Activismo de diseñador y post-democracia

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Artistas filántropos como BonoMadonnaGeorge Clooney y Angelina Jolie se han vuelto la cara pública de la agenda humanitaria, junto a eventos como el Comic Relief en Inglaterra y su contraparte, el día de la nariz roja en Estados Unidos. No hay nada nuevo en que la elite social se involucre públicamente en “buenas causas”, pero las altamente interconectadas configuraciones actuales del poder, los negocios, los medios y la caridad son diferentes: los activistas de “diseñador”, defensores y filántropos están prosperando como nunca.

Se nos presenta, sin embargo, un gran rompecabezas: existe poca evidencia que sostenga que el apoyo de las celebridades contribuye a aumentar las donaciones de sus caridades preferidas, y las encuestas de opinión sugieren que la promoción de las celebridades genera una legitimidad muy peculiar frente al público. La mayoría de las personas no se sienten persuadidas por las celebridades –pero piensan que el resto de las personas sí. Algunos testimonios menores de este escepticismo pueden verse en el éxito de sátiras como la primera novela Helen Fielding, Celebridad con causa, y la cuenta de Instagram BarbieSavior.

Los fans podrán seguir devotamente a una celebridad particular, pero eso no quiere decir que transfieran sus lealtades a las causas que estas adopten, lo cual niega el mito popular de que este tipo de apoyo en verdad funciona. No obstante, las organizaciones de beneficencia están plenamente conscientes de este fenómeno. Algunas, como Médicos Sin Fronteras y la mayoría de las caridades ligadas a la Iglesia, nunca utilizan celebridades, y esto no afecta sus ingresos.

Si lo anterior es cierto, ¿por qué tantas Organizaciones no gubernamentales (ONGs) y activistas solicitan persistentemente celebridades? La respuesta parece no depender para nada del público: es un asunto sobre cómo las élites manejan la esfera pública en un sistema post-democrático.

El término “post-democracia”, acuñado por Colin Crouch, se utiliza para catalogar a los regímenes en los que existe una fusión entre el poder corporativo y el gobierno; este tipo de gobierno genera, así, una élite política basada en un ciclo político-financiero: el dinero compra poder y el poder recompensa lo pagado. La post-democracia es una imitación plausible de la democracia. El régimen mantiene una apariencia popular y consultiva, mientras la verdadera política del poder y el dinero consiste en un continuo círculo de transacciones interpersonales entre las élites.

Sin embargo, la legitimidad política sigue dependiendo de la esfera pública. Las corporaciones pueden controlar todos los medios, pero no pueden imponer la agenda enteramente. En este ecosistema político entran los activistas de diseñador y sus causas. Sus preocupaciones pueden ser secundarias y sin mayor importancia política, pero no dejan de ser problemas atendibles.

La hambruna, el genocidio, las enfermedades epidémicas y la migración masiva pueden sorprendernos de repente e irrumpir a través del umbral de la notabilidad política. Y las personas –incluyendo las élites– empiezan a preocuparse genuinamente: empiezan a buscar maneras en las que puedan ser compasivas y se preguntan cómo convertirse en ciudadanos globales. Los actores y los músicos que escriben muchos de los guiones de nuestra imaginación moral nos pueden ayudar con esta tarea.

Las celebridades ayudan a encuadrar cómo los públicos deberían sentirse y cómo deberían responder ante problemas humanitarios internacionales. Cuando un actor famoso como Ben Affleck viaja al Congo para presenciar el catástrofe de los refugiados, lo que se le pide es un performance de integridad personal y emoción. No se espera que sea un experto en política pública, sino que exprese compasión indirecta.

Cuando las celebridades de televisión aparecen en la recaudación anual de fondos del Comic Relief, por ejemplo, ellos están validando las respuestas filantrópicas a los problemas mundiales. Y cuando un cantante como Bono, y su esposa Ali Hewson, califican de ética la compra de una marca de lujo porque las ganancias se redirigen a África, él está vendiendo el consumismo como una respuesta a la pobreza.

Algunas veces las celebridades se salen del guion, y es aquí cuando su papel en las post-democracias se vuelve más interesante. Dan Brockington, el autor de Filantropía de celebridades y el desarrollo internacional (Routledge, 2014), ha dado ejemplos que son impactantes y divertidos: ¿las celebridades se asfixiarán o serán fotografiadas mostrando repulsión? ¿O serán captadas tomando champaña en un jet privado rumbo a un campo de refugiados?

El actor Ralph Fiennes tuvo sexo casual con una aeromoza mientras viajaba rumbo a Bombay para integrarse a una campaña de sensibilización sobre el sida y VIH. Otro actor, Salman Khan, cazó un antílope protegido en India, poco después de aparecer en un calendario del Fondo Mundial para la Naturaleza. Para el público, una de las atracciones de aventurarse a poner a amateurs de alto perfil en el rol de trabajadores humanitarios o diplomáticos –muchos de ellos conocidos por sus debilidades personales– es el irreductible elemento de lo impredecible.

¿Y si las celebridades hicieran un llamado a la Revolución? Brockington cuenta la historia de la actriz Jessica Lange que explicó a un periodista que ella aceptó un viaje pagado por la UNICEF en 2003 para expurgar la vergüenza estadounidense que generaban las acciones de George Bush. La UNICEF intentó detener la publicación de las declaraciones de Lange.

Para los viejos activistas comprometidos con la transformación y el cambio social, este rasgo impredecible de las celebridades no es un perchero confiable para colgar un movimiento revolucionario. Pero para los gerentes políticos y empresariales de la post-democracia, lo impredecible de las celebridades es un pararrayos útil. La gala del Comic Relief es una cornucopia de inteligencia social: es una manera extraordinaria y eficiente para detectar qué problemas le importan al público, y también cómo estos le importan. La respuesta popular a los desvaríos radicales de una celebridad es un medio útil para desahogar las profundidades de apoyo que genera tal problema.

Para los grupos de beneficencia y caridad, el apoyo de las celebridades comunica un mensaje primariamente a las élites de poder, en vez de al público en general. Es un boleto para los corredores de la política “real”, porque los activistas de diseñador y los filántropos tienen acceso, y junto al acceso vienen la influencia en el presupuesto y en las decisiones de política pública.

Los políticos y los líderes empresariales pueden creer que asociarse con celebridades sirve como publicidad subliminal, que este vínculo sirve para pulir sus marcas frente al electorado y los consumidores. Pero también es cierto que ellos quieren convivir con las celebridades porque les gustan las celebridades (o tal vez porque ellos piensan basándose en su persona pública que les deberían gustar).

En la época pasada de la democracia masiva, el paradigma del activismo transnacional tomó la forma de la solidaridad política con los movimientos sociopolíticos que buscaban la transformación. En esos casos la agenda la ponían los líderes políticos de los grupos afectados. Un buen ejemplo es el Movimiento Anti-Apartheid, que respaldó al Congreso Nacional Africano. Nelson Mandela fue notablemente reacio a convertirse en la cara pública del Congreso, porque siempre vio su fama como una herramienta al servicio de una causa política más amplia.

Incapaces de generar suficiente presión directa sobre sus opresores, los movimientos sociales y los políticos del hemisferio sur buscaban el apoyo de la sociedad civil y de los partidos de izquierda en el hemisferio norte, intentando así evitar los bloqueos impuestos a nivel doméstico. Los defensores internacionales jugaban un rol menor en la configuración de la agenda estratégica.

Hoy esto se ha revertido, al punto que los grupos locales ponen la agenda en su relación con los activistas del norte: lo hacen como una forma de resistencia a la hegemonía post-democrática o con un ojo sobre cómo su historia resonará en el hemisferio norte. El politólogo Clifford Bob ha descrito la última estrategia como un “mercado de causas”: solo sobrevivirán los que pueden “vender” exitosamente su causa a sus patrocinadores del norte; los otros desaparecerán.

Mientras tanto, muchos de los activistas del norte se han vuelto cabildeadores de políticas públicas –especialistas en el negocio de intercambiar influencias. Ellos establecen la agenda en diálogo con los políticos con quienes trabajan (tácita o explícitamente). En efecto, pueden existir puertas giratorias entre las oficinas de los políticos y una posición de influencia en una ONG. Las metas y las estrategias de las campañas son definidas en función de lo que mutuamente se considera alcanzable en el hemisferio norte. Los grupos del sur, por tanto, están restringidos al estatus de clientes con algo de influencia táctica –o sucumben al triste destino de las causas huérfanas.

Los casos paradigmáticos del activismo de diseñador son profundamente compatibles con el circuito de poder en el orden post-democrático. De ahí que promuevan la intervención coercitiva de Estados Unidos en contra de villanos internacionales como Joseph Kony, líder del Ejército de Resistencia del Señor, u Omar al Bashir, el presidente de Sudán. Ellos enfatizan el rol de las fundaciones privadas como los solucionadores de todos los problemas del planeta, por lo que la programación social es decidida discrecionalmente por los millonarios que no pagan impuestos –en vez de por los Estados democráticos en línea con los derechos universales.

El guion de la compasión personal se inserta perfectamente en este proceso –enfatizado por la manera en que las celebridades frecuentemente realizan actos de visible generosidad, como fundar proyectos con su dinero o adoptar niños para sus familias.

La farándula post-democrática del norte, entonces, tiene una serie de funciones coincidentes para establecer la agenda: en el escenario de la “política real” de poder y dinero, en la arena pública y al definir la naturaleza de la filantropía internacional o las campañas por la justicia social. Mientras tanto, aquellos que intentan apoyar sus propias agendas enfrentan no solo la hostilidad de las élites; también encuentran que sus mensajes están en disonancia con, o son ahogados por, el clamor del activismo de diseñador.


Este artículo fue publicado originalmente en openDemocracy.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de Scott5114.

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