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“El deseo de cambio de millones se confrontará con la red de intereses acordados por López Obrador”

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. Hoy contesta Luis Hernández Navarro, coordinador de opinión de La Jornada.

1. ¿Qué debemos entender como cuarta transformación?

De manera recurrente, AMLO ha dicho que se propone encabezar la cuarta transformación en la historia de México. No es una propuesta más, sino uno de los ejes centrales de su proyecto. Se trata, ni más ni menos, de refundar el Estado mexicano.

López Obrador sabe de lo que habla. Ha estudiado, investigado y escrito sobre historia de México. Su visión de la política está anclada en una reflexión genuina y original sobre lo sucedido en el país.

Sin embargo, a pesar de ello, el candidato no ha precisado ni detallado su iniciativa de “Cuarta Transformación”. La ha ido desgranando a lo largo de la campaña en mitines y debates, o en declaraciones como presidente electo, enunciando en lo general algunos de sus rasgos. Se trata —ha dicho— de un cambio profundo, pacífico y radical, que arrancará de raíz el régimen corrupto, de injusticia y privilegios; de una metamorfosis del cuerpo político en el que la soberanía volverá a radicar en el pueblo.

Como ha explicado Enrique Semo, las revoluciones de Independencia, Reforma y Revolución tuvieron objetivos precisos asociados a la conformación del capitalismo y la nación. Pero ahora, a diferencia de ellas, no se ha explicado cuál es el punto de llegada de esta cuarta transformación, ni sus fuerzas motrices y dirigentes, ni su programa.

Las revoluciones de Independencia, Reforma y Revolución parieron nuevas constituciones. López Obrador ha rechazado convocar a una nueva constituyente. Más aún, ha anunciado que no promoverá cambios en la Carta Magna durante los tres primeros años de su gobierno.

¿Cómo se puede refundar una nación y formalizar jurídicamente un nuevo pacto social sin una nueva Constitución? ¿Luchando contra la corrupción? Por supuesto que es muy importante moralizar la vida pública del país. Pero, aunque la lucha contra la corrupción sea condición necesaria para inaugurar una nueva etapa en la vida pública del país, no es suficiente para hacerlo.

Para el presidente electo, la corrupción es el principal problema del país. Según él, la desigualdad se relaciona no con la explotación del patrón al obrero sino por la corrupción de la “mafia” que gobierna. Desde su punto de vista, quienes hablan de explotación están equivocados porque “en México, esas leyes no aplican”.

En nuestro país –explica Enrique Semo– la era de las revoluciones burguesas se clausuró en 1940. Ningún gran movimiento social transformador puede tener como signo el desarrollo del capitalismo o la constitución de la nación. Esto quiere decir que una cuarta transformación como la que López Obrador anuncia requeriría de una ruptura con el actual modelo de desarrollo. Pero no hay señales de que algo así vaya a suceder.

En distintos momentos, López Obrador ha planteado que se propone desmontar el poder de la oligarquía para establecer el poder de la República; separar el poder público del privado, el poder económico del poder político.

Una concepción de esta naturaleza supone una visión bonapartista de la política: elevarse por encima de las clases sociales para gobernar al margen de ellas. La República no existe al margen de las clases sociales.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno? ¿Qué etapa histórica estamos viviendo?

Como sucede en los primeros instantes que siguen a un súbito accidente de tráfico en una supercarretera en el que se impactan muchos automóviles, es difícil saber con precisión hacia dónde marcha México en estos momentos. Muchos hechos de signo contrario están sucediendo de manera simultánea. Situaciones de signo opuesto chocan unas con otras. A un mismo tiempo, López Obrador está definiendo su margen de autonomía con el poder económico hegemónico, favoreciendo a nuevos grupos empresariales con grandes obras, luchando contra la corrupción e impulsando megaproyectos y reformas similares a las que gobiernos del PRI y el PAN quisieron infructuosamente realizar.

AMLO recibe un país devastado económica, ambiental y socialmente, con una grave crisis de derechos humanos y una imparable ola de violencia. Un país con instituciones capturadas por el narcotráfico.

Vivimos un momento de confrontación al interior del nuevo gobierno, en el que se confrontarán los deseos y la voluntad de cambio de millones de ciudadanos que votaron por López Obrador, con la red de intereses que el candidato acordó antes y durante la campaña para poder ganar. De un choque entre la pretensión del capital trasnacional de aterrizar a través de una administración progresista los proyectos y políticas que no pudieron llevarse a cabo con gobiernos del PAN y del PRI, con la resistencia de sectores subalternos que serán afectados por esos proyectos.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Alfonso Romo, el futuro jefe de la Oficina de la Presidencia de AMLO y coordinador de su plan de gobierno, dijo a la periodista Martha Anaya: “El país nos está dando un mandato de centro. Es un plan de gobierno de centro que toma en cuenta a los olvidados. Lo importante es sacar de la pobreza a México”.

Ese plan de gobierno de centro del que habla el empresario puede modificar algunas piezas del actual modelo económico, pero no camina en dirección a la refundación de la República desde la izquierda. Según el mismo Romo, se trata de convertir a México en el paraíso de la inversión privada, y al sureste del país en una gran Zona Económica Especial (ZEE).

Con el nuevo gobierno no está en juego el cambio del modelo económico; no está a la orden del día el fin del modelo neoliberal en México. No está en puerta la opción de transitar hacia una ruta distinta a la del Consenso de Washington.

No lo está, por dos razones distintas. Primero, porque a pesar de la retórica, López Obrador no postula la necesidad de caminar por una vía posneoliberal. Su programa de gobierno no plantea esa alternativa. Segundo, porque desde 1994-1996 se han aprobado una serie de candados legales que blindan jurídicamente la ruta tecnocrática.

El Proyecto alternativo de nación coordinado por Alfonso Romo sostiene que hay que recuperar democráticamente al Estado y convertirlo en el promotor del desarrollo político, económico y social del país. Plantea que se consultará a la gente si las reformas estructurales se mantienen o se cancelan. Anuncia que el presupuesto será realmente público y se dará preferencia a los pobres. Insiste en la centralidad de la lucha contra la corrupción. Pero no habla explícitamente —como hizo en el pasado— de limar las espinas más filosas del erizo neoliberal.

Sin embargo, aunque no hay ruptura de fondo con el modelo de desarrollo seguido hasta ahora, eso no significa que su proyecto sea mera continuidad del actual. Por supuesto que hay cambios. ¿Dónde están? En la revisión de los contratos para la obra pública y las concesiones gubernamentales, que son, a decir de Lorenzo Meyer, el corazón de la política. Sobre todo, los de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de Ciudad de México (NAICM) y los de las concesiones de explotación de campos petroleros.

La propuesta de AMLO se ha centrado en la lucha contra la corrupción. Para él, siempre ha sido medular. En su concepción, las grandes fortunas y la desigualdad en México no provienen de la explotación, sino de la corrupción al amparo del poder público. Y, según él, en el combate a este mal (y en la abolición de los privilegios de los servidores públicos), se encuentra la llave para promover el desarrollo. Para hacerlo no serán necesarios aumentos a los impuestos, ni endeudar al país, ni gasolinazos. Un gobierno que no reconozca la realidad de la explotación difícilmente puede ser catalogado de izquierda.

Una y otra vez, Alfonso Romo ha dado garantías a los inversionistas de que no se afectaran sus intereses. Sin embargo, una parte de estos chocan frontalmente con los de las comunidades rurales y pueblos indígenas. Así sucede, por ejemplo, con las concesiones mineras o con los proyectos energéticos. También con la anunciada de construir un ferrocarril en el Istmo de Tehuantepec, con el Tren Maya o con la intención de fomentar plantaciones forestales. El choque entre estas dos lógicas es inminente y de pronósticos reservados.

4. ¿Qué o quién es la nueva oposición?

El vendaval que llevó a López Obrador a le Presidencia desbarató el sistema de partidos tal y como había existido hasta ahora. No acabó con la partidocracia (los partidos siguen teniendo el monopolio de la representación política) pero golpeó con fuerza al PRI y al PAN, casi hizo desaparecer al PRD y al PVEM, y borró del mapa a Nueva Alianza.

La oposición política al nuevo gobierno no vendrá, en lo esencial, de los partidos políticos. No tienen ni el Senado ni en la Cámara de Diputados ni la fuerza ni la consistencia para hacerlo. PRI y PAN están fracturados. Ya lo estaban antes de los pasados comicios, pero ahora su fractura es mayor. La pelea por ver quiénes se quedan con ellos es a muerte.

Por el momento, quien controla el tricolor es Osorio Chong, pero se lo pelean dos grupos: el de Luis Videgaray y Aurelio Nuño (responsable directo de la debacle), y el de Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones. De hecho, la remoción de Zamora en la CNOP fue para que llegara allí el sonorense. Sin embargo, esto no ha sucedido. Por el otro lado, el gobernador de Campeche, Alejandro Moreno, juega la carta de llegar él a la dirección del partido, apostando a convertirse en una pieza clave en la construcción lopezobradorista de un bloque de poder en el Sureste.

La fractura del PAN es ya un hecho. Felipe Calderón está fuera y apuesta a construir un nuevo partido, replicando la experiencia de Morena. Un sector empresarial parece haber apostado ya de manera clara por fortalecer el liderazgo de Marko Cortés.

Ante el descalabro del PAN y la balcanización y desfondamiento del PRI, la sociedad civil tutelada y auspiciada por Claudio X. González y socios, que fue planchada por los comicios de julio (la red de Mexicanos contra la Corrupción), junto a algunos medios de comunicación (con Reforma como punta de lanza) aspira a convertirse en el relevo de la nueva oposición de derecha al nuevo gobierno.

La otra oposición está a la izquierda de AMLO. Y está implantada en el mundo indígena y en el zapatismo.

Apenas unos cuantos días después de anunciar la cancelación del NAIM, López Obrador anunció la realización de una nueva consulta sobre el Tren Maya, la construcción de un canal seco en el Istmo de Tehuantepec, una nueva refinería en el estado de Tabasco y la aplicación de 10 programas sociales.

El Tren Maya es un servicio de transporte ferroviario que recorrerá la península de Yucatán. Sus estaciones estarán distribuidas en mil 500 kilómetros asemejando la forma de un papalote. Se acompañará de la relocalizacion de la población y la creación de nuevos centros urbanos. Su objetivo es hacer de la región Maya un corredor de desarrollo que, aunque no se reconoce como tal, en los hechos funcione como una Zona Económica Especial (ZEE). Una ZEE es un enclave donde el marco regulatorio en el que deben funcionar las empresas (por ejemplo, el pago de impuestos o el cumplimiento de las obligaciones administrativas) se minimiza en relación al existente en el resto del país.

El canal Transístmico busca promover el desarrollo regional, mediante la construcción de un canal seco que conecte el Golfo de México con el océano Pacífico, enlazando los puertos de Coatzacoalcos, Veracruz, y Salina Cruz, Oaxaca. Considera también una zona franca y ser parte de las ZEE. Su realización ha sido un sueño fallido a los largo de los últimos 51 años.

Tanto el Tren Maya como el Transístmico se construirán en territorios indígenas. El de la Península de Yucatán en un región maya. El de Tehuantepec en un territorio habitado por 12 pueblos originarios, que viven en 539 comunidades: chinantecos, chochocos, chontales, huaves, mazatecos, mixtecos, mixes, zapotecos, nahuatlacos, popolucas y zoques.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, firmado por México, obliga a que en obras de esta naturaleza, se organice una consulta previa, libre e informada a las comunidades indígenas, para que éstas fijen su posición. Esta consulta, diferente a la que AMLO convocó a la ciudadanía, no se ha efectuado. A pesar de ello, el presidente electo ya anunció que las obras del Tren Maya comenzarán el 16 de septiembre.

Estos pueblos han resistido ancestralmente a los proyectos de modernización que buscan despojarlos de sus tierras, territorios y recursos naturales de la mano del progreso. Más allá de la voluntad de transformación y de la lucha contra la corrupción, el corredor transísmico, la extensión de las ZEE anuncian el inminente choque de estos proyectos con los pueblos indígenas.

Este conflicto fue anunciado en la Segunda Asamblea Nacional del Congreso Nacional Indígena-Concejo Indígena de Gobierno-Ejército Zapatista de Liberación Nacional llevada a cabo del 11 al 14 de octubre en San Cristóbal de las Casas. Allí se señaló que el próximo gobierno de AMLO, “con sus prácticas viciadas, tiene su mirada puesta en nuestros territorios”, señalaron los participantes.

Los participantes denunciaron que con la ratificación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos el próximo gobierno dará continuidad a la política neoliberal que daña a los pueblos indígenas del país y que, además, los 50 mil jóvenes reclutados para las filas de las fuerzas armadas, como propuso AMLO, servirán a la represión y el despojo. “No tenemos más que defender la vida con o sin las mentiras del gobierno que sale, del gobierno que entra, porque las palabras sobran cuando se amenaza a los pueblos”, señalaron.

El conflicto escalará aún más porque el pasado 23 de octubre, el senador Ricardo Monreal, presentó una iniciativa de reforma que propone la abrogación de la actual Ley Agraria y la expedición de una Ley para el Desarrollo Agrario. Su objetivo central es reforzar los mecanismos para la privatización de las tierras ejidales y comunales (campesinas e indígenas) y la destrucción de la propiedad social. Se trata de otra reforma estructural neoliberal que convalida poner la producción de hidrocarburos, de energía eléctrica y minera por encima de cualquier otra, reforzando el rol de la tierra como mercancía y colocar.

Pareciera ser que lo que la administración de López Obrador pretende hacer en parte es llevar a buen término varias de las reformas neoliberales que los gobiernos del PRI y del PAN no pudieron llevar a buen término.

5. En América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda, ¿Qué le espera a México como líder regional?

Comencemos por el principio. ¿De verdad en América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda? ¿Se le ve realmente así o algunas fuerzas necesitan verlo así? De hecho, no son pocos los analistas de izquierda regional que saludan en público el triunfo de AMLO como una señal positiva para América Latina, pero en privado son mucho más escépticos de su vocación transformadora.

¿Por qué esta actitud? El ciclo progresista en América Latina se encuentra en reflujo. Los procesos de integración regional marchan en retroceso. La ofensiva estadunidense en el continente contra los gobiernos de centro-izquierda, iniciada a partir del golpe de Estado en Honduras en 2009 (en plena administración Obama), avanza arrolladoramente. Presentar el triunfo de López Obrador como una gran victoria de la izquierda continental es, en parte, una maniobra publicitaria, para crear la ilusión de que el retroceso de las fuerzas progresistas en la región no es tan pronunciado como en realidad es.

Y ahora vayamos a la pregunta. No, México no es un líder regional en América Latina. Lo dejó de ser hace mucho tiempo. Su diplomacia en la región camina de la mano de los intereses de Washington. Basta ver su participación en el Grupo de Lima y el manejo que ha hecho de la cuestión venezolana.

Aunque la diplomacia de AMLO será distinta a la trazada a partir del sexenio de Ernesto Zedillo, nada hay que permita suponer que con el futuro gobierno va a recuperar ese liderazgo en la región. Marcelo Ebrard declaró ya que México seguirá en el Grupo de Lima y que el libre comercio será el eje de las relaciones entre el país y América Latina. Aunque se ha sostenido que la política exterior del gobierno abarcará más territorios y no sólo una relación bilateral con Estados Unido, en los hechos, la primera prioridad de la diplomacia mexicana seguirá siendo la relación con Estados Unidos con este país.

Se ha anunciado que la política exterior de México se guiará por los principios plasmados en el artículo 89 de la Constitución. Una política basada en respeto, la amistad, la paz y la cooperación entre los pueblos y gobiernos del mundo. Probablemente habrá una actitud de distensión hacia Venezuela y un acercamiento con Cuba, pero, no se vislumbra una política más activa en la región.

6. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Donald Trump?

A lo largo de la campaña presidencial, diversos enemigos de AMLO lo acusaron de ser el Donald Trump mexicano. No era un halago, sino una forma de golpearlo políticamente. Inopinadamente, semanas después, a través de una misiva, el futuro mandatario mexicano admitió que existen importantes semejanzas entre ambos.

En el último párrafo de la carta que envió al presidente de Estados Unidos, AMLO encuentra paralelismos con él y le dice: “Me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro para desplazar al establishment o régimen predominante”.

La afirmación sorprende. Trump ha ofendido a México y a los mexicanos. Ha agredido y perseguido a los connacionales que viven en Estados Unidos. Impuso, en plena renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, aranceles a exportaciones mexicanas. En lugar de un cambio de paradigma en las relaciones exteriores, el que el próximo presidente mexicano se homologue con el estadunidense es un desacierto.

¿Cuál es la necesidad de encontrar similitudes con él? ¿En qué principio de política exterior se sustenta una maniobra como ésa? ¿Qué gana la diplomacia mexicana equiparando a su virtual presidente electo con uno de los políticos más detestados en el mundo? No se trata de que el tabasqueño ataque al neoyorquino o de que le diga cosas que pongan en peligro el futuro de la relación entre ambos países. Nada de eso. Pero sí de mantener una sana distancia. Si en lugar de su firma esas palabras llevaran la de cualquier otro político mexicano se habría producido un verdadero escándalo.

La carta de AMLO a Donald Trump es mucho más que mero saludo al vecino del norte, la manifestación del deseo de sostener relaciones binacionales cordiales o una agenda de los asuntos a tratar en común. Es, también, un inusual informe unilateral de las medidas que su gobierno tomará para frenar la migración hacia Estados Unidos. Habrá muchos cambios, señor presidente Trump, escribe el tabasqueño.

El objetivo explícito de las medidas comunicadas a Trump es que los mexicanos no tengan que migrar por pobreza o violencia, esforzándose en lograr que encuentren trabajo y bienestar en sus lugares de origen. Se busca levantar una serie de cortinas de empleo que frenen el desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia Estados Unidos.

Entre las acciones que se echarían a caminar se encuentra la siembra de un millón de hectáreas de árboles frutales y maderables en el sureste del país, para crear 400 mil empleos. También, el impulso al corredor económico en el Istmo de Tehuantepec.

Adicionalmente, se recorrerán las aduanas mexicanas hacia el sur, 20 o 30 kilómetros, y se disminuirán a la mitad los impuestos cobrados en la zona fronteriza. Asimismo, se establecerá una franja libre en los 3 mil 185 kilómetros de frontera. “Esta será –dice la carta– la última cortina para retener trabajadores dentro de nuestro territorio”.

La sorprendente actitud hacia Donald Trump tiene su contraparte en el anuncio de que, a partir de ahora, la diplomacia mexicana se guiará por el principio del respeto a la autodeterminación de los pueblos y el no involucramiento en sus asuntos internos. A su toma de posesión invitó a todos los mandatarios con quien México tiene relaciones diplomáticas, incluido el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Madura. Estas medidas contrastan con la casi absoluta subordinación que la diplomacia mexicana ha tenido en los últimos años a los dictados de Washington.

7. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

Abierta o soterradamente, sectores muy importantes del PRI apoyaron a López Obrador en todo el país durante su campaña. Obligados a sumarse a un candidato y a un dirigente que no eran de su partido, excluidos de las candidaturas, sin recursos económicos para hacer proselitismo y maltratados por el equipo de campaña de José Antonio Meade, multitud de tricolores votaron por Morena. La tecnoburocracia del ITAM los despojó del gobierno, del partido y de los puestos de elección popular. Nunca tuvieron incentivos para que sus siglas triunfaran. Ellos se vengaron sumándose a las filas del amloismo.

El apoyo no fue de gratis. Los compromisos establecidos pueden verse en la composición del Legislativo y en el futuro gabinete. Su cultura política permea sus maniobras políticas. Es particularmente notable la enorme cantidad de figuras relevantes provenientes del zedillismo, una corriente política que tienen su principal, como Baudalaire decía del diablo, en hacernos creer que no existe. El ex presidente, se recordará, tuvo con López Obrador un intenso trato político cuando éste fue dirigente nacional del PRD y responsable de aterrizar los Acuerdos de Barcelona.

López Obrador apuesta a construir un nuevo terreno de relación con los sectores populares a partir de sus programas de becas y ayudas económicas. Decidió hacer a un lado a los gestores tradicionales de estas demandas (a los que juzga de corruptos) y establecer una relación directa con la población, a partir del levantamiento de un padrón de beneficiarios. Se trata del viejo del Pronasol de Carlos Salinas hecho realidad, sólo que ahora sin promover el tejido asociativo que tomó forma en los comités de solidaridad.

Si esta iniciativa tiene éxito, dejará muy mal parados a las organizaciones campesinas tradicionales, las asociaciones urbano-populares y al Partido del Trabajo, que construyen sus bases desde la gestión de la demanda popular.

No deja de ser interesante el que, el principal responsable de estos programas y de la coordinación con los responsables estatales sea Gabriel Hernández, secretario de Organización de Morena.

Curiosa ironía, en cada ocasión en la que una élite ha pretendido reformar radicalmente al país desde arriba en contra de los de abajo, el país real terminó cobrándole la factura a los modernizadores y descarrilando sus reformas.

Así sucedió cuando México era todavía la Nueva España, con las reformas borbónicas que terminaron desembocando en la Revolución de Independencia; así pasó con la modernización y la pax social porfirista, descarrilada por la Revolución Mexicana, y así aconteció con la reforma al artículo 27 constitucional (que metió al mercado las tierras indígenas y campesinas) y la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte durante la administración de Carlos Salinas de Gortari, severamente cuestionados por el levantamiento zapatista del primero de enero de 1994. Nada asegura que en esta ocasión con la “Cuarta Transformación” y su pretensión de refundar la nación desde las alturas esto no volverá a suceder.

 

 

 

 

 

 

 

 

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“México es un país roto y lastimado, pero con una gran esperanza”

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. Hoy contesta la doctora en lingüística Violeta Vázquez Rojas Maldonado.

1. ¿Qué debemos entender como “Cuarta Transformación”?

Los cambios de gobierno hasta ahora sólo implicaban el paso del poder de unas manos a otras, sin que se modificara la política de fondo. Cambiaban las caras, incluso cambiaban los partidos, pero continuaba el mismo proyecto, la misma tendencia a limitar el poder del Estado en favor de una política dictada por y para los beneficiarios del poder económico. Ese camino llegó a parecer tan ineludible que los ciudadanos dudaron de la posibilidad de cambiar el panorama mediante la vía pacífica (al mismo tiempo que la vía no pacífica del cambio, por una racionalidad mínima debida, tampoco se contemplaba). Esa continuidad tan exasperante del proyecto neoliberal, el Estado debilitado ante los intereses de las grandes compañías, por un lado, y con múltiples corporaciones doblegadas e infiltradas por los grupos criminales, por otro, se resumió en desconfianza ante los políticos y en el desprecio de la política partidista como posible vía de cambio.

Por eso, la “Cuarta Transformación” debe leerse, primero, como el abandono de esa percepción de impotencia ciudadana. Es un viraje sustancial sobre ese camino que, de tan andado, parecía imposible de dejar. En segundo lugar, su calificativo ordinal, “cuarta”, le otorga un lugar natural en la secuencia de las grandes transformaciones de México: empezando con la Independencia, la Reforma y, después la Revolución, la “Cuarta Transformación” es también una ruptura histórica. En este caso, consiste en la separación del poder político respecto del poder económico y, con ello, la recuperación de un gobierno para el beneficio de la gente y no el de las compañías. La Cuarta Transformación es, por decirlo en pocas palabras, la recuperación y la re-humanización de la política.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno? ¿Qué etapa histórica estamos viviendo?

Con un Estado desgastado que dejó de fungir como garante del pacto social, México es actualmente un país profundamente roto y lastimado: desempleado, violento como nunca, corrompido como pocos. Pero, al mismo tiempo —y no lo digo por cursilería, lo digo porque lo vi con mis ojos en la campaña, y porque esa percepción se confirmó con una votación histórica el 1 de julio—, el nuevo gobierno está recibiendo un país con una gran esperanza.

La coyuntura es bastante compleja porque, por un lado, la violencia no ha cesado (en algunos lugares, incluso, se ha recrudecido) y el gobierno saliente no tiene ya incentivo alguno para esforzarse ni reconocer su deuda ante la sociedad. Dejan, pues, una sensación de desolación y miedo justificado. Por otro lado, parece haber bastante unidad en torno a las buenas expectativas: AMLO tiene 66% de aprobación [El Financiero, 27 de noviembre]; es decir, está incluso 13 puntos arriba del 53% con que ganó la elección hace cinco meses. La gente trata de informarse sobre las decisiones del nuevo gobierno —tanto para apoyarlas como para criticarlas—, e incluso se interesa por participar en ellas, o al menos trata de proponer cómo es que se debe (o no se debe) consultar a los ciudadanos. Los medios y algunos comentaristas opositores califican despectivamente este ambiente como “de polarización”, pero más bien se trata de la rareza de un paisaje cívico al que no estábamos acostumbrados: la efervescencia de la discusión pública, el bullicio del ágora, en el mejor de los sentidos.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Este punto es curioso porque, hasta hace algunos meses, se calificaba a la izquierda obradorista de “conservadora”, pues, según los diagnósticos, el proyecto obradorista otorgaba prioridad a la justicia social pero desdeñaba las libertades individuales. El desarrollo de la campaña y las recientes propuestas de los legisladores y los miembros del gabinete del nuevo gobierno mostraron que no es así:  las propuestas del reconocimiento de derechos ante el IMSS para las parejas del mismo sexo, de la regularización del uso lúdico de la marihuana, y de la despenalización del aborto, por mencionar algunas, muestran que se trata de una izquierda progresista e incluyente, fuertemente nacionalista pero, a diferencia de los nacionalismos del pasado, no integracionista, sino respetuosa de la diversidad cultural.

4. ¿Qué o quién es la nueva oposición?

Es difícil saberlo, porque la nueva oposición está desarticulada y, con justa razón, desconcertada. Eso es normal, e indicativo del cambio profundo de régimen al que me refería antes. Hasta ahora, las transiciones gubernamentales no habían sido tan traumáticas para los que quedaban como opositores, en parte, porque dado que el poder nunca cambió realmente de manos, la oposición tampoco cambió de actores. Esta vez es distinto por dos razones: la primera y más obvia es que el movimiento que mejor condensaba las causas opositoras ahora tiene el poder, pero además porque, camino a su triunfo, el lopezobradorismo fue abriendo lugar para viejos rivales, que ahora son aliados incondicionales. La oposición se disgregó, a mi parecer, desde mucho antes de la elección, y en gran parte gracias a eso MORENA se garantizó un triunfo tan contundente.

La campaña de López Obrador era un llamado constante a la unidad, incorporó sectores de un espectro político amplísimo y ello también explica que los pocos que quedaron “del otro lado” no encuentren en torno a quién reconfigurarse. En suma: por un lado, les falta experiencia como oposición, pues sabían hacer política sólo desde el oficialismo. Pero por otro lado, hay fuerzas opositoras cuyas bases fueron arrastradas y envueltas en la corriente obradorista. El eje natural de la oposición al lopezobradorismo deberán ser quienes detentan el poder económico, pero creo que faltan varios meses o años para saber qué figuras concretas de ese perfil serán carismáticas o representativas y, sobre todo, de qué tesitura será su base social, que es la que no acaba de manifestarse.

5. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuáles serán realmente las prioridades gubernamentales?

El más urgente es la corrupción y la violencia, y lo digo en singular porque, como bien lo ha diagnosticado el gobierno entrante, son un mismo problema enrevesado. Dado que fue la bandera de su campaña, me parece que el nuevo gobierno se concentrará, primero que nada, en el combate a la corrupción y en eliminar el dispendio. De ello depende el financiamiento de los programas sociales propuestos, que también son urgentes, pero que quizá pertenecen a un segundo plano en secuencia lógica. Aunque la violencia es y será el tema más urgente, también creo que tomará mucho tiempo percibir resultados, pues los grupos criminales no se desarticularán sin resistencia, y falta ver qué tan profunda es su influencia hacia adentro de las corporaciones del Estado. Otro tema urgente, pero no de fácil solución, será el educativo, pero tampoco se verán mejoras si no se dirimen primero los conflictos político-sindicales en el magisterio, por ejemplo.  Parafraseando a Mafalda, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”, así que creo que en muchos temas que consideramos prioritarios no habrá resultados visibles mientras no se resuelvan otros asuntos que parecen secundarios, pero que tienen precedencia lógica sobre aquéllos.

6. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Donald Trump?

Hasta ahora, parece que habrá una relación de respeto, pero con firmeza. Parece que la preocupación es, más bien, cuál será la reacción de Trump ante una decisión de parte del gobierno mexicano que privilegie la soberanía o el respeto a los derechos humanos por encima de lo que designe el presidente de los Estados Unidos. En parte por mi desconocimiento del tema, y en parte por que Trump ha actuado en el pasado de manera voluntariosa, creo que en esta relación habrá muchos eventos impredecibles, pero tengo confianza en que contamos con una cancillería experimentada que podrá sortear las eventuales asperezas.

7. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

Pareciera que el PRI es la hegemonía que mejor conocemos, y al ver la contundencia con la que MORENA se hizo del poder, es muy grande la tentación de compraralo con el PRI, sencillamente porque es el único lugar conocido al que nos sabemos remitir. Pero no hay que llevar demasiado lejos el símil. El PRI y MORENA son partidos con orígenes y vocaciones muy distintas. Mientras que uno se creó para institucionalizar la rotación del poder después de la Revolución, MORENA emergió luego de una crisis de credibilidad democrática a raíz de la “problemática” elección —por decir lo menos— del 2006, y del sinsabor que dejó la compra descarada del voto en 2012. En ese escenario de desencanto, MORENA logró, apenas unos años después, recobrar la confianza de la gente en la democracia electoral. Creo que se debe a que tiene dos grandes diferencias respecto del PRI de cualquier momento: primero, que se configuró alrededor de la figura carismática de AMLO, y segundo, que se basa en un eje rector moral de tres principios que, hasta donde sé, no son expresamente enarbolados por ningún otro partido (el que los individuos se apeguen a esos principios en la práctica es otro tema). Veo, pues, pocas razones para pensar que hay mucho en común entre MORENA y el PRI.

 

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“Vivimos una crisis total de régimen: política, social y de gestión de lo público”

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. Hoy contesta el politólogo y profesor de la UNAM Gibrán Ramírez Reyes.

1. ¿Qué debemos entender como “Cuarta transformación?

La cuarta transformación de la vida pública de México debe entenderse en primer lugar como un objetivo, un objetivo revolucionario de transformación de la correlación de fuerzas políticas en México que permita ampliar derechos —es lo que tendrían en común los tres precedentes, en la interpretación histórica de AMLO—. Se trataría de crear las condiciones para terminar con la secular desigualdad, labor en la que se avanzó en un trecho del siglo XX, pero en la que se perdió todo lo ganado en los años de neoliberalismo. De momento, “Cuarta Transformación” tiene ese valor para quienes militan en el lopezobradorismo, y el valor de un eslogan para los demás —porque eso es hasta ahorita—. No son cosas contradictorias. Uno de los autores de esta idea, de que la historia mexicana avanza por impulsos transformadores, fue Vicente Lombardo Toledano. Decía en la post revolución, en su momento de mayor prestigio y antes de iniciar su trayectoria de acciones oportunistas, que ésta se trataba de la tercera transformación de la historia de México, y generó un programa para ella. Como ideólogo, cerca de Cárdenas, contribuyó a que el legado revolucionario de la transformación de la correlación de fuerzas políticas derivase en una verdadera transformación. Hasta entonces, se trataba de un deseo, un eslogan y una ruta programática.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno? ¿Qué etapa histórica estamos viviendo?

Las etapas históricas, como bien se sabe, no siempre responden a los calendarios políticos formales, de manera que seguimos viviendo la crisis del régimen tecnocrático neoliberal. Si bien una parte de la crisis en que la cabeza del estado mexicano, del gobierno si se prefiere, es por primera vez en 36 años una marcadamente antineoliberal. Esta crisis ha sido una crisis total de régimen, que incluye en su seno, imbricadas, a tres crisis: crisis política, crisis social, crisis del modelo de gestión de lo público. En un sentido es una crisis de representación política, que dejó a los tres principales partidos sin sustancia ni fondo ciudadano. PRI, PAN, PRD, que en sus mejores momentos concentraron 90 por ciento de la votación entre los tres, ahora significaron un poco más del 30 por ciento. Permanecen en esa debilidad, representan a muy pocas personas si se compara con el pasado, y nada indica que vayan a recuperarse.

Una crisis social, de derechos humanos, condicionada por la desigualdad y con grandes porciones del territorio nacional en guerra; el número de los homicidios y las desapariciones forzadas hablan de un auténtico retroceso civilizatorio y del colapso de los anteriores órdenes políticos locales.

La tercera crisis, sin ser una crisis económica como se entiende en términos tradicionales, sería una crisis del modelo de gestión, que responde a la crisis global del neoliberalismo. En nuestro país, esa crisis de gestión ha venido a cristalizar políticamente en la corrupción desbocada del sexenio de Peña. En ese sentido, y si López Obrador logra implantar un nuevo modelo realmente posneoliberal, estaríamos en la parte final de la crisis estructural y orgánica del régimen. Depende de la respuesta que se pueda articular desde un espacio muy poderoso, pero limitado, del poder en México, que es la presidencia de la República.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Nacionalista, sin duda, en el sentido incluyente del término —y aquí siempre me gusta recordar que don Arnaldo Córdova decía que en México nacionalismo viene del verbo nacionalizar, que es volver de todos lo de unos pocos y que nada tiene que ver con algún tipo de nativismo—; democrática, en el sentido de que reivindica el horizonte de “soberanía del pueblo”; populista, porque además de movilizar al pueblo, ajusta cuentas con los defectos de la democracia actual, exhibe la dimensión moral de la política y nombra los antagonismos, por decirlo gruesamente; y post neoliberal, porque si bien no deja de lado todos los postulados del neoliberalismo, ni los excluye de su universo moral, sí lucha contra ellos, por frenarlos o moderarlos para transitar a un régimen político de características diferentes.

4. ¿Qué o quién es la nueva oposición?

Los activistas empresariales, como Claudio X. González, a quien le encanta el protagonismo político; los medios de vocación abiertamente neoliberal, como Reforma, que ha conservado entre sus opinadores sólo a la derecha más militante, y, si logran recomponerse, algunos de los sectores sociales que aspiran a representar una alternativa liberal-demócrata y que no acaban de definir salvo por agendas sectoriales. Si se fundieran en un partido esos sectores de Movimiento Ciudadano, el PRD, el PAN, incluso el PRI, podrían lograr generar un polo crítico y poderoso contra el gobierno. Tienen dos problemas, no obstante, que no parece que puedan salvarse. El primero es de liderazgo, ¿quién puede ser la cabeza de un polo tal que concite, además, el respeto de los otros?, ¿Javier Corral, Enrique Alfaro, Belaunzarán, Maynez? (ok, lo de los dos últimos era ya broma). El segundo problema es de solvencia moral. Todos estos sectores, que coinciden en su antilopezobradorismo y en algunas demandas no muy bien delineadas programáticamente, tendrían que dejar atrás mezquindades y los privilegios que implica permanecer en sus propios aparatos de partido. Y quizá no tengan incentivos para hacerse compañeros hasta que sus partidos pierdan el registro.

5. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuáles serán realmente las prioridades gubernamentales?

La pobreza extrema y la crisis de violencia. Creo que la gran fortaleza del gobierno entrante es justamente que ha sabido hacer de las urgencias sus prioridades, aunque no me queda claro que la estrategia de seguridad sea la adecuada.

6. En América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda, ¿qué le espera a México como líder regional?

Creo que tradicionalmente, antes de ser primordialmente norteamericano, México había sido más partidario de un modelo interamericano que de uno propiamente hispanoamericano, latinoamericanista o bolivariano. (Es una impresión y no soy un experto). Por una parte, no podemos deshacer ni negar nuestra muy estrecha relación con los Estados Unidos, la integración social, la interacción cultural, la integración económica. Por otra parte, los vínculos culturales con Nuestra América son intensos e imborrables. Estamos estructuralmente en medio. Si México no sólo facilita, sino que encabeza, la mediación entre los bloques de poder continentales, puede recuperar la potencia de su voz en la izquierda mundial. Otra cosa muy especial es su carga simbólica. De entre las respuestas que ha habido en el mundo a la crisis del neoliberalismo, al cambio de época que vivimos desde 2008, las más comentadas han sido las de la derecha protofascista. Esta es una de las pocas respuestas desde la izquierda, y podría marcar el rumbo de una posible salida a la fragmentación política, a la crisis del discurso democrático minimalista, a la política del dogma neoliberal.

7. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Donald Trump?

No sé, pero deseo que no obsequiosa como la anterior.

8. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

Hace poco escribí un editorial para El País que creo que vale la pena reproducir parcialmente. Sostenía lo siguiente: la coalición lopezobradorista no sólo ganó con más del 53 por ciento de los votos y el presidente electo tiene una aprobación de entrada cercana al 70 por ciento según encuestas recientes. Se trata de una penetración a nivel nacional; AMLO ganó 31 estados, en 92 por ciento de los distritos electorales y en el 80 por ciento de los municipios. Ninguno de sus contrincantes tuvo siquiera la mitad de sus votos. En cosa de días, la crisis de años del tripartidismo se condensó y terminó por disolverlo. Si el escenario actual, un momento cuasi consensual, se mantuviera por la vía de los votos estaríamos ante un régimen de partido hegemónico en democracia, algo muy similar a lo que sucedió con España y sus 14 años de PSOE hasta 1996; si la oposición se rearticula, desarrolla un programa alternativo, recupera las riendas de la discusión pública, estaremos ante una reorganización distinta del espacio político. ¿Un bipartidismo, quizá?

 

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“La ‘Cuarta Transformación’ es un relato epopéyico”

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. Hoy contesta la politóloga y especialista en educación y desarrollo Blanca Heredia.

1.  ¿Qué debemos entender como “Cuarta Transformación”?

La “Cuarta Transformación” es el proyecto político de Andrés Manuel López Obrador y resume el sentido epopéyico de su oferta de gobierno. La expresión apunta a un relato, según el cual, la transformación que propone se ubica en una dimensión que rebasa el de un mero cambio de gobierno o transición sexenal. La “Cuarta Transformación” refiere a una suerte de hito refundador que retoma el espíritu y recoge las tareas pendientes de tres rupturas/refundaciones previas: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Tanto la expresión como el relato que la subyace revelan la ambición de situar los fines y los medios del proyecto de gobierno de López Obrador más allá de categorías temporales o políticas convencionales. Una especie de “permiso” de entrada para ubicarse por fuera de lo esperado, lo rutinario y lo comúnmente aceptado, justificado por la intención de retomar la gesta histórica de liberar al pueblo mexicano de sus opresores y de los lastres que impiden la actualización de sus derechos y el despliegue de su vigor creativo en todos los planos.

En un sentido histórico más específico, los ejes de la “Cuarta Transformación” incluyen los siguientes. Primero, el desmantelamiento de las prácticas que hacen posible la reproducción de la corrupción sistémica, entendida como el maridaje institucionalizado entre poder político y poder económico en beneficio de unas élites amafiadas y particularmente rapaces y voraces. Segundo, aunque probablemente tan importante como el primero, acciones simultáneas y de gran envergadura que, en conjunto, configuran una especie de estrategia tipo “shock” a favor de la inclusión social lo más inmediata y amplia posible. Esta estrategia parte de una visión según la cual el problema central de México (del que derivan, entre otros, la gravísima crisis de inseguridad y violencia que vive el país, así como sus bajas tasas de crecimiento económico) es la exclusión de las grandes mayorías de toda posibilidad de dignidad y reconocimiento social, de participación plena en la vida colectiva, y de opciones efectivas de desarrollo y de futuro. Un tercer eje de la “Cuarta Transformación” tiene que ver con la defensa de la democracia, entendida en clave fundamentalmente expresiva y participativa.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno? ¿Qué etapa histórica estamos viviendo?

El nuevo gobierno recibe un país inmerso en una crisis de violencia e inseguridad que azota a un número creciente de mexicanos (en especial, a los que menos tienen) y a porciones cada vez más grandes del territorio nacional y, frente a la cual, el gobierno dispone de recursos de fuego, técnicos y organizacionales muy limitados.

En lo económico, el gobierno de AMLO recibe un país estable en el plano macroeconómico, muy abierto en lo comercial y lo financiero, y fuertemente internacionalizado en los sectores más dinámicos de la economía. Estos elementos, le imponen límites muy importantes a la conducción de la política económica a favor de la disciplina fiscal y financiera, y, más generalmente, a favor de los intereses de los inversionistas privados, en particular, los internacionales y los más móviles y diversificados internacionalmente de entre los nacionales. También hereda una economía que lleva décadas creciendo poco y concentrando los beneficios de ese crecimiento en una parte muy pequeña de la población.

En lo que hace a la política interna, López Obrador habrá de gobernar un país con partidos de oposición hechos pedazos y con insuficiente representación legislativa y presencia territorial para funcionar como contrapesos efectivos. Enfrenta, por otra parte, una sociedad civil organizada de base ciudadana bastante amplia y vigorosa; algunas organizaciones sociales de corte corporativo-clientelar tradicional aún muy poderosas (el SNTE, en particular); así como una gran variedad de organizaciones y redes clientelares de muy diverso alcance que son las que, en efecto, organizan la vida de miles de personas y su interacción con el gobierno a nivel de tierra. Estas últimas, están bastante fragmentadas, sus vínculos con partidos políticos son menos estables que en el pasado y una porción creciente de ellas presentan enmarañamientos y acomodos con organizaciones de corte criminal.

A nivel de lenguaje público, el gobierno de AMLO hereda un México en el que el grueso de la “conversación colectiva”, así como de los términos y supuestos mediante los cuales se nombra y da cuenta de la acción del gobierno, así como de la vida social y política en general está dominada por el script neoliberal. Por ejemplo, “política” = robo, asco y porquería; personas = consumidores o “ciudadanos” de papel; “mercado” = forma natural, mejor e incontestable de organizarse la economía y la vida en sociedad; “libertad individual” = valor supremo; propósito de la vida = producir “valor” (dinero) y consumir.

En términos de momento histórico, el nuevo gobierno enfrenta y, seguramente, habrá de intentar capitalizar un tiempo global (o, al menos, ese tiempo tan largamente pensado como “global” desde el Occidente desarrollado y sus suburbios) que sabe, huele, y se siente como de fin de época. Fin de una época hiper-individualista y socialmente excluyente y ascenso al primer plano de la política de los reclamos de los olvidados por la globalización, así como de lo identitario y lo colectivo.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Una izquierda muy sui generis. Una que no cree en aumentar impuestos y que -fuera de la CDMX- no parece particularmente convencida o interesada en construir reglas y procesos impersonales para garantizar el acceso efectivo a la procuración e impartición de justicia. Una izquierda más de “pueblo” que de ciudadanos; una que desconfía del saber técnico (por buenas y malas razones): y una que, antes de ocuparse de la igualdad como tal, entiende que tiene que ocuparse de la inclusión social de los millones de mexicanos invisibles y desamparados cuyo país los excluye de forma sistemática de toda oportunidad para existir socialmente, así como para desarrollarse y prosperar.   

4. ¿Qué o quién es la nueva oposición?

En primerísimo término, la respuesta o anticipación de los “mercados” y, más específicamente, de los mercados financieros frente a las acciones de los responsables de conducir el gobierno. Es decir de la agregación de las decisiones individuales de inversión procesadas a través de mercados, muchos de ellos fuertemente imperfectos. En segundo lugar, los “poderes fácticos” o, dicho de otra manera, los actores que controlan de forma monopólica u oligopólica sectores económicos clave (legales, ilegales y criminales) o la representación de grupos sociales poderosos y fuertemente organizados. Tercero, organizaciones sociales diversas, algunas de base efectiva o pretendidamente ciudadana y otras de base clientelar. Cuarto, lo que queda de los partidos políticos de oposición.

5. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuáles serán realmente las prioridades gubernamentales?

El tema más urgente que enfrenta el país es el de la violencia y la inseguridad. Dicho en otras palabras: la recuperación del orden básico. Con igual importancia: mantener la estabilidad macroeconómica y evitar tensiones inmanejables con los Estados Unidos. Al lado de estas, el nuevo gobierno tenderá a priorizar: el combate al privilegio y la corrupción; las acciones a favor de la inclusión social; la conformación y consolidación de una base política amplia de adherentes y simpatizantes; así como el impulso a un crecimiento más dinámico e incluyente.

6. En América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda, ¿qué le espera a México como líder regional?

Oportunidades potencialmente interesantes en un contexto en el que la región ha carecido de alguna presencia mínimamente coordinada a nivel global. Pero, dadas las fuertes diferencias entre los países latinoamericanos y la energía que habrá que requerirle al nuevo gobierno para lidiar con los problemas internos, no queda claro qué tanto podrá construir un México conducido por AMLO un liderazgo regional.

7. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Donald Trump?

 En lo fundamental, pragmática y cuidadosa. A nivel de principios, así como en el plano discursivo y simbólico, menor tolerancia a la intervención de los Estados Unidos en la política interna y, en lo posible, mayores límites a la participación directa del gobierno estadounidense en el ámbito de la seguridad y la “procuración de justicia”.

8. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

Difícil imaginar que pudiera ser otro el proyecto de AMLO que el que Morena se vuelva el PRI del siglo XXI. La pregunta es si será posible hacerlo realidad dada la complejidad alcanzada por la sociedad mexicana. Otra pregunta clave es, en caso de empeñarse en ello frente a condiciones adversas para lograrlo, ¿cuánto se empeñará y a qué costo colectivo?

 

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“El Gobierno hereda un país que transitó de la dictadura perfecta al pillaje perfecto”

Para entender qué significa la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México y los retos del Gobierno y del país en este nuevo sexenio, Horizontal ha circulado este cuestionario entre intelectuales y analistas. La politóloga y escritora Denise Dresser es la primera en responder.

1. ¿Qué debemos entender como Cuarta Transformación?

Una insurgencia ante años de democracia diluida, transición trastocada, desigualdad creciente, pobreza lacerante. Un reclamo a años de instituciones puestas al servicio del poder y no del ciudadano. Para muchos significa la refundación. El cambio anhelado. El rompimiento con el viejo régimen. Un castigo al PRI por su patrimonialismo y al PAN por mimetizarlo. Una forma de sacudir al sistema y darle un puñetazo al statu quo. Retomar el camino de una transición que se truncó por una partidocracia rapaz, unas autoridades electorales que fueron perdiendo credibilidad e imparcialidad, un sistema de justicia puesto al servicio de los privilegiados, un pacto de impunidad que permitió la supervivencia política de la podredumbre.

AMLO triunfó porque su diagnóstico es el correcto. México ha sido expoliado por sus élites y exprimido por sus intereses enquistados y victimizado por su vetocracia sindical y empresarial. El péndulo de la historia ahora se corre de la acumulación a la redistribución; de la derecha a la izquierda.  En el año 2000 celebramos el arribo de la democracia electoral; casi dos décadas después padecemos sus distorsiones y enfrentamos sus límites. Estamos llegando al fin de una era inaugurada por las reformas electorales de 1994 y 1996, que sentaron las bases para la transición electoral y la competencia por el poder. Desde entonces, el rompimiento de acuerdos establecidos para asegurar la autonomía del IFE, el desafuero de AMLO, el inicio de la guerra contra las drogas y la antropofagia institucional han creado un contexto crítico. Lo que corresponde ahora es componer lo que echamos a perder, y alcanzar lo que quedó como una simple aspiración: un sistema político que funcione para sus ciudadanos y no solo para el presidente y su partido. Una economía en la que haya más Estado y más mercado. Una estrategia de seguridad capaz de pacificar al país y no seguir incendiándolo.

Ojalá que la 4T sea una apuesta a la remodelación institucional, a la rendición de cuentas, a los contrapesos, a la transparencia, a la democracia representativa y participativa real.

2. ¿Qué México recibe el nuevo gobierno?

Un país sofocado por la corrupción, amenazado por la violencia, sin soluciones fáciles. México partido por el autoritarismo resiliente y la democracia deficiente y partidos confrontados y políticos enconados y antagonismos que parecen irremontables. El nuevo gobierno hereda décadas de desencanto. La Peñastroika perdida, la cuatitud corrosiva, y las prácticas acendradas que llevaron a México a transitar de la dictadura perfecta al pillaje perfecto: la “Casa Blanca”, el escándalo de Odebrecht, la llamada “Estafa Maestra”, los fiscales carnales, las instituciones disfuncionales y la partidocracia rapaz. Recibe un país de fosas, de desaparecidos, de ausentes. Tendrá que lidiar con las “mentiras históricas” de Ayotzinapa y Tanhuato y Apatzingán y los costos de pelear la misma guerra contra el narcotráfico, pero con peores resultados. Heredará las batallas que faltan por ganar: por las mujeres, por los derechos pisoteados, por los periodistas, por la libertad de expresión, por la paz.

Tendrá que encarar un sistema económico en el cual Carlos Slim coexiste con veintitrés millones de personas que no pueden adquirir la canasta básica; que no tienen dinero suficiente al día para comer. Un país con niveles de desigualdad entre los más altos del mundo. Un país con una subclase permanente, donde crece el ingreso per cápita, pero se estanca la tasa de pobreza. Con datos alarmantes, cifras preocupantes. Al 1% más rico le corresponde el 21% de los ingresos; el 10% más rico concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. En 2002 la riqueza los hombres más ricos de México representaba el 2% del PIB; en 2014 ese porcentaje subió al 9%.

Desatando con ello una sociedad polarizada y violenta. Desatando con ello una democracia de baja calidad, capturada constantemente por intereses que logran poner las políticas públicas a su servicio. México en la lista de los sistemas económicos donde los dueños del capital se apropian de una porción cada vez mayor del valor agregado. Un país con forma de pirámide con los beneficios concentrados en la punta, donde no están parados los innovadores sino sentados los rentistas; donde no están aquellos que han creado riqueza inventando sino extrayendo. Y en su base apenas uno de cada cinco mexicanos puede catalogarse como “no pobre y no vulnerable”. Lo que ha mantenido maniatado a México es el capitalismo de cuates, que la Cuarta Transformación tendrá que enfrentar y desmantelar si quiere pasar del país de privilegios a la prosperidad compartida.

3. ¿Qué tipo de izquierda representa el gobierno de AMLO?

López Obrador no ha cultivado la imagen de un simple político con algunas propuestas; se ha erigido a sí mismo como un fenómeno. Alguien que trasciende categorías. Alguien que rechaza comparaciones. Alguien que se cuece aparte. Alguien que no es ni Lula ni Chávez ni González ni Bachelet. Un izquierdista “a la mexicana” que aspira a ser como los héroes históricos a los que admira y con quienes se identifica, como Benito Juárez, como Lázaro Cárdenas. Como esos “grandes hombres” con grandes certidumbres. Peleando batallas definitorias contra enemigos claros. Convencidos de la corrección de su causa.

AMLO apela a la narrativa fundacional contenida en los Libros de Texto Gratuito. Los de abajo contra los de arriba. Los que no tienen nada contra los que tienen demasiado. El hombre digno cerca del pueblo contra aquellos que buscan exprimirlo. El profeta providencial armado con la certidumbre moral. La confianza de que como la causa es justa, los resultados – inevitablemente – serán buenos. Ha construido un partido y un movimiento sobre la conexión emocional de un político que capitaliza el enojo del pueblo indignado y con razón. Para quienes apuestan a un líder inmaculado que los representa, no preocupa el “qué” sino el “quién”. No importan las posiciones de política pública sino la persona que las ofrece. No importan las posturas específicas sino la personalidad de quien las enarbola.

La política pública no es el fuerte de López Obrador. Los detalles de la remodelación institucional no le interesan. Lo suyo es una narrativa de enojo, de agravio, de mafias del poder y cómo reemplazarlas. Lo suyo es capitalizar el descontento con la democracia, la falta de confianza en la justicia, el anhelo de cambio entre aquellos cansados de un sistema que los atropella. Lo suyo es remover cualquier obstáculo a la voluntad popular y colocar en una pira ceremonial – de manera selectiva — a los traidores del pueblo.

Lo que prende focos rojos sobre la izquierda que llega al poder no es que desdeñe a las instituciones o a la pseudo-democracia, sino que quiera saltárselas en vez de componerlas, pensando que basta la buena voluntad y no un cambio de las malas reglas. Al insistir en someter una multiplicidad de temas a consultas populares poco representativas y sesgadas, al movimiento que encabeza le resultará difícil quitarse la etiqueta de “populismo conservador” que sus críticos le colocan. Conservador porque su base es la relación del jefe con su pueblo, al margen de las instituciones de representación. Conservador porque preserva o restaura formas e ideas propias del nacionalismo revolucionario, apoyado por una densa red clientelar de mediaciones que construyó el PRI. Y esa propensión conservadora de AMLO en ciertos temas permanecerá si quienes lo miran de manera acrítica, esquivan la mirada cuando se posiciona de manera iliberal. Si quienes deberían exigirle compromisos progresistas, guardan silencio ante posturas poco modernas de quien promete un proyecto de izquierda. Hay que celebrar la preocupación de Morena por lo que Gerardo Esquivel llama “la cuestión social”: la preocupación por la pérdida de bienestar económico, las propuestas de inversión en infraestructura y desarrollo regional equilibrado, el enfoque en la desigualdad y la pobreza, la atención a los jóvenes y cómo incorporarlos. Todo eso habla de un programa de izquierda que debería generar optimismo.

Pero una cosa es el programa y otra la forma de llevarlo a cabo

Y la izquierda personalista y con frecuencia errática de la 4T se está tropezando con todo lo que tiene que ver con una economía y cómo funciona; todo lo que abarca el problema fiscal y cómo resolverlo; todo lo que se relaciona los enclaves autoritarios en los sindicatos y cómo combatirlos; todo lo que entraña el sector energético y cómo modernizarlo; todo lo que se relaciona con el perdón prometido a la corrupción y quienes serían los beneficiarios. Esos temas donde las propuestas de AMLO son poco viables o mal pensadas o inexistentes o forman parte de un modelo de industrialización que ya se agotó o reflejan un mapa mental con una visión pastoral del país y sus retos. Esas cuestiones que no se resuelven con “lo que diga el pueblo” y “lo que quiera la gente”. La certidumbre de AMLO/Morena en la justicia de su causa los conducen a despreciar la necesidad de propuestas concretas o viables.

La izquierda que viene es progresista cuando amplía derechos, propone regular las drogas, empodera y protege a minorías y consumidores. Deja de serlo cuando defiende verdades absolutas, rechaza la auto-crítica, coloca su destino en manos de un solo hombre — por más incorruptible que sea — y piensa que los contrapesos no son necesarios. Cuando descalifica y lincha en vez de debatir ideas y reformas, proyectos y políticas públicas, medios y fines, instituciones y cómo remodelarlas. Cuando a veces justifica lo injustificable, como la militarización que históricamente combatió. Cuando se pelea con el mercado, le apuesta demasiado a la benevolencia del Estado y se muestra incapaz de articular cómo va a crear riqueza para después repartirla mejor.

4. ¿Cuáles son los temas más urgentes a resolver y cuales serán realmente las prioridades gubernamentales?

Yo antes pensaba que los principales retos tenían que ver con la concentración económica, la economía oligopolizada, la falta de competencia. Antes creía que la explicación detrás de nuestro perenne subdesempeño yacía en el subsuelo, en la estructura económica. Bastaba entonces con nivelar el campo de juego y contener privilegios y regular monopolios; crear las condiciones para un capitalismo de terreno nivelado. Ahora reconozco que eso ha sido insuficiente. De poco sirve cambiar leyes si fracasa su instrumentación: de poco sirve crear reguladores autónomos si terminan capturados. De poco sirve emprender acciones pro-competencia si acaban en las cortes, juzgadas y desechadas por jueces o ministros incompetentes o sobornados. La corrupción es sistémica, la impunidad está asegurada, las instituciones acaban manipuladas, el pacto tácito de protección permanece y todos los partidos lo suscriben.

Dado que la compostura de México pasa por instaurar un país de leyes, combatir el abuso, el fraude, los malos manejos, la triangulación de recursos y la judicialización de todos estos temas, será necesario lo que el politólogo Guillermo Trejo llama un “accountability shock”: una sacudida institucional para atender la corrupción corrosiva, y la criminalidad desbocada. De poco serviría un cambio si ese cambio equivale a una regresión o a una simulación. De nada serviría rescatar a la democracia maltrecha de las manos del PRIAN, si se pretende continuar con la justicia selectiva y el corporativismo y la impunidad y el capitalismo de cuates que institucionalizó. Pero la agenda de AMLO y la 4T no parece estar centrada en la remodelación institucional para asegurar lo que México nunca ha tenido – Estado de derecho – sino en la re-centralización del poder presidencial y partidista.

5. En América Latina se ve al nuevo gobierno como una esperanza para la izquierda. ¿Qué le espera a México como líder regional?

No creo que a AMLO le interese la política exterior ni el liderazgo regional, por lo que probablemente veremos un regreso a la Doctrina Estrada – basada en la no intervención — y una disminución del perfil de México en el ámbito internacional.

6. ¿Cómo será la relación con el gobierno de Trump?

AMLO hará todo lo posible por “llevar la fiesta en paz”, procurando evitar la confrontación con un presidente estadounidense irascible e impredecible. Eso podría llevar a que – en el corto plazo – el gobierno mexicano acepte hacer concesiones en el tema migratorio, incluyendo la posibilidad de convertirse en “tercer país seguro”, lo cual implicaría que migrantes centroamericanos se quedaran en México mientras procesan sus peticiones de asilo en Estados Unidos.

7. ¿Qué pasará con el sistema partidista en México? ¿Morena se convertirá en el nuevo PRI?

En estos tiempos de algarabía por la Cuarta Transformación, deberíamos estar prestando atención ante lo que parece reconstruirse de formas sutiles y no tan sutiles. Una “transformación” que – si no tenemos cuidado – se convertirá en una verdadera restauración de algo que ya vivimos, ya combatimos. Algo que fue imperativo desmontar para acceder a la democracia, por más incipiente e incompleta que fuera: un sistema de partido hegemónico, de gobierno unificado, oposición diezmada, contrapesos endebles, presidencialismo revigorizado, y discrecionalidad rampante. Todo eso contra lo cual peleamos en la década de los 90s con reformas electorales, cambios institucionales, luchas cívicas. La hegemonía del PRI podría convertirse en la hegemonía de AMLO-Morena, pero con más fuerza que en el pasado, avalada por 30 millones de votos.

Todos los días hay decisiones y declaraciones que lo evidencian. El uso de candidaturas del PT y el PES para que políticos de Morena llegaran al Congreso, con la resultante sobre-representación ahí. La manifestación de lealtad incuestionable en la sesión inaugural del Congreso, al son de “es un honor estar con López Obrador”, minando el papel de contrapeso que le correspondería. La figura de los delegados estatales, enviados ostensiblemente para contener la corrupción de los gobernadores, pero con una clara intencionalidad partidista. Los guiños y alianzas con los amos del mundo sindical, justificados con el argumento de respetar la “autonomía sindical”. Expresiones tanto simbólicas como sustantivas de algo que emerge y preocupa: el uso de la legitimidad electoral para emprender acciones antidemocráticas.

El Ogro Filantrópico malo del PRI podría terminar sustituido por el Ogro Filantrópico bueno de Morena. Pero por más dadivoso y honorable que sea el ogro morenista actualizado, seguirá siendo un ogro anti-democrático si no coloca límites a su propio poder. Lo plasman The Federalist Papers, “Al armar un gobierno … la gran dificultad descansa en lo siguiente: permitir al gobierno que controle a los gobernados; y paso siguiente, obligarlo a controlarse a sí mismo”. Cómo domesticarse a sí mismo, cómo prevenir sus abusos, cómo someterse a ciertos procedimientos y códigos de conducta, cómo castigar a sus propios miembros si son corruptos o doblan la ley. Construir lo que el PRI obstaculizó para asegurar su hegemonía. Construir mecanismos de “horizontal accountability”; de rendición de cuentas horizontal mediante la vigilancia, las fiscalías independientes, los órganos institucionales autónomos, los pesos y contrapesos, la sanción al poder que se excede. En la era del PejHemonics, el método de autocontención del poder de AMLO no puede ser solo – como han sugerido sus colaboradores – su propia conciencia. La historia hegemónica del PRI no debería convertirse en la profecía repetitiva de Morena, porque cada vez que la historia se repite, el costo es más alto.

 

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¿Qué izquierda? 12. Cuauhtémoc Medina

1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

Hay una serie de implícitos en la pregunta que ofuscan la cuestión: está presidida por la idea, enormemente inútil y atrasada, de que las dicotomías de izquierda y derecha son “ideológicas” al modo de los choques dogmáticos entre creencias y dogmas institucionalizados de principios del siglo XX, como si los conflictos políticos fueran materia de un credo arbitrario de los grupos sociales. Todo abordaje serio del problema de izquierdas y derechas, incluso de la observación del modo en que esas divisiones llegan a complicarse y borrarse en batallas específicas, requiere abandonar la idea de que hay un dualismo de “principios” o postulados interiores, paralelo al dualismo supuesto de alma y cuerpo e ideas y prácticas.

Una vez abandonada esa visión, es evidente que cada que nos involucramos en luchas, debates y conflictos concretos reemerge tanto la dicotomía de posiciones y partidos sociales extensos en torno a formas de opresión, exclusión y violencia sistémica, como el imaginario de la división moderna de izquierdas y derechas. Contra lo que la doxa neoliberal quería hace un cuarto de siglo, la división derecha-izquierda aparece, y da forma, a esos episodios de lucha en momentos de intensificación histórica. Lo que es discontinuo y movible es “qué queda a la izquierda” en esas confrontaciones. Izquierda y derecha son, en ese sentido, y como debiera ser evidente dada su metáfora espacial, valores posicionales. Pero su vigencia es una experiencia viva.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Perdón que insista en que aquí hay un problema de lenguaje. “Izquierda moderna” fue la contraseña de la forma en que ciertas organizaciones partidarias se disciplinaron al arreglo hegemónico neoliberal para abandonar su relación con el movimiento social, del mismo modo que “nueva izquierda” fue el intento de repensar las luchas sociales y la cuestión de la emancipación tras la crisis de la dogmática leninista en los años sesenta. Bajo la divisa de la modernización de la izquierda, Tony Blair llevó a los laboristas ingleses a sumarse a la invasión de Iraq. Del mismo modo, el entusiasmo con que la burocracia del PRD se adhirió a la ofensiva neoliberal de las “reformas estructurales” de Peña, y la forma vergonzosa en que se comportó tras los crímenes de Ayotzinapa, ha contribuido poderosamente al descrédito de la democracia mexicana. En ese sentido, una de las tareas centrales de la izquierda emergente es desmantelar a la llamada “izquierda moderna”, ojalá evitando que, en un desplazamiento pendular peligroso, la desilusión de la “modernización” lleve al movimiento social a pensarse únicamente en una perspectiva dogmática a favor de la acción directa o incluso guerrillera.

En cuanto a la historia, toda observación de los movimientos sociales hace evidente que estos trenzan pasado, presente y porvenir de modos imaginativos y complejos. Siempre “se regresa” a algo para ir a un “no sé dónde”. No hay movilización social que no sea, a su vez, la incitación a una empresa historiográfica radical. En ese sentido, también, dictar al movimiento social cómo debe trenzarse con el pasado no viene al caso. El modo por demás vertiginoso en que en el último año los referentes de los discursos públicos pasaron de la insistencia en la mitología del liberalismo mexicano a la activación de historias de resistencia popular, e incluso a la reemergencia de debates sobre la historia de la guerrilla, es una prueba de ese dinamismo de la memoria social.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

“Fundamental” es otro componente de un vocabulario que tanto el movimiento social como la reflexión contemporánea han triturado. En un periodo en que el capitalismo ha dinamizado de modo sublime a la sociedad global y a su violencia estructural y concreta, hacer un catálogo de posiciones fijas facilita la derrota del movimiento social. Lo que la historia reciente sugiere a nivel planetario es que los movimientos sociales no están “estructurados” en términos de argumentos básicos, sino que son casi siempre debates emergentes y concretos centrados en algo puntual, y que estos debates derivan en sacudidas de sociedades enteras sin requerir de una generalización intermedia. En la medida en que las reivindicaciones específicas plantean articulaciones más amplias y generan resistencia, movilización y conflicto prácticos, más poderoso es el movimiento social. En otras palabras, definir ahora qué es “lo fundamental” o quiénes son los adversarios concretos es desmovilizador. Las materias de confrontación aparecen, lo mismo que los sujetos que las llevan a cabo, y de ahí su carácter sorpresivo e incontenible.

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

El movimiento social ha dado muestras muy claras de su rechazo al régimen político, al sistema de partidos profesionalizados y a la creciente integración entre la clase de políticos demagógicos, los empresarios oligopólicos y las empresas criminales en este país. La percepción generalizada es que esa élite incluye a las burocracias de los partidos de la antigua izquierda partidaria, y que es un bloque integrado, corrupto, insensible al dolor yal  desastre, y notoriamente falto de imaginación política. Eso es lo que perfila la frase, a la vez confusa y emocionada, “que se vayan todos”. La acumulación de violencia, la integración de fuerzas del Estado y grupos criminales a lo largo del país y la visible falla de toda clase de gestión gubernamental y privada dan la razón al modo en que las movilizaciones de los últimos años han expresado un repudio constante a ese régimen. Un análisis por demás desapegado de las cifras de muertos y de condiciones de vida debería llevar igualmente a la conclusión de que el arco de cambios que preside el neoliberalismo en México desde los años ochenta es el camino de un suicidio social sin atenuantes. Seguir definiendo el futuro social en torno a facilitar la acumulación y empobrecer a la mayoría es un proyecto sin rescate posible.

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Es responsabilidad de la izquierda modernizada haber desprestigiado tan a fondo las vías electorales de cambio político; también lo es que se haya perfilado un dogma por la “horizontalidad” que abarca a sectores que antes eran parte de sus votantes y afiliados.

Conviene entender qué se perdió. El proceso político que, a mediados de los años ochenta, nos planteó a muchos la idea de “democracia” como la posibilidad de un avance del movimiento social de resistencia contra las imposiciones del neoliberalismo, de un avance articulado a través del uso del aparato electoral para construir un gobierno emanado de esa movilización, es hoy por hoy una estructura podrida que amenaza con poner en riesgo los logros de los movimientos sociales que había canalizado: desde la reivindicación de los derechos reproductivos hasta la defensa de las universidades, desde la gratuidad de la educación pública hasta la recuperación de un cierto uso social del espacio citadino ahí donde la izquierda partidista ha sido un gobierno local continuo, como en el D. F. Esta es una pérdida significativa. Contra lo que piensa un grupo extendido de activistas y agentes sociales, veo pocas condiciones para que ocurra una “refundación de la república” desde una subversión desorganizada. Pretender predecir qué devendrá de este quiebre, y más aún recetar alguna salida, es imposible.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

¿Qué son “políticas públicas”, además de uno de los ultrajes más cacofónicos del idioma que ha producido el aparato publicitario del régimen neoliberal? Me parece evidente que no se puede articular un argumento de resistencia o emancipación con una fraseología que implica la transferencia de una gestión “empresarial” y comercial al aparato de Estado y que imagina al Estado como una rama de la economía de servicios, atendiendo “demandas con ofertas”, en lugar de expresar nuestra condición de sujetos políticos plenos.

Los gobiernos de izquierda (y, de hecho, los gobiernos de derecha) hacen política de masas, establecen una política exterior, transforman la economía, rigen los medios de comunicación, utilizan las fuerzas armadas y producen cuerpos legales. Imagino que la tarea fundamental de un viraje a la izquierda sería encontrar la forma de salir del círculo vicioso del capitalismo neoliberal, que ha integrado las economías globales por la vía de generar inmensos ejércitos de miserables y trabajadores precarios que sirven para favorecer una acumulación sin límites, la cual tiene su mejor expresión en ese empresariado neoliberal radical que es el narcotráfico. Un gobierno de izquierda tendría que fortalecer el poder colectivo frente a una mentalidad que solo concibe al gobierno como policía de clase. Un gobierno de izquierda tendría que favorecer una cultura vibrante y creativa que favorezca la diversidad, revierta la marginación y violencia de género y de sector, y modifique el ethos centrado en la acumulación del capital a favor de una definición de placeres y valores más armónica y diversa. En otras palabras, la cuestión es instaurar otra clase de hegemonía.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales tienen una diversidad de focos específicos que expresan resistencia, el avance o la defensa de intereses sectoriales, y demandas éticas y políticas amplias. Ese tejido múltiple, en el que lo particular aspira a vertebrar el descontento general y a transformar a la sociedad, es el referente fundamental de todo pensamiento y política de izquierda. Producir el momento de subversión social, lingüística y cultural que obligue a replantear la sociedad y el sistema político es el único contenido que implica, de hecho, que una alternativa “se abra”.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Hay un vigoroso sector de medios de comunicación independiente que, junto con las redes sociales, ha producido un campo de debate extraordinario. A pesar de la pobreza y la represión, este es un circuito que crece a una velocidad significativa y que implica lo mismo medios comunitarios que agencias periodísticas independientes y comprometidas y formas de activismo en términos de la producción de información alterna. En la coyuntura actual, algunos “medios tradicionales” (en diversas combinaciones con los llamados “nuevos medios”) han vuelto a adquirir relevancia y significación política. Tanto la movilización en torno a los desaparecidos en los últimos meses como la reacción social ante la evidencia de corrupción directa en la familia presidencial no se explican sin la existencia y penetración social del periodismo independiente. En conjunto, sin embargo, la protesta social tiene como uno de sus enemigos principales a ese medio de adoctrinamiento y manipulación que es la televisión: ese “ministerio de la verdad” que se encarga del montaje y falsificación constantes que sostienen a la hegemonía.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

Todos esos casos son intentos, en diversas gradaciones de éxito y fracaso, esperanza y parodia, de una tarea extremadamente compleja: la producción de alguna clase de gestión contraria al dogma del neoliberalismo en América Latina y de la búsqueda de alguna clase de hegemonía que no sea la continuidad de la dominación colonial-capitalista-modernizadora. Un rasgo interesante en un par de casos es el propósito de construir un régimen que desafíe el orden racista que heredamos de la colonización. La valoración de sus éxitos y fracasos es con frecuencia difícil por la ofensiva mediática y propagandística contra ellos, que los representa como formas de monstruosidad dictatorial, representación que difícilmente se sostiene ante la comparativa de datos estadísticos básicos o, para destacar solo lo evidente, ante el grado de violencia y violación de derechos humanos que han producido, en cambio, países ovejunamente neoliberales de la región como México o Colombia. La facilidad con que el caudillismo pasa de ser un elemento necesario, aunque impuro, de los movimientos sociales a ser un objeto de deseo perverso que facilita la propaganda contra el movimiento social es, ciertamente, una de las deformaciones que convendría revisar. En mi opinión, esta simpatía por el caudillo expresa una afiliación emocional compensatoria que deriva de la impotencia política localizada.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

No es tarea de nadie hablar de “debería”… Lo que podemos hacer, con cierto detalle, es escuchar los ecos, reivindicaciones históricas y relecturas que hoy hace el movimiento social, en toda su conflictiva creatividad, de una diversificada, compleja y multi-regional tradición histórica. Todo eso es en extremo estimulante. Los fantasmas del anarquismo y hasta del ludismo, la curiosidad por la combinación de espontaneidad y crítica de la acumulación como despojo de la obra de Rosa Luxemburgo, y el replanteamiento de las ideas derivadas de la reflexión feminista y postcolonial se mezclan con la reivindicación de experimentos localizados, como los argumentos de Iván Illich o Paulo Freire, en discusiones de todo tipo. Yo encuentro interesante que, en medio de la autodestrucción de los partidos constituidos en México, aparezca en varias posiciones y textos cierta conciencia gramsciana por la vía de la lectura de gente como Revueltas, Žižek o Laclau, y que esta aparezca como un cuestionamiento de la doxa “antipartidaria” y horizontalista de ciertos segmentos del movimiento social. Como siempre, la “tradición” es una epistemología muy poco fiel a las tradiciones: consiste en “traer” al presente lo que se necesita, con todas las revisiones, deformaciones y restituciones literales que se requiera, en un constante desprecio por la fijeza. Esta es una tradición anti-tradicionalista.

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¿Qué izquierda? 11. Natalia Mendoza Rockwell

1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

A la usanza de “los antiguos” que distinguían entre “socialismo” y “socialismo real”, habría que distinguir entre la izquierda como mirada y la izquierda como oferta política efectiva. Limitándome a hablar sobre la primera, creo que la mirada de izquierda sobre el mundo implica:

– La desnaturalización de la injusticia social, es decir, la capacidad de tomar distancia respecto de una situación social particular para verla como un producto humano e histórico; la capacidad de ver los despojos y privilegios de todo orden como arbitrarios, o distintos del mérito.

– La política como herramienta de transformación social, la creencia en que el objetivo último de la actividad política no es ejercer el poder sino transformar la sociedad.

– El compromiso con el bien común, que podemos llamar “lo público”, “lo popular”, “lo colectivo”, etc., pero que se funda siempre en la idea de que el sufrimiento cotidiano de una parte de la población nos atañe a todos.

Por lo tanto, la izquierda, a diferencia de la derecha, tiene que atender tres objetivos simultáneos y con frecuencia contradictorios: a) entender la sociedad, o hacer visibles los procesos concretos que producen y mantienen la injusticia; b) imaginar una alternativa, lo que la confronta constantemente con la definición de lo posible; c) tomar el poder, fundar su propia legitimidad y evitar perderla al ocuparse de las necesidades propias del gobernar.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Para no entrar en el vericueto de “la modernidad”, voy a interpretar la pregunta de la siguiente manera: ¿hasta qué punto el legado de la izquierda es válido y suficiente para entender y solucionar los problemas contemporáneos?

Las formas de injusticia social que la izquierda clásica denunció, particularmente las que se derivan de relaciones laborales, existen todavía y en muchas partes se han agudizado. Lo que se ha vuelto más difícil es idear soluciones eficaces y legítimas. Veo tres temas principales en los que se definiría esta “contemporaneidad”:

– El Estado: Los problemas de ineficiencia, burocratización y autoritarismo de los Estados “desarrollistas” fueron reales, y la izquierda contemporánea no ha ideado formas sustancialmente distintas de gobierno y regulación económica. Hacen falta formas masivas, pero quizás no estatales, de asegurar el bien común.

– La tecnología: La izquierda tiene que adueñarse del diseño y la innovación técnica y logística para ponerlos al servicio de la mayoría, usarlos como formas efectivas de aliviar el trabajo, proteger los recursos naturales, combatir la injusticia y tomar el poder. Tiene que regresar a la convicción original de Marx, y de Walter Benjamin, acerca de que la revolución es un fenómeno tecnológico y material.

– La relación entre lo particular y lo universal: Este es uno de los temas más laboriosos: ¿Cuál debe ser la posición de izquierda ante las demandas identitarias o culturales? ¿Es posible conciliar la diversidad y la igualdad? ¿En qué circunstancias sí, no y por qué?

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

Hoy son batallas negativas o defensivas: que no nos quiten y que no nos maten.

A la larga, la batalla es conquistar la autonomía en el sentido más profundo. Construir un país donde las comunidades y los individuos puedan producir su sustento, sus decisiones, sus verdades y su futuro.

Dado el grado existente de concentración de la riqueza y el poder político en México, me tienta cada vez más personalizar la lista de adversarios, cambiar términos como “monopolios” y “corrupción” por una docena de nombres y apellidos.

Pero la fantasía delata lo contrario. Lo que la desaparición forzada de los 43 normalistas terminó de evidenciar es precisamente la dificultad, incluso a nivel local, de nombrar ese adversario y de entender sus motivaciones. Este adversario es una figura topológica extrañísima, un Estado que no existe y que por eso es infinitamente cruel, arbitrario y todopoderoso, un Estado que no se sabe donde empieza y donde acaba, que se come y es comido por una proliferación de mini Estados que también cobran impuestos y establecen fronteras–una red amorfa que además de todo está confundida ella misma.

Nos topamos con el dilema de toda guerra civil, ante esa culpa difusa entre vivos y muertos con y sin nombre: ¿Cómo atender las demandas contrarias de verdad y reconciliación? ¿Cómo nos exorcizamos? ¿Cómo restablecemos la justicia sin purgar? Y ¿cómo lo hacemos concretamente desde la izquierda?

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

La prioridad tendría que ser la construcción de un sistema de procuración de justicia. Sin eso, todo lo demás es inconsecuente. Las discusiones sobre la participación del Ejército en el mantenimiento del orden público; sobre la coordinación entre policías municipales, estatales y federales; sobre las capacidades institucionales de los ayuntamientos; sobre la legalización de las drogas; sobre los jóvenes y el desempleo; sobre los gringos y sus mañas, etc., son todas fundamentales. Pero mientras el sistema de justicia no considere que todos los homicidios y abusos tienen la misma importancia, mientras haya muertos que importan y muertos que no, mientras se mantenga el estado de excepción, el Estado no podrá reconstituir su legitimidad y cada vez será más difícil diferenciar entre un grupo armado y otro.

En vez de limitarnos a denunciar “la corrupción”, habría que discutir con más profundidad los problemas concretos del sistema de justicia y adentrarse en los aspectos materiales e institucionales que dificultan su tarea. Meterse, por ejemplo, en los zapatos de un agente del ministerio público y pensar las formas concretas en que se le podrían “alinear los incentivos”; darse cuenta de que hay carencias tan concretas como la falta de archiveros, impresoras y secuenciadores de ADN.

 5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

La pregunta de fondo es más complicada: ¿puede en México un partido ganar elecciones y mantenerse como “de izquierda”? Dicho sin cursilerías, el sentido de un partido es ganar elecciones y tomar el poder, y puede ser que ganar elecciones en México implique casi ineludiblemente (o por lo menos mientras el sueño eterno de los ciudadanos bien portados no se realice) entrar en toda clase de tratos y transas. En lugar de escandalizarnos por las maniobras de la clase política, habría que inventar las palabras y establecer los criterios que permitan diferenciar entre tipos de corrupción.

No es lo mismo aliarse con un grupo de paracaidistas que con Televisa. No es lo mismo repartir tinacos que intercambiar una mansión por una licitación pública. No son iguales desde el punto de vista social, porque –aunque sean transacciones informales– las podemos juzgar como políticas públicas: ¿cuántos beneficiarios hay, cuál es su efecto multiplicador, cuáles son sus externalidades positivas? ¿Son transacciones que promueven la producción o la dependencia? Para poder tener esa discusión hay que empezar por asumir abiertamente las discrepancias entre el ideal democrático y la política real. Ellobbying y el pork barrel politics en Estados Unidos no implican una mezcla menor de intereses públicos y privados, pero son reconocidos como legítimos.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Diseñar políticas públicas tendría que ser el acto supremo de la imaginación política y social. Ahí es donde se cruzan una teoría sobre el mundo, una idea de justicia, y el oficio de la ingeniería social: ¿cómo se puede mover una sociedad del punto A al punto B? Sin embargo, es ahí también donde prima más claramente la aridez, y esa aridez es un problema de escala y de dependencia epistemológica.

Es un problema de escala porque pensar en términos de “poblaciones” o agregados nacionales permite ver algunas cosas, pero también oculta muchas otras. Es de escala, también, porque en muchos casos las soluciones son más efectivas mientras más se adecúen al contexto en el que se aplican, y porque involucrar a “los beneficiarios” en el diseño de las políticas que los afectan es una forma de ganar el compromiso local que se requiere para que funcionen.

Es un problema de dependencia epistemológica porque la estandarización de las políticas públicas en el mundo está respaldada por formas de conocimiento que se presentan como irrefutables. Afirmar la necesidad de políticas públicas de naturaleza alternativa, para las que la eficiencia, la creación de empleos y el crecimiento no sean prioridades, requiere armar un aparato epistemológico sólido y persuasivo. Tendría que ser uno que plantee como medida última del desarrollo de un país el incremento de la cantidad de personas que puedan elegir autónomamente en qué invertir su talento, que sean dueñas de su tiempo y, ¿por qué no?, de sus medios de producción.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales son más efectivos cuando se dedican a resolver problemas locales concretos y brindar protección y solidaridad a grupos vulnerables, que cuando se dedican a expresar opiniones o solicitar cambios. No niego que participar en un espacio público crítico sea importante, y que saber grillar y hacerse vivible en ese espacio no solo es un arte, sino que es indispensable para formar alianzas. No está de más sentir de vez en cuando esa flamita en el pecho que da participar en una “marcha histórica”.

Pero voto por que haya menos protagonismo sacrificial en la plaza pública y más sistemas de recolección de agua de lluvia, más equipos forenses no gubernamentales, más videos y fotografías que sirvan como evidencia y denuncien abusos de poder, más hackers filtrando información y apoyando causas sociales, más cooperativas, más software libre, más asesoría legal a los trabajadores, más medios de comunicación comunitarios, más conspiraciones que renueven calladamente las redes de confianza y protección necesarias para sobrevivir en un narco-Estado, más agricultura de precisión, más uso de Sistemas de Información Geográfica para vigilar la explotación de recursos naturales y diseñar las ciudades desde abajo…

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Si estos medios no existieran, los echaríamos de menos. Pero hay dos asuntos relativos a las prácticas de los medios en México que me parece importante mencionar:

– El mundo de las columnas, los ensayos y los reportajes carece de investigación empírica y sofisticación analítica. Elevar el nivel de la discusión pública en México no significa llenarla de terminajos opacos y modelos absurdos –desde “Estado fallido” hasta “capitalismo voraz”. Significa hacer la investigación etnográfica y cuantitativa que nos permita hablar con profundidad de los problemas de cada región, crear un vocabulario que dé medianamente cuenta de la complejidad de cada situación. Hay que comenzar a partir de la premisa de que entendemos muy poco de lo que pasa hoy en México.

– El trabajo de los periodistas que a nivel local y nacional cubren cotidianamente la violencia podría tener un efecto social más significativo si: i) hubiera un compromiso más sistemático con la documentación forense, con la conciencia de que se están generando pruebas, registros e información cruciales para definir la identidad y perfil de las víctimas; ii) se pusiera mayor cautela en la reconstrucción narrativa de los hechos –lo cual, de paso, los confrontaría menos con el crimen organizado–, y iii) se diera un seguimiento continuo a los procesos judiciales–ahora se discute y vigila muy poco la procuración de justicia: la captura de un capo es noticia, pero su juicio no.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

De entrada, hay que reivindicar que estén en el poder.

El problema es que se suele difundir más la retórica de estos gobiernos que el trabajo de las organizaciones de base en las que se apoyan y que, al parecer, ha logrado realizar proyectos meritorios en Bolivia e incluso en Venezuela. Es la retórica la que me resulta casi dolorosa, porque compra pleitos gratuitamente, porque al reclamar el legado de la vieja guardia se priva de alianzas que podrían ser productivas, y porque tiende a la paranoia.

Mujica es distinto: apela a un sentido común sumamente refrescante. Declarar, por ejemplo: “Porque tenés que entender que las cosas que comprás, no las comprás con dinero, las comprás con el tiempo de tu vida que gastaste en conseguir ese dinero”, es algo que pone el dedo en la llaga, de una manera íntima, humana.

En todo caso, a la izquierda mexicana le hace falta aliarse con el sur, no solo con Latinoamérica, que es lo natural, sino con África; recordar que muchos de los problemas son comunes y requieren por lo tanto de soluciones conjuntas.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

Pienso en dos que han tenido relativamente poco impacto en México y que, sin embargo, considero centrales:

– La autonomía, no como rechazo de la pertenencia nacional, sino como afirmación radical de las capacidades locales de producción, organización y toma de decisiones. La izquierda debe promover la dignidad del “saber hacer las cosas”, la actividad empresarial de pequeña escala; valorar la autonomía y la autosuficiencia, por encima del consumo y la dependencia. Eso, y no el discurso “culturalista” que recibió más atención mediática, ha sido la contribución central del zapatismo.

– La lucha contra la discriminación racial, lo cual implica reconocer que el mito de México como “nación mestiza” está agotado y que las formas sistemáticas de discriminación que ese mito ocultaba siguen intactas. No se trata de corregir por encimita el habla y los tratos cotidianos, como decir “indígena” en lugar de “indio”–aunque eso no estaría de más. Se trata sobre todo de producir las políticas económicas, educativas y sociales que disuelvan de raíz la asociación entre la fisonomía indígena y la carencia.

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¿Qué izquierda? 10. Ariel Rodríguez Kuri

 I. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

La dicotomía izquierda-derecha se redefine a partir de la potencia y alcances de la vida pública. Esta requiere de un fortalecimiento de la idea o espíritu de república. La derecha tiende a ocultar o sustraer de la vida pública no solo recursos y conglomerados materiales sino la información y el proceso mismo de toma de decisiones. La izquierda, para serlo, debe reinventar la República.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Es la radicalidad política, que nunca ideológica, lo que tiende un puente entre izquierda moderna y sus principios históricos. Esa radicalidad política debe encaminarse no hacia definiciones abstractas de modelos socioeconómicos sino hacia una imaginación que consolide una nueva vida pública, de reglas equitativas para la participación, y de elecciones de formas de vida, etcétera.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

La más obvia tiene que ver con la pluralidad de los medios de información, es decir, el acceso mismo a la información. Igualmente importante es el acceso al crédito y al consumo. Es un error que la izquierda no se ocupe del consumo, sobre todo de su ampliación y profundización. Pero esto debe estar antecedido por una política que devuelva la dignidad al trabajador asalariado.

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

En primer lugar, dejar de considerar como intocable la institución presidencial. La autoridad moral de Enrique Peña Nieto, en términos de vida pública, debe ser cuestionada. Y después, por ese camino impulsar un cambio de régimen, para fundar otro, parlamentario.

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Es una izquierda partidista que, en general, no ha reflexionado sobre sus obligaciones republicanas. Es pasmoso el silencio de una mayoría de los representantes populares ante las violaciones al código de ética por parte del titular del Ejecutivo.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Una política de recuperación del salario y de dignificación del trabajo, por un lado, y una política militar fundada en valores republicanos y democráticos, por otro. Esta última es crucial. Un México con un gobierno de izquierda requeriría de una doctrina de seguridad nacional, sí, de seguridad nacional, que reconozca las acechanzas a los valores de convivencia democrática y tolerancia. Grandes reformas deben tocar al Ejército y la Marina para adecuarlas a las nuevas circunstancias en el plano nacional e internacional.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Es un error suponer que los movimientos sociales no tienen agenda política. Este error se debe, quizás, a que se trata de una agenda basada en la acción directa, en demandas de corto plazo y de negociación con autoridades locales o federales, más allá de la dinámica electoral. La gran ventaja de los llamados movimientos sociales sobre los partidos y sobre el propio Estado, es que suelen tener control territorial, o al menos una conciencia importante sobre las relaciones de poder sobre el territorio. Frente al analfabetismo geopolítico del gobierno nacional y los gobiernos locales, los movimientos sociales han adquirido una importancia esencial, por más que ciertas de sus demandas y formas de comunicación no sean necesariamente democráticas ni tengan un tono republicano.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

En general, estos medios son irrelevantes. Los medios de izquierda en México deberían hacer tres cosas a mi juicio: periodismo de investigación, una cobertura amplia e informada de lo que sucede en el mundo, y periodismo económico de buena calidad.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

La izquierda tendría que ser muy selectiva al respecto. En algunos de esos casos se han dado verdaderas refundaciones políticas, pero los resultados son aún difíciles de interpretar (salvo Bolivia, donde parece que el cambio es irreversible).

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

La de un sindicalismo sensato, democrático, solidario y propositivo.

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¿Qué izquierda? 9. Vivian Abenshushan

1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

Desde la experiencia de la política partidaria, la dicotomía se volvió inoperante a partir de los años ochenta: quizá en el terreno de las costumbres un político podía inclinarse hacia un lado u otro (¿pueden los homosexuales besarse en público?, ¿deben las mujeres tener igualdad de oportunidades en la selva laboral?), pero en el terreno económico se instituyó el camino único (la liberalización de los mercados, el crecimiento ilimitado, el paradigma liberal absoluto). En Europa, los partidos de centroizquierda estuvieron tan involucrados en el desarrollo del capitalismo financiero como los partidos de derecha, dejando intactas las relaciones de explotación, los problemas de la precariedad en aumento, la inmigración y el desempleo. En México, una vez que la izquierda se convirtió en gobierno (en el DF y en otros estados) fue abandonando su perspectiva (ocuparse en resolver los conflictos sociales), para convertirse en una izquierda descafeinada, fría, pragmática, corrupta, cínica, al servicio de los ricos y, algo peor, coludida con el crimen organizado, como ha quedado al descubierto con la tragedia de Ayotzinapa. No es extraño que los electores estemos hartos de asistir desde hace treinta años a la misma comedia, donde izquierda y derecha son indistinguibles.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Con la caída del Muro y la inauguración de la postpolítica y la hegemonía capitalista, a la izquierda “moderna” se le ha asignado el triste papel de botarga: participar en un proceso de toma de decisiones que no decide nada. Cualquier oposición real a la desregulación financiera, cualquier defensa activa de los derechos laborales, será descrita como retrógrada, conservadora, antiprogresista, arcaica, populista… Poco “moderna”. En todos los casos, “se trata de excluir la posibilidad de una crítica realmente de izquierda a una política económica y social reaccionaria que se oculta con un lenguaje liberal y hasta libertario –‘flexibilidad’, ‘desregulación’– y que nos presenta esta libertad forzada como un destino inevitable” (Bourdieu). La izquierda entre comillas no es una alternativa ni en México ni en Francia ni en ningún lado, porque no tiene un proyecto de izquierda. Por otro lado: me temo que volver a los principios históricos de la izquierda para resolver los problemas del presente, sin entender las mutaciones radicales del capitalismo postfordista, es una tarea condenada al fracaso. La necropolítica y la hipervigilancia como formas corrientes del discurso público global, la psicosis de los mercados financieros, la aparición del capitalismo digital, el Estado de excepción generalizado, la normalización de la violencia, son condiciones que obligan a la izquierda a proyectar otros modelos de acción, distintos al marco teórico y práctico del siglo pasado.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

La batalla fundamental es detener el proceso generalizado de demolición de todo lo existente. Ni más ni menos. Desde la defensa de la biodiversidad, los mantos acuíferos, los bosques y la tierra, entendidos como bienes comunes que hoy se encuentran amenazados por una minoría extraordinariamente voraz e irracional (los entrepenuers de la minería a cielo abierto, las empresas forestales, Monsanto y su semillita única, la lógica extractivista que destruye comunidades enteras a su paso), hasta la lucha contra la degradación sistemática de las condiciones de vida de millones de personas (trabajadores de maquila convertidos en esclavos invisibles de nuestro confort, mujeres tratadas como mercancía desechable, la infra vida del inmigrante centroamericano que a su paso por México es torturado, extorsionado, asesinado). En pocas palabras, la izquierda se enfrenta a problemas de dimensiones posthumanas. Su principal adversario: el necrocapitalismo. La gestión económica (y política) de la muerte. No es extraño que un joven poeta mexicano, Javier Raya, haya escrito que en México “estar vivo es un acto de subversión”. Entonces, la cuestión para la izquierda se ha convertido en una cuestión de “vida o muerte”. Así de simple. Así de complejo. No hay forma de enfrentar la violencia del narcotráfico si no se entiende que se trata de la contraparte extralegal de la violencia económica del hipercapitalismo. (Franco Berardi ‘Bifo’ dijo recientemente en México, no sin humor negro, que los narcotraficantes deben ser entendidos como neoliberales coherentes.)

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

En primer lugar: no negociar con el régimen. En segundo lugar: interrumpir el ciclo de violencia, abuso de poder, despojo y terror, a través de la autoorganización de la inteligencia colectiva, la reconstrucción y defensa de una democracia comunal, participativa, directa, dialogante, organizada desde abajo. Es impensable superar la violencia actual sin una participación extra-ordinaria y continua de la ciudadanía en el proceso. Mientras en las metrópolis intentamos reconstruir el ágora (la deliberación pública) como espacio para la política, en la comunidades indígenas y en los municipios expoliados de Michoacán y Guerrero se organizan para no morir. De esas comunidades autogestionadas y en resistencia (Cherán, las juntas de buen gobierno zapatista, por ejemplo) también aprenden los movimientos urbanos que en estos días activan procesos asamblearios, socializan conocimientos y saberes, ponen en práctica formas de cooperación, gestionan huertos colectivos. Estas prácticas han logrado desbordar (a pesar de su fragilidad) el paradigma neoliberal absoluto. Por eso son perseguidas (incluso por los partidos de izquierda).

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Se encuentra en estado de putrefacción. Hiede. Esa izquierda no puede generar alternativas frente a la catástrofe actual; antes necesita enfrentar su propia crisis. Si no reconfigura sus enunciados políticos, si no pone en cuestión la hegemonía partidaria como única forma de síntesis de la voluntad colectiva, si sigue reproduciendo la centralización del poder y el caudillismo, si entiende la política exclusivamente como una cuota de poder, será apenas una sombra cómplice del régimen. Algo más: una izquierda que no se someta a examen permanente, una izquierda que no haga de la democracia directa (de las comunidades, los barrios y las colectividades) una práctica constante, solo perpetuará la crisis de representación y se hundirá junto con el país entero.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Para empezar: someter a los mercados (legales y extralegales, drogas incluidas) a una regulación jurídica y ética insobornable. Un lobby organizado entre empresarios, políticos y narcotraficantes no es una democracia. Eso significa también una “revolución fiscal” como la que proponía el Front de Gauche en Francia: una reforma redistributiva que acabe por fin con el fraude de las grandes fortunas, un sistema de control para evitar la fuga de capitales, una protección sin cortapisas a las condiciones de trabajo dignas. Democratizar los sindicatos y los medios de comunicación. Restituir las leyes que, hasta la llegada de Peña Nieto, evitaban la privatización de las playas nacionales y defendían, por poner ejemplos concretos, el Nevado de Toluca y los bosques de Xochicuautla.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales en México (desde el levantamiento zapatista hasta las movilizaciones contra el terrorismo de Estado en Ayotzinapa, pasando por las comunidades en resistencia y el movimiento estudiantil #YoSoy132) no solo han renovado la necesidad cívica de la sublevación –una perspectiva a la que renunció la izquierda “moderna” hace décadas–, sino que han puesto en práctica una serie de nuevas formas de organización y de lucha fundadas en la horizontalidad, la autorregulación, la cooperación y la autoproducción, además del uso frecuente de herramientas tecnopolíticas (un cambio de paradigma que supone la irrupción de nuevas dinámicas de conectividad y redes sociales) sin las cuales sería muy difícil construir alternativas de izquierda capaces de agrupar los descontentos contemporáneos. Esos movimientos, redes, procesos y luchas privilegian relaciones de la democracia directa basadas en el espacio asambleario, es decir, en decisiones por consenso y no por votación, que demuestran no solo que el poder neoliberal no es incontestable, sino que existen alternativas reales a la crisis de legitimidad y representación de la democracia liberal, así como a los lineamientos tradicionales de izquierda. Pero el verdadero desafío de las izquierdas contemporáneas es lograr que esa conciencia creciente acerca de la naturaleza devastadora del neoliberalismo global, una conciencia que se ha expresado masivamente desde la revuelta en Seattle hasta Occupy, el 15M en España o la Acción Global por Ayotzinapa, logre en efecto transfigurar la realidad. El combate por venir es el combate por una democracia radical frente al absolutismo económico.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Tengo la impresión de que los medios de izquierda se han multiplicado gracias a internet, pero se encuentran marginados de una circulación masiva fuera de ese espacio (es difícil encontrar revistas de izquierda y los espacios zurdos en la televisión o el radio son prácticamente inexistentes; el consenso forzado reina). En los últimos dos años, desde el arribo de Peña Nieto al poder, muchos de esos medios se han convertido en espacios de resistencia y contrainformación, no larvados aún por la censura restaurada en México e imprescindibles para decir lo que nadie quiere decir. Si la función del horror, como ha escrito Agamben, es dejarnos sin habla, convertirnos en infra humanos, hoy los medios de izquierda se convierten en espacios de combate para contrarrestar esa violencia enmudecedora. Por eso, los periodistas críticos, los que desmontan la narrativa oficial, se encuentran todos los días en peligro en nuestro país, en medio del fuego cruzado (muchas veces indistinguible) de la censura oficial y la censura del crimen organizado.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

Si Maduro representa al “socialismo del siglo xxi”, estamos, desde mi perspectiva, podridos. Lo diré de manera menos inelegante, con un tuit que le leí hace poco a mi padre (quien me educó con himnos anarquistas por la mañana y aforismos de Cioran por la tarde…): “Perpetuarse en el poder tarde o temprano conduce a la tiranía y la corrupción extremas. Eso deberían entenderlo Ortega, Correa y Evo Morales.” Sin embargo, creo que las experiencias uruguaya y argentina se pueden leer aparte y ser reivindicadas, cada una con matices.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

El autonomismo italiano; las comunidades dimisionarias del mundo (okupas, Monos Blancos, movimientos del precariado, freegans, movimientos antisistema, cooperativas de comercio justo); las prácticas emancipatorias en el marco de una democracia comunal, como la que se desarrolla al interior de los pueblos indígenas organizados o en rebeldía; el decrecimiento como forma controlada y regular de desaceleración económica, que comienza con el Informe del Club de Roma en los años setenta y llega hasta nuestros días con Serge Latouche (bajo la influencia de Iván Illich); la mejor tradición del anarquismo (incluida la Magonista) y las prácticas autogestivas; los ambientalistas y todos aquellos movimientos actuales que tratan de reconstruir los vínculos comunitarios pulverizados por la violencia o el individualismo recalcitrante. Creo que es importantísimo también atender a las mutaciones laborales del presente, donde la producción de conocimiento en la tecnósfera y la aparición del cognitariado (Franco Berardi ‘Bifo’ llama así a una nueva clase global, deslocalizada, sin derechos laborales, productora de los bienes inmateriales que nutren al semiocapitalismo) se convierten también en un territorio en disputa. Ahí la tradición italiana postmarxista, con Marazzi, Negri, Virno, Lazzarato, el propio Bifo, pueden arrojarnos algunas luces.

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¿Qué izquierda? 8. Gisela Peréz de Acha

1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

Tendría que empezar contestando al revés. Perdón por la irreverencia, pero me parece una estupidez decir que la dicotomía izquierda-derecha no tiene sentido. Está muy de moda matar a la izquierda, sobre todo entre quienes acusan que su realización se inscribe inevitablemente en una lógica esencial de las derechas: el capital. Esto es un error: se confunde la izquierda como categoría política con las miserables realizaciones partidistas. Si se piensa como esto último, entiendo a quienes dicen que la izquierda ha muerto, ¡y qué bueno! Pero que muera esa izquierda. La partidista, la populista y poderosa. La que se disfraza de igualdad y quiere remediar el desempleo apoyando a las grandes corporaciones. La que reprime libertades y no acepta ningún tipo de disenso. Pero la izquierda misma no puede morir porque es una idea y –V for Vendetta dixit– las ideas nunca mueren. Para mí la izquierda es lo siguiente: verdadera democracia e igualdad. Que las instituciones hayan fallado en implementar esa idea es un tema completamente distinto.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Primero que nada, habría que hablar de “posmodernidad”: no hay una izquierda ni una derecha, hay una pluralidad de interpretaciones partidistas sobre las mismas. Con esto en mente, sería un error reivindicar esos “principios históricos” que han construido izquierdas dogmáticas y autoritarias. Las izquierdas de Marx y Gramsci (o de Lenin, Stalin, Mao y compañía) se desarrollaron en contextos históricos específicos que ya no son válidos en un mundo tan globalizado como el nuestro. La izquierda implica resistencia, y hoy más que nunca –frente a instituciones tan poderosas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional– tenemos que pensar en estrategias que lleven a replantear las instituciones que, crisis tras crisis, permiten que el capital gobierne el mundo y crezcan las desigualdades.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

Los principales adversarios son tres: los partidos políticos, el capitalismo machista y la apatía social.

Es obvio que no tenemos oferta partidista. Tanto el PRI como el PAN, el PRD, el PANAL, el Partido Verde y los que sean tienen que ser replanteados o inclusive destruidos. Morena es un chiste que se cuenta solo, eternamente atrapado en el trágico populismo mesiánico de López Obrador. El primer punto es no alimentar ni legitimar ninguno de estos esquemas. Ahí no está la salida. Necesariamente tenemos que construir un proyecto ciudadano paralelo.

En segundo lugar, entiendo el capitalismo como lógica social y como grupo de interés y poder que históricamente se rige por hombres. Si queremos que un proyecto de izquierda triunfe en México, tenemos que reconocer a este grupo de interés como potencia tiránica y rehusarnos a dejar que gobierne codo a codo con la clase política. Capitalismo y gobierno no se pueden mezclar si queremos una sociedad igualitaria.

Por último, somos una sociedad dormida. Nos faltan redes de solidaridad, liderazgos fuertes, cultura de discusión y buena educación igualitaria. Ese es el reto más fuerte.

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

Me remito a la pregunta anterior: evitar que el capitalismo (como lógica social y grupo de interés) gobierne codo a codo con la clase política. Además, la izquierda tiene que ser feminista. En la lógica capitalista no solo se privatizaron los procesos de producción, sino de “reproducción” también, lo cual implica el control sobre el cuerpo y las decisiones de las mujeres a partir de una función biológica.

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Imposible reciclarlos o “mejorarlos”. Tienen que ser destruidos.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Me parece que hay un elemento esencial: el combate a los monopolios creados por el Estado. Es decir, Telmex y Televisa. Es imposible constituir una verdadera democracia frente al poder fáctico de estos últimos. Desde el lado igualitario, toda política estatal tendría que tomar en cuenta diferencias y preferencias de género.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

La verdad, estoy desilusionada con los movimientos sociales en México porque me parece que nos falta (y les falta, porque no siempre somos los mismos) muchísima organización e ideología. No digo que desde el 132 no haya habido avances significativos, pero me parece que predomina la “izquierda chaqueta”: la falsa idea de que sin líderes hay un esquema perfecto de horizontalidad en el que el colectivo y las masas imponen las ideas y los métodos de decisiones. Me gustaría ver propuestas de métodos alternativos de gobierno, elecciones, esquemas de liderazgo democráticos y mecanismos representativos. Me da la impresión de que en México no se vale disentir del colectivo y de que, en lugar de plantear ideas y métodos disruptivamente pacíficos, nos dejamos llevar por la inercia de las masas que se forman y deshacen cada protesta.

Dos temas adicionales me llaman la atención. En primer lugar, el frezapatismo: una corriente política de chilangos urbanos que sostienen superficialmente que los males políticos de nuestro país se solucionan copiando los métodos de organización indígena. No que sea mala idea, solo me preocupa su implementación masiva, con pocas ideas y planteamientos, en una capital de más de veinticinco millones de personas alejadas del campo. En segundo lugar, que el machismo en las marchas, como expresión colectiva de los movimientos sociales, sea tan predominante, desde las consignas hasta el acoso en las protestas. Jamás llegaremos a ningún esquema de igualdad mientras esto siga así. Y lo peor es que no existe ningún método deliberativo para cuestionarlo.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

La crisis mediática en la época priista se está extendiendo a todos los medios tradicionales, sin importar su ideología. Perdimos a La Jornada y a Proceso debido al control por vía de la publicidad oficial. Excélsior ni se diga. Pero, por otro lado, hay medios digitales, como Sin Embargo, Animal Político y en cierta medida Vice, comprometidos con una agenda de género, protesta y crítica anti-sistema. Pero, aun así, en ninguno logro ver una crítica coherente al capitalismo como grupo de interés y como lógica social. Creo que Horizontal debería tener esto en mente.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

Sin duda no son experiencias perfectas, pero admiro la lucha chilena y lo que ha logrado construir; admiro la nueva democracia argentina, el reciente desarrollo de Brasil y las políticas públicas de Mujica en Uruguay. Sin embargo, no me parece que haya que “reivindicar” nada sino aprender y crear.

Últimamente me da vueltas la idea utópica de una América Latina unida en la lucha por la democracia. Estamos pasando por los mismos problemas, pero no nos escuchamos. A veces fantaseo con tener sesiones de discusión con movimientos sociales en otras partes del continente, no para “deliberar” sino para aprender de nuestras experiencias mutuas y saber qué funciona y qué no. Creo que los mexicanos nos sentimos solos porque no dejamos de vernos el ombligo: hay todo un mundo, y vale la pena abrir los ojos.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

Reitero lo que dije al principio: ojalá muera la izquierda partidista porque es un verdadero fracaso. Tenemos que regresar a las ideas. Hay que poner atención a intelectuales como Thomas Piketty y Fréderic Lordon, y a los múltiples movimientos sociales que generan grandes debates, como el de Ferguson y los movimientos estudiantiles chilenos y venezolanos. Me llama mucho la atención la figura de José Mujica en Uruguay y todo el movimiento por la regulación de la marihuana. En especial habría que retomar las diversas filosofías feministas que se plantean el marxismo y el asunto de la inclusión con una perspectiva mucho más actual (pienso en Catherine MacKinnon y Judith Butler, por mencionar solo a dos).

La izquierda no puede morir, porque las ideas nunca mueren.