hubiera pasado si Piglia, en vez de enamorarse de Arlt, se hubiese enamorado de Gombrowicz? ¿Por qué Piglia no se enamoró de Gombrowicz y sí de Arlt? ¿Por qué Piglia no se dedicó a publicar la buena nueva gombrowicziana o no se especializó en Juan Emar, ese escritor chileno similar al monumento al soldado desconocido? Misterio.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 27.

«Yo vengo de ahí» decía Lamborghini refiriéndose a la pintura.

César Aira, “Las dos fórmulas”, El sexo que habla. Osvaldo Lamborghini, España, MACBA, 2015, p. 23.

Con esto no quiero decir que Arlt sea un mal escritor, al contrario, es buenísimo, ni tampoco pretendo decir que Piglia lo sea, al contrario. Piglia me parece uno de los mejores narradores actuales de Latinoamérica.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 27.

Baste decir que la colaboración que clásicamente existía entre poetas y artistas plásticos, fruto de compartir una misma metafísica, un mismo pulso poético, el pulso de su tiempo −de qué si no− (pensemos en parejas célebres: Picasso-Alberti, Duchamp-Octavio Paz, Miró-Cirlot, y tantas otras) hoy es impensable. Y esto, se mire como se mire, es grave.

Agustín Fernández Mallo, “Hacia un nuevo paradigma: Poesía Postpoética” (2003), Creta lateral travelling, España, Sloper, 2008, p. 119.

El problema con Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que éstos están vivos.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 29.

que, en rigor, sólo sucede en la imaginación de Piglia y no en la realidad.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 27.

un albacea literario deseoso de taponear la botella: las deudas culturales fluyen hacia adentro pero no hacia fuera. Podemos llamar a esa tendencia “hipocresía de las fuentes”.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 35.

Nada, en mi experiencia de la literatura desde ese momento, ha tenido un impacto tan fuerte sobre mi sentido de las posibilidades absolutas de la escritura.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 12.

Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 29.

Carrión era un polemista. Y a los polemistas la historia tiende a disolverlos. No mencionarlos, aunque constantemente se piense en ellos y a través de ellos. No respondiéndoles, para perderlos como interlocutores y para oscurecerlos como fuente en futuras generaciones.

Heriberto Yépez, “El arte correo de Ulises Carrión: sellos, estampillas, libros, postales, conceptos”, en Ulises Carrión, El arte correo y el gran monstruo. Archivo Carrión II, México, Tumbona, 2013 p. 235.

Lo que pasa es que se me hace difícil soportar el desvarío −un desvarío gangsteril, de la pesada− que Piglia tiende alrededor de Arlt, probablemente, el único inocente en este asunto.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 27.

A veces abro alguno de sus dos libros, editados por Aira −lo cual es un decir, porque lo mismo los pudo haber editado el linotipista o el portero del edificio donde estaba la editorial, la editorial Serbal, de Barcelona−, y a duras penas puedo leerlo, no porque me parezca malo sino porque me da miedo

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 29.

Poesía de círculo vicioso

Para media docena de elegidos.

Nicanor Parra, “Manifiesto”, Obra gruesa (1969),

https://www.nicanorparra.uchile.cl/antologia/otros/manifiesto.html

Una mañana se entrega un periódico a domicilio y al día siguiente envuelve pescado o conforma un archivo.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 30.

la apropiación, la imitación, la cita, la alusión y la colaboración sublimada forman una especie de sine qua non del acto creativo y atraviesan todas las formas y géneros en el ámbito de la producción cultural.

Jonathan Lethem, Contra la originalidad, Trad. Pablo Duarte, México, Tumbona, 2008, p. 15.

la apropiación es la psicología de nuestro tiempo.

Heriberto Yépez, “Los periodos póstumos de Ulises Carrión”, Museo Reino Sofía, 21 de septiembre de 2016,

http://www.museoreinasofia.es/multimedia/seminario-arte-nuevo-hacer-libros-ulises-carrion-edicion-expandida-0.

Ahora que hablo de él igual me parece tonto, igual es un juego ocioso y sin sentido. Pero toda la literatura en ocasiones parece no tener sentido, también.

Roberto Bolaño, La belleza de pensar. Entrevista en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, 2009, https://www.youtube.com/watch?v=4opmK0SO-J8.

Es extraño pensar en Lamborghini ahora. Murió a los cuarenta y cinco años, es decir que yo ahora soy cuatro años más viejo que él.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 29.

para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

Roberto Bolaño, “Literatura + enfermedad = enfermedad”, El gaucho insufrible, España, Anagrama, 2003, p. 158.

Allí, sin embargo, no hay escuela posible.

Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, Entre paréntesis, España, Anagrama, 2004, p. 30.


[1]          A propósito de Carrión, João Fernandes recuerda el nivel de dominación cultural del estructuralismo en la época: Un fantasma recorre Europa entre las décadas de 1960 y 1970: el fantasma del estructuralismo. No hay ningún área de las ciencias humanas que no se desarrolle a través de del paradigma de los estudios estructuralistas, que definen y analizan los sistemas a partir de las interrelaciones funcionales entre sus elementos constituyentes. De la sociología a la antropología, de la lingüística a los estudios literarios y semióticos, de la economía a la psicología y al psicoanálisis, el estructuralismo y sus corrientes derivadas dominan los estudios universitarios, definen una situación cultural, caracterizan todo el discurso crítico. João Fernandes, “El arte como subversión de la cultura: hacer y deshacer para hacer de otra manera”, Querido lector. No lea., España, Museo Nacional Reina Sofía, 2016, p. 40.

[2]          Ulises Carrión y Octavio Paz, “Correspondencia”, Plural, 1973, en Ulises Carrión. Querido lector. No lea., México, Museo Jumex, 2017, p. 32.

[3]          Octavio Paz, “Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo”, en Obras completas 10. Ideas y costumbres II. Usos y símbolos, p. 518.

[4]            Ulises Carrión y Octavio Paz, op. cit., p. 32.

[5]          Ibíd.

[6]          Ibíd., p. 33.

[7]          Ibíd.

[8]          Puede ser que Osvaldo Lamborgini (1940-1985) sea el reverso perfecto de Carrión, por eso el destino final de ambos fue el museo. «Yo vengo de ahí», decía Lamborghini refiriéndose a la pintura, mientras construyó una de las obras literarias más radicales del último medio siglo argentino. Su prosa violenta, recargada y política admite distintos grados de lectura; busca ser, al mismo tiempo, teatro de la crueldad y conciliábulo de la incorrección. A diferencia de Carrión, Lamborghini tenía una actitud casi indiferente a la distribución de su obra. A diferencia de la obra asexual Carrión, la de Lamborghini haría sonrojar a Sade.

[9]          Heriberto Yépez, “Ulises Carrión: el arte como estrategia cultural y (más allá), en Ulises Carrión, Lilia Prado Superestrella (y otros chismes). Archivo Carrión III, México, Tumbona, 2014, p. 262.

[10]        Ibíd., p. 242.

[11]        Ibíd., p. 263.

[12]        Ibíd.

[13]        Heriberto Yépez, “Los cuatro periodos de Ulises Carrión”, en Ulises Carrión, El arte nuevo de hacer libros. Archivo Carrión I, México, Tumbona, 2012, p. 27.

[14]        Ibíd., p. 23.

[15]        Ibíd., p. 25.

[16]        Heriberto Yépez, “Los periodos póstumos de Ulises Carrión”, Museo Reina Sofía, 21 de septiembre de 2016, http://www.museoreinasofia.es/multimedia/seminario-arte-nuevo-hacer-libros-ulises-carrion-edicion-expandida-0

[17]        Ibíd.


Querido lector. No lea. 

Museo Jumex

09 de febrero-30 de abril


Fotos: imágenes escaneadas del catálogo de la exposición.

La (des)articulación de México: una entrevista con Claudio Lomnitz

Autor de libros como Deep Mexico, Silent Mexico: An Anthropology of Nationalism (University of Minnesota Press, 2001), Idea de la muerte en México (FCE, 2005), El antisemitismo y la ideología de la Revolución Mexicana (FCE, 2010) y el recientemente publicado El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (ERA, 2016), el antropólogo e historiador Claudio Lomnitz ha consolidado con los años, desde la academia, el periodismo y el ensayo, una obra canónica para pensar la construcción nacional y sus temas periféricos. Con la intención de entender con mayor rigor las múltiples transformaciones de la época y a propósito de la publicación de La nación desdibujada (Malpaso, 2016), libro que reúne ensayos sobre temas tan variados como el neoliberalismo en México, Ayotzinapa, los intelectuales públicos y, principalmente, la antropología histórica de las sociedades nacionales, platiqué con él sobre el panorama político internacional y las principales ideas críticas que desarrolla en su último libro.


Hablemos de la idea central que liga todos los ensayos de La nación desdibujada: la deriva de lo nacional en tiempos de la globalización. La importancia de este tema es que la globalización, dices en la introducción del libro, “ha transformado lo nacional en algo que debía ser apuntalado para evitar la desarticulación social”.

Primero, “lo nacional” ha sido, desde el principio, un fenómeno internacional, contrario al modo en que lo nacional se cuenta a sí mismo. Lo nacional siempre alude metafóricamente a la raíz de algo. Se suele decir que el origen de las naciones son las culturas y las lenguas locales, y que cada comunidad nacional tiene una voluntad de soberanía. Así, los orígenes de las naciones, los porqués de las naciones, se cuentan siempre de manera interna a la comunidad. Pero, visto históricamente, en realidad la nación siempre ha sido un producto internacional. Es decir, una nación no existe sola: las naciones existen por contactos externos. Esto ha sido siempre así. Pero con el auge de lo que llamamos hoy globalización –me refiero al periodo que va de los setenta a la fecha– hubo un momento en que las nuevas formas de contacto transnacional y de comunicación –que permitían nuevos modos de cruzar fronteras y acercar territorios– llevaron a que en algún momento nos imagináramos, efectivamente, la posibilidad de que la vida y los límites de los países fueran superados. Yo le llamaría a lo anterior, que tuvo un auge en los ochenta, optimismo globalizador. Sin embargo, en los mismos años ochenta y, sobre todo, en los noventa ya hubo indicios de que aún estamos lejos de poder terminar con los Estados nacionales.

El caso de México fue un buen ejemplo de esto: por un lado, se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) pero, por el otro, se impidió el libre flujo de personas entre los países; hubo libertad comercial y también de inversión de capitales, pero no se permitió el libre movimiento humano, ni se ganaron derechos políticos, civiles o sociales propiamente norteamericanos. La consolidación de una región económica relativamente nueva (la norteamericana) no fue de la mano de una verdadera participación política y social a nivel norteamericano. Entonces, el caso mexicano fue de los pioneros del nuevo orden, en tanto que, bastante pronto, se vio que iba a ser necesario, a pesar de la integración económica con otros países, seguir pensando a México como tal. Es uno de los ejemplos más claros de la obligación que tenemos de repensar lo nacional, aunque no nos guste tener que hacerlo.

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Estudias en otro ensayo de La nación desdibujada las temporalidades en América Latina. Dices que en América Latina actualmente “no sabemos cuándo estamos”, porque por mucho tiempo se pensó que la región estaba en perpetua transición. ¿Con qué categorías podemos entender hoy la región?

Yo creo que hay tendencias contradictorias que están sucediendo simultáneamente, y esto es parte de la dificultad de entender la época.

Por un lado, tenemos la reubicación de países de América Latina dentro de otras regiones y, por el otro, tenemos una especie de nuevo republicanismo, de inspiración decimonónica o al menos que alude machaconamente al siglo XIX, y que se ha notado, por ejemplo, en el lenguaje respecto a la virtud ciudadana y en la obsesión con la corrupción, es decir, en una serie de temas y motivos que son bien conocidos en la historia de América Latina y de México. Esto se nota también en la afición de América Latina por redactar constituciones (ahí están los casos de Bolivia, Colombia, Venezuela e, incluso, la Ciudad de México).

Me parece, entonces, que parte de la dificultad para pensar lo contemporáneo en América Latina está justamente en el resurgimiento de problemas y categorías que parecían rebasadas, muy viejas (el resurgimiento de figuras como Benito Juárez o Simón Bolívar en el imaginario social, por ejemplo), al lado de poblaciones mucho más cosmopolitas y heterodoxas, incluso a nivel popular.

¿Podrías ahondar en este “resurgimiento” de figuras como Juárez y Bolívar? ¿Por qué causa tanta fascinación Juárez –un líder de la élite liberal del siglo XIX– en la izquierda mexicana, particularmente en la izquierda lopezobradorista?

Juárez hace treinta años, digamos, no estaba muy recuperado por la izquierda, en parte porque las leyes de desamortización de los liberales se dirigieron no solo en contra de la Iglesia, sino también en contra los pueblos y las comunidades indígenas. Entonces se veía a Juárez como un liberal, que lo fue, pero también, sobre todo, como un defensor de la república. Por lo anterior, no se le veía como un hombre de izquierdas o de derechas –aunque evidentemente era un hombre de izquierda–, sino ante todo como un patriota. Figuras como Juárez, entonces, se convirtieron en símbolos de la soberanía nacional, y cuando la soberanía nacional se volvió un eje central para cierto sector de la izquierda, Juárez se convirtió en bandera de la izquierda (de nuevo).

Lo complejo del tema nacional para la izquierda mexicana es que figuras republicanas como Juárez tienden a ser elegidas por dos razones: por un lado, porque representan la afirmación de lo nacional y la república y, por otro, porque son símbolos de civilidad y de ciudadanía, y esto es importante, por ejemplo, en el combate contra la corrupción. Juárez es una figura que siempre representó una suerte de ideal de civilidad y virtud republicana. Entonces, en la medida en que la izquierda mexicana hizo suya la bandera del combate a la corrupción –que tampoco siempre lo fue–, una figura como Juárez se volvió un símbolo lógico.

Creo que hay además elementos clasistas y raciales que son importantes en los casos de Juárez e, incluso, de Bolívar. Una de las cosas, por ejemplo, que hace Hugo Chávez con Bolívar es cambiarle el fenotipo; el Bolívar que fue enarbolado por Chávez fue un Bolívar mulato, que es bastante diferente, de cara y cuerpo, del Bolívar que se reconocía hasta entonces. El chavismo propone un nuevo cuerpo de Bolívar, transformando al prócer criollo en el equivalente venezolano de lo mestizo. En el caso de Juárez, como era un presidente de origen zapoteco, la mezcla entre la identificación racial y la identificación nacional en el símbolo idealizado también la ha aprovechado ese sector de la izquierda mexicana.

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Recientemente se publicó en español tu libro El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Era, 2016). ¿Cuál ha sido el camino de Ricardo Flores Magón como “símbolo” histórico?

Todas esas figuras (Juárez, Bolívar, Flores Magón) son grandes personajes que merecen ser referentes para el pensamiento mexicano o latinoamericano. El hecho de que hayan sido idealizados no significa que no merecieran ser privilegiados en el pensamiento colectivo. El problema en el caso de Ricardo Flores Magón es que hubo una suerte de transacción después de su muerte, en que lo pusieron sobre un pedestal frente a los mismos revolucionarios, a cambio de apartarlo de la Revolución misma. A Ricardo lo representaron, desde entonces, como lo más puro de la Revolución: como alguien que nunca se corrompió (a diferencia del resto de los revolucionarios). El precio de esa idealización fue sacarlo de la Revolución mexicana. Se le llamó, incluso, “precursor” en lugar de reconocerlo cabalmente como un contemporáneo.

Flores Magón no fue un precursor de la Revolución: fue un revolucionario. Él y su grupo –no solo él– fueron los primeros en hacer un llamado revolucionario de peso contra don Porfirio, es cierto, pero Ricardo y muchos de sus compañeros estuvieron activos también a lo largo del proceso revolucionario, y fracasaron en muchas cosas. La representación de Flores Magón como una figura precoz, que estaba moralmente por encima del proceso revolucionario, permitió apartarlo. Idealizar a Ricardo iba de la mano de no tomar en serio su papel en la Revolución. Y, en este sentido, creo que ha habido un uso mañoso de la figura, prácticamente desde su muerte en 1922: ¿cuáles fueron los fracasos de su movimiento durante el periodo revolucionario?, ¿cuáles fueron los límites de sus análisis de la situación del país?, ¿cuáles fueron sus aciertos? Todo queda obnubilado por tanto copal que se quema ante al santo. Al colocarlo como una especie de oráculo que todo lo supo y lo predijo, se evitó evaluar, fríamente, los límites y los aciertos de su movimiento.

Flores Magón pasó muchos años en la cárcel y otros muchos viviendo en la más severa austeridad, incluso hasta en la miseria. Hay que entender que él y su grupo realizaron sacrificios enormes por lo que ellos llamaban el “Ideal”. Me parece que no ver los fracasos o no entender hasta dónde llegó el movimiento, ni por qué, y ver a Ricardo, en vez, como una especie de santo patrono impoluto no es respetar el sacrificio ni de Ricardo Flores Magón ni de sus compañeros y compañeras.

Regresando al continente, en el último año han sucedido algunos cambios importantes en América Latina: la derecha ganó en Argentina, el proyecto chavista en Venezuela está posiblemente en su peor momento, hay turbulencias en Brasil. ¿Qué balance se puede hacer de los proyectos sociales (muchas veces autoritarios) de la “marea rosa”?

Empezando por el último caso, mi impresión es que lo que pasó en Brasil –el modo en que se tumbó al gobierno de Dilma Rousseff– es un golpe a las instituciones democráticas que han estado bastante bien consolidadas en ese país e, incluso, bien consolidadas al interior del movimiento de la propia izquierda, comparado por ejemplo con el caso venezolano, donde el chavismo se dedicó activamente a minar las instituciones democráticas desde el principio. Hay ahí un contraste muy importante. En el caso argentino, creo que hubo en el gobierno de Cristina Kirchner cierta tendencia de minar algunos aspectos de la institucionalidad democrática, pero la cosa no llegó al punto de Venezuela, desde luego.

Aun así, ha sido muy importante en la “marea rosa” el tema de la redistribución. Si el giro a la derecha significa una marginación de esa cuestión –del Estado como un agente de justicia social–, no veo malo el giro a la izquierda. Pero creo que también hay en algunos elementos problemáticos del esquema de la “marea rosa” en América Latina: muchas de las economías estaban montadas en un esquema de exportación de materias primas; hubo relativamente poca inversión en el imaginario económico. Fueron, esencialmente, regímenes modernizadores, frecuentemente retrógradas incluso en temas ambientales, por ejemplo. En este sentido, la “marea rosa” sí tuvo límites. Supo aprovechar una coyuntura favorable, pero no supo transformar la economía. La “marea rosa” tuvo mucha obsesión política y social y poca creatividad económica.

Pienso, por otra parte, que estos procesos políticos impactaron también a países que no se volcaron a la izquierda, como México. La influencia de la “marea rosa” modificó cómo son nuestras sociedades, aun con gobiernos de derecha. Es decir, después de la “marea rosa” los gobiernos de derecha no pueden gobernar del modo en que lo hacían, creo yo. Es la contraparte de lo que sucedió en Estados Unidos durante los años ochenta, un periodo en que se jaló el centro fuertemente a la derecha; entonces, después de los ochenta, cuando ganaban candidatos que eran supuestamente de la izquierda, no pasaba gran cosa porque “el centro” ya estaba bien a la derecha, como se ha visto en los gobiernos de Bill Clinton y de Obama que eran gobiernos de centro-izquierda, pero ese centro, para los parámetros europeos, por ejemplo, sería identificado con la derecha liberal. No de la derecha fascista, desde luego, pero sí de la democracia cristiana, por ejemplo. Entonces, regresando, un efecto positivo de la “marea rosa” es que jaló el centro a la izquierda en toda América Latina.

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¿Qué condiciones crees que hayan permitido el ascenso y la victoria de Donald Trump?

Una de las condiciones la viene gestando el Partido Republicano desde tiempos de Ronald Reagan; es un caso de “cría cuervos y te sacarán los ojos”. El Partido Republicano se reconfiguró en los años ochenta incorporando al movimiento de la Mayoría Moral, para con él adquirir una base social trabajadora por el lado evangélico. Los republicanos lanzaron y utilizaron las “guerras culturales” para hacerse de una base cristiana. A partir de entonces, se consolidó una alianza entre la élite tradicional del partido (que buscaban condiciones fiscales favorables para los negocios y cierto conservadurismo de centro-derecha liberal) y una base popular cuyas demandas tenían que ver más con la protección de ciertas costumbres (la prohibición del aborto, la defensa de la familia tradicional, etc.). Un costo de esa alianza para el Partido Republicano fue que lo llevó a adoptar posiciones anticientíficas.

Ahora esa base social, ampliada quizá por décadas de descontento provocado por la desindustrialización, apoyó a un candidato que ya no fue del establishment republicano, y que so-pretexto de denostar lo “políticamente correcto”, puso de nuevo al nacionalismo étnico en el centro. La rabia actual contra lo “políticamente correcto” es complicada de explicar, pero tiene al menos una fuente en el hecho de que en estos últimos ocho años haya habido un presidente afroamericano que dio cátedra de civilidad y de superioridad moral; esto generó en algunos la sensación de que la supuesta “mayoría silenciosa” de blancos, antes asociada con el sector manufacturero y que ha estado en un largo periodo largo de decadencia económica y demográfica, está siendo desplazada por grupos sociales que estuvieron hasta hace poco en situaciones inferiores.

¿Cuáles pueden ser los primeros retrocesos de la victoria de Donald Trump y de la partidización de esta rabia de la que hablas?

A nivel social, Donald Trump ha abierto la puerta para modificar lo que sí y no se puede decir en público en los Estados Unidos. Esto ya sucedió y está sucediendo. El modo en que se hablaba de “encerrar” a Hillary Clinton nunca hubiera sido admitido en el lenguaje de los grandes partidos antes de Trump. Los comentarios racistas o sexistas ya pueden ser compartidos abiertamente. Se trata, al fin, de un movimiento con un fuerte parentesco con el fascismo.

Pero, más allá de eso, están por verse los efectos del trumpismo en la vida cotidiana. Por ejemplo, ¿se inhibirá el uso del español en espacios públicos? Posiblemente. En Nueva York, la ciudad donde vivo, hablar español es casi tan común como hablar inglés –y aun ahí no me sorprendería que hubiera cambios, sobre todo entre los trabajadores indocumentados que tendrán razones para estar asustados. En otras zonas que apoyaron a Trump abundará este tipo de inhibiciones entre los hispanos. Por otro lado, el sentimiento antimusulmán va a crecer. Las relaciones interraciales son un poco más difíciles de predecir. Si Trump entra, como prometió, con un programa de “ley y orden”, que implica estrategias policiales como las que implementó Giuliani cuando fue alcalde de Nueva York, puede deteriorarse la relación entre negros y blancos, pero eso está por verse. Sí creo que se deteriorará, sin duda, la relación con los hispanos (y el tema musulmán, ni se diga).

Por otro lado, está el tema de la política social y en especial del Obamacare. Curiosamente Trump consiguió movilizar bases en contra de un programa que objetivamente les convenía. Está por verse qué tanto van a mutilarlo –todo indica que sí lo van a mutilar. Lo que creo que va a suceder es que el gobierno de Trump va a arrancar con mucho gasto en obra pública y mucho endeudamiento, y que eso probablemente lleve a que los primeros dos años de gobierno sean en apariencia buenos; el gobierno de Trump sabrá aprovechar el entusiasmo de ese crecimiento breve para reducir el gasto social sin que parezca que aquello vaya a tener consecuencias. Las consecuencias se resentirán a mediano plazo.

Cuando parecía que se estaban ganando paulatinamente mayores libertades para las minorías, triunfó electoralmente un movimiento misógeno, xenófobo y racista. ¿Qué pasó?

Esa es una de las cosas que tendrán que reflexionar mucho en los Estados Unidos. Yo no estoy muy seguro de cómo contestar esa pregunta. Tengo la impresión de que las políticas de acción afirmativa se basaron demasiado en una especie de estrategia performativa que pasaba, en primer lugar, por el lenguaje (desde los años setenta se insistía mucho en utilizar él y ella, por ejemplo) y luego por la representación (por ejemplo, el cine está repleto de actores negros haciendo papeles de profesionistas, políticos o jefes), y se pensó que si esta transformación a nivel de la representación se complementaba con políticas de estímulos, se transformarían las relaciones interraciales e intersexuales. Bueno, creo que esta política tuvo bastante éxito, pero también que fue bastante cara y ha tenido algunos efectos no intencionados que sí influyeron en la ira social del trumpismo.

En Estados Unidos, el único grupo racial del que puedes hablar mal impunemente es el de los blancos. Sobre todo, el de los blancos pobres. Tú puedes usar el término “white trash” en público o en un programa de televisión, pero nunca podrías hablar igual de “basura negra”, por ejemplo, o “basura judía”… Ni siquiera de “basura mexicana” sin que te metas en un problema. En los dramas televisivos, los homicidas también son mayoritariamente hombres blancos. Por mostrar que no todos los negros son malos, queda que todos los malos son blancos. Entonces, en el plano de la representación sí se ha venido cultivando, no intencionadamente, una rabia en contra de lo “políticamente correcto”, que el candidato republicano supo atizar y aprovechar.

¿Crees que se puedan hacer paralelismos justos entre la Alemania de los treinta y el Estados Unidos contemporáneo?

Algunos. No me parece tan parecido Trump a Hitler, ni tampoco los republicanos a los partidarios del Partido Nazi y tampoco es cierto que el Estados de Unidos de hoy se parezca a la República de Weimar (ni siquiera económicamente: los últimos años de Obama fueron relativamente positivos para la economía de Estados Unidos). En este sentido, hay bastantes límites a la comparación. El personaje me recuerda más a Berlusconi o a un fascista estilo Mussolini. Pero sí hay algunos paralelos. El que me parece más claro, en términos clásicos, es el de querer alinear al gobierno con el capital. El fascismo era en parte una alianza entre las grandes corporaciones con el Estado alemán; y había una lógica imperial (también creo que hay parte de esto en lo que estamos viendo).

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¿Cuál debería ser el papel del Estado mexicano ante los peligros inminentes del trumpismo?

Es un momento que va a exigir mucho del Estado mexicano pero también de la clase política, del sistema de opinión y de la sociedad misma: se necesitará un tipo de seriedad a la que no estamos acostumbrados. Creo que por mucho tiempo Estados Unidos fue visto como una especie de voz de la razón –al menos por algunos– y otros lo veían como una realidad inamovible. Un principio de realidad. Antes, tú como mexicano podías patear el pesebre de la política nacional o estadounidense todo lo que quisieras y podías decir cualquier irresponsabilidad, o proponer cualquier teoría de conspiración, o tener ideas lo más forever del mundo, y declarar cualquier tipo de banalidad con una sonrisa sabionda. Daba igual lo que dijeras, porque quienes ponían los límites eran los Estados Unidos. Bueno, yo creo que eso se terminó. En México la clase política, la sociedad y el Estado van a estar más solos de lo que están acostumbrados a estar, y esto es también una oportunidad. Va a ser muy duro al principio. Porque es realmente una nueva época.

Siento que México va a tener que operar de forma más independiente. Esto implicará entender que no hay ni habrá reciprocidad en muchos temas importantes, como el de la droga. (Sostener una guerra contra la droga con los costos que ha tenido para México por presión de Estados Unidos, ¿a cambio de qué? Antes la guerra era totalmente cuestionable, ahora yo no veo cómo justificarla.)

Otro tema: la defensa de los mexicanos en los Estados Unidos. Es algo que el Estado mexicano sí ha hecho en alguna medida, desde hace años, pero debe ahora desarrollar una estrategia más sofisticada. También tiene que haber un cambio en la influencia mexicana en la opinión pública norteamericana (la última vez que hicieron algo así fue en el esfuerzo de armar el TLCAN). México necesita tener más voz internacional.

E, internamente, hay que emprender una discusión seria, que no se ha dado, sobre lo que va a significar en la época de Trump aceptar tantos expulsados de Estados Unidos. Hay que recordar que Obama expulsó más migrantes indocumentados que cualquier presidente de los Estados Unidos. Creo que debemos esperar que Trump expulse los mismos o más. Ojalá que el Estado mexicano y la sociedad tomen en cuenta lo que significa esto, para que la sociedad mexicana tenga una actitud más consiente, incluso más militante, frente a la crisis de migración que se avecina.

¿Cuáles son las diferencias entre México y Estados Unidos para abordar el problema del racismo?

Yo creo que en los últimos veinte años en México se ha progresado bastante en poder hablar si quiera del racismo. Antes había una tendencia a negarlo completamente. Entonces, la pregunta es: ¿por qué tardó tanto en abrirse el tema?

Yo creo que la respuesta tiene que ver con la relación de México con Estados Unidos. Es decir, la construcción nacional mexicana se dio en un contexto de supervivencia tenaz frente al gigante del norte. Y en ese contexto, los nacionalistas mexicanos tendieron a felicitarse frente al racismo en los Estados Unidos. En primer lugar, porque la esclavitud en los Estados Unidos duró mucho más que en México, donde desde la independencia se abolió. De hecho, México tenía buenas razones para felicitarse, por lo menos en el plano jurídico (aunque existieran todavía prácticas esclavistas de facto). También el problema de los linchamientos de negros y mexicanos en Estados Unidos era muy conocido en el México del siglo XIX y de principios del siglo XX. O sea que el racismo era más violento en los Estados Unidos.

Y luego, después de la Segunda Guerra Mundial, los países que armaron su nacionalismo en torno al mestizaje, como México y Brasil, fueron tomados por los organismos internacionales como ejemplos de lo que llamaban “democracia racial”.

Hechos como éstos se convirtieron en materia de orgullo nacional, y por eso en la intelectualidad no se podía hablar tan fácilmente del racismo, aunque México, como cualquier país hispanoamericano, se armó desde el principio con jerarquías raciales: en el sistema colonial existía un sistema de castas bien definido –y aquello no se disolvió mágicamente en pura democracia con la independencia. Además, en México ha habido estructuras de endurecimiento del racismo muy activas a lo largo de la historia.

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De la firma del TLCAN al Pacto por México, uno de los relatos principales de la opinión pública y las élites fue siempre el de la supuesta modernización. Se pensaba que después de una serie de reformas estructurales (que, por lo general, eran reformas que fortalecían el mercado) México iba a poder, por fin, crecer. Por años prácticamente no se habló de otra cosa, además de la transición democrática. Hoy, después de las reformas estructurales del Pacto por México y el final de la transición democrática, parece que el Estado no tiene absolutamente ningún relato de futuro –ni de nada.

El Estado mexicano no ha logrado invertir suficiente en la producción de relatos, es cierto. O sea, más allá de que no sería fácil hacer esos relatos, no lo han intentado. Le han dejado la tarea de la producción de relatos al mercado –y ese sí que es un cambio frente a lo que tenía México antes. El Estado mexicano en la época posrevolucionaria, pero aún durante el porfiriato, invirtió bastante en su relato. Y esto se ve en el porfiriato en los primeros libros de historia importantes de la época como México a través de los siglos y los libros de Justo Sierra (por ejemplo, México: su evolución social). Estos eran relatos hechos con el apoyo del gobierno para narrar México y ubicarlo dentro del mundo. Después de la Revolución hubo muchísimo más inversión en ese sentido. No se puede entender el himno mexicano y la obra de Diego Rivera, el ballet folklórico o, incluso, el cine mexicano de la época de oro –aunque mucho era hecho con fondos privados– sin entender eso. En los gobiernos actuales ha habido poca inversión en este sentido. Se gasta en cultura, y eso está muy bien, pero no se ha invertido en tratar de generar relatos propiamente nacionales, que, por supuesto, son necesarios para el Estado.

La otra parte de tu comentario tiene que ver con la modernización. Y creo que tienes razón en señalar que hay y hubo una obsesión modernizadora en todo el periodo neoliberal. Y también mucha fe en que la modernización sería el bálsamo que lo curaría todo. Pero la idea de que el progreso y la mejoría tecnológico-material iban a generar algún tipo de cohesión o mirada colectiva respecto de la comunidad política y social, me parece una idea muy rara, que creo que sí arraigó en México. Hubo una especie de fe de que las cosas mejorarían si metíamos centros comerciales y si la gente podía acceder a cosas que antes no podía acceder.

Por ejemplo, en la Ciudad de México están circulando más del doble de coches que hace 15 años; eso no significa que la zona metropolitana tenga ahora una mejor idea colectiva de convivencia simplemente porque mucha gente ha tenido acceso a la modernización representada en el anhelo del automóvil. Al contrario: tienes una “modernización” gigantesca que, al mismo tiempo, va en detrimento de la construcción de un proyecto colectivo, porque realmente la Ciudad de México ha tenido que luchar contra el coche en los últimos años. Este es un ejemplo entre muchos.

El razonamiento de que la modernización, por sí sola, ayudaría a crear una idea comunitaria, como es la idea de nación, es, repito, muy rara. En su momento, a las élites no se les ocurrió otra cosa –y creo que todavía no se les ha ocurrido nada más.

En tu ensayo sobre Ayotzinapa y la crisis de representación en México escribes que la tragedia del 2014 produjo, a tu juicio, una crisis mayor a la del 68 o la del 94. Y adviertes también que “existen verdaderas condiciones para una revuelta moral”. ¿Podrías explicar tu lectura de Ayotzinapa y aclarar el concepto de “revuelta moral”?

Desde mi punto de vista, la moral tiene que ver con las costumbres. Si tú ves bien el 68, ahí hay una revuelta moral provocada por las transformaciones sociales de los sesenta: la modificación en las clases sociales, sobre todo en el México urbano; los cambios en las relaciones sexuales; empieza a haber más participación femenina en ciertos sectores del mercado laboral, etcétera. Es decir, hay una serie de cambios en las costumbres, y cuando tienes una moral que no corresponde con la realidad de las nuevas generaciones, se produce una revuelta moral. Lo que llamamos “el 68” es, en realidad, un símbolo de un proceso amplio, del que formamos parte incluso gentes como yo, que no soy de la generación del 68 sino de una generación posterior. Tenía 11 años cuando el 68, pero la revuelta moral empezó antes del 68 y terminó bastante después.

Me parece que Ayotzinapa sucedió también en un momento de transformación de costumbres. El campo en México es otro campo al que había en México hace treinta años. El estilo de vida de la gente en ciudades como Iguala e, incluso, en poblados más pequeños de México está profundamente trastocado. Ha cambiado el movimiento entre las ciudades y el campo, las dinámicas del mundo laboral, el tema de la reproducción social. Los jóvenes entienden más estos cambios. En cambio, el aparato de investigación científica del gobierno entiende poco, me parece, las realidades en las que se están forjando las nuevas generaciones tanto en el campo como en las ciudades. Esto indica que hay una transformación de las costumbres. Y esta transformación de las costumbres significa que la gente que está en las nuevas circunstancias no está teniendo real representación en las instituciones. Es, por esto, que pienso que aquí hay una situación objetiva más allá de los hechos de Ayotzinapa: una situación de crisis moral, de transformación, de pánico moral. Hay pánico moral ante una situación muy nueva. El pánico no es una novedad: a finales de los ochenta, las figuras del establishment, del presidente de la república para abajo, tampoco entendían frente a qué estábamos, ante qué estaban. Creo que eso está pasando ahora, pero más profundamente porque los años sesenta, en ciertos niveles, eran años de cierto auge, de cierta apertura, mientras ahorita tenemos lo contrario: un momento comprendido por todas formas de estancamiento.

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En los últimos años, con la guerra contra el narcotráfico, hemos visto, acompañado al aumento de decesos, una considerable desvalorización de la vida en México. ¿Cuál ha sido el papel del neoliberalismo en este proceso de desvalorización?

De manera más o menos exploratoria diría que parte del trasfondo de la forma en que se ha desatado la muerte y la desaparición de tantas personas ha tenido como contraparte una crisis comunitaria en la vida rural de México. En los últimos años, bajo el neoliberalismo, el mundo rural cambió radicalmente. La apertura comercial transformó profundamente el campo mexicano y metió en crisis sus esquemas de reproducción social. Entonces, me parece que parte de la economía del narcotráfico y de las nuevas formas de violencia sí están vinculadas a la fuerza de los desplazamientos y la falta de redes sociales en esos desplazamientos.

Cuando se discutía el TLCAN, el mismo Carlos Salinas de Gortari durante su campaña presidencial decía que la población rural en México era de 28% pero que la contribución del campo al PIB era de 8%, y que, por tanto, había que balancear esas cosas. Bueno, ¿qué quería decir balancearlos? Que había que traer muchos campesinos a la ciudad o, más exactamente, que muchos campesinos que siempre fueron campesinos tendrían que dedicarse a otra cosa. Pero expulsar un 20% de la población sin una red social para ese nivel de desplazamiento no era algo que realmente se discutiera seriamente en ese entonces. En el fondo, se pensaba que o esta población se iría a los nuevos trabajos de México o a Estados Unidos.

Entonces, en México, con el neoliberalismo, hubo un programa de transformación económica muy radical sin un programa suficiente de red social. Y el desamparo permite actitudes depredadoras contra la gente que queda desligada de su red social, como lo estamos viendo con la crisis centroamericana. Lo que ha sucedido con las matanzas de San Fernando y la extorsión sistemática y rapto de migrantes centroamericanos en México es un buen ejemplo de cómo puede haber actitudes de depredación hacia una población dislocada. También lo estamos viendo en las tragedias de la crisis migratoria europea. Cuando tienes desplazamientos importantes sin redes de apoyo se da, automáticamente, una notable desvalorización de la vida humana.

¿Cómo pensar el 2017?

Yo creo que estamos ante un momento de transformaciones profundas y que para México y América Latina será un tiempo difícil en muchos rubros pero que también implica la posibilidad y la obligación de repensar las cosas y de proponer. En este sentido, creo que viene un momento de oportunidad en que importarán mucho las lecciones positivas de los últimos años. Una de las lecciones positivas ha sido la de pensar lo que pasa localmente con una mirada mucho más amplia que la historia interna de México, saliéndonos de las efemérides, los símbolos, los cánones y los santurrones de la historia mexicana, y analizando los problemas desde otros lugares. No porque sea irrelevante la historia de México sino porque es insuficiente. Esto ya lo hemos visto cada vez más –ojalá se vuelva un hábito. Lo necesitamos.

(Foto: PEN America, Victoria PickeringDarij & Ana y Eneas De Troya.)

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Con Piglia en la distancia

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Como soy mexicano no tuve educación formal, y hasta 2004 que entré al doctorado en la Autónoma de Madrid conocí la academia. El segundo semestre me inscribí al curso “Cuento hispanoamericano contemporáneo” que dictaba Eduardo Becerra. A diferencia de mis compañeros, ya había leído Líneas aéreas (1997), la antología de Becerra que reunía a narradores hispanoamericanos nacidos a partir de 1960, y eso me hacía imaginar una especie de ventaja o distinción. En febrero Becerra anunció que Ricardo Piglia nos daría un curso de una semana y escuché un suspiro admirativo generalizado en el que yo había sido el único en no participar. No me hizo del todo humilde, pero escuchar a mis compañeros elogiar a un autor que yo no había leído y en el que ellos veían al experimentalista más riguroso de nuestra lengua reavivó el autoexamen de mis carencias.

El domingo previo al curso de Piglia fui a FNAC y compré Prisión perpetua en la edición de Lengua de Trapo, y comencé a leerlo en el RENFE y lo terminé en mi dormitorio. Recuerdo el silencio absoluto de la residencia universitaria cundo releí “La loca y el relato del crimen”. No tengo el cuento a mano, pero conozco el argumento: Emilio Renzi va a la procuraduría a cubrir el caso de un asesinato. El acusado niega los cargos y la única testigo es una loca que varía un discurso incomprensible. Renzi graba la declaración de la loca y cuando vuelve al periódico hace un análisis lingüístico que confirma la inocencia del acusado y arroja otro culpable. Se lo dice a su jefe y este le dice que se abstenga de publicar sus descubrimientos y apoye la hipótesis de la policía. Renzi contempla renunciar al periódico o entregarle al juez su investigación, y al final empieza a escribir “La loca y el relato del crimen”.

Más que la reflexión moral o la estructura, el cuento me impresionó por la hipótesis de un análisis lingüístico para develar enigmas. En esa época comenzaba a creer que la destrucción del yo escritural era el único modo de hacer literatura y que mi deber era detectarme y borrarme. Por eso me obsesioné con una frase que decía Renzi: “Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo”. La repetí tanto que mi amigo Bernardo también la citaba constantemente. Un método lingüístico de ficción convertido en credo literario. Y al poco en frase multiusos en nuestras caminatas de madrugada por la Gran Vía que oscilaban entre las noticias de la mecánica cuántica y la metafísica. “Lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo”.


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En el taller Piglia habló de la ironía permanente de Borges, de los mecanismos narrativos de Arlt, del destino de la crítica literaria, de la vida académica en Estados Unidos. Y el tercer día, no recuerdo el contexto, Piglia contó que no entendía a su esposa cuando le contaba sus sueños. Y que cuando lo hacía esperaba, por lo menos, aparecer en el sueño; pues el relato de un sueño sólo le interesa a quien lo cuenta.

Levanté la mano y Piglia me dio la palabra. Le dije que en eso coincidía con Steve Ratliff, el protagonista de “Prisión perpetua”, y le pregunté si encontraba otros puntos biográficos de encuentro con el personaje. Piglia respondió que me equivocaba, pues había escrito “Prisión perpetua” pensando en Gombrowicz. Le dije que estaba seguro y Piglia me dijo que era imposible y preguntó si alguien tenía el libro a la mano. Como mis compañeros y profesores no se movieron, continuó la sesión del taller.

A la cuarta y penúltima sesión llevé mi ejemplar de Prisión perpetua con la frase en cuestión subrayada. Llegué temprano y solo estaban Piglia junto al escritorio que coronaba los mesabancos acomodados en U y dos de mis compañeras en silencio leyendo libros de Piglia. Me acerqué con el libro abierto y le dije a Piglia que yo tenía razón. Piglia se rió, agarró el libro y se acomodó los lentes para leer. Regresó una página para verificar la sección donde se encontraba la frase y luego metió la mano en su maletín de piel y sacó una pluma fuente y firmó el libro junto a mi subrayado. “Para Víctor, por fijarse en estas cosas”, escribió, o algo parecido.


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Los detractores de Piglia han tenido el tino de señalar que los entramados perfectos de sus ficciones podrían estar más vivos o mejor decorados, que es como pedirle a Walt Whitman que siga escribiendo, pero con mesura y en alejandrinos. Desde el inmediatismo procaz y el realismo ingenuo a là alt lit, las obsesiones formales de Piglia se traducen en distancia lectora y falta de estilo. Y eso, la distancia desde la que Piglia escribió cuentos perfectos y novelas sobresalientes, es el corazón de su legado. Si se está con Piglia (y se debe estar con Piglia), es en La Distancia. Piglia tenía clarísimo que es mejor pecar de robot, dejar que el estilo sea accidental, y que no hay gloria en el exhibicionismo de los cursis. Algo que dice a gritos su último proyecto: la edición de sus diarios.

Frente a Fogwill y Aira, Piglia representa el sentido común. La canonización que hizo de Arlt es el gesto más canónico y borgeano imaginable. Lo que da pie al segundo reproche: Piglia parecía conocer demasiado bien cuál era el lugar de su obra en el mapa literario argentino. Una acusación extraña que privilegia la mirada del testigo sobre el sujeto. Sin embargo, no fue lo único que comprendió, sino que entendió bien y explicó mejor los entresijos del arte narrativo. Por eso Formas breves es la mejor puerta de entrada a su obra. Sospecho que fue un hombre feliz, porque comprender la semántica de su biblioteca es la aspiración más elevada de cualquier escritor.

Primera tesis: todo escritor de verdad (de Marcel Proust a William S. Burroughs, de Franzen a Vollmann) es un gran filólogo (profesional o amateur).

(Foto: cortesía de Casa de América.)

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De censura, diversidad y libros

Cuando producimos información se desarrolla un interés consciente e inconsciente por transmitirla y hacerla llegar a otras personas, ya sea de manera individual, institucional o colectiva. Este interés por transmitir la información se remonta a una de nuestras necesidades básicas: la necesidad por expresarnos. Sin embargo, en esta necesidad se esconden fuertes impulsos: de reconocimiento, de aceptación, de visibilidad e incluso de censurar. La censura (o en palabras de Coetzee, esta “pasión por silenciar”) se da tanto a nivel personal como en los distintos grupos del ser humano, desde la familia hasta la convivencia entre sociedad y gobierno. Al respecto, González Valerio y Martínez Ruiz[i] señalan que el término censura se aplica a diversos fenómenos que pueden ir desde lo psíquico hasta lo jurídico, y en este abanico de posibilidades la censura se transforma para acoplarse al objeto que se desea censurar, pues indican que no es lo mismo la censura que lleva a cabo el preconsciente sobre el deseo, que la que lleva a cabo el Estado en relación con las manifestaciones públicas.

La aparición de nuevos medios de comunicación ha traído como consecuencia el desarrollo de distintas amenazas y guerras por las libertades;[ii] los albores del libro impreso estaban rodeados por una lucha por la libertad religiosa en los siglos XV y XVI; la prensa estaba fuertemente involucrada en una batalla por la libertad política en los siglos XVII y XVIII; en la actualidad internet ha sido el reflejo de la lucha por los derechos humanos y digitales. En todos estos ámbitos la censura se ha ejercido como un mecanismo de poder y reivindicación.

En este sentido, el libro impreso ha circulado por numerosos canales y ha sido creado bajo distintas circunstancias y para diferentes propósitos, siempre con singular fuerza y significación. En este largo y sinuoso camino, la censura ha sido su fiel acompañante, como un satélite que lo vigila en todo momento, orbitando alrededor de él. Conviene mencionar que la censura se manifiesta como una prohibición que ataca el entusiasmo por aquello que se desea, en este caso el libro, tejiendo todo un mecanismo que busca aniquilar el material, quitarlo de un lugar visible, omitir su presencia.

De esta manera, el libro ha enfrentado las más grandes batallas para su supervivencia: se le ha quemado, enterrado, ahogado, mutilado y se le ha prohibido reproducirse, prestarse y exhibirse. Fernando Báez en Historia universal de la destrucción de libros nos ofrece una detallada crónica de los diferentes motivos que han influido en la completa eliminación de libros y otras manifestaciones informativas, la tesis principal de Báez es que el libro no es destruido como objeto físico sino como vínculo de memoria, es decir, como una de las bases de la identidad de un ser humano o de una comunidad, y recordemos que la memoria es un pilar en la lucha por la equidad y la libertad, de ahí que cuando un grupo, nación o incluso institución busca imponer o reconfigurar su presencia lo primero que intenta es borrar todo rastro de la memoria del otro.

Desde que se tienen registros sobre lo que es censurable, el centro de atención de la censura ha ido variando: se ha pasado de la sedición a la blasfemia, de las imágenes y textos obscenos a la opinión política y religiosa, de las manifestaciones de odio y guerra a las muestras de amor entre personas del mismo sexo y/o de diferentes nacionalidades. No obstante, a lo largo del tiempo se ha observado un vaivén en el malestar social, de pronto se regresa a prohibir la blasfemia, el cuerpo humano o las opiniones –con frecuencia el vehículo que carga este tipo de censura es la ofensa y la indignación.

En este sentido, desde 1982 en Estados Unidos se lleva a cabo la “Semana de los libros prohibidos”, la cual es una campaña que organiza la American Library Association (ALA) como parte de las celebraciones por “el derecho a leer”. Esta campaña surgió como consecuencia de la constante censura en los libros que imperaba por aquel entonces en las escuelas, librerías y bibliotecas. 34 años después y con la aparición de internet y el consecuente fervor tecnológico que dio pie a vaticinios sobre la extinción del libro, se podría pensar que la censura en los libros es obsoleta, que ha caído en desuso o que simplemente no hay quién se ocupe de censurar libros, pues todos los esfuerzos se encaminarían a internet.

Sin embargo, el libro impreso sigue y seguirá conviviendo con otras manifestaciones informativas, y la censura sigue prevaleciendo como un medio para ejercer poder, dominar conciencias y restringir libertades.

Según los registros de la ALA, en 2001 las razones de la censura en los libros se orientaban principalmente hacia el lenguaje ofensivo o sexualmente explícito y, en menor medida, hacia la violencia, satanismo y religión.

No obstante, en los últimos años, la censura se ha centrado en otro tipo de contenidos, en comunidades diversas en términos sexuales, geográficos, religiosos y de pensamiento, ya que, según los mismos registros de la ALA, en los últimos años los motivos que han dado pie a la censura han sido por temas sobre ateísmo, homosexualidad, educación sexual, comunidades religiosas, entre otras.

Por tal motivo, este año la semana de los libros prohibidos tuvo como estandarte la diversidad en los libros, es decir, libros que reflejen las distintas visiones del mundo, que incluyan personajes, protagonistas y experiencias que reflejen la pluralidad y diversidad de nuestras realidades. Conviene resaltar una campaña permanente conocida como “We Need Diverse Books”, la cual pone especial énfasis en la necesidad de tener personajes diferentes a los tradicionales en los libros para niños.

En este listado de la ALA, se destaca Tres con Tango, un libro para niños que ha encabezado la lista de los libros prohibidos en Estados Unidos por siete años por ser una historia sobre una pareja de pingüinos gays del zoologico de Central Park. Las razones por las que se ha censurado este libro en escuelas y bibliotecas: por ser “anti-familia”, tener un punto de vista político “no apto para menores de edad”, por ser inmoral y hasta por promover la “agenda homosexual”.

De manera similar, en Chile, el cuento infantil, “Nicolás tiene dos papás”, que aborda la situación de una familia homoparental, tuvo un rechazo por parte de sectores conservadores, sin embargo, eso no impidió su distribución ni su lectura.

Por otro lado, en 2012 las escuelas públicas de Tucson, Arizona, suspendieron un programa de estudios que abordaba cuestiones históricas entre la relación México-Estados Unidos; la suspensión también incluía la censura de libros relacionados con dicho programa, entre el material prohibido figuraban Pedagogía del oprimido de Paulo Freire y Chicano! The History of the Mexican American Civil Rights Movement de Arturo Rosales. Tras varias protestas e incluso una caravana que introducía los libros prohibidos de contrabando, el material fue reincorporado a las aulas y bibliotecas.

México ha tenido una larga tradición en censurar distintas obras, la cual se remonta a los primeros impresos mexicanos, recordemos la lamentable destrucción de códices durante la conquista española al ser considerados “demoniacos”.

Varios siglos después, lo “demoniaco” adopta la forma de impropio, inmoral o indecente. Conviene recordar un par de obras que en su momento hicieron eco de la susceptibilidad del gobierno y del privilegio político de nuestros funcionarios. En 1961 Oscar Lewis publicó Los hijos de Sánchez, una etnografía que relata la cotidianidad de una familia mexicana viviendo en una pequeña vecindad de Tepito en la Ciudad de México. En esta obra se retratan aspectos que hasta la fecha siguen prevaleciendo en nuestro país, como el machismo, la violencia de género y la pobreza. En palabras de Claudio Lomnitz, este libro le mostró al mundo que el México moderno, próspero y optimista que se presumía en aquel tiempo, el México del “milagro mexicano”, era, en parte, irreal. Y fue precisamente esta realidad mexicana escrita por un extranjero lo que incomodó al gobierno de Díaz Ordaz, lo cual dio pie a la censura y la persecución de los responsables de la publicación de dicha obra (tal vez hubiera bastado con ajustar el índice de pobreza para dar una mejor impresión de nuestra economía, como en nuestros tiempos).

En 2001, Aura de Carlos Fuentes fue objeto de censura debido a cuestiones morales y de apreciación personal por el entonces secretario de Trabajo del gobierno de Vicente Fox en 2001, Carlos Abascal, al cual se sumaron un grupo de padres de familia de la propia institución, así como la Unión Nacional de Padres de Familia, el cardenal Norberto Rivera Carrera, entre otros, quienes afirmaban que la obra “no era apta para estudiantes”. Cabe recalcar que dicha censura derivó en el despido de la profesora que proporcionó el material, acompañado del escándalo mediático y la consecuente fama de la obra, como suele suceder con el material que se censura. Como mero detalle inquietante, en 2009 este libro también fue censurado por autoridades educativas en Puerto Rico.

De igual forma, en países como el nuestro nos enfrentamos a una dicotomía en lo que representa la “quema de libros”. Por una parte, se asume como la práctica (avalada por las autoridades escolares) que simboliza la culminación de un ciclo escolar, en que los egresados celebran el fin de las exigencias académicas, entre éstas, las lecturas obligadas, y, aunque según la Encuesta Nacional de Lectura 2015 en los últimos años se ha ido fortaleciendo el fomento de lecturas diferentes a las escolares tanto por la familia como por los maestros, todavía estamos lejos de tener los niveles que se esperan para un país con las dimensiones económicas y sociales de México.

Pero del júbilo por el fin de un ciclo escolar pasamos a la indignación por lo que se enseña. La quema de libros como símbolo de la protesta pública con libros reales se está convirtiendo en el emblema de grupos conservadores que buscan censurar temas que son necesarios por razones de salud pública, justicia social y democracia, como sucedió en 2009 en Guanajuato, cuando un grupo de padres de familia y autoridades estatales, presa de la ofensa y la indignación por el contenido de los libros, comenzaron a mutilarlos y a lanzarlos al fuego públicamente, esperando calcinar los “demonios” de la equidad de género, la educación sexual y las imágenes del cuerpo humano que contenían esos libros.

En este tipo de actos, la censura se vuelve más agresiva. Al quemar el libro no solo se busca prohibir el deseo de tenerlo: se persigue su exterminio, todo esto en un país en donde pese al establecimiento de un programa nacional de lectura, nuestros índices en esta materia solo han tenido un tímido avance, en que la falta de tiempo y la ausencia de una biblioteca son parte de las razones principales para no leer más, en que el libro más común en los hogares es el de texto y el religioso. El fuego entonces parecería ser una respuesta rápida a los problemas que el gobierno y los grupos profundamente conservadores encuentran a su paso.

Esta veneración de la censura a través de la quema de libros es una inquietante radiografía de lo que sucede en nuestro país, y no es un tema menor: por el contrario, es una tarea que involucra a distintos sectores de la sociedad. Particularmente desde el sector bibliotecario se han realizado esfuerzos por promover la defensa de la diversidad en los libros y otras manifestaciones informativas. El Manifiesto IFLA / UNESCO por la Biblioteca multicultural enfatiza que todos los tipos de biblioteca deben reflejar, apoyar y promover la diversidad cultural y lingüística. En 2007, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se celebró la infodiversidad y la biblioteca multicultural abogando por una mayor pluralidad en las colecciones y en los formatos. Este año la Feria Internacional del Libro Zócalo también celebró la diversidad; sin embargo, todos estos esfuerzos también deben de perseguir la formulación y establecimiento de políticas de información locales y nacionales encaminadas a promover la diversidad informativa en escuelas y bibliotecas, protegiéndola frente a cualquier acto de censura. Especialmente en estos tiempos de agitación política, con personajes como Donald Trump seduciendo al poder, cuya trayectoria ha sido marcada por el racismo, la misoginia y la xenofobia, o, por otro lado, con las calles tomadas por marchas corrompidas por el odio y la discriminación, en que la cúpula clerical pretende tomar decisiones en la vida política, social, educativa y sexual de nuestro país, necesitamos que los libros reflejen la pluralidad de ideas, pensamientos, comunidades y decisiones que el ser humano puede tomar.

Hoy los caminos que toma la censura son intrincados y azarosos y todos desembocan en el encarcelamiento de nuestra libertad de conciencia. El libro es solo una pequeña parte de lo que representa la institución de la censura. Tan solo en internet, una red con miles de posibilidades para el libre acceso a la información, la censura adopta diferentes formas; el bloqueo técnico, la eliminación de resultados de búsqueda, las censuras invisibles de algoritmos en los cuales se da lo que Sunstein[iii] llama “capullos de información”, en que los usuarios de internet sólo tienen acceso a la información y a las ideas basadas únicamente en sus intereses y no se ven confrontados con otros temas o perspectivas, o la propia censura de los grandes monopolios del libro electrónico como Amazon que ha sido acusado de censurar para obtener un mayor control del mercado editorial, y la más peligrosa de todas, quizá el mayor objetivo del censor: la autocensura, ya sea en nuestro comportamiento informativo o en el contenido que publicamos.

(Foto: cortesía de Jason Parrish.)


Referencias

[i] María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz, “Censura”, Revista de la Universidad de México 65, (México: Universidad Nacional Autónoma de Mexico, 2009).

[ii] Jean K. Chalaby, “New Media, New Freedoms, New Threats”, International Communication Gazette 62, no. 1 (Feb., 2000).

[iii] Cass R. Sunstein, Infotopia: How Many Minds Produce Knowledge, Oxford University Press, 2006.

Repensando el populismo

Cuando estuve en España el pasado invierno con el objetivo de hacer investigación para un libro sobre populismo en Europa y América, la primera persona que entrevisté fue Fernando Román, un joven concejal de Manzanares, una ciudad en las afueras de Madrid. Fer, como le llaman, es miembro de Podemos, el nuevo partido de izquierda que quedó en las elecciones del pasado junio en tercer lugar, muy cerca del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del Partido Popular (PP). Fer cargaba un libro, Construir pueblo (Icaria, 2015), que me recomendó leer si quería entender Podemos. Cuando visité la librería de Podemos en Madrid, altas pilas de Construir pueblo estaban colocadas en el centro de la mesa.

El libro consiste en un diálogo entre Íñigo Errejón, el jefe de estrategia de Podemos y politólogo en la Universidad Complutense de Madrid de 32 años, y Chantal Mouffe, una filósofa belga en sus setenta años que es catedrática en la Universidad de Westminster en Inglaterra. Mouffe es conocida por desarrollar la teoría de la democracia “agonista” –la democracia enraizada en el conflicto en vez del consenso– y por sus colaboraciones con Ernesto Laclau, su difunto esposo. Laclau, un filósofo argentino que enseñaba en la Universidad de Essex, desarrolló la teoría de populismo que Fer y otros líderes de Podemos conciben como la base de sus propias políticas y que Mouffe y Errejón discuten en Construir pueblo.

La influencia de Mouffe y Laclau no se limita a España. Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas del gobierno presidido por el partido griego de izquierda, Syriza, y líder de un movimiento que busca reformar la Unión Europea, obtuvo su doctorado en Essex. Rena Dourou, la actual gobernadora de Atenas, y Foteini Vaki, un miembro del parlamento, también estudiaron en Essex directamente con Ernesto Laclau. Antes de su muerte en 2014, Laclau era también un consejero cercano de los presidentes argentinos Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, ambos del Partido Justicialista.

Laclau y Mouffe han ejercido esta influencia política a pesar de haber escrito trabajos que podrían hacer ver a La fenomenología del espíritu (1809) de Hegel como un trabajo escolar. Por ejemplo, este extracto de su obra maestra Hegemonía y estrategia socialista (1985):

Ahora bien, en una totalidad discursiva articulada, en la que todo elemento ocupa una posición diferencial –en nuestra terminología: en la que todo elemento ha sido reducido a momento de esa totalidad– toda identidad es relacional y dichas relaciones tienen un carácter necesario.

Parte de la obscuridad en la prosa se debe a la adopción de la jerga puesta en moda por Jacques Lacan y los posestructuralistas franceses. Pero es también el resultado de su intento por desprenderse de los dogmas sobre el socialismo y el populismo que habían nublado el debate político en Europa.

En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe rechazaban lo que el sociólogo de izquierda C. Wright Mills llamaba “la metafísica del trabajo” –la creencia de que el socialismo o la socialdemocracia se generaría del choque inevitable entre la clase trabajadora y la clase capitalista. Luego Laclau, en La razón populista (FCE, 2005), desafió la visión –más común en Europa que en Estados Unidos– de que el populismo estaba predestinado por naturaleza a la ideología racista, nativista o proto-fascista de la derecha. Laclau y Mouffe en diversos ensayos ayudaron a explicar, en efecto, por qué Podemos y el Frente Nacional de Francia y las campañas de Bernie Sanders y Donald Trump podían ser llamados, acertadamente, populistas. Además, presentaban al populismo de izquierda como el sucesor apropiado de las políticas del viejo socialismo, la socialdemocracia y los partidos obreros.

Ernesto Laclau estudió historia y dio clases en la Universidad de Buenos Aires; en este tiempo, ingresó al Partido Socialista de la Izquierda Nacional. En 1969, fue a Oxford a estudiar por invitación del historiador marxista Eric Hobsbawn. Se doctoró en Essex en 1977 y, con Argentina bajo la junta militar, se unió a la facultad de la Universidad de Essex. Mouffe, nacida en Charleroi, Bélgica, en 1943, estudió en Lovaina, París y Essex, y, antes de unirse a la Universidad de Westminster, dio clases en Bogotá y París. Ella y Laclau se casaron en 1975.

Ambos pertenecían inicialmente a la izquierda marxista. Eran cercanos al filósofo y miembro del Partido Comunista francés Louis Althusser, con el que había estudiado Mouffe. Pero cada uno, a su manera, terminó cuestionando la ortodoxia marxista. En el caso de Laclau, el cuestionamiento empezó por su fascinación con el populismo de la Argentina de Juan Perón; en el de Mouffe, por su experiencia como docente en América Latina y su participación en el movimiento feminista británico, cuyos objetivos no podían ser definidos por la lucha de clases o la conquista del socialismo. En Hegemonía y estrategia socialista, estudiaron las deficiencias históricas de las estrategias socialistas y desarrollaron una teoría que ahora se clasifica como “post-marxista”.

Cuando Laclau y Mouffe publicaron Hegemonía y estrategia socialista en 1985, existían todavía grupos socialistas y facciones dentro de los mayores partidos obreros y socialdemócratas de Europa que pretendían abolir el capitalismo. Y los partidos todavía no habían abrazado una “tercera vía” que renunciara a cualquier atisbo del socialismo. Además, existían muchos movimientos sociales que emergieron de la Nueva Izquierda. Laclau y Mouffe se propusieron mostrar cómo la izquierda explícitamente socialista se había extraviado casi por un siglo y desarrollar una nueva estrategia para una “democracia radical” que incorporara a los nuevos movimientos sociales.

Para Laclau y Mouffe, el problema con la izquierda socialista empezó con el Partido Socialdemócrata de Alemania, que era el partido socialista dominante en Europa antes de la Primera Guerra Mundial. Su líder teórico era Karl Kautsky. La teoría de la revolución de Kautsky, derivada de la de Marx y Engels, asumía que la etapa capitalista de la historia era impulsada por la lucha entre una siempre en expansión clase trabajadora y una pequeña, pero enormemente poderosa, clase capitalista. Eventualmente, la clase trabajadora, al enfrentar el empobrecimiento y el caos de las crisis económicas crecientes, tomaría por asalto el Estado y establecería una sociedad socialista. El rol de los revolucionarios, Kautsky y sus camaradas creían, era guiar esta ola de la historia.

Como Laclau y Mouffe recuentan, Vladimir Lenin rechazó esta teoría de la revolución. Lenin aceptó que el desarrollo de la clase trabajadora era esencial para una revolución socialista, pero sostenía que, antes que ésta se volviera una mayoría, la insurrección de un partido socialista –que representara los intereses de la clase trabajadora, así como los de los campesinos– podría tomar el poder. El modelo de la revolución de Kautsky estaba inspirado en el determinismo económico; el de Lenin, en el ejemplo de los jacobinos franceses.

Pero, como Laclau y Mouffe notaron, ambas teorías no trajeron los resultados deseados. El modelo Krautsky indujo una pasividad que permitió el militarismo de Guillermo II de Alemania y el ascenso de Mussolini y Hitler. El partido de Lenin, que buscaba “la dictadura del proletariado”, degeneró en una dictadura de partido, y luego en una dictadura de un solo individuo: Joseph Stalin.

Para Laclau y Mouffe, Antonio Gramsci fue el primer teórico que comprendió el fracaso de ambos modelos. Gramsci, un comunista italiano que murió en una de las prisiones de Mussolini, insistía en que el partido debía establecer un “bloque histórico” compuesto por el campesinado del sur de Italia y la clase trabajadora del norte de Italia. Rechazaba el jacobinismo de Lenin. El socialismo necesitaría una “guerra de posición” en que un partido socialista o comunista lograra la hegemonía al establecer contra-instituciones y una contra-cosmovisión a las que prevalecían bajo el capitalismo. La clase capitalista, Gramsci argumentaba, no solo disfrutaba del monopolio de la fuerza, sino del monopolio de la persuasión, y tenía, por tanto, que ser desafiada en este último frente.

En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe incorporaron las ideas de hegemonía, lucha por la posición y bloque histórico de Gramsci. Pero rechazaron la idea residual de la primacía política de la clase trabajadora a la que el filósofo italiano todavía se adhería. En vez, la pareja argumentaba que la izquierda debería de construir un bloque histórico a partir de diversas clases –los trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, así como el pequeño sector empresarial– y diferentes luchas (que incluían el feminismo, la ecología, los movimientos en contra del racismo y la guerra) que no se pueden resumir a una sola lucha entre clases.

Manifestación del partido Podemos en Madrid, "La marcha del cambio". Vista de la calle de Alcalá desde Cibeles.

Marcha en apoyo de Podemos (Madrid, España).

También rechazaron el marco base de la teoría de la historia de Marx. Rechazaron el supuesto de que la intención de abolir el capitalismo y establecer el socialismo era, y seguiría siendo, la fuerza que impulsaba el cambio histórico. En vez, argumentaban que los ideales de la democracia, la libertad y la igualdad, articulados por la Revolución Francesa, proveían un marco –ellos usaban el término “imaginario”– para una política de izquierda que extendiera la lucha por la democracia del ámbito político al económico y social. No rechazaban las políticas anticapitalistas que buscaban el “fin de las relaciones de producción capitalistas” sino las veían simplemente como una “dimensión” de las demandas de los movimientos sociales en la lucha de un bloque histórico por la “democracia radical”.

En Construir pueblo, Mouffe resume esta idea:

Nuestro principal planteamiento era que debíamos reformular el “proyecto socialista” en términos de una radicalización de la democracia. Eso nos permitía romper simultáneamente tanto con la tradición jacobina como con el determinismo económico; porque no puedes hablar de radicalización de la democracia sin reconocer que existen diferentes formas de subordinación que podrían originar diferentes antagonismos, y que todas estas luchas no podían ser vistas simplemente como la expresión de la explotación capitalista.

Al describir lo que la “democracia radical” era, y cómo se podía alcanzar, Laclau y Mouffe recurrieron a reiterar su rechazo de la vieja estrategia socialista. El último capítulo de Hegemonía y estrategia socialista es, en gran parte, una red de abstracciones. Si la lucha por el socialismo y en contra de la clase capitalista ya no eran el principio unificador de los movimientos de izquierda, ¿qué tomaría su lugar? ¿Los defensores de la democracia radical cómo se definirían a sí mismos y cómo definirían a sus adversarios? Al responder estas preguntas y desarrollar una política que contrarrestara el giro en los partido obreros y socialdemócratas hacia la “tercera vía”, Laclau y Mouffe adoptaron la idea del populismo de izquierda en Europa incluso antes de que esos partidos y movimiento populistas se formaran en Grecia, Italia y España.

En Estados Unidos, el término “populista”, utilizado desde 1891, ha servido para catalogar a movimientos y candidatos de izquierda y de derecha –desde el original Partido del Pueblo de la última década del siglo XIX hasta Huey Long y el padre Charles Edward Coughlin, pasando por Ross Perot, Pat Buchanan, Bernie Sanders y Donald Trump. En América Latina, la categoría está relacionada íntimamente con la izquierda no-marxista de Juan Perón y Hugo Chávez. Pero en Europa occidental el término “populista” ha sido utilizado principalmente en una manera peyorativa para referir a los llamados demagógicos de los partidos de la derecha que, según sus detractores, se aprovechan de la ignorancia del público y de los resentimientos étnicos y religiosos.

Influenciado por el populismo de América Latina y la historia de Estados Unidos, Laclau pretendía en La razón populista rebatir el uso común que tenía el término en Europa. “El progreso en el entendimiento del populismo requiere –escribió– salvarlo de su posición marginal dentro del discurso de las ciencias sociales. […] El populismo no solo ha sido degradado: ha sido también denigrado.”

Laclau analizó el populismo como una lógica política que podía ser utilizada por la izquierda, la derecha y el centro. Una forma de discurso político, en vez de una adhesión específica por la clase, la ideología o el tipo de sociedad, que establece un conflicto entre un underdog y un “poder”, que es definido por tipos específicos de demandas que crean una “frontera” política entre éstos.

Un tipo de demandas sigue lo que Laclau llama la “lógica de diferencia”: son las demandas eminentemente negociables entre un partido o un movimiento y los poderes-que-son y que no necesariamente están ligadas a otras demandas. Por ejemplo, en el caso estadounidense, un grupo de votantes podría demandar que las hipotecas estudiantiles federales se reduzcan y que la Ley de Cuidado de Salud Asequible cubra la adquisición de aparatos auditivos. Estas demandas podrían negociarse y no necesariamente establecen barreras políticas intransitables.

Otro tipo sigue lo que Laclau llama una “lógica de equivalencia”: son las demandas no utópicas pero que de todos modos probablemente serán rechazadas por los poderes-que-son. Una de esas demandas, siguiendo el caso estadounidense, podría ser la demanda de Bernie Sanders por un aumento del salario mínimo nacional a $15 dólares por hora o la de Medicare para todos o, por otro lado, las de Donald Trump, como el levantamiento del muro que pagaría México o el impuesto a los bienes de fábricas de compañías que se han movido de Estados Unidos a países con mano de obra más barata. Este tipo de demandas, si se agrupan, ya sea en la izquierda o en la derecha, crean una “frontera” –un espacio aparentemente intransitable– entre el underdog y el poder. Se vuelven en la base para un desafío populista a la autoridad. Lo que “crea las condiciones para una ruptura populista –escribió Laclau– es una situación en que coexisten una pluralidad de demandas insatisfechas y la inhabilidad creciente del sistema institucional para absorberlas diferencialmente.”

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Marcha en apoyo de Bernie Sanders, precandidato presidencial del partido demócrata.

No existe contenido pre-ordenado entre el underdog y el “poder”. El underdog, que por lo general se alza en nombre del “pueblo”, puede representar a la clase media sitiada, a la clase trabajadora, a los pobres, a los franceses “nativos” o a los estadounidenses cristianos. De igual manera, el “poder” puede representar al “poder monetario”, “Wall Street”, “Londres” o un duopolio de dos partidos políticos, uno de centro-izquierda y uno de centro-derecha, como es el caso de Francia, Grecia y España. Para el Tea Party estadounidense, por ejemplo, la élite se identificaba primeramente con los liberales y el gobierno y luego con los republicanos traicioneros. Tampoco, para esta articulación, tiene que haber una exigencia o causas específicas. Estas pueden ser: terminar con la inmigración, reformar el financiamiento de las campañas o abandonar la Unión Europea y el euro.

Según Laclau, lo que permite mantener unida la coalición del underdog es una serie de demandas específicas que representan un gran final. Laclau cita el caso del movimiento Solidaridad en Polonia, cuya llamada por los derechos de los trabajadores en principios de los ochenta se pronunciaba por la demanda mayor de la independencia nacional que ni el gobierno comunista polaco ni la Unión Soviética estaban preparados para satisfacer. En el caso de la campaña de Trump, una muralla en la frontera entre México y Estados Unidos tiene esa función; para Sanders, se trataba de la “revolución política”. Un líder carismático –como lo son Lech Walesa, Marine Le Pen y Ross Perot– que defienda estas demandas en nombre del “pueblo” puede servir como un punto adicional de unificación, al tiempo que se mantienen unidas coaliciones heterogenias que no necesariamente apoyan todas las demandas que el partido o el candidato realizan.

Para Laclau y Mouffe, el populismo es la forma que debe tomar un desafío de la izquierda al statu quo. “Creo –sostiene Mouffe en Construir pueblo– que los proyectos contemporáneos que pretendan radicalizar la democracia requieren del desarrollo de un populismo de izquierda.” Eso requiere de la construcción de una nueva identidad política. Como lo señala el título del libro de Errejón y Mouffe, en lugar de solamente representar una formación histórica preexistente como la clase trabajadora o una sola causa como el feminismo o la ecología, la izquierda debe “construir un pueblo”. “Cualquier unificación populista toma lugar en un terreno social radicalmente heterogéneo”, escribió Laclau en La razón populista.

Para Podemos y los otros populismos europeos de izquierda, el tema unificante ha sido el fin de la austeridad. Las demandas para acabar con la austeridad han creado una “frontera” entre la gente común y la élite y han diferenciado a Podemos en España y el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha predominantes que se han adherido para impulsar el recorte de sus presupuestos y el incremento de los impuestos desde la Troika del Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea. Pero el maquillaje, los objetivos, los temas y los liderazgos de esta coalición cambia conforme a las circunstancias históricas. La política, para Laclau y Mouffe, es un ámbito de contingencia deliberada, no de necesidad predeterminada.

Entre el rechazo a la “la metafísica del trabajo” de Hegemonía y estrategia socialista y la adhesión de Laclau y Mouffe al populismo de izquierda, existen dos cambios importantes: uno implícito, el otro ya reconocido. El primero es el abandono del objetivo marxista de acabar con las relaciones capitalistas de producción, incluso como una “dimensión” del populismo de izquierda. En Construir pueblo ya ni se menciona el “fin del capitalismo” como un objetivo de la estrategia populista. Esto está bien, ya que, desde el colapso del socialismo soviético, no existe una concepción clara de cómo se vería una economía socialista no-capitalista o marxista, y cómo funcionaría exitosamente.

Segundamente, Laclau y Mouffe –Mouffe en particular– han revalorado el rol de las socialdemocracias post-Segunda Guerra Mundial que crearon y desarrollaron los Estados de bienestar de Europa Occidental. En Hegemonía y estrategia socialista, había algo de criticismo a estas socialdemocracias. Habían sido, como sus regímenes marxistas predecesores, “clasistas” –subordinando todos los problemas a los de la clase trabajadora y sin reconocer el importante rol de los movimientos sociales de la Nueva Izquierda. Pero en ese tiempo, Laclau y Mouffe creían que la Europa Occidental estaba lista para superar la socialdemocracia y adoptar la alternativa radical que ellos proponían. No anticiparon el triunfo total del neoliberalismo que enfatizaba las virtudes del capitalismo de libre mercado y la búsqueda de un consenso entre la centro-izquierda y la centro-derecha.

“Cuando escribimos Hegemonía y estrategia socialista pretendíamos criticar la socialdemocracia porque era incapaz de comprender e incorporar los nuevos movimientos sociales y porque se había hecho demasiado burocrática”, declaró Mouffe en una entrevista en 2011. “No esperábamos el fin de la hegemonía de la socialdemocracia y el principio de la hegemonía del neoliberalismo. Todavía abogo por el proyecto de una democracia radical, pero ya no estamos en una etapa de ofensivas. Estamos forzados a defender los derechos que nos quedan, no solo los derechos sociales sino incluso los civiles.” Reiteró este punto en Construir pueblo: “En 1985 dijimos que ‘necesitábamos radicalizar la democracia’; antes de radicalizarla, ahora necesitamos restaurar la democracia; nos encontramos históricamente ante un reto mucho mayor.”


Este ensayo fue publicado originalmente en Dissent.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Fotos: cortesía de Michael FleshmanBarcex y Paulann Egelhoff.

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Bob Dylan: el rock en el centro

Bob Dylan ha ganado el Nobel de Literatura

Robert Allen Zimmerman nació en 1941 en el seno de una familia judía migrante afincada en Minnesota. En 1960 nació Bob Dylan, solo y en el camino. Naturalmente entre esas fechas hubo pivotes e inflexiones que prefiguran al artista, pero es mejor entender de una vez que Robert y Bob son dos individuos.

Aunque la adolescencia de Dylan, como la de Jesucristo (que es tres en uno y uno en tres), nos es vedada, ningún muerto en el clóset mancharía el sentido de sus palabras verdaderas. Además, Dylan es alguien que perfectamente podría suscribir lo dicho por Giovanni Papini, otro autor que a patadas de heterodoxia afincó su convención: “Jamás he sido niño. No he tenido infancia.”

¿Qué mueve a alguien a cambiarse de nombre? La reasignación sexual, el programa de testigos protegidos, la depresión, la impostura o la revelación de un destino principesco que trasciende a la tribu. En cualquier caso, siempre es un acto valiente que derrumba una dimensión del yo. “Puedes llamarme Bobby, puedes llamarme Zimmy (…) puedes llamarme como sea pero no importa lo que digas”, tararea Dylan desde 1979 con una sonrisa implícita.


La corona de laurel

“You’re no good”, primera canción de su debut, el homónimo Bob Dylan (1962), ensaya mi favorito entre sus temas dominantes: el rencor amoroso rayano en el absurdo. Siguió The freewheelin’, su primera obra maestra, que además es una cumbre del folk. Elegir una canción sobresaliente es negarle la categoría de álbum total, pero me detengo en los últimos versos de “Don’t think twice is alright”:

No estoy diciendo que me trataras malamente /

pudiste hacerlo mejor pero no me importa /

solo que de cierta forma desperdiciaste mi precioso tiempo /

pero no lo pienses dos veces está bien.

Primera tesis: las canciones de Dylan son universales porque las canta un inadaptado emocional.

En 1964 aparecieron The times they are a-changin’ y Another side of Bob Dylan para completar la trilogía de amor y protesta iniciada con The freewheelin’. Y siguió una trilogía psicodélica: Bringing it all back home (1965), Highway 61 revisited (1966) y Blonde on blonde (1966). Villamelones y futuros conversos: escuchen estos tres álbumes. Si se puede, de rodillas. Si se puede, echado en el piso, abrazados a un peluche y con los ojos llenos de lágrimas felices y tristes, como esas que provocan “Una bromita” de Anton Chéjov y algunas páginas de Dickens. Un seguidor de Dylan que se respete siempre volverá a esos discos, especialmente al proto-rap “Subterranean homesick blues”, a “Ballad of a thin man” (descripción naturalista de una sesión de LSD) y a “Just like a woman” (hábilmente ridiculizada por Woody Allen en Annie Hall), que contiene una petición de rompimiento que muchos hemos pensado pero nos la guardamos porque, bueno, queremos parecer fuertes e indiferentes a esas cosas:

Pero cuando nos encontremos de nuevo /

presentados por nuestros amigos /

por favor no salgas con que me conociste cuando /

tenía hambre y este era tu mundo.

Y también hay que volver a “Positively 4th street”, compuesta y grabada en el periodo, pero de aparición tardía en álbum, y que es la quintaesencia del resentimiento irracional y florido.

Los dylanianos ya pueden odiarme por las licencias de traductor, la lectura selectiva y personalista, y por pasar del folk al rock sin mencionar la reacción cismática que provocó en Newport que Dylan apareciera con una guitarra eléctrica. Pero si hago eso último, también tendría que hablar de sus giras. Y de ahí a su noviazgo con una Chica Factory, el accidente de motocicleta, el matrimonio y el retiro en una cabaña en Woodstock. La vida de Robert es un obstáculo en la cronología de un cancionero que se propuso nombrar las glorias y desgracias de su tiempo.

Segunda tesis: las canciones de Dylan son (o nos parecen) universales porque están cifradas en los lenguajes del amor y de la prensa.


Tiempos difíciles

El siguiente medio siglo de la discografía de Dylan no tiene una trayectoria invariablemente ascendente, sin embargo, están por aparecer sus mejores álbumes: Self portrait (1970) y Blood on the tracks (1975). Al final de la década Dylan se convirtió al cristianismo, y lo abandonó cuando concluyó su trilogía de álbumes evangélicos: Slow train coming (1979), Saved (1980) y Shot of love (1981). El primero es magistral, el segundo aceptable y el tercero más bien malo, sin embargo, contiene una canción en homenaje a Lenny Bruce que me agrada en su infantilismo:

Quizá tenía algunos problemas /

quizá algunas cosas que no podía resolver /

pero sin duda era gracioso y sin duda decía la verdad y sabía de lo que hablaba /

nunca robó iglesias, ni cortó cabezas de bebés.

¿Qué es esto? ¿Honestidad? ¿Embrutecimiento? ¿O una descripción tan certera que asusta?

Tercera tesis: puede que Dylan no sea un profeta, pero todas sus canciones, hasta las más bellamente ridículas, son una religión.


Empezar por el principio

El anuncio del Nobel de Literatura para Dylan ha planteado una pregunta de fondo: ¿se inclinará en el futuro la Academia Sueca a premiar manifestaciones literarias en formatos posteriores al libro o se trata precisamente de lo contrario: premiar la oralidad, la función social del poeta? En cualquier caso, falta un año para saber cuán viables serían las candidaturas de David Simon y Kanye West.

Lo que es cierto es que ninguno de ellos incidirá tanto como Dylan en la estética literaria de las generaciones futuras. Tan sólo entre los escritores que más me gustaría que fueran convocados por Estocolmo, no faltan herederos de temas, formas y argumentos de Dylan (Rodrigo Fresán o Jonathan Lethem).

Al recibir el Premio Juan Rulfo, Nicanor Parra admitió la representatividad sobreentendida:

Sé perfectamente /

Que este no es un premio para mí /

Sino un homenaje a la poesía chilena /

Y lo recibo con mucha humildad /

En nombre de todos los poetas anónimos.

Igualmente, el Nobel de Dylan sirve para reconocer la tradición poética vitalista y rapsódica de Estados Unidos que nace con Walt Whitman, y que no había sido reconsiderada por el jurado del Nobel desde que en 1971 premiaron a Pablo Neruda.

Y también es un premio para el rock, en general, y en especial para la generación titánica de letristas y músicos de los sesenta y setenta. Al menos por un año el rock, lengua franca, no tendrá nada que envidiarle a su hermanito fresa, el jazz, ni a su hermanita boba, el pop.

(Foto: cortesía de Simon Murphy.)

¿Debe ser la literatura políticamente correcta?

Se dice que Walter Pater, el gran crítico inglés de la segunda mitad del siglo XIX, fue quien instó a Oscar Wilde a escribir una novela. “¿Por qué siempre escribes poesía? ¿Por qué no escribes prosa? La prosa es mucho más difícil”, le dijo Pater. Años más tarde, Wilde escribió su única novela, El retrato de Dorian Grey. Lo que no se imaginaba era que esta novela, que surgió como un riesgo estético, acabó con su reputación y lo obligó a pasar sus últimos años en el exilio. Cuando en 1895 recibió una tarjeta de salutación del Marqués de Queensberry en que lo acusaba de sodomita, Wilde, por alguna necedad de la que sus más cercanos amigos lo intentaron disuadir, decidió demandarlo por difamación. El Marqués fue arrestado y para salir en libertad debía probar que, en efecto, sus declaraciones eran ciertas: probar que Wilde era homosexual. Para demostrar la culpabilidad de Wilde el abogado del Marqués de Queensberry recurrió al análisis de su obra, especialmente la recién publicada El retrato de Dorian Grey. Esto, más que tratarse de una argucia legal, debe entenderse de la misma manera que las previas demandas contra Baudelaire y Flaubert: son la verdadera prueba de que la literatura, en realidad, pone en jaque una de las instituciones más preciadas de la democracia moderna: la libertad de expresión.

Los juicios de estos tres escritores fueron el principio de una larga tradición de juicios contra ciertas obras que, según la moral de cada época, atentaban contra las manoseadas buenas costumbres y, por tanto, rebasaban los límites de la libertad de expresión para caer en el libertinaje. Los libros de Joyce, Lawrence, Nabokov, Burroughs, Miller, Durrell, Vonnegut y Ginsberg fueron leídos en la corte y prohibidos en varios países, en su mayoría angloparlantes. En México, está el caso reciente de Aura de Carlos Fuentes, la cual fue calificada de “inapropiada” para lectores adolescentes por el entonces Secretario del Trabajo, Carlos Abascal, durante el sexenio panista de Vicente Fox.

Recordé el juicio de Oscar Wilde hace unas semanas cuando murió Juan Gabriel. Apenas pasadas unas horas de la conmoción popular, el conductor de televisión, periodista, funcionario público y escritor Nicolás Alvarado publicó una aciaga columna en el periódico Milenio en la que expresaba su disgusto por el Divo de Juárez. No pienso traer a la memoria del lector su argumento, pues ya lo sabemos: Alvarado se descubre a sí mismo clasista. Las redes sociales ardieron. Las columnas de opinión a favor y en contra adornaron las páginas de los periódicos y blogs. Dentro de todo lo dicho, lo que me llamó más la atención fueron los argumentos de sus defensores: Raúl Trejo Delarbre, por ejemplo, se alarmó por la forma de actuar del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), por parecerle que las recomendaciones emitidas al servidor público en realidad “vulneraban” y “discriminaban” sus derechos –no me deja de sorprender que este argumento sea un tanto similar al de la Iglesia y los miembros del Frente de la Familia, quienes acusan a la misma institución de “represora” y “cooptada” por la comunidad LGBT–; otros alzaron la voz por las amenazas a la libertad de expresión que representa la corrección política, y muchos otros, críticos agudos, se preocuparon en las corbatas de corazoncitos de Alvarado –debo admitir que yo también–.

Luego de la publicación de juicios a su favor, tomando de aquí y de allá lo que le convenía, entre esto una truculenta –por no decir pésima– traducción del concepto camp por “joto”, Alvarado apareció en varios medios para defenderse. Dijo que prefiere ser un escritor y no un funcionario, que prefiere decir las cosas como las ve y no restringirse al momento de expresarse, que le preocupa la intolerancia de las redes sociales y finalmente se declaró víctima de lo mismo que repugnan los seguidores de Donald Trump: la corrección política. Cito una última forma de nota bene: Alvarado se dijo víctima del clasismo inverso, olvidando que –como el reverse racism– tal cosa no existe porque el clasismo como el racismo son instituciones sociales, no opiniones. Un afroamericano o una persona pobre pueden tener una mala opinión de un rico o una persona de piel blanca, pero esa opinión –que en realidad es un prejuicio– no tiene ninguna repercusión institucional en la vida de los últimos, quiero decir, no atenta contra ninguno de sus privilegios, mientras que las opiniones de los privilegiados sobre un pobre o una persona morena validan las instituciones en que están fundados el racismo y el clasismo y que impiden, por ejemplo, el acceso a un sueldo bien pagado o a la no discriminación por vestir de cierta manera y escuchar cierta música.

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Independientemente de que estemos o no estemos de acuerdo con Alvarado, lo destacado de su defensa –la propia y la de sus aliados– es la libertad del escritor para hablar/escribir. Al renunciar a su cargo público, Alvarado decidió ser un escritor y con este acto, en su razonamiento, recuperar su libertad de decir, provocar y también ¿de ser clasista? No me propongo aquí responder esa pregunta –como dijo Juan Gabriel, “lo que se ve no se pregunta”– sino otras que, me parece, han sido ignoradas y que, sin embargo, definen todo el trasfondo de la controversia. ¿Hasta qué punto el escritor contemporáneo tiene la libertad de decir todo lo que quiere? ¿Tiene el mismo peso ético lo que un escritor dice en una columna, firmada con su nombre legal, que uno de sus personajes de ficción? ¿Hay una responsabilidad ética que lo limita?

Si apelamos al planteamiento de Wilde, no: el escritor es incapaz de crear moralidad o inmoralidad, lo único que puede hacer de acuerdo a sus facultades y talento es crear una obra bien o mal escrita, y debe ser juzgado solamente en esos términos: “No hay tal cosa como moralidad o inmoralidad en un libro. Los libros o están bien escritos o están mal escritos. Punto.” En su ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” completa la idea: cuando la gente es confrontada por una nueva belleza, siempre recurre a dos juicios: uno, que la obra es terriblemente ininteligible, y dos, que es groseramente inmoral. Lo primero significa que el artista ha expresado algo novedosamente bello que es incomprensible; lo segundo, que ha expresado algo bello que resulta en una verdad. “La primera expresión –concluye– tiene que ver con el estilo; la segunda, con el contenido”.

Si Alvarado es juzgado bajo esta premisa, no sale bien librado: en su carrera como escritor, al menos hasta ahorita, ha sido incapaz de crear una pieza de trascendencia literaria. Además de una pobre manera de ejercer el periodismo cultural (sigamos con el mismo ejemplo: no abordó la obra de Juan Gabriel con originalidad o con categorías más complejas y eficientes que el “naco”), si lo comparamos con los grandes columnistas de la tradición mexicana, entre ellos Novo, Pacheco, Poniatowska o Monsiváis, su nombre se desvanece en el horizonte desde el momento en que queda reducido a un comentador y no a un ensayista o analista profundo de la cultura nacional. Sus libros, por otro lado, parecen que no corren mejor suerte: no ha hecho mella en la literatura contemporánea y la atención que han recibido se reduce a la que acoge por sus proyectos de comunicador y divulgador, no como creador, y que por lo demás es un fenómeno muy común en la vida de los funcionarios y periodistas culturales: sus relaciones públicas son tan extensas que de vez en cuando conocen a un editor valiente que se anima publicar su libro. Es autor de dos libros de ensayos, Con M de México (2007) y La ley Lavoiser (2008), que han tenido una relativa atención mediática pero muy poca tinta por parte de la crítica mexicana.

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Para Maurice Blanchot este tipo de fenómenos, lejos de pertenecer a un campo ajeno a la literatura, lo que hacen es definirla, mas no desde la clásica, por no decir conservadora, pregunta de “¿Qué es la literatura?” Para Blanchot, lo importante es, más bien, ¿cómo sucede la literatura? ¿Qué procesos biográficos, históricos, políticos e incluso jurídicos definen lo que llamamos literatura? Jacques Derrida definió la literatura como esa “extraña institución que permite decir todo”, una institución que le otorga al escritor una cierta libertad de decir todo lo que quiere o puede sin ninguna repercusión censora, sea esta religiosa o política. Porque el lenguaje literario es ambiguo y ficcional no puede asirse ni restringirse de la misma manera que otros lenguajes que circulan en la sociedad y, siendo así, se convierte tanto en una poderosa arma política como en una forma de irresponsabilidad. El escritor, al exigir su derecho de decir todo, reclama una irresponsabilidad. “Escribir es comprometerse con uno mismo”, escribió Blanchot en La parte del fuego (1949), “pero también es eximirse de uno mismo, comprometerse con una irresponsabilidad.” Según Derrida, esta actitud no niega ningún compromiso político: muy al contrario, lo asume desde el momento en que apela a la libertad del decir –lo que los griegos llamaban parrhesía– en la que está fundada la democracia moderna. Literatura y democracia no pueden existir una ni la otra porque se limitan una a otra, se contienen.

Por supuesto, la postura de Blanchot debe entenderse como la del crítico literario conservador que fue, católico y reacio al marxismo de la época. Sin embargo, sus ideas han tenido repercusiones en la formación del intelectual moderno. Cuando un intelectual publica en un medio periodístico tiene la responsabilidad de informar y de ofrecer opiniones rigurosas. Para Norberto Bobbio el intelectual pasó del compromiso a la responsabilidad, de la política a la ética, y esto no quiere decir que renuncie a su estilo o retórica, sino que las pone al servicio de una funcionalidad. Tampoco significa que deba ser aburrido; el humor –sobre todo el mexicano, como ha constatado el “Alfabeto racista mexicano” de Federico Navarrete– está enraizado en la burla y la ofensa de personas vulnerables: de los amanerados, de las mujeres, de los nacos, del mal gusto, de los discapacitados, etc. Humoristas contemporáneos como John Oliver, John Stewart y Samantha Bee –la primera mujer en debutar en este género televisivo– han demostrado que el humor contemporáneo consiste, por el contrario, en ridiculizar estas prácticas generadas por los discursos hegemónicos.

Esto tampoco amenaza en absoluto la libertad de expresión del escritor. Tanto Alvarado como Céline, por hacer una comparación un tanto desaforada, están en su derecho de ser escritores y creer que este título les otorga el derecho de ser clasistas o racistas, pero si lo hacen de una mala manera, si no logran realmente con su literatura hacer una crítica de la condición humana tanto en su lado amable como atroz, si fracasan en su irresponsabilidad, entonces son malos escritores, y como tales debe juzgárseles: en la tribuna pública y no bajo términos literarios. Con esto no quiero decir que el clasismo o racismo estetizados sean válidos, sino que, apelando a Wilde y a Derrida, trascienden su categoría cuando entran en el ámbito de la literatura, y como tal demandan un nivel de lectura o contemplación en el que la complejidad de los valores y la moral se confirman o colapsan.

(Ilustraciones: 50 Watts.)