A 50 años: Vicente Lombardo Toledano y la eterna espera del mundo porvenir

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En su cumpleaños 51, Vicente Lombardo Toledano (VLT) pronunció un discurso en el que hacía un balance de su vida y su lugar en la historia. “¡Soy invencible, porque la causa a la que sirvo es inmortal, imperecedera y tiene el porvenir por delante!”. El entonces presidente de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL) tenía todo claro: luchaba por una causa inevitable que estaba por encima de él y de cualquier otro: las fuerzas de la historia tenían como único destino la superación del capitalismo y el advenimiento del comunismo. En México, ese tránsito se daría llegando al socialismo vía la Revolución Mexicana, por lo que había que fortalecerla y combatir, junto a las fuerzas progresistas, al imperialismo, el fascismo y las expresiones reaccionarias contrarias a la emancipación de los pueblos. En ese camino irreversible, él era un dirigente, un luchador, un personaje que estaba destinado a la eternidad gracias a la consolidación de ese mundo porvenir…


Hoy día el legado de Lombardo Toledano está lejos de ser lo que deseaba. Aunque en México la izquierda ha llegado con un proyecto popular al poder, ésta lo recuerda poco, si no es que nada. En el mundo, el comunismo no se consolidó, al contrario, la URSS cayó y abrió paso al neoliberalismo y al “final de las ideologías”. Para colmo, hoy por hoy en todo el globo surgen expresiones xenófobas que recuerdan al fascismo más reaccionario. Algunos cuantos, los menos, siguen esperando el rojo porvenir, mientras que otros, no sé si los más sensatos, se encuentran luchando por construir un mundo mejor en el que el socialismo ya no es una alternativa.

En Chimalistac, Ciudad de México, se encuentra el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales, Vicente Lombardo Toledano, lugar donde pueden encontrarse sus obras y registros, y que, junto a la Universidad Obrera, es su mayor legado que sigue en funciones. El Centro fue fundado en 1972, una vez que Luis Echeverría decretara que la biblioteca donada por VLT debía de almacenarse en un centro de investigaciones filosóficas y ponerse al servicio de la nación. El entonces presidente determinó que la casa del “maestro” serviría para ese cometido, cambió el nombre de la calle donde se encuentra para llamarla como él y estableció que dependería de la Secretaría de Educación Pública (SEP). A la fecha sigue igual y fue dirigido por mucho tiempo por su hija Marcela Lombardo Otero, hasta que falleciera en este año.

Pasar el tiempo en ese lugar es como sumergirse en los relatos de los que se han dedicado a estudiar al oriundo de Teziutlán, Puebla. La casa tiene muebles antiguos y retratos de VLT en varias partes. Los trabajadores son amables y te dan acceso tanto a su biblioteca como a la obra que han logrado sistematizar. Pero si algo los caracteriza es que siguen siendo sumamente devotos al que fuera gobernador de Puebla. “Se vale la libertad de expresión, pero no se vale ser cizañoso”, me dice un trabajador cuando conversamos sobre uno de los libros que se han hecho sobre él. “Se dicen muchas mentiras sobre el maestro”, agrega otro que está al pendiente de la plática. El resto de las personas del lugar con las que puedo conversar tienen comentarios similares. Si algo no ha cambiado a lo largo de los años es la no tan amigable recepción del lombardismo a la crítica.

Otro investigador con el que tengo el gusto de platicar a fondo, y a quien le agradezco sus atenciones, me cuenta entusiasmado varias ideas de Lombardo: su pasión por la educación, su apoyo a la clase obrera, su profundo amor por México y el método marxista. “El problema fue que algunos de los nuestros no comprendieron que VLT no creía en el lombardismo, de hecho, negaba su existencia. Él era un marxista y difundía su método. Había que entenderlo a partir de eso y no a raja tabla”, me cuenta mientras hace un balance del Partido Popular Socialista (PPS) después de su muerte. “Yo no lo conocí, ¿sabes? No pude venir a una reunión con jóvenes en julio del 68. Fue una verdadera lástima. Pero lo he conocido a partir de sus escritos y le he dedicado 30 años de mi vida”, dice con orgullo casi al término de la conversación. Pese a todo, Lombardo todavía marca la vida de las personas…incluyendo a quienes lo investigan.


Lombardo fue un hombre polémico. Pese a que tenía una visión clara de cómo debía ser el mundo a partir del marxismo-leninismo, era un político zigzagueante. En sus discursos solía ser contradictorio, comenzaba con una idea y terminaba con otra. Además, dirigía y apoyaba huelgas obreras, pero también negociaba directamente con el gobierno por acuerdos favorables o de plano su disolución a cambio de nada. Lo mismo pasaba con los fraudes electorales. Era un férreo defensor de la democracia y denunciaba prácticas fraudulentas, pero a la vez negociaba puestos que para algunos eran migajas que le entregaban para sostener al régimen. “Es un palero del poder”, dijo Cándido Ramírez durante la elección de 1952, en donde VLT fue acusado de dividir a la oposición por lanzar su propia candidatura presidencial.

Sin embargo, y sin negar muchas de las valoraciones que se han hecho sobre su persona, Lombardo también fue otras cosas: un intelectual, un personaje internacional y una de las personas con más influencia en el México de la primera mitad del siglo XX. Su papel intelectual es fácil de seguir gracias a que dejaba registro de todo, en parte por su megalomanía, en parte por su compromiso con el estudio y la educación. Existen múltiples ensayos, libros y conferencias en los que trata, desde que fuera alumno de Antonio Caso y compañero y amigo de Manuel Gómez Morín; la historia de México, la filosofía, los avances tecnológicos, la jurisprudencia y el marxismo. Como intelectual y académico fue profesor y director de la Escuela Nacional Preparatoria, fundador de la Universidad Obrera e impulsor de la educación socialista.

Pero antes de ser un intelectual fue un político. Fue él quien en 1945 impulsó el Pacto Obrero-Industrial y defendió la industrialización en el país. De igual forma, estableció las bases de muchas de las luchas de la izquierda: defendió la mejora de contratos colectivos tanto para hombres y mujeres, la representación proporcional, el municipio libre, el impuesto sobre la renta, y otras tantas luchas. Igualmente fue miembro y luego opositor de la CROM, fundador de la CTM, del Partido Popular (PP), luego socialista, y otras organizaciones importantes como la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM). Su actividad política lo llevó a ser indispensable para las elecciones de 1940 y 1946 y a ser cercano a personajes como el General Lázaro Cárdenas.

Posiblemente su extraña capacidad para ser un marxista que no militaba con el Partido Comunista de México (PCM), y que a la vez era cercano al poder, lo convirtió en el hombre de Moscú en México. La Unión Soviética necesitaba a un líder político e intelectual con buena presencia en el país y qué mejor que alguien que tenía línea directa, aunque no como pensaban, con la presidencia. Después de su viaje a la URSS en 1935, se convirtió en una de las principales voces prosoviéticas, no sólo en México, sino en toda América Latina, ganándose el mote de “Lombardovich”, al que le restaba importancia.

En el país, pese a su cercanía con Cárdenas, fue de los principales críticos del asilo a Trotsky e intermediario para la liberación de David Alfaro Siqueiros, después de que atentara contra la vida del perseguido ruso. En América Latina fue un impulsor de la organización obrera y un férreo opositor al Plan Clayton y al Plan Marshal. La CIA lo tenía fichado, le ponía marca personal y se preguntaba cómo el gobierno mexicano podía mantener relaciones cercanas con alguien como él. Lo que no lograban concebir, es que Lombardo antes de sentirse un marxista prosoviético, se sentía un patriota. El también compañero de primaria del presidente Manuel Ávila Camacho se veía así mismo como un militante de la Revolución Mexicana y eso determinó muchas de sus acciones, incluso aquellas que fueron tildadas, en algunos casos, de oportunistas.


VLT siempre tuvo detractores. Sus vaivenes, extrañas alianzas con gente como los “Cinco Lobitos” y el trato privilegiado que el gobierno le daba, generaba desconfianza en algunos sectores, aunque la admiración en la izquierda mexicana y en el sector obrero también era fuerte. La década de los cuarenta fue su momento más combativo y en el que tuvo mayor reconocimiento nacional e internacional, gracias a su posición antifascista, antimperialista y un intento de oposición al gobierno de Miguel Alemán. Sin embargo, entre las elecciones del 49 y el 52 su imagen se desprestigiaría hasta llegar a la del oficialista que lo acompañaría por el resto de sus días.

Para esos años, la Segunda Guerra Mundial había quedado atrás y el anticomunismo del gobierno mexicano hacía cada vez más inviable la unión de clases que el lombardismo había promovido por años. Lombardo envejecía y sus ideas con él. Además, los errores que lo llevaron a ser expulsado de la CTM y las divisiones al interior del Partido Popular lo perseguían. Con el tiempo perdió respaldo en la CTAL, la cual finalmente fue disuelta, y hasta sus más cercanos colaboradores, como Enrique Ramírez y Ramírez, rompieron con él acusándolo de autoritario. La forma en la que impulsaba a su familia al interior del partido, el cambio unilateral en el nombre de éste (a Popular Socialista) y su posición frente a las diferentes huelgas y el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), sólo confirmaban lo dicho por sus detractores y fomentaron el olvido de sus grandes momentos.

Sin embargo, posiblemente por lo que se más se le recuerda es por su equivocada postura con el movimiento de 1968. Lombardo seguía analizando al mundo como en los cuarenta y la Tercera Vía le resultaba incorrecta. Lo mismo pasaba con los movimientos estudiantiles, la primavera de Praga y las condenas al mundo soviético. Para él, el movimiento estudiantil en México era impulsado por las fuerzas imperialistas que buscaban desestabilizar al país para frenar el avance de la Revolución. Todo era un complot para evitar que se realizaran los Juegos Olímpicos, que era el evento con el que el mundo vería la consolidación del proyecto que había comenzado a principios del siglo. Después de los Juegos sólo tuvo alabanzas para la organización y no hizo mención alguna a los asesinados y detenidos en Tlatelolco.

Su última gran obra la escribió cuatro años antes del movimiento estudiantil y la llamó Summa. En ella hizo una síntesis de su pensamiento, reflexionó sobre el socialismo, la humanidad, el amor y sobre sí mismo. Su ensayo es un recorrido filosófico sobre la humanidad, la espiritualidad, el pecado y la razón. Al final concluye que el socialismo era la culminación de la plenitud terrenal y la evidencia de la inmortalidad del hombre. La eternidad, su eternidad, era el socialismo porvenir…


El 16 de noviembre de 1968 falleció Vicente Lombardo Toledano. La prensa trató el tema como una tragedia para un sector de la izquierda que quedaba huérfano. A su velorio acudieron obreros, estudiantes, ciudadanos y personas de renombre. Lázaro Cárdenas y Gómez Morín dieron discursos sentidos. Sus restos fueron depositados en el panteón las Flores, aunque años más tarde, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, fueron exhumados y enterrados en la rotonda de los Hombres Ilustres en el panteón civil de DoloresSu nombre también sería inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados. El homenaje tuvo tintes del priismo  tradicional en pleno auge neoliberal. Para algunos no era algo digno de un líder de la izquierda mexicana, era más bien un show para un hombre del régimen. Sin embargo, Lombardo fue un poco de las dos cosas: un personaje de izquierda y una oposición leal al régimen revolucionario.

Este noviembre se cumplen 50 años de su fallecimiento, y de su vida no queda gran cosa: el Centro de Estudios, la Universidad Obrera y el trabajo de algunos historiadores. Pocos recuerdan sus años de gloria y la mayoría enfatiza en su actividad zigzagueante y “oficialista”. Incluso en algunos rincones de la política mexicana se sigue usando “lombardismo” como sinónimo de palero, de jugar a la oposición.

Alguna vez, un gran profesor que tuve, experto en las izquierdas, me dijo que a Lombardo no lo estudiaba porque ni de izquierda era. Sin duda alguna esta idea, y que muchos comparten, es una pena para una visión mucho más completa de nuestra historia y del personaje. También lo es para su obsesiva ambición de trascender en la historia. Sin embargo, pese a todo, no estoy seguro de que se trate de una injusticia. Vicente Lombardo Toledano creía fervientemente que su causa era imperecedera y que estaba destinada a la inmortalidad. Pero ¿y si renunció a ella en vida y por eso, a 50 años después de su muerte, no es recordado de otra forma? Quizás, el maestro, el intelectual, el líder obrero, el gobernador, político internacional y ex candidato presidencial, pese a su tenacidad, en sus últimos años fue vencido por él mismo y su memoria quedó atrapada en esa eterna espera del mundo porvenir.

 

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